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Nosotros en las estrellas - Capítulo 27

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27: 26- Beautiful Things 27: 26- Beautiful Things Canción sugerida: Beautiful Things – Benson Boone Zeke No voy a cambiar de opinión.

Las palabras salieron de mi boca, firmes, seguras, como si pudiera creérmelas del todo.

Y por un instante, lo hice.

Mientras sus labios se encontraban con los míos, sellando nuestro ridículo y desesperado pacto, sentí una oleada de algo que no recordaba: una victoria dulce, irracional, peligrosa.

Por un momento, el universo se redujo a ella, a la calidez de su mano entre mis dedos, al sabor de sus labios, al sonido suave de su respiración cuando se separó apenas para mirarme.

Y en ese instante, todo parecía simple.

Seguir las reglas estúpidas de Génesis Lab, fingir que exploraba otras opciones y, al final, elegirla solo a ella.

Fácil.

Esa noche decidimos quedarnos en el lugar que ahora llamábamos casa.

Comimos de la cena que ella hizo, esa que jamás cambiaría por ninguna otra.

Luego entró al baño; desde afuera, desde el otro lado de la puerta, se escuchaba cómo el spray del agua caía en el suelo.

Al salir, ella ya estaba en su pijama, esa que se veía que la ayudaba a estar cómoda; su piel brillante sabía que se aplicaba un aceite corporal que olía a cereza; lo sabía porque cuando ella dormía, solía acercarme a ella y su olor me daba paz.

Entró a la cama debajo de las cobijas, su mirada en el techo; sin embargo, cuando todas las luces ya se habían apagado, sentí su mano, como en su búsqueda por la mía.

Cuando la encontró, se entrelazó con la mía, y sin decir una sola palabra, sabía que eso significaba “hogar”.

Pero entonces, luego de unos minutos, se apartó.

Se deslizó hacia su lado de la cama, dándome la espalda.

Y el aire cambió.

La confianza que había sentido segundos antes se evaporó, reemplazada por una punzada de miedo.

No miedo a perderla físicamente, sino a perder la única cosa que había logrado estabilizarme en medio de este caos.

Annie Woods.

El silencio se hizo eterno.

Podía oír el ritmo tranquilo de su respiración, tan cerca y, al mismo tiempo, tan fuera de mi alcance.

Tenía los ojos abiertos, mirando al techo metálico, y todo en mí gritaba que la atrajera de nuevo, que no la dejara ir.

Pero aún estaba esa pequeña parte, esa que me decía que esto de empujar lejos lo que parecía volver con la misma fuerza una y otra vez me hacía pensar en que no lo iba a hacer, no iba a ignorarla, no, otra vez.

—Ven aquí —le susurré, apenas un hilo de voz.

Por un momento pensé que me ignoraría, pero se giró.

Con los ojos cerrados, se acercó y apoyó su cabeza en mi pecho, como si hubiera estado esperando esa invitación.

La rodeé con los brazos, con cuidado, como si fuera algo frágil que el universo podría arrebatarme en cualquier momento.

Y allí, por primera vez desde que perdí a Isabella, el ruido en mi mente se detuvo.

Paz.

Eso era.

Una paz tan extraña que dolía.

Y mientras la sentía respirar contra mí, supe que mi decisión era definitiva.

No iba a dejarla ir.

No iba a construir otra muralla.

No, esta vez no.

La mañana siguiente fue una tortura diferente.

Nos movíamos por la cabina como dos planetas en órbitas separadas, chocando en silencios tensos.

No era incomodidad, exactamente.

Era más bien una energía contenida, un hilo invisible que tiraba de ambos.

Cada roce accidental era un recordatorio del pacto que habíamos sellado.

Y de lo fácil que sería romperlo.

Durante el desayuno, fingí concentración en los reportes de Génesis Lab, pero mi mente no estaba ahí.

La observaba de reojo.

Cómo su cabello caía sobre los hombros, cómo sus dedos temblaban ligeramente al sostener la taza.

Estaba nerviosa.

Tanto como yo.

Y entonces la voz de Natalie sonó por el altavoz.

—Tripulantes del Proyecto Éxodo II, diríjanse al salón principal.

Información prioritaria en diez minutos.

Annie y yo nos miramos.

No hizo falta decir nada.

Sabíamos que cuando Génesis Lab decía “información prioritaria”, lo que realmente quería decir era “preparen el cuerpo, porque algo va a cambiar”.

El salón estaba abarrotado.

Casi todos los tripulantes estaban ahí: Matthew, serio como siempre; Gabriela, junto a él, intentando calmar la tensión con una sonrisa diplomática; Natalie, impecable, con ese aire de mando natural que siempre me había sacado de quicio; y Annie, a mi lado, tratando de parecer tranquila, aunque sus manos delataban el temblor de los nervios.

Las luces se atenuaron y la pantalla central cobró vida.

La voz artificial de Génesis Lab llenó el aire con esa neutralidad que hacía que todo sonara más inquietante.

—Tripulación, están a pocos días de llegar a Percevalis.

Desde el momento en que pisen su superficie, ese planeta será su nuevo hogar.

La sala se sumió en un silencio expectante.

—Esta es la primera sesión de socialización.

Bienvenidos.

Antes de comenzar, recuerden las reglas: es obligatorio al menos tener dos citas en estos días restantes a nuestra llegada; tendrán hasta el último día para sincronizar sus relojes con su pareja.

Es importante decir que cualquier tipo de agresión o incumplimiento a las reglas se pagará con castigos.

Era claro que esta nueva dinámica iba a generar tensión en todos, que iba a haber caos y que también se generarían muchos problemas y dilemas internos, no solo en mí, sino en cada uno de los que estaban en esa nave; el silencio lo decía.

A mi lado, Annie no se movió.

Estaba tan quieta que juraría que había dejado de respirar.

Yo tampoco sabía qué decir.

Porque, en el fondo, entendía perfectamente el mensaje oculto detrás de ese protocolo.

Génesis Lab no creía en el amor, ni en el libre albedrío.

Creía en la eficiencia.

Y si ahora nos daban “libertad”, era porque necesitaban ver cómo reaccionábamos bajo presión emocional.

Era otra simulación.

Otro maldito experimento.

La “primera sesión social” se sintió como una broma cruel.

El salón principal se transformó en un mercado de sonrisas ensayadas, miradas evaluadoras y conversaciones triviales que escondían el miedo de fondo.

Nadie lo decía en voz alta, pero todos sabían que lo que estaba en juego era mucho más que una simple elección romántica.

Yo odiaba cada segundo.

Odiaba tener que estar ahí.

Odiaba ver a la tripulación comportarse como variables de un algoritmo.

Pero lo que más odié fue verla a ella.

Annie.

Entró en la sala con paso decidido, con esa mezcla de fuerza y vulnerabilidad que solo ella podía tener.

No era la misma chica que había conocido al inicio del proyecto.

Era más… luminosa.

Y eso, por alguna razón, me rompió por dentro.

La vi hablar con un chico de Botánica.

Alto, de sonrisa fácil, con esa energía relajada que yo nunca tendría.

Ella al principio parecía incómoda, pero luego se rio.

Una risa genuina, libre, que me atravesó como un golpe.

Sentí los músculos tensarse.

No quería ser ese tipo de hombre.

El celoso, el posesivo.

Pero lo era.

No podía evitarlo.

—Parece que a tu asistente no le está costando adaptarse —dijo una voz a mi lado.

Natalie.

Siempre apareciendo en el peor momento.

—No es mi asistente —respondí sin mirarla, con un tono más cortante de lo que pretendía.

Ella me ofreció un vaso de agua, con una sonrisa perfectamente calculada.

—Claro que no.

Ahora es un agente libre.

Como todos nosotros.

Guardé silencio.

—Tómalo como una oportunidad, Zeke —continuó—.

De empezar de nuevo.

De elegir bien esta vez.

La miré.

Y vi exactamente lo que Génesis Lab quería que viera: compatibilidad, estabilidad, una ecuación perfecta.

Pero no sentí nada.

Solo el vacío de lo correcto cuando ya no tiene sentido.

—Tienes razón —murmuré, bebiendo un sorbo del vaso—.

Es una oportunidad.

Pero mis ojos ya estaban buscándola otra vez.

Y ahí estaba.

Con Christopher.

Mi hermano.

Reían juntos.

Muy cerca.

Demasiado cerca.

Y en ese momento, por primera vez, vi a Chris no como el chico impulsivo y optimista de siempre, sino como algo más peligroso.

Como alguien que podía ocupar mi lugar en su vida, un hombre que era capaz de hacerla reír cuando yo solo lograba hacerla enojar.

El nudo en el estómago se volvió insoportable.

Tenía que salir de allí.

Caminé por los pasillos hasta perder la noción del tiempo.

El aire reciclado se sentía más denso, como si la nave entera me observara.

Cada paso resonaba en el metal, recordándome que no había escapatoria real.

Intenté convencerme de que no pasaba nada.

Que Annie y yo habíamos hecho un pacto.

Que confiábamos el uno en el otro.

Pero la verdad era que no confiaba ni en mí mismo.

Porque ya lo había vivido, porque una vez había prometido proteger a alguien, y terminé fallando, porque cada vez que me acercaba demasiado, el universo encontraba la forma de arrebatarlo todo.

Apoyé la frente contra la pared fría y cerré los ojos.

La imagen de Annie riendo con Chris seguía ahí, fija, perforándome la cabeza.

Habíamos prometido no mentirnos.

Pero la verdad era que yo ya estaba rompiendo la única regla que me había impuesto desde que Isabella desapareció: no sentir nada.

Y lo peor de todo es que, mientras más intentaba detenerlo, más inevitable se volvía.

Porque por mucho que me negara a aceptarlo, Annie Woods ya era el punto débil de toda mi ecuación.

Y cuando Percevalis apareciera en el horizonte, sabía que no solo se pondría a prueba nuestra misión.

También se pondría a prueba lo que quedaba de mí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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