Nosotros en las estrellas - Capítulo 31
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31: 30- I found 31: 30- I found Canción sugerida: I Found – Amber Run No me moví.
Lo miré fijo, y supe que él veía la rabia en mis ojos.
—Que te apartes, Annie Woods.
¿No entiendes?
—gruñó, la voz baja, firme, esa voz de mando que usaba en el simulador cuando daba órdenes y nadie se atrevía a replicarle.
—No, no me voy a mover —respondí, clavando los pies en el suelo, los brazos cruzados, los músculos tensos hasta doler.
Era esa chispa peligrosa, que conocía también cuando lo retaba, cuando no seguía sus órdenes, la que apareció en su mirada.
La conocía bien.
Sabía que esa mirada era la misma que brillaba justo antes de hacer algo impulsivo, algo que rozaba lo prohibido.
Sabía que provocarlo era jugar con fuego, pero no me importó; no iba a ceder ante un capricho estúpido que había tenido el gran Zeke.
—Oblígame —lo desafié, y fue como si en el aire se estirara una cuerda invisible entre nosotros, tan tensa que parecía a punto de romperse.
Vi cómo en su cara se dibujaba una sonrisa lenta, esa sonrisa que nunca sabía si era una amenaza o una rendición.
Soltó a Esteban —que se dejó caer por la pared, tosiendo— y caminó hacia mí.
Antes de que pudiera reaccionar, me tomó por la cintura y, en un movimiento seco, me levantó y me echó al hombro.
El mundo se dio vuelta.
Los murmullos llenaron el pasillo.
Sentí cómo mi sangre subía lentamente por mi cuerpo, mis mejillas ahora rojas; era una mezcla de rabia, vergüenza y ese maldito calor que solo él lograba provocarme.
Lo golpeé en la espalda, pataleé, grité: —¡Bájame ahora mismo, Zeke Kavan!
—Te lo advertí, Woods —replicó con una calma que dolía más que los gritos—.
No sabes cuándo no meterte en los problemas de otros.
Caminó entre la gente como si no existiera nadie más, como si cargarme fuera lo más normal del mundo.
Nadie se atrevió a detenerlo.
Algunos apartaron la mirada; otros, en cambio, lo siguieron con esa mezcla de respeto y curiosidad que él siempre despertaba.
No me bajó hasta que la puerta de nuestra cabina se cerró con un clic seco.
El sonido del cierre se sintió como un punto final.
El silencio nos envolvió.
Mis pulsaciones martillaban en mis oídos.
La furia me quemaba las manos.
—¿Feliz?
—escupí, acomodándome el traje con brusquedad—.
¿Te sientes satisfecho?
No respondió.
Solo respiraba hondo, caminando en círculos, con el cuerpo tenso como si contuviera un huracán.
—Claro, porque era necesario hacer un show delante de todos —continué, incapaz de contenerme—.
El gran líder ejemplar, el hombre lógico, cargando a una compañera como si fuera su trofeo.
Bravo, Kavan.
Él soltó un bufido.
No una risa.
Un sonido bajo, cansado.
—¿No estás feliz con Natalie?
—disparé antes de pensar, golpeándolo con mis puños en el pecho—.
¿O lo que te molesta es que otros tomen lo que creías tuyo, incluso si nunca fuiste capaz de elegirlo de verdad?
Vi cómo se alejaba, cómo ponía distancia entre nosotros, camino hacia la pared como si se estuviera conteniendo; lo vi tensarse, seguido del golpe que fue certero.
Golpeó la pared con el puño, y el sonido metálico retumbó en la cabina.
Di un paso atrás, el corazón desbocado.
—¿De verdad quieres hablar de esto?
—preguntó con una voz que ya no era fría, sino rota.
—¡Claro que quiero!
—grité, sin poder detenerme—.
¡Quiero saber por qué!
—¡Porque no puedo, maldita sea!
—rugió, y por primera vez, su rabia no sonó dirigida hacia mí, sino hacia sí mismo—.
Porque te metiste en mi cabeza de la forma en la que te pedí con la distancia que no lo hicieras, ya que cada vez que estoy cerca de ti, pierdo el control.
Y no puedo permitirme eso.
Su confesión cayó entre nosotros como una descarga eléctrica.
—Entonces ya entendí —logré decir, aunque me temblaba la mandíbula—.
Para ti, estar cerca de mí es perder el control.
Ser un error.
—Woods… —dijo como si no lo hubiera entendido, como si hubiera abierto su corazón y no lo hubieran entendido.
Sabía lo que había dicho, pero él ya había escogido y en realidad es que no había lugar en su lógica para mí.
—No hay nada más que decir que no sea trabajo —respondí, endureciendo la voz—.
Elegiste a Natalie.
Bien.
No pienso ser lo que sobra.
Lo vi cerrar los ojos, respirar profundo, como si mis palabras fueran una cuchilla.
Cuando volvió a abrirlos, ya no era el líder implacable.
Era un hombre que se estaba desmoronando.
—Yo te escogí a ti, Annie —dijo, su voz apenas un hilo—.
¡A ella no la quiero!
¿No lo ves?
Todo lo que hice fue intentar seguir las reglas.
Fingir que podía ignorarte.
Que podía ser racional.
Pero fue una mentira.
Todo fue una maldita mentira.
Sus palabras me golpearon más fuerte que cualquier grito.
—No puedo creerte —susurré, y la frase me supo a veneno.
No porque fuera cierta, sino porque tenía miedo de que sí lo fuera.
Zeke se pasó las manos por el pelo, desesperado, la rigidez de su cuerpo transformándose en algo casi vulnerable.
—No te voy a obligar a quedarte —murmuró al fin, bajando la mirada—.
No puedo.
Sería… ilógico.
Pero tampoco puedo seguir fingiendo que no me importas.
No puedo seguir con esta farsa.
Me está matando.
Por un segundo, todo el aire de la cabina pareció desaparecer.
La rabia, el orgullo, el miedo… se disolvieron en algo que dolía aún más.
Verlo así, tan humano, me rompió las defensas una por una.
No supe qué hacer.
No supe qué decir.
Solo lo miré, buscando una mentira, una grieta, cualquier indicio de manipulación.
Pero no había nada.
Solo verdad.
Y esa verdad era más peligrosa que cualquier mentira.
—Zeke… —susurré, apenas respirando—, no puedes decirme eso y esperar que todo siga igual.
Él dio un paso hacia mí, despacio, como si temiera asustarme.
—No espero nada —respondió—.
Solo necesitaba que lo supieras.
El silencio volvió a llenarlo todo.
Sentí mis manos temblar, el cuerpo dividido entre acercarme o salir corriendo.
Cada célula en mí gritaba algo diferente.
—Esto no cambia nada —dije al fin, obligándome a mantener la voz firme—.
Tenemos la fórmula, tenemos una misión.
Eso es lo que importa ahora.
Zeke asintió, y aunque sus labios dijeron “de acuerdo”, su mirada decía todo lo contrario.
Había demasiadas palabras atrapadas entre nosotros.
Demasiadas heridas abiertas que ni siquiera el tiempo podría cerrar.
Me giré, dispuesta a irme antes de que algo más se rompiera.
—Annie —me llamó, y su voz fue un ancla—.
No lo sabes todavía, pero tú eres la única razón por la que sigo aquí.
No miré atrás.
Si lo hacía, sabía que no tendría fuerza para mantenerme firme.
Salí de la cabina con el corazón hecho trizas y una certeza amarga latiendo dentro de mí: Podía haber sido amor.
Pero en ese momento, era una guerra, no de nosotros; era una guerra en donde mi razón y los sentimientos no se ponían de acuerdo.
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