Nosotros en las estrellas - Capítulo 25
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25: 24- Youngblood 25: 24- Youngblood Canción sugerida: Youngblood – 5 Seconds of Summer El holograma que había visto de mi padre no trajo la paz que esperaba.
Pensé que entender la verdad me daría alivio, pero lo único que hizo fue abrir una puerta más grande, una que no sabía cómo cerrar.
Había respuestas, sí, pero también nuevas preguntas.
¿Por qué yo?
¿Por qué funcionó en mí?
¿Y si lo que me salvó podía salvar a los demás?
La obsesión empezó ahí, como una chispa que se volvió incendio.
Pasaba cada minuto libre en el laboratorio.
Aunque mi área oficial era medicina general, durante el entrenamiento en la Tierra había sobresalido en bioquímica, y ahora todo ese conocimiento cobraba sentido.
Tenía que encontrar una forma de estudiar mi código genético sin que Génesis Lab sospechara.
Si lograba aislar el marcador que mis padres modificaron, podríamos replicar la cura, compartirla.
No se trataba solo de mí.
Se trataba de todos.
El problema era Zeke.
Cada vez que intentaba presentarle mis avances o nuevas propuestas, sus negativas eran como muros.
Lo odiaba por eso.
Le mostraba los hologramas, las secuencias de ADN, los modelos de simulación, con una mezcla de nervios y esperanza, y él solo decía: —No es viable, Woods.
No tenemos los recursos.
—O— No tenemos el sistema inmunológico preparado para tolerar una replicación génica.
—O, simplemente, un rotundo —No.
Era frustrante.
Y lo peor era que tenía razón en algunas cosas, pero ¿y si al llegar al nuevo planeta no nos adaptábamos de la forma que todos esperábamos y terminábamos muertos?
Sabía que valía la pena intentarlo; que no podíamos rendirnos.
A veces la lógica fría de Zeke chocaba con mi necesidad de creer que todo podía cambiar.
A veces lo miraba y quería gritarle que no todo se resolvía con datos, que había cosas que solo podían moverse con fe.
Pero sabía que eso, para él, era un idioma imposible.
Fue en medio de esa tensión que empecé a fijarme en ella.
En Gabriela.
Al principio fue por curiosidad.
La veía con Matthew en el área de Innovación.
Era tranquila, inteligente, siempre con una sonrisa suave que parecía calmarlo.
No era una de esas sonrisas falsas o ensayadas, era real.
Mi hermano no había sonreído así desde antes del Gran Quiebre.
Verlo hacerlo de nuevo me daba tranquilidad.
Ella hacía feliz a Matthew; de hecho, había sido de las únicas decisiones lógicas que había tomado Génesis Lab.
Estaban hechos para estar juntos, y para mí la felicidad de Matthew era suficiente para no odiarla.
Igual seguía observándola de lejos; entre más la veía, más me daba cuenta de lo meticulosa e inteligente que era.
La veía en cómo organizaba a su equipo, cómo escuchaba antes de hablar, cómo siempre encontraba una solución sin elevar la voz.
No era difícil entender por qué Matthew se sentía seguro con ella.
Lo que no entendía era por qué también atraía tanto la atención de Zeke.
Sin embargo, esta atención cada vez crecía más y más; notaba cómo Zeke intentaba estar cerca de ella cada vez con más frecuencia, una tarde, durante una presentación en el área de Innovación.
Gabriela estaba mostrando un modelo de flujo energético, y él fingía revisar una tableta.
Pero su mirada no estaba en los datos, estaba en ella.
No era deseo, era algo más complejo: interés, respeto, curiosidad.
Esa forma en la que miraba cuando algo lo descolocaba.
Lo conocía lo suficiente para reconocerlo.
No sentí celos, no de la forma en que alguna vez los había sentido por Natalie.
Fue algo distinto, más amargo.
Era la confirmación de que, para alguien como él, tan estructurado, tan lógico, la perfección de Gabriela siempre sería más cómoda que mi caos.
Hasta que un par de días después de intentar que me dijera que sí a alguna de mis ideas, lo encontré caminando por el pasillo al restaurante de la nave; aceleré el paso para poder caminar a su mismo ritmo.
—¿Podemos hablar?
—le dije, colocándome frente a él.
—Woods, no otra vez —murmuró, intentando esquivarme.
Le tomé del brazo antes de que pudiera pasar.
El contacto fue como una descarga eléctrica.
Me miró, sorprendido, y aproveché ese instante.
—No es sobre el laboratorio.
Es solo… ven a cenar con nosotros.
Con Matthew.
Por favor.
Su ceño se frunció, pero tras un silencio incómodo asintió.
No con agrado, más bien como quien acepta algo que sabe que va a complicarse.
Cuando llegamos, Matthew ya estaba allí, con Gabriela sentada a su lado.
La luz blanca del comedor los bañaba en un tono cálido que me pareció casi humano, casi familiar.
Ella sonrió al vernos, y mi hermano le devolvió una mirada que no le había visto en años.
Entonces noté cómo Zeke se tensaba a mi lado, la mandíbula apretada.
Nos sentamos, los cuatro, en un silencio espeso.
Intenté que sonara como una cena normal; pregunté por temas mundanos al principio: “¿Qué tal el día?”, “¿Ya se acostumbraron a estar juntos?”.
Sin embargo, se sentía la tensión en el aire.
Había demasiadas cosas flotando en el aire.
Fue entonces cuando solté la bomba.
—Estuve pensando en una forma de analizar mejor mi ADN —empecé, con voz casual—.
Si hago una extracción de médula ósea, podríamos aislar la mutación original y… El tenedor de Matthew se detuvo.
Zeke dejó caer el suyo.
—¿Estás loca?
—dijo él, casi sin voz, los ojos ardiendo con una furia helada.
Pero antes de que pudiera continuar, Gabriela intervino con calma.
—¿Estás enferma?
—preguntó, sincera, sin juicio—.
Perdona si me meto, solo… si lo estás, queremos ayudarte.
—No estoy enferma —respondí, aunque una parte de mí sabía que eso no era del todo verdad—.
Solo quiero entender.
—No vas a hacerlo —interrumpió Matthew, su tono protector de siempre regresando—.
No vas a arriesgarte por algo que no entiendes del todo.
—No es arriesgarse, es intentar —dije, alzando la voz.
—No —repitió Zeke, su mirada clavada en la mía—.
No tienes idea de lo que estás proponiendo.
Una extracción de médula no es un juego, Woods.
Es invasiva, dolorosa y peligrosa.
Podrías morir por una infección o por una hemorragia.
—¡Es mi decisión!
—grité, golpeando la mesa.
Mis palabras resonaron en el comedor.
—¡Mi cuerpo, mi vida!
¡Dejen de tratarme como si fuera de cristal!
Matthew se quedó sin palabras.
Zeke respiraba con dificultad, intentando contenerse.
Y entonces, Gabriela volvió a hablar, su voz tranquila, casi como si supiera que era la única capaz de hacerlo.
—Annie tiene razón.
Es su decisión.
—Todos la miramos, sorprendidos—.
Pero también Zeke tiene razón.
Los riesgos son enormes.
Su tono era tan sereno que nadie se atrevió a interrumpirla.
—Podríamos probar algo diferente —continuó—.
Mi equipo en Innovación ha estado desarrollando una interfaz neuronal directa.
Un entorno de simulación biológica.
Si lo adaptamos, podríamos recrear condiciones extremas sin poner en riesgo tu cuerpo real.
El silencio fue absoluto.
Zeke levantó la vista hacia ella, y por primera vez, lo vi impresionado.
—¿Simular una respuesta genética?
—preguntó, incrédulo.
—Exacto —respondió Gabriela—.
Si tu código es diferente, el sistema lo reflejará.
Veremos hasta dónde puede llegar sin lastimarte.
Era brillante.
Y lo peor era lógico.
—Podría funcionar —admitió Zeke, a regañadientes.
Matthew suspiró, aliviado, como si le hubieran quitado un peso de encima.
Yo solo asentí.
No era la victoria que esperaba, pero al menos no había perdido.
Gabriela sonrió.
—Entonces supongo que tenemos un nuevo proyecto.
Juntos.
Me quedé mirándola, y algo dentro de mí cambió.
No era mi enemiga.
Tal vez nunca lo había sido.
Era, de algún modo, la pieza que faltaba para que todo empezara a moverse hacia el mismo destino.
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