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Nosotros en las estrellas - Capítulo 29

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  3. Capítulo 29 - 29 28- Scars to Your Beautiful
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29: 28- Scars to Your Beautiful 29: 28- Scars to Your Beautiful Canción sugerida: Scars to Your Beautiful – Alessia Cara El pasillo se sentía demasiado estrecho.

El aire, demasiado denso.

Chocar con él fue como estrellarme contra un muro de hielo.

Lo último que quería era verlo, hablar con él, sentirlo.

Ya había escuchado suficiente y no había sido de él.

Nuestra promesa, nuestras reglas… todo se había convertido en una mentira.

Al chocar, sentí su mano agarrar mi brazo, ese acto que gritaba: “¿Podemos hablar?”.

Lo aparté lo más fuerte que pude; no soportaba tenerlo cerca, no en este momento.

—Hoy no —dije, mi voz apenas un susurro helado mientras lo apartaba de mi camino.

—Espera —respondió, girándose hacia mí con el ceño fruncido—.

¿Qué pasa?

¿Qué hice para que te enojaras así?

Su ignorancia fue la gota que derramó el vaso.

Me giré, y toda la rabia contenida durante días estalló de golpe.

—¿Qué hiciste?

—repetí, y mi voz tembló—.

¿Volviste con Natalie?

¿O es que nunca la dejaste?

—¿Qué estás diciendo?

—balbuceó, desconcertado—.

Sí, he estado saliendo con ella.

Me cae bien, es amable.

Han pasado cosas, pero… no significa nada comparado contigo.

Sentí cómo la sangre me abandonaba el cuerpo.

—¡Felicidades!

—exclamé con una risa rota, un sonido tan triste que hasta a mí me dolió escucharlo—.

Ya puedes ser feliz con ella.

Di un paso atrás, intentando mantenerme entera.

—Ahora muévete, Kavan.

No quiero verte.

No quiero escucharte.

Y por si no quedó lo suficientemente claro… ya no quiero nada contigo.

Me di la vuelta antes de que pudiera responder.

Cada paso hacia mi cabina era un golpe seco de mi propio corazón, cada palabra que había dicho una daga clavándose en mi pecho.

Me encerré.

No lloré.

No podía.

El dolor era demasiado profundo para lágrimas.

Era un silencio interno, el tipo de vacío que se siente cuando algo dentro de ti se rompe sin posibilidad de repararse.

¿Cómo pude creerle?

¿Cómo pude pensar que yo, la anomalía, el caos, podía competir con la perfección natural de Natalie?

Me dejé caer en la cama, agotada, y mis dedos buscaron el pequeño collar que siempre llevaba puesto: la brújula.

El último regalo de mi padre.

Lo apreté con fuerza, y las palabras de su carta resonaron en mi cabeza, claras como si me las susurrara al oído: “Eres el norte que siempre guio mi brújula.

Y si alguna vez los que amas lo necesitan, la respuesta siempre estará en la brújula.” La frase siempre me había parecido simbólica.

Pero en ese momento, no sonaba como una metáfora.

Sonaba como una instrucción.

Me incorporé de golpe.

Tomé el collar y lo observé con atención.

Era una brújula de plata, vieja y desgastada, pero al girarla bajo la luz vi algo que nunca había notado: una diminuta ranura, casi invisible, en el borde.

Con manos temblorosas, usé la uña para hacer palanca; un clic suave llenó el silencio, seguido por la suave apertura de la parte trasera de la brújula.

Dentro había una pieza minúscula de metal plateado, finamente tallada, con un diseño geométrico imposible de descifrar.

Parecía una llave.

Una llave para algo que no sabía qué abría.

La saqué con cuidado, y el hueco que dejó parecía esperar otra pieza, algo más.

“Si alguna vez los que amas lo necesitan…” No era solo para mí.

Era para nosotros.

Corrí hacia el armario y busqué la pequeña caja de madera donde Matthew guardaba las pocas cosas que había podido salvar de la vieja casa, esa pequeña caja que él aparentaba haber olvidado y que, en mi gran esfuerzo de aferrarme a lo que era, la había mantenido a salvo en mi cabina.

Busqué dentro de la caja fotos, medallas, incluso juguetes, pero al fondo ahí estaba: su brújula.

Idéntica a la mía.

La abrí con el mismo cuidado, conteniendo el aliento.

Dentro, en el hueco correspondiente, había un diminuto cristal de datos.

No más grande que un grano de arena.

En su superficie, una ranura perfectamente tallada, con la forma exacta de la llave que sostenía en mi mano.

Mi corazón se aceleró, la respuesta.

Siempre había estado ahí; mi padre no hablaba en símbolos.

Había dejado una pista real, una instrucción codificada.

Ahora la pregunta era: ¿qué contenía?

Sabía que no podría descifrarlo sola.

No con mi nivel de acceso, ni con mis limitados conocimientos en ingeniería de datos.

Y había solo una persona capaz de hacerlo.

Precisamente la última que quería ver.

Salí de la cabina con el corazón golpeándome el pecho.

Cada paso hacia el área de mando era una batalla entre el orgullo y la desesperación.

Cuando llegué a su oficina, lo vi inclinado sobre un holograma, concentrado, la mandíbula apretada.

Parecía tranquilo, pero esa calma era el tipo de silencio que precede a una tormenta.

—Tenemos que hablar —dije desde la puerta, mi voz firme, sin emoción.

Zeke levantó la vista, sorprendido.

—Woods, ahora no estoy de humor para… No lo dejé terminar.

Caminé hasta su escritorio y coloqué las dos piezas frente a él: el cristal y la llave.

Su expresión cambió.

Su mente, siempre hambrienta de lógica, reconoció el misterio.

—¿Qué es esto?

—preguntó, su tono más curioso que molesto.

—La respuesta —contesté simplemente—.

Estaba en las brújulas.

En la mía y en la de Matt.

Vi cómo sus ojos se abrían mientras su mente conectaba los puntos.

Tomó el cristal con cuidado, como si sostuviera una bomba, y giró la pequeña llave dentro de la ranura.

Un chasquido metálico.

Una luz azulada brotó del interior del cristal.

Zeke se inclinó hacia la terminal principal y lo insertó.

La pantalla del holograma cobró vida al instante: líneas de código, fórmulas, estructuras moleculares, secuencias genéticas imposibles de comprender.

No era una simple cura.

Era la fórmula para crearla.

—Dios mío… —susurró, sus ojos fijos en la pantalla—.

La secuencia de replicación… la estabilidad proteica… la doble interfaz genética… Esto no es un experimento, Woods.

Es una obra maestra.

Sus dedos se movían rápidos, navegando por los datos, casi sin respirar.

Yo apenas podía seguir el ritmo de las líneas que desfilaban frente a mí.

Él levantó la vista, y por primera vez en mucho tiempo, no vi frialdad en sus ojos.

Vi algo distinto.

Asombro.

Respeto.

Quizá hasta una chispa de orgullo.

—Tus padres no solo te salvaron a ti —dijo con voz baja—.

Nos dieron la llave para salvar a todos.

Me quedé quieta.

Sentía las piernas temblar, pero no era de miedo, sino de sobrecarga emocional.

Todo lo que había pasado —la carta, la culpa, el abandono, su traición— se mezclaba con la magnitud de lo que teníamos frente a nosotros.

La cura.

El sueño de mis padres.

La esperanza de miles.

Y, sin embargo, no sentí alivio, sentí un vacío enorme, uno que no me explicaba; todo esto me había quitado todo, mi familia, mi vida, ¿ahora qué?

Porque por más que hubiera encontrado la respuesta, nada podía borrar lo que había pasado entre nosotros.

—Entonces, ¿qué estamos esperando?

—pregunté, mi voz sonando más áspera de lo que pretendía—.

Vamos a trabajar.

Zeke asintió lentamente, sin dejar de mirarme.

En su expresión había una mezcla de respeto, tristeza y algo que parecía… remordimiento.

—Prepara el laboratorio, Woods —dijo con una media sonrisa—.

Tenemos trabajo que hacer.

Lo observé unos segundos más, intentando entender qué parte de ese hombre frente a mí era el líder frío de Génesis, y cuál era el que me había besado con el alma.

Aún no encontraba la respuesta, ya no sabía descifrarlo; de hecho, ya no quería, porque entre más lo intentaba, más me destruía.

Desde ese momento supe que lo único que nos uniría sería la misión.

El corazón, por fin, había dejado de ser parte del trato.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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