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Nosotros en las estrellas - Capítulo 35

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35: 34- Say You Won’t Let Go 35: 34- Say You Won’t Let Go Canción sugerida: Say You Won’t Let Go—James Arthur  Zeke Los siguientes tres días no fueron un período de tiempo; fueron una condena.

El tiempo había perdido toda forma y significado para mí; se había convertido en un ciclo interminable y cruel.

Me obsesioné con buscar la forma de rescatarla; leía una y otra vez cada uno de los informes de sangre; cada uno de ellos me gritaba que su cuerpo no tenía defensas.

Revisé cada escáner cerebral una y otra vez.

Estudié cada muestra de médula que logramos salvar y analicé cada variable estadística que aparecía en las pantallas.

Busqué desesperadamente la fórmula, el algoritmo perfecto, la combinación de terapias que me dijera cómo traerla de vuelta.

Era la burla más cruel del universo, una ironía que me quemaba por dentro.

Mientras el Proyecto Cristal, el trabajo por el cual habíamos empezado a estar tan cerca, por el cual había conocido a Annie, avanzaba hacia la perfección en los laboratorios de la nave, la única persona que lo había hecho posible y que me importaba se apagaba lentamente, centímetro a centímetro, justo frente a mí.

Me sentía atrapado y completamente inútil frente al destino.

Dejé de dormir y apenas comía; el simple acto de masticar me parecía una distracción intolerable de la única verdad: Annie estaba en peligro.

Mi existencia entera se había reducido a la distancia minúscula entre la cama donde ella reposaba y la puerta de la sala de observación.

Si tenía que salir de allí, era solo para cumplir con mis responsabilidades esenciales como líder, moviéndome por los pasillos de la nave como una sombra, un fantasma que repartía órdenes con una voz hueca.

Mi mente, sin embargo, nunca abandonaba esa habitación.

Pero incluso en medio de la ruina personal, la vida seguía su curso inexorable y ridículo.

Sabía que en unos pocos días la nave entraría en la atmósfera de Percevalis, el planeta prometido, el nuevo hogar.

Y antes de que eso sucediera, había una deuda que debía saldar.

Un acto de reparación que, aunque pequeño, se sentía gigantesco bajo la sombra de la posible muerte de Annie.

Reuní a Abby y Christopher.

Los llevé a la sala de observación, desde donde el grueso cristal nos separaba del área médica y, específicamente, de la cama de Annie.

Verlos abrazarse después de dieciséis años de vacío y dolor fue indescriptible.

Fue como presenciar un milagro silencioso.

Vi cómo dos partes rotas de mi vida se estaban uniendo de nuevo en ese abrazo.

Frente a mí estaba mi hermana, a quien creí perdida para siempre, y mi hermano, el que por años se había convertido en mejor amigo; la única familia que me quedaba después del Quiebre.

ahora ellos estaban juntos; estábamos los tres de nuevo.

Fue hermoso; se sintió como una liberación de una carga que ni siquiera yo sabía que compartíamos.

Pero, a la vez, no podía sentirme feliz, porque mientras ellos se reencontraban en la alegría, yo veía al amor de mi vida inmóvil, y aunque me sentía solo, sabía que no era la única persona en la nave cuya vida pendía de un hilo; en el otro lado estaba Matthew; él era él.

Ancla de Abby, pero también era el hermano de Annie.

Desde que ella quedó en coma, empezamos a acercarnos cada vez más; intentamos solucionar los problemas que nos distanciaban.

Al final, yo entendía de dónde venía su preocupación, aunque sabía que él nunca confiaría por completo en mí; los dos éramos conscientes de que al final éramos parte de la misma familia.

Abby y Matthew me habían hecho parte de su rutina, y cuando no estaba en el hospital al lado de Annie, estaba en su cubículo, comiendo, conversando sobre posibles tratamientos o simplemente buscando consuelo en ellos.

Recuerdo que ese día era el ‘viernes’ de la nave, era de noche, Abby se acercó a mí en la penumbra del pasillo; su mirada ya no era la de una extraña a la que acababa de conocer, sino la de mi hermana, la única persona que realmente me había conocido de niño.

—Sé que no te he visto en años, Zeke —me dijo, su voz suave, pero firme, sus ojos fijos en los míos.

—Pero aún puedo notar cuando algo te está destrozando.

¿Qué está pasando realmente contigo?

No me mientas.

No pude más.

La coraza que había mantenido durante días, la del líder frío e invulnerable, se derritió por completo.

No tenía la energía, ni el deseo, de mentirle.

—Es sobre Annie —respondí, y el sonido de su nombre se rompió al salir de mi garganta.

—Se extrajo su propia médula, sin ningún equipo de seguridad.

Lo hizo porque creyó que tenía que salvarnos a todos de inmediato, que no podía esperar.

Y casi se mata en el intento.

Su cuerpo no tiene defensas, Abby.

Abby asintió despacio, comprendiendo la magnitud del sacrificio de Annie y la desesperación que me había consumido.

No me juzgó, solo quiso entender lo que le estaba diciendo, quizá no en la lógica o en lo que se debía ser, sino en cómo mis sentimientos se fragmentaban cada vez que pensaba que podía perderla.

—Entonces háblale, no te quedes con nada, Zeke —me dijo con una calma que solo puede provenir de alguien que ha conocido el amor y la pérdida, alguien que sabe que la ciencia no lo explica todo.

—Dile lo que no le has dicho.

Grita si es necesario.

A veces no se trata de química o de protocolos médicos, Zeke.

A veces solo necesitan oírte para encontrar el camino de regreso.

Para aferrarse o para poder irse.

Sus palabras se quedaron conmigo como una orden que debía ejecutar.

Volví a la habitación.

Frente a mis ojos todo era gris; al abrir la puerta de la habitación en la que teníamos a Annie, detrás de su cama, una ventana que dejaba ver los astros que rodeaban la nave.

La habitación se iluminaba solo por la luz verde y azul de los monitores que seguían midiendo su vida.

Me senté junto a su cama, tomando su mano fría entre las mías.

Sentía el pánico ascendiendo, la certeza punzante de que en cualquier segundo la temperatura de su piel se igualaría a la del metal de la nave.

—Annie Woods —empecé, mi voz apenas un susurro ronco.

—Sé que va a sonar muy egoísta, pero te prohíbo irte y dejarme solo; esto no es una orden.

Es una súplica.

—Cerré los ojos, sintiendo el dolor detrás de mis párpados, obligándome a continuar.

—Antes de ti, mi vida era fácil, pero vacía, lo admito; en mi mundo todo era datos, protocolos, objetivos a alcanzar.

Todo tenía sentido hasta que llegaste tú con tu caos y lo arruinaste todo.

Me obligaste a sentir.

A vivir más allá de las ecuaciones.

Tragué saliva, sintiendo el nudo apretarse en mi garganta hasta casi cortarme el aliento.

—No quiero volver al blanco y negro.

No puedo volver a ser el hombre que fui, un algoritmo andante.

No después de haber visto el color, el incendio que trajiste a mi vida.

Te necesito aquí, Annie, te necesito conmigo.

No puedo hacer esto solo.

No sé quién soy sin ti.

Simplemente, no sé cómo existir.

—Sentí cómo las lágrimas, esas que había contenido desde que era un niño, desde que perdí a Isabella, empezaron a caer, silenciosas y calientes sobre el dorso de su mano.

Y en ese instante de vulnerabilidad absoluta, de confesión dolorosa, la melodía constante del monitor se rompió.

El pitido se hizo un chillido agudo y sostenido.

Paro cardíaco.

Su corazón se había detenido.

Mi mundo colapsó, porque después de rogarle que se quedara, estaba pasando esto.

El terror se apoderó de mi cuerpo; era como un frío que me recorría la espalda.

Sentí el dolor agudo de la desesperación y de la pérdida que no me permitía respirar.

Solté su mano inerte.

Estaba muriendo.

—¡Código azul, ahora, necesito a todo el personal aquí!

—La orden que di fue un gruñido instintivo en el intercomunicador, no una voz de líder.

Sentía mi propio corazón latir con violencia contra mis costillas.

Christopher y las enfermeras entraron en tromba, y la habitación explotó en un caos organizado.

—¡Línea plana en el monitor!

¡La estamos perdiendo!

—gritó Chris, sin mirarme.

—¡Empujen el medicamento!

¡Compresiones torácicas, inicien!— Yo no esperé la rotación.

Empujé mi silla hacia atrás y me lancé sobre la cama.

Mis manos se unieron, posicionándose sobre su pecho.

Empecé el RCP.

Fuerte.

Rápido.

Era una máquina de reanimación; necesitaba que su cuerpo recordara cómo funcionar, que su corazón volviera a latir.

—¡Dosis de epinefrina!

¡Inyecten el medicamento!

¡Estamos perdiéndola!

¡Sigan el ritmo de las compresiones!

—Mis órdenes salieron mezcladas con mi súplica, un torrente de acción desesperada.

Mis manos seguían empujando, sin parar.

El sudor me corría por la frente.

—¡Vamos, Annie!

¡Tienes que volver!

¡Te ordeno que vuelvas!— Entonces sentí la mano de Christopher en mi hombro, tratando de detenerme.

—Zeke, para.

Se fue.

El monitor está en línea plana; llevamos demasiado tiempo.

Es inútil.

—Su voz era baja, resignada, pero yo ni siquiera lo miré.

—Hora de falleci…

—No lo dejé terminar; ella no podía irse, no ahora, y aunque el monitor solo mostraba un silencio eléctrico, yo me negaba a aceptarlo.

No, ella no se podía haber ido.

—¡No!— Grité, sacudiendo la cabeza.

—¡Sigue el RCP!

¡Ella tiene que volver!

¡Dame algo, Woods, por favor!

Chris, dándose cuenta de que no cedería, revisó el monitor por enésima vez.

Su rostro, agotado, se transformó.

—¡Hay algo!

¡Actividad caótica!

¡El corazón está temblando sin bombear!

¡Cargando el desfibrilador a 200!

—¡Palas listas!

—lo oí gritar.

—¡Despejen!

—Me retiré apenas un paso.

Vi cómo la descarga sacudió su cuerpo con una violencia seca.

Miré el monitor.

El zigzagueo seguía igual.

Nada.

—¡Subiendo a 300!

¡Otra descarga!

¡Despejen!

—El grito de Chris resonó.

Segunda sacudida.

Nada cambió, el monitor seguía igual, pero el tiempo corría y, entre más pasaba, más cerca estaba de perderla.

El aire se me acabó.

Tenía que ser la última.

Yo tenía que hacerlo.

Tomé las palas del desfibrilador de manos de la enfermera, sintiendo la autoridad y el terror en el metal frío.

—¡Cargando a 360!

—rugí, sin pedir permiso, sin esperar confirmación.

Yo era el médico jefe y su vida era mi única obsesión.

—¡Despejen!

—Mis ojos, fijos en el monitor, prometían que esto no podía terminar.

El impacto final sacudió la habitación.

Hubo un silencio absoluto, denso.

El tiempo se detuvo para mí.

Mi aliento quedó suspendido.

Y entonces… un pitido.

Lento.

Constante.

Ritmo sinusal.

Su corazón había vuelto a latir por sí mismo.

Me desplomé contra la silla, temblando incontrolablemente, la adrenalina y la agonía abandonando mi cuerpo de golpe.

Estaba viva.

Había vuelto.

Pero el miedo no se fue.

Se quedó.

Se instaló en mí, frío y permanente.

Día tras día, vivía cada segundo con el miedo a que se detuviera y esta vez no pudiera hacer nada; mi único anhelo era que el monitor se mantuviera constante.

No dormía.

Solo la miraba.

Esperando que algo sucediera.

Y entonces, en la madrugada del último día antes de llegar a Percevalis, cuando la nave temblaba ligeramente al romper la atmósfera, la sentí.

Un movimiento diminuto bajo mi mano, un espasmo de vida.

Levanté la cabeza de golpe.

Sus ojos estaban abiertos.

Eran los ojos más hermosos, más vivos y más caóticos que había visto jamás.

—¿Zeke?

—susurró, la voz áspera por la intubación y la inmovilidad, pero viva.

Me incliné hacia ella, sin poder evitar la risa ahogada que se escapó de mi garganta, un sonido entrecortado y ridículo.

—Estoy aquí, Annie.

Estoy aquí, mi amor.

—Sus signos vitales se estabilizaban en el monitor, su color volvía lentamente a sus labios pálidos.

Estaba volviendo a mí; retiré el tubo que la ayudaba a respirar; sabía que ahora lo podía hacer por ella misma.

—¿Estás aquí?

—repitió, y esa sonrisa diminuta y cansada activó el torrente de alivio que, en lugar de paz, se transformó en una explosión de pura furia.

—¿Cómo te atreviste, Woods?

—espeté, mi voz tensa, quebrada por la tensión acumulada.

—¿Tienes idea de lo que acabas de hacerme pasar?

¡Pudiste morir!

¡Lo hiciste por un minuto!

¡Te lo advertí!

¡Te lo rogué!

Y aun así, decidiste hacerme a un lado y hacerlo sola.— Ella me miró, sin decir nada.

Solo esa mirada suya, suave, paciente, me rompió por completo.

La rabia se disolvió en desesperación.

—No me mires así —susurré, llevándome una mano al rostro.

—Me tuviste una semana sin respirar.

Una semana, Annie.

No puedes volver a hacerme eso.

No puedo soportarlo de nuevo.

El silencio entre nosotros se rompió con la alarma general, la voz fría y mecánica del capitán irrumpiendo en nuestra burbuja de dolor.

—Atención, tripulantes.

Hemos entrado en la órbita de Percevalis.

La elección final de parejas comenzará en sesenta minutos.

Repito: en sesenta minutos.— Nuestras miradas se cruzaron; el tiempo se había agotado.

La decisión era ahora o nunca; estábamos justo al borde de un nuevo mundo y no podía estar más seguro de lo que quería.

—¿Qué pasó con nosotros?

—preguntó, con la voz frágil, pero la pregunta afilada.

—¿Ya volviste con Natalie?

¿El protocolo ganó?— Solté una risa sin humor.

—¿Recuerdas nuestro pacto?

Sigue intacto, Woods.

Mis sentimientos también.

Nunca dejé de elegirte, te elijo a ti, Annie.

Ayer, hoy y mañana.

Siempre.

Eres mi única verdad.— Ella sonrió, y vi cómo las lágrimas de la emoción recorrían sus mejillas.

—Entonces te elijo a ti, Zeke Kavan, yo también te elijo —susurró.

—¿Qué estamos esperando?

—dije acercando mi reloj al suyo, un gesto de compromiso formal, irrefutable.

En la pantalla, seleccioné su nombre.

Ella hizo lo mismo.

Las pulseras respondieron con un anuncio triunfal y vibrante.

PAREJA FINAL CONFIRMADA.

BIENVENIDOS A CASA.

Me incliné hacia ella y la besé; fue un beso suave, cálido, lleno de la promesa de un nuevo comienzo, pero también lleno de alivio; era la certeza de que la había recuperado.

Por la ventana del laboratorio pudimos ver el planeta azul y verde que se desplegaba ante nosotros como el primer amanecer del mundo, un nuevo lienzo para nuestra vida.

—¿Por qué todo duele tanto?

—se quejó ella, riendo débilmente, tocándose la espalda dolorida.

—Porque estás viva, Woods —respondí, con una sonrisa que ya no pude contener.

—Y eso es lo único que importa.

Lo único que me importa.—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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