Nosotros en las estrellas - Capítulo 33
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33: 32- Scared to Be Lonely 33: 32- Scared to Be Lonely Canción sugerida: Scared to Be Lonely—Martin Garrix.
Decidí ignorar lo que Zeke dijo.
No porque no me importara, sino porque había entendido su patrón: provocación, retroceso, silencio; no quería caer en su juego nuevamente.
Porque a veces parecía que disfrutaba ver si aún estaba a sus pies, como si medir mi reacción fuera una forma de mantener el control sobre algo que no entendía.
Quizá por eso mi calma lo desconcertaba; tal vez esperaba una escena, un reclamo, una confesión desesperada que confirmara sus sospechas, que yo aún siguiera ahí muriendo por él.
Pero, en cambio, lo único que podía ofrecer era una neutralidad que ni yo sentía del todo, porque por dentro quería decirle algo, decirle lo mucho que, aunque intentara, sabía que nadie en esa nave podía llegar a ser tan irritable pero necesario para mí.
Los días siguieron pasando y cada vez nos acercábamos más a Percevalis y con eso a la elección de quiénes serían nuestras parejas finales; las citas siguieron, aunque con el tiempo cada encuentro parecía más artificial que el anterior.
Ese último tramo antes de la elección final convirtió a la nave en una especie de laboratorio emocional: todos analizaban, medían, comparaban y elegían como si hubiera una fórmula para saber a quién debían atarse por el resto del viaje… o del plan.
Yo me movía entre ellos como una sombra, cumpliendo con los protocolos, respondiendo preguntas, manteniendo conversaciones que se desarmaban apenas me alejaba.
Faltando una semana.
Era como si el aire hubiera adquirido una textura distinta, espesa, casi eléctrica.
En los pasillos la gente hablaba más rápido; en los laboratorios las discusiones eran más tensas; en los comedores se formaban pequeños grupos cerrados, cada uno estudiándose entre sí como si cualquier gesto pudiera revelar una amenaza o una oportunidad.
A veces, desde mi mesa, observaba a quienes avanzaban confiados hacia una elección que parecía inevitable para ellos.
Los envidiaba un poco.
No por el romance, sino por la claridad.
Yo no tenía eso.
Por otro lado, a mi alrededor había parejas que parecían haber encontrado el equilibrio en medio del caos; me alegraba genuinamente por Matthew y Abby.
Ellos parecían haber construido un refugio mutuo que desafiaba la lógica de ese ambiente.
Era extraño ver cómo Matthew, que era tan racional y estructurado, buscaba la mano de Abby incluso cuando estaban distraídos.
O ver cómo ella, siempre tan dispersa, tan llena de ideas que cambiaban de rumbo cada cinco minutos, se volvía tranquila a su lado.
Eran una burbuja dentro del caos.
Y, de alguna forma, me recordaban que no todo en esa nave era manipulación o estrategia.
Pero a mí… La confusión aumentaba cada vez que veía a Zeke; cuando estábamos solo los dos, era especial y distinto, como si buscara constantemente la forma de acercarse, de tratar de arreglar lo que se hubiera roto, pero también estaba esa versión de él que veía cuando se acercaba Natalie.
No era que los buscara o intentara ver cuánto tiempo pasaban juntos, pero la nave era pequeña, y ellos se encontraban demasiado seguido.
Ella tenía esa forma perfecta de adaptarse a cualquier presencia, de encajar sin esfuerzo.
Era brillante, elocuente, segura.
Cuando se acercaba a Zeke, la atmósfera alrededor de ellos cambiaba; era como observar dos polos magnéticos alineándose.
Y Zeke… su rostro cambiaba con ella, quizá inconscientemente, porque cada vez que discutíamos, se lo cuestionaba y su respuesta siempre era “Woods, no tienes idea de lo que estás diciendo, Natalie no genera eso en mí”, pero desde afuera yo veía cómo su rostro cambiaba, su ceño dejaba de fruncirse.
Sus hombros se relajaban.
Esa tensión constante que solía acompañarlo parecía disolverse.
Junto a Natalie se volvía alguien más… alguien que no necesitaba pelear con todo lo que sentía.
Pero también estaba el otro lado, ese en donde yo empezaba a conocer a alguien que, aunque no generaba un arcoíris de diferentes emociones, me daba tranquilidad; Esteban se había convertido en esa persona con la que el mundo se silenciaba.
Al principio, pensé que era una presencia amable en medio del caos.
Su actitud era suave, calculada, como si analizara cada palabra que decía antes de soltarla.
Había algo tranquilizador en eso.
En los primeros encuentros, me ofrecía datos, teorías, detalles del proyecto.
Sus comentarios parecían orientados a ayudar.
O al menos, eso quería creer.
Después empecé a notar cosas.
Pequeñas, casi invisibles.
—No confíes tanto en Zeke, Annie —me dijo una noche mientras preparábamos una simulación del Cristal—.
No es quien dice ser.
Juega con todos.
Lo dijo con una voz tan serena que tuve que examinar la frase para detectar el veneno.
Fue como un pinchazo mínimo, pero después empezaron a llegar otros.
Algunos disfrazados de pequeños “favores” que defendía como protección.
—Déjame, te ayudo con eso, Woods, ese hombre no tiene límite, deberías alejarte —dijo en su cara preocupación— ¿No has pensado en pedir un cubículo solo para ti?
—Creo que deberías descansar —murmuró otra vez—.
Estás muy involucrada en lo que él hace.
No es bueno depender tanto.
Era sutil.
Manipulación con guantes de seda.
Nunca había visto a alguien hacerse espacio de un modo tan limpio.
Y quizás funcionó un poco porque yo misma no estaba firme.
Pero la alarma interna se activó cada vez que notaba que, detrás de su mirada, había un cálculo del que no se desprendía jamás.
La trampa llegó cuando ya tenía demasiadas cosas encima.
Estaba en mi terminal revisando los datos del Cristal —o intentando revisarlos, porque mi mente no dejaba de divagar entre Zeke, Natalie, el final de las citas y la sensación concreta de que algo malo estaba por estallar— cuando lo vi.
Un mensaje listo para ser enviado.
Firmado con mi clave.
El informe estaba dirigido al consejo de líderes.
Al abrirlo, la sangre me subió a la cabeza en un golpe seco.
Acusaba a Zeke de manipular resultados para favorecerme.
Decía que había falsificado datos para justificar mi presencia en el proyecto, que no era apta, que estaba obsesionado conmigo, que representaba un riesgo.
Todo estaba armado con frases reales sacadas de contexto, números alterados, simulaciones editadas.
Era tan perfecto que dolía.
No me tomó ni diez segundos entender que Esteban había usado mi acceso.
Y no sé qué me golpeó más: la traición en sí o la pequeña, patética parte de mí que había querido creer en su amabilidad.
Después de eliminar el mensaje y cambiar mi clave de acceso, pasé el resto del día con un nudo en la garganta, revisando los accesos, borrando rastros, intentando ordenar mis pensamientos.
No se lo conté a nadie.
Ni a Abby, ni a Matthew, ni siquiera a Zeke.
Tenía miedo de que cualquier movimiento hiciera explotar algo antes de tiempo.
Y, sin embargo, explotó igual.
El último día antes de la elección, el comedor estaba más lleno que nunca.
Las mesas vibraban con conversaciones tensas, miradas rápidas, decisiones a medio tomar.
Yo jugueteaba con mi bandeja sin hambre, mientras Abby trataba de distraerme contándome cómo Matthew había olvidado su acreditación tres veces en la mañana.
La anécdota era tierna y quizá graciosa, pero no lograba olvidar lo que había pasado; no podía sacar de mi cabeza los escenarios inciertos de lo que pudo haber sido si no me hubiera dado cuenta.
Entonces, un grito desgarró el ambiente.
—¡Zeke, por favor, mírame!
El comedor entero se congeló.
Reconocí la voz al instante.
Natalie avanzaba hacia él con los ojos enrojecidos como si hubiera estado llorando por horas, sujetándolo del brazo como si quisiera detener una catástrofe.
Zeke se volteó con una expresión que jamás le había visto: rabia contenida, decepción… y algo más profundo.
—Te dije que no te metieras con ella —cada palabra cayendo como un peso muerto—.
¿Qué le pediste a Esteban, Natalie?
¿Qué querías lograr?
El silencio fue absoluto.
Natalie se puso pálida; era difícil distinguir su color del de la pared blanca detrás de ella.
Abrió la boca, pero no salió nada.
No necesitaba explicaciones: yo entendí.
Lo supe con la misma certeza con la que uno sabe que va a llorar antes de que caiga la primera lágrima.
Las piezas encajaron, una por una.
La trampa.
El informe.
La manipulación.
Yo estaba en el centro.
No recuerdo exactamente el segundo en que el caos comenzó.
Solo flashes.
Un empujón.
Un brazo que me agarró del hombro.
Un grito que parecía venir desde el fondo del comedor.
Natalie avanzando hacia mí, su rostro transformado en una máscara de furia.
Matthew intentando interponerse.
Abby levantándose tan rápido que tiró la mesa.
Zeke gritando algo que no alcancé a descifrar.
Alguien tropezó conmigo.
Sentí el golpe, el aire escapándose de mis pulmones, las luces estallando en manchas blancas.
Mis manos se movieron para protegerme, pero todo ocurrió demasiado rápido.
El piso.
El ruido.
La presión brutal en mi espalda.
Y luego, calor.
Un calor espeso bajando por mi frente; sabía que no era sudor, pero para ese punto ya empezaba a disociar.
Intenté respirar, pero no pude; el aire simplemente no fluía.
El mundo se filtró en un pitido continuo que parecía perforarme el cráneo.
Ahí, en medio del desorden, entre sombras y voces, lo vi.
Zeke.
Su rostro —ese rostro que siempre encontraba una manera de mantenerse imperturbable— estaba deshecho por el miedo.
Se arrodilló a mi lado.
Sus manos temblaban cuando me tocó la mejilla.
Dijo mi nombre, creo, pero yo ya no podía escucharlo.
Su boca se movía, desesperada, y me pareció absurdo que la expresión más vulnerable que había visto en él llegara justo cuando mis ojos comenzaban a cerrarse.
La última imagen antes de que todo se volviera negro fue la de su rostro, tan cerca del mío, con la desesperación de alguien que, por primera vez, no sabe cómo salvar lo que ama.
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