Nosotros en las estrellas - Capítulo 3
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
3: 2- Hasta la Raíz 3: 2- Hasta la Raíz Canción sugerida: Hasta la Raíz – Natalia Lafourcade Pasaron dieciséis años.
Dieciséis años en los que Génesis Lab nos borró la infancia y cualquier rastro de inocencia que quedó después del Gran Quiebre.
Nos moldearon, nos programaron, nos enseñaron a funcionar sin preguntar.
Ya no éramos niños ni personas normales; éramos el plan B de la humanidad, una colección de datos y reflejos, listos para ser lanzados a un mundo nuevo que no podíamos darnos el lujo de arruinar.
Cada día era una lección para sobrevivir, pero también para servir.
Aprendimos que resistir no bastaba si no podíamos aportar algo más grande que nosotros.
En Génesis Lab nos entrenaban para todo: ciencia, medicina, ingeniería, leyes, historia.
Incluso arte.
Decían que el arte servía para no olvidar lo que nos hacía humanos, pero hasta eso terminó pareciendo una orden más en la lista.
Las clases, los entrenamientos, las pruebas… todo tenía un objetivo.
Aprendimos a levantar refugios, a distinguir plantas venenosas de las comestibles, a curar heridas, a trabajar en equipo bajo presión.
Todo lo que alguna vez se aprendía por curiosidad, ahí se enseñaba por obligación.
Cada error costaba puntos.
Cada fallo era un paso más cerca de ser descartado.
La mayor parte del tiempo, hablar con alguien se sentía como seguir un protocolo, no una conversación.
Y aunque a veces nos reímos, la risa duraba tan poco que casi parecía un recuerdo.
Las simulaciones eran lo peor.
Realidad virtual tan precisa que dolía.
Nos enfrentamos a tormentas, animales imposibles, colapsos, enfermedades y decisiones que ningún adolescente debería tomar.
En esos escenarios morimos miles de veces.
Cada muerte traía consigo una lección nueva, una cifra, una mejora.
Pero a medida que avanzaban las semanas, costaba recordar quién eras fuera del entrenamiento.
Había días en los que la realidad virtual se sentía más real que el espejo.
Génesis Lab sabía exactamente cómo romperte y después reconstruirte a su manera.
Con el tiempo, empezabas a pensar como ellos.
A mirar todo en términos de eficiencia, riesgo y resultado.
Las pantallas al final de cada prueba mostraban siempre los mismos nombres en la cima: Matthew y Zeke.
Mi hermano tenía una calma que desconcertaba, una forma de pensar que parecía inquebrantable.
Zeke, en cambio, era un bloque de hielo.
Preciso, rápido, sin margen de error.
No hablaba más de lo necesario y no perdía el tiempo en mirar atrás.
Lo admiraban, lo temían y lo seguían.
A mí me invisibilizaba.
Y lo peor era que, a veces, creía que tenía razón.
Casi siempre quedó justo en el límite, lo suficiente para seguir dentro del programa, pero nunca para ser descartada por los entrenadores.
Recuerde una simulación en particular.
Un planeta helado.
Todo blanco.
El viento soplaba tan fuerte que parecía cortarte la piel, y aunque sabía que era una proyección, mi cuerpo reaccionaba igual.
Teníamos que recuperar un suministro médico antes de que la temperatura bajara a niveles mortales.
Zeke lideraba la misión.
Caminábamos en fila, el suelo resbaladizo y el tiempo corriendo.
Todo parecía bajo control hasta que tropecé.
Una caída tonta, una viga metálica simulando un carámbano de hielo, que era gigante, cayó sobre mi pierna y quedó atrapada.
Sentí el dolor en la piel, tan real que grité sin pensarlo.
“Estoy atascada”, dije por el comunicador.
Silencio.
Luego, la voz de Zeke, cortante, sin emoción: “No podemos parar.
Sigue intentándolo”.
Intenté moverme, pero el peso virtual no cedía.
“No puedo, Zeke, no puedo moverla”, insistió.
Hubo otro silencio, y después lo vi detenerse por un instante en la distancia.
Pudo haber vuelto.
Le habría tomado cinco segundos.
Pero siguió caminando.
La simulación terminó para mí con el pitido de la muerte por hipotermia, una más lenta de lo común.
Me quité las gafas con el corazón acelerado, la cara ardiendo de vergüenza.
Zeke ya no estaba en la sala.
Me quedé quieta, fingiendo ajustar el equipo, solo para escuchar a los técnicos.
“¿Biométricos de Woods?”, preguntó uno.
“Extraños, señor.
Su temperatura corporal bajó más lento de lo proyectado”.
“No coincide con el algoritmo”, respondió otro.
El instructor resopló: “Error del sensor.
La cápsula siete ha fallado toda la semana.
Registre fallo de equipo y asígnale una sesión extra.
No tenemos tiempo para calibrar sensores”.
No dijeron nada más.
Pero bastó.
No importaba si algo no encajaba conmigo.
No era especial.
Era un error técnico.
Salí del laboratorio con las manos temblando.
El eco de esa palabra me siguió todo el camino: error.
Fui un fallo más en un sistema que no admitiría fallos.
Desde ese día, Zeke y yo no nos soportamos.
Él nunca me pidió disculpas, y yo nunca se las pedí por odiarlo.
Cada vez que cruzábamos miradas, había algo eléctrico, incómodo.
Lo que más me dolía no era su frialdad, sino que parte de mí empezaba a parecerse a él.
Con el tiempo, los años se volvieron días y los días se volvieron un conteo regresivo.
Faltaba una semana para el lanzamiento, y el aire en la base se sentía distinto.
Mezcla de euforia, miedo y cansancio.
Nadie lo decía en voz alta, pero todos sabíamos que este era el fin de algo y el comienzo de otra cosa que nadie entendía del todo.
En las noches apenas dormía.
Me quedaba mirando el techo, pensando en lo que vendría y en lo que dejábamos atrás.
Había pasado más de media vida dentro de Génesis Lab.
Ya no recordaba cómo sonaba el mundo afuera.
El último día antes del viaje, empacamos lo poco que nos pertenece.
Uniformes, registros, identificadores, nada personal.
En la lista estaba todo menos lo que realmente queríamos llevar: recuerdos.
Me quedé con mi brújula, la misma que mamá me dio antes de desaparecer.
Era lo único que no podía quitarme.
No sabía si me daba suerte o si simplemente me recordaba que todavía quedaba algo mío, algo humano, algo que Génesis Lab no había podido tocar.
Esa noche, el silencio era tan pesado que dolía.
En mi habitación, la luz blanca del techo parpadeaba cada cierto tiempo.
Me recosté mirando hacia arriba, contando los segundos entre los destellos.
Pensé en mis padres.
En Matthew.
En el día del Quiebre.
En todo lo que nos habían hecho creer.
La idea de empezar en otro mundo sonaba hermosa, pero algo en mí dudaba.
¿Y si no éramos los héroes de una nueva era, sino solo la siguiente versión del experimento?
Tenía miedo.
No del viaje, ni del espacio.
Miedo de que todo lo que éramos se borrara al pisar ese planeta.
Miedo de convertirme en alguien como Zeke: exacta, eficiente y vacía.
Pero también, en algún rincón de mi mente, había una chispa.
Algo que no quería morir dentro de mí.
Llevaba demasiado tiempo sobreviviendo, obedeciendo, aguantando.
Y aunque Génesis Lab creía haberme programado por completo, todavía me quedaba algo que no podía controlar: la decisión de no rendirme.
El reloj digital del dormitorio marcó las cuatro de la mañana.
“Día 0”, decía la pantalla.
Era el día del lanzamiento.
Respiré hondo y cerré los ojos por un instante.
Al abrirlos, el reflejo del metal devolvía una imagen que apenas reconocía, pero que seguía siendo mía.
Toqué la brújula colgando en mi cuello y me prometí algo simple: no dejar que el proyecto me definiera.
No dejar que el miedo decidiera por mí.
Si íbamos a empezar un nuevo mundo, al menos quería hacerlo siendo yo.
Annie Woods.
Ni un error, ni una pieza, ni una sombra.
Solo yo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com