Nosotros en las estrellas - Capítulo 32
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32: 31-Let It All Go 32: 31-Let It All Go Canción sugerida: “Let It All Go” – Birdy & Rhodes Las siguientes dos semanas se sintieron como años comprimidos en días.
El tiempo dejó de ir en línea recta y se convirtió en una especie de masa densa que se estiraba y se encogía según nuestro estado de ánimo; no todos eran buenos, pero habíamos aprendido a mimetizar nuestras emociones.
No sé en qué momento empezó a pasar, pero el universo que habíamos construido, ese pequeño refugio hecho de trabajo, cansancio y tensión, se transformó por completo; esa ilógica temporalidad que solo tenía sentido dentro de lo que éramos Zeke y yo: una fusión incómoda entre avance y retroceso constante.
Por otro lado, la confesión de Zeke seguía allí, suspendida entre nosotros como una estrella muerta.
Una que seguía brillando, pero solo porque aún no habíamos aceptado que estaba muerta.
Era una confesión que no había explotado, no había desaparecido, solo estaba en ese limbo incómodo donde la luz persistía un poco más.
Con los días nos dimos cuenta de que nada volvería a ser igual; no volveríamos al día de la promesa, pero tampoco volveríamos a odiarnos como lo hacíamos en el entrenamiento.
Ahora teníamos que aprender cómo convivir en un campo minado de sentimientos, los dichos y los que nunca aceptaríamos; cada silencio, cada mirada, cada roce accidental podía hacerlo estallar todo.
Y aun así, dentro de esa calma tensa, logramos un milagro.
Algo que ni siquiera mi padre había logrado concretar del todo.
Algo que, incluso ahora, me cuesta creer.
Pero no todo era drama o error; después de semanas de intentarlo, habíamos podido replicar Cristal.
El laboratorio se había convertido en nuestro nuevo centro de gravedad.
El único lugar donde no había guerra era nuestro hogar.
Dormíamos en los asientos reclinados, comíamos a deshoras y, a veces, cuando el cansancio nos vencía, simplemente nos quedábamos en silencio frente al holograma, observando los datos como si el código pudiera hablarnos.
Era un tipo de intimidad que no se veía, pero se respiraba.
Una intimidad que tenía menos que ver con el cuerpo y más con el ritmo compartido de la obsesión.
Tener la fórmula de mi padre era una cosa.
Lograr que funcionara… era otra completamente distinta.
El peso que llevábamos encima no era solo profesional, ni ético ni científico.
Era personal.
Era el legado de alguien que había desaparecido antes de darme todas las respuestas.
Zeke y yo trabajamos como dos polos opuestos de un mismo imán.
Él era precisión, lógica, cálculo.
Yo era intuición, riesgo y corazonadas.
Y por alguna razón, esa mezcla funcionaba.
Y entonces, después de varios intentos, de varias pruebas, lo logramos.
Una diminuta gota azul brilló bajo el microscopio.
Era la réplica perfecta de Cristal.
No había error en el espectro, no había fallos en la estructura.
Era exacto.
El aire se volvió liviano, casi irreal, como si el laboratorio hubiera decidido suspender la gravedad por un segundo en honor al descubrimiento.
Me giré hacia él.
Él me miró.
En sus ojos había asombro, alivio… y algo más que no quise nombrar, porque nombrarlo hubiera sido admitir cosas que aún no estaba dispuesta a aceptar.
Por un instante, respiramos el mismo aire sin miedo.
Por un instante, fuimos invencibles y, con un impulso, mis brazos lo rodearon, mi cabeza sobre su pecho, mis brazos en su cuello; lo sentí dudar; lo había tomado por sorpresa, pero pocos segundos después sentí cómo su cuerpo se acomodaba alrededor del mío; el abrazo duró más de lo que el tiempo pudo contar.
Y fue ahí cuando el vacío llenó mi cuerpo, porque sabía qué significaba el terminar este proyecto y, aunque, sí, habíamos conseguido esto juntos, habíamos logrado lo improbable, también me cuestionaba: ¿qué pasaría cuando no quedara nada más por hacer?
¿En qué se convertiría lo que éramos cuando ya no hubiera excusas científicas que nos obligaran a compartir el mismo espacio?
¿Qué quedaría cuando el trabajo nos dejara solos con nosotros mismos?
El éxito de Cristal nos dio algo que no habíamos tenido en semanas: tiempo libre.
Tiempo vacío.
Y con él, la obligación de volver a jugar al estúpido juego de las citas sociales.
Esa colección de interacciones cuidadosamente medidas que Génesis imponía para mantener la ilusión de “normalidad”.
Zeke lo detestaba tanto como yo, pero ninguno de los dos lo decía.
Durante esas sesiones, nos cruzamos varias veces en el comedor, fingiendo indiferencia.
A veces me miraba sin querer hacerlo; otras, era yo la que desviaba la mirada demasiado tarde.
Había una guerra silenciosa entre los dos, una que ninguno tenía fuerzas para librar, pero tampoco para abandonar.
Y en medio de ese terreno lleno de dinamita emocional, estaba Esteban.
Él había llegado a mi vida cuando necesitaba llenar un vacío que estaba dejando Zeke y, aunque sabía que no era lo correcto, los sentimientos no estaban permitidos en el juego que nos había puesto Génesis Lab.
La llegada de Esteban no fue un flechazo ni una casualidad romántica.
Fue una tregua.
Después del caos, necesitaba algo estable.
Alguien que no me hiciera dudar de cada palabra, de cada gesto.
Él era amable, inteligente, tranquilo.
Tenía una presencia que no pedía nada, que no exigía nada, y que tampoco buscaba descifrarme o controlarme.
Simplemente estaba.
Y esa sencillez, después de semanas de tensión y códigos rotos, se volvió adictiva.
Una noche, estábamos sentados en el salón de observación espacial.
Ese muelle que estaba en el lugar menos transitado de la nave, las luces tenues, casi como si simularan estar casi apagadas, frente a nosotros ese gran cristal que aparentaba ser frágil, pero que estaba construido con el metal translúcido más fuerte que nunca se había inventado.
Desde allí se podían ver las estrellas extendiéndose como un océano fuera de la ventana.
Ese lugar solía ser un refugio silencioso que te permitía olvidar, al menos por unos minutos, que vivíamos dentro de un experimento masivo.
Esteban se acomodó a mi lado y permaneció en silencio hasta que la vista nos hizo olvidar el cansancio.
—Haces que parezca fácil —dijo él, rompiendo el silencio.
—¿El qué?
—pregunté, distraída, jugando con la tapa de mi bebida.
—Vivir —respondió, con una sonrisa triste—.
Todos aquí cargamos con algo.
Pero tú… tú sigues avanzando.
Como si nada pudiera detenerte.
No supe qué responder.
Tal vez porque, por primera vez, alguien me veía sin diseccionarme.
No como experimento, no como anomalía.
Solo como persona.
Esteban no me miraba buscando señales de inestabilidad emocional, ni tratando de interpretar mis archivos pasados.
Solo me miraba.
Y por un momento, me permití creerlo.
Me permití imaginar un futuro con él.
Uno tranquilo, sin tormentas.
Con él podía imaginar un futuro en donde no me daba miedo ser abandonada o no ser vista.
Pero la calma nunca dura y, después de cada cita, cuando volvía a la cabina, siempre recordaba que no solo se necesita poder imaginar, sino que también se necesita sentir, y yo solo sentía cuando estaba cerca de Zeke.
Ese día, cuando entré a la cabina, Zeke estaba ahí, sentado frente al panel holográfico.
No levantó la vista cuando la puerta se cerró detrás de mí.
Su postura era demasiado rígida para ser natural, y la forma en que sostenía los brazos indicaba que llevaba mucho tiempo ahí, esperando que entrara.
—La primera prueba de Cristal fue un éxito —dijo con voz neutra, sin apartar la mirada de los datos—.
El sujeto tuvo una mejora del 98.7 por ciento en menos de una hora.
Tus padres… eran brillantes.
—Lo sé, lo logramos; ahora debemos empezar a aplicarlo en masa antes de llegar a Percevalis —respondí, dejando mi tableta sobre la mesa.
Un silencio breve, incómodo.
Él siguió fingiendo que analizaba datos y anotaba lo que le acababa de decir, pero sus ojos no tenían ese movimiento automático que solían tener cuando lo hacía de verdad.
Conocía su forma de concentrarse.
Esa no era.
—¿Te divertiste?
—preguntó de pronto, con ese tono ensayado de indiferencia que no le salía bien.
—Sí —respondí, demasiado rápido—.
Esteban es… agradable.
Esa palabra lo congeló.
La neutralidad se le fracturó en la mandíbula.
Levantó la vista y me miró.
Sus ojos eran como cristales tensos a punto de romperse.
—¿Agradable?
—repitió, casi con desprecio—.
Bien por ti, Woods.
Me alegra que estés explorando tus opciones; lástima que tu única opción, lo único que te genere decir, sea “agradable”; sabes que mereces más.
—Eres imposible, Kavan —murmuré, caminando hacia el baño.
—Pero aun así sigo siendo yo, sigo generándote ese escalofrío cuando me acerco —replicó él, recostándose en la silla con esa arrogancia suya que usaba como armadura—.
Pero finjamos que ya no te importo.
¿De verdad lo conoces?
—Más que a ti —mentí, y la mentira supo a hierro.
Cuando salí del baño, seguía ahí, observándome con una calma tan peligrosa que me heló la piel.
Esa calma suya era peor que cualquier grito, peor que cualquier ataque.
Era la calma de alguien que ya había tomado una decisión interna.
—Lo voy a disfrutar mucho, Woods —dijo, con una sonrisa apenas visible.
Me detuve.
No por intimidación, sino por la forma en que lo dijo.
No sonaba burlón.
Sonaba seguro.
Como si hubiera encontrado un punto débil que yo no sabía que tenía.
—¿Qué vas a disfrutar?
—pregunté, aunque parte de mí no quería saber la respuesta.
—Ver cómo te caes de esa burbuja cuando realmente lo conozcas y veas su verdadera cara —dijo levantándose de la silla, quitándose la camisa y caminando a la cama sonriendo.
Caminé hacia él; su risa burlona me generaba inquietud; era como si ignorara algo que estaba justo frente a mí.
—Esteban no es como tú, él sí me ve —dije en medio de la rabia.
—¿Qué te genera tanta gracia, Zeke Kavan?
No eres tan increíble como aparentas.
—Ay, Woods, me da gracia ver cómo intentas convencerte de que puedes vivir sin mí.
Me quedé inmóvil.
El corazón latiéndome en los oídos, con esa sensación desagradable que aparece cuando alguien dice algo que tiene más verdad de la que estás dispuesta a aceptar.
Quise responder, gritarle, negarlo.
Quise decirle que estaba equivocado, que no tenía derecho a hablarme así.
Pero no lo hice.
Porque en el fondo, muy en el fondo, una parte de mí temía que tuviera razón.
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