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Nosotros en las estrellas - Capítulo 24

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24: 23- Lose my mind 24: 23- Lose my mind Canción sugerida: Lose My Mind – Don Toliver ft.

Doja Cat Zeke Ella había derrumbado todo en lo que creía.

Me había demostrado que no siempre todo debía dividirse entre blanco y negro.

Cuando supe del gen degenerativo con el que había nacido, el miedo me atravesó como una grieta.

¿Y si aún lo tenía?

¿Y si esa cura, el “Código Cristal”, no era permanente?

¿Cuántas probabilidades había de que volviera a enfermar?

Pero lo peor no era eso.

Lo peor era pensar que Annie, que estaba convencida de ser la solución, pudiera perderse en el intento de probar que podía hacer algo con eso.

Y la sola idea de verla caer me resultaba insoportable.

Annie Woods no iba a morir.

No mientras yo pudiera evitarlo.

Esa era mi única certeza en medio de todo el caos.

Después de ver el video que les había dejado su padre, el aire cambió.

Sentí el peso invisible de algo que no entendía del todo: alivio, culpa, esperanza.

La vi abrazar a su hermano, vi cómo la fractura entre ellos sanaba, y por un instante sentí que todo el universo se alineaba.

Pero entonces ella me miró.

Y en esos ojos, donde antes había rabia, ahora había algo más peligroso: confianza.

La gratitud era un terreno que no sabía cómo pisar.

Podía manejar su desprecio, sus provocaciones, incluso su odio… pero no su fe.

Porque la fe no se calcula, no se controla.

Y eso me aterraba.

Intenté mantener la distancia.

Me repetí que lo mejor era dejar que se enfocara en su hermano, en sus recuerdos, en todo lo que no fuera yo.

Pero era inútil.

Annie tenía una fuerza gravitacional propia.

Cada vez que me alejaba, algo dentro de mí me obligaba a volver.

Me encontraba escribiéndole mensajes disfrazados de protocolos: “¿Ya comiste, Woods?”, “No olvides registrar tus constantes vitales antes del descanso”.

Eran mentiras, solo excusas que me obligaba a decir para confirmar que seguía allí, respirando, viva, buscando algo que me confirmara que estaba bien.

Por las noches, fingía dormir mientras escuchaba su respiración al otro lado de la cama.

A veces murmuraba algo entre sueños y se giraba inquieta, y yo me obligaba a quedarme quieto, conteniendo la necesidad absurda de acercarme.

Me recordaba a Isabella.

Tenía ese mismo impulso de luchar incluso dormida, como si ni el inconsciente pudiera detenerla.

Para no volverme loco, me aferré al único propósito que creía poder controlar: encontrar a mi hermana.

Con mi acceso de nivel Alfa, me sumergí en los archivos centrales de la nave, buscando pistas entre miles de líneas de datos ocultos.

Sabía que Isabella no podía haber desaparecido sin dejar rastro.

Génesis Lab no eliminaba personas; las reconfiguraba.

Tal vez, como Annie, ella también había sido reescrita.

La lógica del sistema era impecable, pero ninguna estructura es perfecta.

Siempre había una grieta y estaba dispuesto a encontrarla.

Busqué en los registros de desarrollo y en los perfiles de alto potencial.

Si Isabella estaba viva, Génesis la habría catalogado como un activo valioso, alguien asignado a un área crítica.

Crucé variables, restringí parámetros, y ahí estaba.

Un nombre: Gabriela, apodo interno: Abby.

Mi corazón se detuvo.

Abby.

Durante un segundo, pensé que el sistema me jugaba una mala pasada.

Pero el archivo estaba completo: edad, perfil genético, asignación en el área de Innovación.

Todo encajaba demasiado bien.

El mismo patrón de fechas, el mismo rango de desarrollo cognitivo acelerado.

Era imposible… o tal vez, precisamente por eso, era real.

El aire me faltó.

Recordé su voz de niña, intentando pronunciar su nombre, “A-bella”, hasta que lo transformó en “Abby”.

Un juego inocente entre hermanos que terminó siendo nuestro código secreto.

Nadie más lo sabía.

Nadie.

Ya la había encontrado, eso me decían los datos; entonces, entró esa loca necesidad de enfrentar el pasado.

Cuando me di cuenta, ya iba caminando al área de innovación; tenía esa necesidad de verla, de saber cómo era y si dentro de sus recuerdos aún existía un espacio para mí.

Con la excusa de revisar los protocolos de integración tecnológica, fui al área de Innovación.

La encontré frente a un panel holográfico, explicando algo a su equipo.

Movía las manos con precisión, seguridad.

Tenía el cabello rubio recogido en una coleta alta, los ojos azules enfocados en la pantalla frente a ella; vi cómo se giró para dar una actualización de algo que ella estaba desarrollando.

—Tenemos que cambiar el componente del artefacto dos; así podremos mejorar el proceso de purificación del agua.

—Su voz, que me resultó dolorosamente familiar, ya no era tan aguda como cuando ella tenía cuatro años, pero aun así mantenía algo que me decía que era ella, quizá su forma de entonar ciertas palabras o cómo hacía énfasis en lo importante.

—¿Gabriela?

—pregunté, mi voz sonando más baja de lo que pretendía.

Ella se giró y me sonrió con cortesía profesional.

—¿Líder Zeke Kavan?

¿En qué puedo ayudarlo?

—Solo Zeke —respondí, con el tono automático que uso cuando necesito esconder una emoción—.

El área médica necesita integrar su software de diagnóstico predictivo con los sensores biométricos de los trajes.

Quiero ver el informe de compatibilidad.

—Por supuesto —contestó sin dudar—.

Lo tengo casi listo.

Déjamelo a mí.

Esa frase me golpeó.

Déjamelo a mí.

La misma expresión que Isabella usaba cuando quería demostrar que podía hacerlo sola, con su vocecita decidida y sus manos en las caderas.

La misma entonación.

El mismo orgullo.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Intenté mantenerme firme, pero cuando se inclinó sobre el holograma para mostrarme un esquema, lo vi: una fina cicatriz blanca sobre su ceja derecha.

La misma que se hizo al caer del columpio a los tres años.

La misma que yo le curé entre lágrimas, prometiéndole que jamás dejaría que se lastimara otra vez.

El mundo se estrechó.

Todo sonido desapareció, salvo el latido en mis oídos.

Tuve que apartarme, inventé una excusa para que pudiera enviarme el archivo y que yo pudiera huir, no porque no quisiera estar cerca de ella, sino porque si me quedaba un segundo más, habría perdido el control.

Caminé hasta la cabina con la mente hecha pedazos.

Cuando llegué, Annie estaba dormida en el sofá, una tableta sobre el pecho y el rostro iluminado por la luz azul de la pantalla.

La observé en silencio, y la contradicción me rompió por dentro.

Annie era la cura, el milagro.

Isabella era la herida, la razón.

Una parte de mí quería abrazarlas a las dos, salvarlas, protegerlas de un mundo que solo sabía juzgar lo que no entendía.

Me incliné y le quité la tableta con cuidado.

Luego la cargué en brazos, sin pensarlo demasiado.

Era ligera, más de lo que recordaba.

Su cabeza cayó contra mi hombro, y murmuró algo entre sueños, acurrucándose.

La llevé hasta la cama y la arropé, asegurándome de que quedara protegida, aunque fuera de algo tan simple como el frío artificial de la nave.

Me quedé de pie junto a ella, observándola en la penumbra.

La búsqueda de Isabella era mi ancla, la razón que me mantenía cuerdo.

Pero Annie… Annie era la tormenta.

Era todo lo que desafiaba mi lógica, mi control, mi entrenamiento.

Y en ese momento, por primera vez, pude verla, y pude verme a mí a su lado; entendí lo que eso significaba con una claridad brutal: no la había estado alejando porque temiera hacerle daño.

La estaba alejando porque temía lo que me hacía sentir.

Y para alguien como yo, criado entre protocolos y fórmulas, enamorarse era el error más peligroso de todos, porque era algo que nunca había experimentado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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