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Nosotros en las estrellas - Capítulo 34

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34: 33- In The Stars 34: 33- In The Stars Canción sugerida: In The Stars — Benson Boone ZEKE Vi cómo retiraban a Natalie del comedor, dejando atrás una escena de terror frente a mí.

Annie estaba tirada en el piso, débil, sin fuerza; veía cómo la sangre empezaba a recorrer toda su cara.

Quizá solo había sido un corte, pero el líquido rojo recorría su cara.

Me hice paso entre la gente que se empezaba a amontonar a su alrededor; cuando llegué a ella, me arrodillé a su lado.

Sentí cómo mis pantalones tocaban el suelo frío, pero toda mi atención estaba puesta en su rostro.

Verla cerrar sus ojos, tirada en el suelo de la nave, frágil e inconsciente, hizo que el tiempo se detuviera de una forma casi violenta.

Todas las personas que estaban ahí gritaban, se acercaban, pero yo no las podía escuchar; todo el ruido a mi alrededor se mezclaba con los latidos en mi pecho, un golpe sordo que subía y bajaba como si quisiera arrancarse de mi cuerpo.

Aunque intenté concentrarme en Annie, mi cerebro volvía al recuerdo de aquel niño de seis años, el que perdió a su hermana; recordé cómo se sentía ese vacío de no poder estar ahí para ella, esa soledad que vino con su pérdida; ahora estaba pasando lo mismo; yo estaba aquí, frente a la única persona que me hacía sentir con vida, estaba perdiéndola, estaba perdiendo a quien amaba nuevamente.

Con las fuerzas que aún me quedaban, me repetí una y otra vez “no lo voy a permitir”, “no va a pasar otra vez”, así que una parte de mí decidió cerrar la puerta a los sentimientos y mi entrenamiento tomó el control.

Fue como si mi cuerpo se moviera sin pedir permiso, como si cada fibra supiera qué hacer antes que yo.

—Despejen el área —grité con una voz que ya no era mía, sino la de un líder en modo supervivencia—.

Equipo médico al comedor, ahora.

Mientras llegaban los encargados de llevarla a la clínica, la revisé; su piel estaba pálida, con un matiz cenizo que nunca le había visto.

Sus labios, apenas rosados.

Su respiración débil, casi invisible.

Toqué su cuello y sentí un pulso inestable, como el aleteo de un pájaro herido.

No podía permitirme el lujo de asustarme.

No ahora.

Christopher llegó corriendo con el equipo médico.

Uno de los enfermeros me pidió espacio, pero ni siquiera escuché la frase completa.

Solo me aparté lo suficiente para permitir que colocaran la camilla, y aun así mantuve mis manos cerca, listo para sostenerla si algo fallaba.

Mientras la trasladábamos, el pasillo se convirtió en un túnel interminable.

Las luces pasaban rápido por encima de nosotros, parpadeando de forma irregular.

Por un instante pensé que Annie se me iba a ir, que su respiración se iba a detener antes de llegar al área médica.

Me obligué a seguir caminando, con la esperanza de que podría salvarla.

Las siguientes horas fueron una mezcla de lucidez y tortura.

No había silencio, aunque lo pareciera; había un zumbido constante de monitores, pasos rápidos, análisis que no terminaban.

Revisé cada posible síntoma y descarté todos los diagnósticos en el menor tiempo posible; hice que le hicieran todos los análisis posibles, incluso los más desastrosos.

Los resultados llegaron en fragmentos, como disparos.

No había hemorragia interna; la contusión que había tenido al caer era leve.

Sin embargo, debía haber algo; no estaba inconsciente sin una razón; algo no encajaba.

Fue al revisar los resultados de sangre más detallados que la verdad, fría y afilada, me golpeó.

Ahí estaba.

La bandera roja.

El recuento de sus glóbulos blancos era ridículamente bajo.

Estaba esencialmente sin protección, su sistema inmune totalmente agotado.

Esto, sumado a una inflamación en todas sus células, lo que indicaba que su cuerpo había estado luchando con un esfuerzo sobrehumano.

Algo la había drenado por completo.

Pero el factor decisivo no estaba en el papel.

Me acerqué, revisando su cuerpo con la atención de un hombre que busca la única pieza faltante.

Y ahí, casi oculta, la encontré.

Una diminuta, apenas visible marca de punción en el hueso de su cadera.

No estaba ahí ayer; eso era una certeza.

Mi mente, que había estado calculando probabilidades, se detuvo en seco.

No podía ser.

Esto no.

Pero lo era.

Se había extraído la médula ósea.

Ella misma.

Sin ningún equipo estéril, sin nadie que la vigilara, sin la protección necesaria para un procedimiento tan brutal.

El riesgo de una infección mortal era inminente.

La caída no fue el golpe final; Annie se había autosaboteado.

Había llegado al extremo, convencida de que tenía que hacerlo.

La conectamos a soporte vital.

La inducción al coma fue inevitable.

Su cuerpo necesitaba detenerse para intentar recuperarse.

La máquina empezó a regular su respiración y la sala se volvió un lugar donde cada sonido era una posible amenaza.

Me quedé allí.

No podía moverme.

El ascenso y descenso de su pecho eran apenas perceptibles, pero suficientes para mantenerme cuerdo.

Podía perderla.

Lo había sentido antes, esa anticipación amarga de una tragedia inevitable.

Solo que esta vez tenía nombre, rostro y un peso insoportable.

Sentía que esto era mi culpa; si tan solo no hubiera estado cerca de Natalie, si no hubiera dejado sola a Annie, nada de esto hubiera pasado; no sabía qué hacer con la culpa.

No me dejaba respirar.

Necesitaba una respuesta, cualquier pieza que pudiera contener el desastre que se estaba formando.

Por eso dejé a Christopher al mando y me dirigí al área de Innovación.

El trayecto fue automático.

Ni recuerdo haber tomado los pasillos correctos.

Solo aparecí allí, en la puerta del cubículo, cuando escuché sus voces.

Matthew estaba hablando con Abby.

La forma en que él la miraba era protectora, como si fuera consciente de que algo podía romperse en cualquier momento.

Me detuve.

No porque dudara, sino porque sabía que cualquier palabra iba a cambiar algo para siempre.

—Gabriela —dije, y escuché cómo mi propia voz se rompía—.

Necesito hablar contigo.

Matthew me vio como si estuviera frente al enemigo.

Dio un paso al frente, interponiéndose entre nosotros.

—No es un buen momento, Kavan.

De hecho, no es momento de nada contigo.

Intenté mantener la calma.

No lo juzgaba.

Él había visto a Annie caer.

Sabía lo que yo representaba para algunos.

—Lo sé —respondí—.

Pero esto no puede esperar.

Abby me observó.

Había un temblor pequeño en su respiración, casi imperceptible, pero lo noté.

Algo en su mirada me hizo entender que ella llevaba años esperando una verdad sin forma.

Y quizás por eso dije las palabras sin suavizarlas.

—Mi nombre es Zeke Kavan.

Y mi hermana… la que perdí durante El Quiebre… se llamaba Isabella.

El ceño de Abby se frunció como si acabaran de golpearla con información imposible.

Matthew reaccionó con más dureza, como si quisiera arrancar la idea de raíz.

—No entiendo de qué hablas.

No tenemos nada que ver contigo.

—Abby, escúchame —insistí—.

Tú eres ella.

Eres mi hermana.

El silencio que se formó fue espeso, tan cargado que parecía tener un peso físico.

Ella se llevó una mano al pecho, como si buscara algo allí antes de que yo lo dijera.

—Tienes una marca —continué—.

En el pecho.

A la izquierda.

Con forma de corazón.

Cuando éramos niños, decías que era un sello mágico para que jamás nos perdiéramos.

El mundo pareció doblarse sobre nosotros.

Abby parpadeó.

Sus ojos se llenaron de algo que no era tristeza, ni miedo, ni rabia.

Era reconocimiento.

Un reconocimiento hondo, primitivo, como si una puerta interior hubiera estado cerrada durante años y al fin pudiera abrirse.

—¿Cómo sabes eso?

—preguntó.

—Porque también la tengo —dije levantándome la camisa que llevaba en ese momento, dejando ver la marca que sabía ella también tenía.

Se quedó sin palabras y asumí que el silencio que le siguió fue mi espacio para seguir explicándole lo que estaba pasando.

—Te busqué —dije, con la voz hecha trizas—.

Dieciséis años.

Y hace semanas confirmé lo que ya sabía.

Eres tú.

No hubo explicación médica, ni documento, ni análisis necesario.

Fue suficiente con verla avanzar hacia mí, suficiente con su abrazo.

Reconocí a mi hermana en el modo en que se aferró a mí, como si toda su vida hubiera estado esperando ese segundo.

Matthew retrocedió.

Lo vi entenderlo sin necesidad de palabras.

Le conté lo justo.

No había tiempo para más.

Hablé de nuestra familia, de la búsqueda interminable, de Christopher, de lo que esa marca había significado para nosotros.

Y cuando terminé, la parte más difícil llegó sola.

Le hablé de Annie.

No la describí como soldado ni como colega.

No expliqué con detalles racionales lo que sentía.

Solo dejé salir la verdad, simple y cruda.

—Ella le da sentido a todo esto; a veces me vuelve loco, no sabes lo imposible que esa mujer puede llegar a ser, pero sabes, Abby, ella es real, y me da miedo perderla —le dije sin pensar en que Matthew también estaba escuchando, pero no intervino, ni siquiera se acercó.

Su mirada me sostuvo con una fuerza que no esperaba.

Tomó mi mano y en ese gesto sentí el vínculo que habíamos perdido, pero nunca se había roto.

Su voz tembló cuando habló.

—Entonces ve con ella.

No la dejes sola.

No esperes el momento correcto.

—A veces lo que más amamos se va mientras dudamos.

—Vi cómo lo decía mientras me preparaba para algo más crudo—.

Y Zeke, si Annie no despierta del coma, al menos estuviste ahí para ella.

Sus palabras se quedaron en mí como un golpe suave pero definitivo.

No respondí.

No había nada que decir.

Solo asentí.

El trayecto de vuelta al área médica se sintió como si caminara contra un viento invisible.

Cada paso era pesado, como si arrastrara los años perdidos, los errores, los silencios.

Cuando traspasé la puerta y la vi ahí, tan quieta, tan frágil, el mundo se volvió pequeño.

Me senté junto a su cama.

Tomé su mano entre las mías, frías y torpes.

La piel de Annie estaba helada, demasiado pálida, y su respiración, apenas un suspiro sostenido por cables y circuitos.

La máscara de líder, la disciplina, la lógica… todo eso se desmoronó.

—Aguanta, Woods —susurré al principio, como si aún tuviera control—.

No puedes dejarme ahora.

Pero la voz me falló.

Y el silencio que vino después fue peor que cualquier grito.

—No puedes irte… —dije, la voz quebrándose—.

Ahora que te encontré, que por fin entiendo quién soy contigo, no te puedes ir.

Porque si te vas, Annie, yo no sé quién soy sin ti.

Me incliné hacia ella, apoyando la frente contra su mano, y el llanto que llevaba años conteniendo me destrozó por dentro.

No eran sollozos fuertes, solo respiraciones entrecortadas, secas, el sonido de alguien que no sabe cómo llorar, pero lo hace igual.

—Vuelve, por favor —susurré—.

Solo… vuelve.

El monitor siguió marcando su pulso, lento, pero firme, como una promesa que se negaba a apagarse.

Y en ese instante lo supe, no podía perderla, no después de haberla encontrado.

Porque si Annie Woods moría, todo lo que quedaba de mí moriría con ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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