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Nosotros en las estrellas - Capítulo 28

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28: 27- Traitor 28: 27- Traitor Canción sugerida: Traitor – Olivia Rodrigo Las primeras “citas” fueron un desastre.

Era como estar atrapada en una de esas simulaciones de entrenamiento, solo que esta vez el reto no era sobrevivir a un planeta helado ni calcular variables imposibles, sino sobrevivir a conversaciones sin alma.

Hablé con varios chicos: amables, divertidos, hasta encantadores.

Pero ninguno era Zeke.

Y ese era el verdadero problema.

Cada sonrisa que forzaba se sentía como una traición.

Cada intento de conectar con alguien más era un recordatorio de que ya había alguien con quien quería hacerlo todo.

Intentar sentir algo cuando ya confías en otra persona era como intentar respirar bajo el agua: imposible.

Y no era la única que lo sentía así.

En los pasillos, en el comedor, incluso durante las simulaciones, se escuchaban quejas, discusiones y suspiros resignados.

Las parejas se desmoronaban una por una.

Todos estábamos atrapados en el mismo juego absurdo que Génesis Lab había creado: un mercado de afecto programado, una ilusión disfrazada de libertad.

Así que me refugié en lo único que aún tenía sentido: mi trabajo.

El proyecto Cristal.

Pasaba horas analizando cada variable genética, revisando una y otra vez los registros en busca de algo que me ayudara a entender por qué mi cuerpo reaccionaba diferente a los demás.

Intentaba mantenerme enfocada, pero cada dato me llevaba inevitablemente a lo mismo: a los experimentos ocultos de mis padres, a esa mutación que nadie más conocía.

Me obsesionaba la idea de que si lograba entenderlo, podría protegernos a todos cuando llegáramos a Percevalis.

Pero el tiempo nunca era suficiente, y la soledad pesaba más con cada día.

Zeke estaba cada vez más distante.

Lo veía menos, y cuando coincidíamos en la cabina, su silencio era casi agresivo.

No discutíamos a gritos, pero el aire entre nosotros era denso, como si cualquier palabra mal colocada pudiera hacerlo estallar.

Yo intentaba acercarme, mantener viva esa conexión, pero él parecía cerrarse más.

Y cada vez que lo hacía, una parte de mí se rompía un poco más.

Hasta que una noche, no pude más.

—¿Zeke?

¿Estás despierto?

Por unos segundos, pensé que me ignoraría.

Luego, su voz llegó desde la oscuridad.

—Sí.

¿Por qué?

Sonaba cansado.

Vacío.

—No quiero seguir peleando contigo.

No dijo nada.

Me acerqué despacio y lo abracé por la espalda.

Al principio se tensó, como si mi contacto lo sorprendiera, pero después se relajó.

Se giró hacia mí y me rodeó con sus brazos.

No habló, solo me acarició el pelo, y en ese gesto silencioso hubo más verdad que en todas nuestras conversaciones recientes.

Nos quedamos así, aferrados el uno al otro, buscando un poco de paz entre tanto ruido.

Me dormí sintiendo su respiración, pensando que tal vez, al día siguiente, las cosas serían diferentes.

Pero no lo fueron.

A la mañana siguiente, él ya estaba vestido, con el rostro inexpresivo de siempre.

—Annie, te quedas a cargo.

Tengo que ir a la reunión.

Su tono era tan neutro que dolía.

Ni una sonrisa, ni un “buenos días”.

Solo órdenes, como si lo de anoche nunca hubiera pasado.

Me mordí la lengua y asentí.

No valía la pena discutir.

El resto del día pasó entre tareas rutinarias y reportes.

Todo era mecánico, vacío.

Hasta el aire se sentía pesado.

Algo no estaba bien.

Había un zumbido en el ambiente, una especie de tensión invisible que recorría los pasillos.

Cuando llegó la hora de la “sesión social”, inventé una excusa.

Dije que tenía dolor de cabeza, que necesitaba quedarme en el laboratorio.

Nadie discutió.

Encendí los equipos y volví a concentrarme en Cristal.

Pero después de horas de revisar datos y hacer pruebas sin resultados, el cansancio me venció.

Iba a apagar todo cuando los gritos me sacaron del letargo.

—¡Ann, prepara la zona!

—Christopher irrumpió, pálido y jadeante—.

¡Traen a dos heridos!

El corazón me dio un vuelco.

Chris me pasó una tableta, y al leer los nombres, sentí un puñetazo en el estómago.

Matthew Woods.

Esteban Williams.

Mi hermano.

Corrí al área médica.

Todo se volvió movimiento, voces, sangre.

El aire olía a metal y a miedo.

Cuando los vi entrar, el mundo se detuvo por un segundo.

Matthew estaba cubierto de golpes, con la ropa rota y el rostro hinchado, pero consciente.

Esteban, en cambio, estaba inconsciente, el brazo en una posición que me hizo contener un grito.

—Yo me encargo de Matthew —dijo Chris, su voz firme pero temblorosa—.

Annie, tú y Matthew estabilicen a Esteban.

No tuve tiempo de pensar.

Solo actué.

El sonido de los monitores, las órdenes rápidas, el roce del metal estéril… todo era automático.

Esteban despertó al cabo de un rato, con un gemido ahogado.

—Me duele el brazo —murmuró, con la voz quebrada.

—Tienes una fractura en la muñeca —le informó Matthew—.

Annie te pondrá algo para el dolor.

Asentí y preparé la inyección.

Cuando los demás salieron a buscar material, aproveché el silencio.

—¿Qué pasó?

—pregunté, incapaz de ocultar la preocupación.

Esteban soltó una risa amarga.

—Tu hermano.

—¿Matthew?

—susurré, incrédula.

—Sí.

Me golpeó solo por hablar con Abby.

Por reírme con ella.

Eso fue suficiente para que me partiera la cara.

Me quedé en silencio, intentando asimilarlo.

Mi hermano no era violento.

Nunca lo había sido.

—No puedo creerlo —dije, más para mí que para él.

—Pues créelo —continuó con amargura—.

Y no solo eso…

—Hizo una mueca de dolor al acomodarse—.

Mi pareja me dejó.

Dijo que jamás podría competir con la reputación de tu…

“Pareja”.

—¿Qué reputación?

—pregunté, sintiendo el frío recorrerme la espalda.

Esteban soltó una carcajada hueca.

—Todo el mundo lo sabe.

Zeke Kavan tiene a media nave detrás, y por las citas que ha aceptado, no parece que le moleste.

De hecho, parece que ya ha elegido.

—¿Elegido?

—mi voz apenas era un hilo.

—Sí —dijo con una sonrisa torcida—.

A Natalie.

Se suponía que ellos dos eran los candidatos perfectos, ¿no?

Lo dicen todos.

Que Génesis los diseñó para estar juntos.

—No es posible —dije negándome a la idea de que Zeke estuviera traicionando nuestro trato.

—Créeme, es posible, Natalie era mi pareja y…

bueno, Nat ayer no llegó a la cabina y…

Cuando le pregunté…

—Antes de que pudiera terminar, las puertas del área médica se abrieron.

Y ahí estaba él.

Zeke.

Por un segundo, el corazón me dio un vuelco, como si quisiera engañarme y creer que venía por mí.

Pero no venía solo.

Entró con Natalie.

Caminaban juntos, hablando en voz baja, demasiado cerca.

Y cuando la vi tocarle el brazo, supe que Esteban tenía razón.

No necesitaba pruebas, ni explicaciones, ni promesas.

Lo que vi bastaba.

Pasaron junto a mí sin siquiera mirarme.

Se dirigieron directamente hacia Esteban, revisando los registros médicos, hablando con tono profesional.

Fríos.

Lejanos.

Como si yo no existiera.

Sentí el pecho arder.

No esperé a que me hablara.

No esperé a que me explicara nada.

Solo salí de allí antes de romperme frente a todos.

Abby me encontró en el pasillo, jadeando, con la mirada perdida.

—Fue una estupidez —dijo, antes de que yo pudiera preguntar—.

Solo hablaba con Esteban; me hizo reír.

Pero Matthew…

ya habíamos discutido antes.

—¿No me digas que también fue por Natalie?

—pregunté, recordando las palabras de Esteban.

Abby asintió con un gesto apenado.

—Sí.

Dice que solo es protocolo, pero todo el mundo lo sabe.

Ella está todo el tiempo con Zeke.

Los ven juntos en cada reunión, en cada práctica.

Dicen que hacen buena pareja.

Que Génesis lo planeó desde el principio.

Cada palabra me golpeaba como un martillo.

Sentía el suelo moverse bajo mis pies.

—¿No lo sabías?

—preguntó Abby, mirándome con preocupación.

Negué lentamente, incapaz de hablar.

Las palabras simplemente no salían.

Una enfermera apareció para pedirme que firmara el reporte médico de Matthew.

Fue mi excusa perfecta para huir.

Lo hice sin mirar, sin pensar, con las manos temblando.

Solo quería llegar a mi cabina, cerrar la puerta y desaparecer.

Pero el universo no me dio tregua.

Apenas crucé la esquina, me choqué de frente con él.

Con Zeke.

Por un segundo, ninguno habló.

Solo se miró el uno al otro, y supe que él podía ver el dolor en mis ojos.

Yo no necesitaba explicaciones.

Ya había escuchado suficiente.

Nuestro pacto, nuestras reglas, nuestras promesas… Todo había sido una mentira.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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