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Nosotros en las estrellas - Capítulo 26

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26: 25- I like me better 26: 25- I like me better Canción sugerida: I Like Me Better – Lauv  La idea de Abby nos salvó.

Durante días, los cuatro trabajamos sin descanso en el laboratorio, diseñando los parámetros de la simulación neuronal.

Ella se encargó de los ajustes técnicos junto con Matthew, Zeke de la supervisión médica y yo… bueno, yo me convertí en el conejillo de indias más voluntario del universo.

Por primera vez, no me importaba el riesgo.

Si mi cuerpo tenía algo que podía ayudar, necesitaba entenderlo.

Zeke no lo admitía, pero su tensión lo delataba.

Cada vez que me conectaba a la cápsula, se quedaba a mi lado, observando los monitores con la mandíbula apretada.

No confiaba en el sistema, ni en Gabriela, ni siquiera en mí.

Y aunque su exceso de control me irritaba, en el fondo me hacía sentir segura.

Después de las primeras pruebas, la simulación neuronal se volvió más intensa.

Mi cuerpo reaccionaba con una adaptabilidad imposible: el frío extremo, la radiación, los cambios de presión…

todo se estabilizaba en segundos.

Gabriela no salía de su asombro.

—No se trata solo de resistencia —decía mientras analizaba los datos—.

Es una capacidad de respuesta evolutiva en tiempo real.

Tu cuerpo reescribe sus propios límites y estamos cerca de poder replicar cristal.

Zeke la escuchaba sin apartar los ojos de mí.

—O los borra —murmuró.

No sabía si aquello debía asustarme o enorgullecerme, pero sí sabía una cosa: ya no era solo “la anomalía”.

Era la posibilidad de que Génesis Lab hubiera estado buscando lo que yo ya era.

Esa noche, mientras los otros dormían, me quedé sola en la cabina revisando los reportes.

Estaba agotada, pero no podía dejar de pensar.

Cada línea de datos me acercaba más a la verdad… y, de alguna manera, más a él.

Zeke entró sin avisar, como siempre.

—Deberías dormir —dijo, cruzando los brazos.

—Deberías dejar de decirme qué hacer —repliqué sin mirarlo.

—Si te desmayas otra vez, no pienso cargarte.

—Mentiroso —sonreí.

Su sonrisa se formó apenas un segundo, una grieta en su fachada de acero.

Y en ese segundo, entendí que todo lo que habíamos pasado juntos nos había cambiado.

Que ya no éramos los mismos desde aquel video, desde aquella verdad.

Los días siguieron pasando y con los días nos acercábamos más a replicar una superfórmula que generaba resistencia y adaptación espontánea.

Con el paso del tiempo, cada simulación neuronal era más fuerte; era más que solo un experimento, era una montaña rusa sensorial: frío glacial, calor abrasador, oscuridad total… todo, mientras mi cuerpo seguía dentro de una cápsula transparente.

Podía sentirlo todo como si fuera real.

Cuando me desconectaron, tenía los labios pálidos y las manos temblorosas.

Pero me negué a mostrar debilidad.

Me levanté, respiré hondo y seguí.

Zeke no dijo nada, pero su mirada decía más que cualquier sermón: “Te estás exigiendo demasiado”.

Repetimos el proceso una y otra vez.

Yo registraba mis datos, los analizaba, los comparaba con los patrones del “Código de Cristal”.

Estaba tan concentrada en una secuencia que no noté que alguien se acercaba.

Una mano firme se posó en mi cintura, deteniéndome.

Sentí la corriente eléctrica recorrerme, y supe, sin mirar, que era él.

—Estás pálida, Woods —susurró Zeke, tan cerca que su voz rozó mi oído—.

Tu respiración está irregular.

—Estoy bien —mentí, intentando apartarme, pero su agarre fue más firme.

—No, no lo estás —replicó con esa calma que usaba justo antes de perderla—.

Si te desplomas, todo esto se detiene.

Caminó hasta el dispensador y me pasó una botella.

—Bebe.

Es una orden.

Lo miré con una mezcla de exasperación y ternura.

Esa era su forma de cuidar: con mandatos disfrazados de preocupación.

Y aunque quería enfadarme, una parte de mí no podía ignorar lo que había en su mirada.

No era solo control.

Era miedo.

Estaba a punto de decir algo cuando el altavoz de la nave retumbó con un tono grave.

—Tripulación del Proyecto Éxodo II, diríjanse al salón principal.

Información prioritaria en diez minutos.

Nos miramos, confundidos.

Nadie sabía qué esperar.

El salón común estaba lleno.

Todos los tripulantes habían llegado, incluso Natalie, impecable como siempre, con su cabello recogido y su uniforme perfectamente alineado.

Gabriela se encontraba junto a Matthew, ambos conversando en voz baja.

Zeke y yo nos quedamos de pie, uno al lado del otro, sin hablar.

La pantalla central se encendió.

La voz sintética del sistema llenó el espacio: —Tripulación, si escuchan este mensaje, es porque están a pocos días de llegar a Percevalis.

Desde el momento en que pisen la superficie, ese planeta será su nuevo hogar.

El murmullo general se apagó.

—El objetivo de este anuncio es garantizar la compatibilidad emocional y genética de los colonos.

A partir de este momento, cada uno de ustedes es libre de conocer a otras personas y establecer vínculos.

El día del aterrizaje, una hora antes, deberán confirmar su pareja definitiva.

Después de ese momento, no habrá más cambios.

Silencio.

Total.

Podía escuchar los latidos de mi corazón.

Aquella decisión lo cambiaba todo.

Zeke exhaló por la nariz, sin apartar la vista de la pantalla.

Matthew se giró hacia Gabriela, visiblemente tenso.

Natalie, en cambio, sonrió.

Sabía lo que aquello significaba: caos emocional, alianzas, rupturas.

Cuando la voz se apagó, el murmullo se transformó en una tormenta de voces.

Todos hablaban al mismo tiempo, confundidos, nerviosos, algunos hasta aliviados.

Natalie tomó el control de inmediato.

—Calma, todos.

Este cambio no puede convertirse en una guerra social —dijo, firme—.

Vamos a establecer protocolos.

Mientras ella hablaba sobre “horas sociales obligatorias”, “protocolos de convivencia” y “límites de interacción”, yo solo pensaba en una cosa: Zeke.

¿Qué significaba esto para nosotros?

Salí del salón antes de que terminara la reunión.

Necesitaba aire, aunque fuera el reciclado.

Caminé rápido por los pasillos metálicos, intentando ordenar mis pensamientos.

¿Qué haría él ahora?

¿Seguiría las reglas y “conocería” a otras personas?

¿Volvería con Natalie?

¿Había algo entre nosotros que realmente pudiera resistir esto?

Cuando abrí la puerta de la cabina, lo encontré allí.

Esperándome.

—Podemos hablar —dijo, cerrando la puerta detrás de mí.

Su voz era tranquila, pero la tensión se notaba.

Me senté en el borde de la cama, intentando fingir calma.

—Si vas a decirme que esto no cambia nada, no te creo —dije.

—No iba a decir eso —respondió, acercándose—.

Iba a decir que no pienso dejar que un protocolo decida por mí.

Me reí sin humor.

—¿Y qué se supone que eso significa?

Él suspiró.

—Significa que, pase lo que pase allá afuera, aquí dentro no cambia nada.

No entre nosotros.

Iba a responder, pero no me dio tiempo.

Se acercó y me besó.

Fue distinto.

No fue el beso impulsivo y rabioso de los días anteriores.

Fue un beso que hablaba de miedo, de promesas, de necesidad.

De todo lo que no sabíamos cómo decir.

Mis manos se aferraron a su camisa, y por un instante, el mundo desapareció.

Cuando nos separamos, ambos respirábamos agitados.

—¿Qué estamos haciendo, Zeke?

—pregunté, con la voz temblorosa.

—Lo que queremos —dijo él, apenas un susurro.

—No lo sé —murmuré, retrocediendo un paso—.

No puedo… no ahora.

—Annie… —No —lo interrumpí—.

No quiero que esto sea una excusa para salir lastimada.

Él bajó la mirada, como si lo que acababa de decir le doliera más de lo que admitía.

—Realmente quiero estar en esto contigo —dijo al fin, mirándome con una sinceridad que desarmaba—.

Estoy muy seguro de eso.

—¿Igual que cuando estabas con Natalie?

—pregunté, sin poder evitarlo.

Su expresión se endureció.

—Eso fue un error.

Esto no lo es.

Nos quedamos en silencio, el peso de nuestras propias reglas flotando en el aire.

—Entonces hagamos un trato —dije finalmente—.

Si uno de los dos cambia de opinión, lo dice.

Sin mentiras.

—No voy a cambiar de opinión —repitió él, y esta vez lo creí.

Nos quedamos así, mirándonos, con la certeza de que nada en aquella nave, ni las reglas, ni las simulaciones, ni los secretos, iba a detener lo que estaba naciendo entre nosotros.

Pero en el fondo, una voz en mi cabeza no dejaba de susurrar: “Nada en Génesis Lab sucede por casualidad.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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