Nosotros en las estrellas - Capítulo 23
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23: 22- Ghost 23: 22- Ghost Canción sugerida: Ghost – Justin Bieber Nunca olvidaré la mirada de Matthew.
Había cambiado ese brillo con el que siempre me miraba; ya no me veía como su hermana menor, la frágil a la que debía proteger.
Ahora sus ojos me observaban como a una amenaza, una que había osado cuestionar todo lo que él creía sobre nuestros padres, sobre nosotros.
Nos pidió que saliéramos de su cubículo, y el sonido de la puerta al cerrarse fue suficiente para sellar la distancia que acababa de abrirse entre nosotros.
Las dos semanas siguientes, hasta nuestra llegada a Percevalis, fueron las más largas y silenciosas de mi vida.
La guerra abierta había terminado, pero lo que quedó fue una tregua frágil y llena de grietas.
Matthew colaboraba en la investigación, sí, pero ya no se acercaba.
Cada vez que intentaba acercarme o hablar con él, todo siempre terminaba en excusas.
En los pasillos, su mirada evitaba la mía, como si no soportara lo que veía en ella.
Y aunque dolía, también me daba fuerza.
Había elegido este camino, y no podía volver atrás.
Zeke, en cambio, se convirtió en mi sombra.
Nuestra alianza se había transformado en algo más sólido, en un propósito compartido.
El silencio entre nosotros ya no era incómodo; era el de dos mentes concentradas, trabajando en la misma frecuencia.
Cada noche, revisábamos datos, teorías y simulaciones en busca de respuestas dentro del laberinto digital del Código de Cristal.
Había un nuevo ritmo en nuestra convivencia.
Un café aparecía junto a mí sin que lo pidiera.
Un gesto suyo me señalaba un error antes de que yo lo notara.
Su silencio hablaba tanto como mis pensamientos.
Era una sincronía perfecta, una danza sutil entre confianza y tensión contenida.
Fue durante una de esas noches, bajo la luz azul de los hologramas, cuando encontramos la pieza que faltaba.
Estábamos revisando por enésima vez los protocolos de la Misión Éxodo I, cuando una palabra que Matthew había dicho me golpeó como una chispa: enferma.
—Zeke, espera —dije, mis dedos volando sobre el teclado—.
Busca en los archivos previos a Génesis Lab.
Todo lo que Arthur Woods haya subido.
Usa palabras clave: “enferma”, “enfermedad” o “tratamiento”.
Él frunció el ceño, pero obedeció.
Segundos después, apareció un único archivo en la pantalla.
Encriptado, con una contraseña imposible de romper.
El nombre del archivo era simple, pero me heló la sangre: “Mi cristal”.
—Es de mi padre —susurré, sintiendo un nudo formarse en la garganta.
—Necesitamos la contraseña —dijo Zeke, sin apartar los ojos del monitor—.
Piensa, Woods.
Algo que solo ustedes sabrían.
Me quedé en silencio, observando el reflejo del archivo sobre su rostro.
No sabía qué código podría ser; era como si algo faltara.
Cuando lo supe, solo aparté la mirada.
—No, no podemos hacer esto, no todavía, tenemos que esperar a Matthew —dije con voz baja—.
Si esto está relacionado con lo que él recordaba, no puedo abrirlo sin él.
Tragué aire, tragando también el orgullo que me había mantenido alejada de mi hermano.
Activé el intercomunicador y, cuando su voz se oyó al otro lado, hablé antes de que pudiera decir una sola palabra.
—Creo que tenías razón —le dije.
Usé nuestro código antiguo, el que usábamos de niños cuando buscábamos respuestas juntos.
Te necesito.
Ven.
La comunicación se cortó antes de que mi voz temblara.
Zeke me observó en silencio, sin decir nada.
Esperamos.
Fue entonces cuando un recuerdo fugaz se filtró entre mis pensamientos: un collar de plata, pequeño, con forma de brújula.
Mi padre sonriendo mientras lo ajustaba en mi cuello y diciendo: “Eres mi brújula, Annie.
Mi brújula.” La puerta se abrió.
Matthew entró.
Su expresión era una mezcla de duda y agotamiento.
Se sentó entre nosotros, dejando una distancia prudente, como si necesitara ese espacio para respirar.
—Brújula —dije, apenas un susurro—.
La contraseña es “brújula”.
Zeke tecleó la palabra.
La encriptación se disolvió al instante.
Lo que apareció no era un informe, ni un registro de misión.
Era una carta.
Una carta escrita por mi padre.
Las manos, pero al final solo le di clic.
No era un texto, era un video, un holograma; al iniciar, papá estaba allí, sentado, sus manos nerviosas, temblando; no recordaba su cara o su voz.
“Para el corazón más dulce que la vida me dio, mi cristal, mi amor inquebrantable.
Si algún día encuentras esto, es porque hemos tenido la oportunidad de contártelo o lo has descubierto por ti misma.
Sé que quizá nos odies, pero quiero que sepas, mi niña, que eres mi brújula, esa razón por la que mis días tenían luz.
Tú y Matt son el norte de nuestra vida, siempre ustedes; sin embargo, no todo fue un cuento de hadas.
Cuando naciste, no eras la niña sana que siempre te hicimos creer.
Naciste con una anomalía degenerativa que te sentenciaba; sí, Annie, la vida te daba un tiempo corto para vivir y ese…
Ese fue el castigo más cruel.
Tu madre, Alexandra, y yo podíamos salvar a todos nuestros pacientes, pero no a nuestra propia hija.
Estabas destinada a irte, y cada día que pasaba era una cuenta atrás que nos rompía el alma.
Así que hicimos lo único que podíamos hacer: luchar.
Cuando Génesis Lab nos ofreció un lugar en el Proyecto Éxodo, no lo pensamos, solo lo hicimos, arriesgamos todo en secreto para crear Cristal, una cura imposible, nacida de la desesperación de dos padres.
Te la dimos, y funcionó.
Nadie supo que el Código Cristal existía ni que había sido probado con éxito en ti.
Mantenlo en secreto, mi amor.
No dejes que te hagan daño.
No eres un experimento; eres un milagro.
Eres el norte que siempre guio mi brújula.
Si algún día los que amas lo necesitan, recuerda: la respuesta siempre estará en la brújula.
Te amamos más allá de las estrellas.
Cuida de tu hermano.” Cuando el video terminó, el silencio fue total.
Sentí un sollozo escaparse sin permiso, las lágrimas salían por sí solas, mis mejillas empapadas; no recordaba cuánto lo extrañaba hasta que lo vi, como si aún siguiera ahí.
Pero sus palabras lo fueron todo; por fin teníamos la verdad, yo no era un proyecto desalmado, ni un experimento robótico.
Era una medicina.
Una cura creada con amor.
Todo lo que me hacía diferente no era una falla; era la prueba de que mis padres se habían negado a rendirse.
Miré a Matthew.
Tenía la cara hundida entre las manos, los hombros temblando; nunca lo había visto ser vulnerable.
Sabía que, como yo, una parte de él aún los extrañaba.
Se levantó despacio, vino hacia mí y me abrazó con una fuerza que me rompió y me sostuvo al mismo tiempo.
—Annie, perdóname por lo que te dije, fui muy duro contigo —susurró contra mi cabello, su voz quebrada —Tú querías esto, necesitabas esto y yo… te dejé sola.
Perdóname, Annie.
—No debí dudar de esa forma de ellos, solo no entendía esto, no sabes cuánto extrañé no tenerte cerca —dije en murmullos lentos; era verdad, jamás nos habíamos alejado de esa forma.
La fractura entre nosotros se cerró, sellada por lágrimas y verdad.
Zeke permaneció en silencio, observándonos.
En sus ojos había algo que nunca le había visto antes: respeto.
Respeto y una especie de asombro contenido, casi reverencial.
—No eres una variable, Woods —dijo, su voz grave y suave—.
Eres la cura.
Me quedé mirándolo y, por primera vez, no sentí miedo.
Todo encajaba.
Génesis Lab había malinterpretado el Código de Cristal.
Lo habían convertido en una meta inalcanzable, sin saber que el éxito del proyecto ya caminaba entre ellos.
Entrar en Percevalis era una apuesta a ciegas.
Pero ahora sabía que yo era la clave.
Que mi existencia era la prueba de que la adaptación era posible.
—Tenemos que entender cómo funciona —dije, con una nueva energía encendiéndose dentro de mí—.
Cómo activarlo.
Zeke asintió, su mirada firme, casi ardiente.
—Entonces, vamos a descubrirlo.
Juntos.
Por primera vez desde que pisé esta nave, sentí algo parecido a esperanza.
Solo que no la esperanza ingenua del pasado, sino una más real, más peligrosa: la que nace cuando finalmente entiendes que tu historia no era un error… sino el inicio de todo.
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