Nosotros en las estrellas - Capítulo 36
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36: 35- Rewrite the Stars 36: 35- Rewrite the Stars Canción sugerida: Rewrite the Stars – The Greatest Showman Y sí, me sentía viva, pero para confirmarlo, me levanté suavemente, sosteniendo el peso de mi cuerpo con los codos, permitiéndome estar cerca de él; en cuanto pude, lo besé.
Fue un beso que no necesitaba ser salvaje o urgente; era suave, pero contenía la promesa de un nuevo comienzo, tenía la certeza de que quería estar ahí, el sabor del alivio de que finalmente estábamos en el mismo sitio.
Afuera, por la inmensa ventana del laboratorio, el horizonte se llenaba rápidamente de un planeta azul y verde.
Habíamos llegado.
El viaje había terminado, pero sentía que mi vida apenas comenzaba.
Cuando nos separamos, la alarma de la nave seguía resonando, un recordatorio de que el mundo, el gran Proyecto Éxodo, no se había detenido por nuestro drama.
Vi por encima del hombro de Zeke y me di cuenta de que no estábamos solos.
Las noticias habían viajado rápido; Matthew y Abby estaban de pie junto a la puerta, sus rostros iluminados por sonrisas cómplices y lágrimas contenidas.
Sabía que si alguien había sufrido por mi estado, ese había sido mi hermano Matt.
A su lado, Chris, que estaba acompañado de una chica de cabello oscuro que había visto en ingeniería, Sofía, nos miraban con un alivio compartido que lo decía todo.
En este punto ya habíamos dejado de ser parejas asignadas; tampoco éramos seres individuales que eran parte de una tripulación; éramos algo más.
Nos habíamos convertido en una familia, quizá medio rota y recompuesta en el último segundo, pero estábamos juntos.
Por otro lado, aún no me sentía del todo bien.
Aunque no recordaba lo que había pasado y para mí todo había sido solo un parpadeo, sentía cómo mi cuerpo aún no se recomponía del coma; quizá era también un conjunto de situaciones con la adrenalina del paro cardíaco, la reanimación, la declaración.
Mi cuerpo se iba despertando poco a poco y con él, el peso de semanas; el agotamiento me golpeaba como una ola fría.
Intenté moverme, un simple gesto para levantarme, y un dolor intenso recorrió cada músculo y hueso.
La fragilidad de mi cuerpo era humillante.
Y en cuanto intentaba moverme como si nada, vi en la cara de Zeke cómo el alivio se transformaba en una furia nacida del miedo más puro, esa emoción que solo puede sentir alguien que ha estado a punto de perderlo todo.
Su voz salió baja, un gruñido tensísimo que apenas lo hacía respirar.
—¿En qué demonios estabas pensando, Woods?
¿Creíste que podías jugar a ser una mártir sin consecuencias?
Que extraer parte de tu médula era como tomar un vaso de agua.
Su regaño no era el del líder médico reprendiendo a un subordinado.
No.
Era el de alguien que había estado aterrorizado, que había tocado el fondo del pánico.
Cada palabra estaba cargada de su propia vulnerabilidad.
—¡Casi mueres!
—continuó; su voz se quebró, vi cómo su cara se transformaba; sabía que tenía que escucharlo, que debía dejar que se expresara, porque por primera vez lo hacía.
—¡Tuvimos que reanimarte!
Te vi irte.
¿De qué habría servido encontrar la cura, de qué habría servido el planeta, si te perdía en el proceso?
No me hables de lógica, Annie, porque no la hubo.
Esa palabra.
Perdía.
Se quedó flotando en el aire denso de la cabina.
Vi cómo salió desde lo más profundo de sus sentimientos.
Él tenía razón, había sido envidiosa, no había pensado en lo que estaba dejando atrás, a quiénes podía lastimar y sabía que lo que decía no era una pregunta sobre la misión.
Era una confesión de su corazón.
—Entendido, Zeke —susurré, sintiendo una punzada de culpa que no había sentido antes.
Mi ego, el que me había impulsado a hacer el procedimiento sola, se encogió.
—Perdón.
Tenías razón, no pensé en que pudiera hacerte daño, nunca lo hubiera hecho si hubiera sabido que ibas a sufrir por eso.
Él respiró hondo, un suspiro largo y tembloroso, como si estuviera obligando a sus músculos a relajarse.
—Tenemos que ir a la cabina —dijo, la voz más baja, volviendo a la calma del líder.
—Tienes que prepararte para el aterrizaje.
Las presiones atmosféricas te golpearán fuerte.
Intenté ponerme de pie, decidida a demostrarle que no era tan frágil, pero mis piernas temblaron sin control; estaban débiles por los días que estuve en coma y sumado a la falta de defensas.
El mundo dio un vuelco, la gravedad simulada se sintió como una fuerza ajena, y me habría caído al suelo de metal si él no hubiera reaccionado instantáneamente.
Su brazo rodeó mi cintura con una firmeza que era mitad rescate, mitad posesión.
—Tranquila, Woods —susurró muy cerca de mi oído, su aliento cálido—.
Mientras yo esté aquí, estás a salvo.
Me ayudó a quitar los sensores del monitor y la bata; sus movimientos eran precisos, pero cuidadosos, casi reverenciales, como si estuviera tocando algo valioso que temía romper.
Cada roce accidental de sus dedos contra mi piel, que ahora estaba hipersensible, se sentía como una pequeña descarga eléctrica.
Ya no éramos enemigos en medio de batallas de intelecto, ni éramos solo compañeros de misión unidos por el protocolo.
Éramos nosotros.
Y esa simple palabra lo cambiaba todo, reescribía mi vida entera.
Caminamos por los pasillos de la nave.
No había necesidad de hablar; el silencio estaba cargado con el peso de nuestra verdad, con el terror superado y la promesa del beso.
A nuestro alrededor, la tripulación se movía con prisa, sus rostros marcados por la expectación del descenso, pero nosotros avanzábamos en nuestra propia burbuja, lenta e ineludible.
Su brazo nunca soltó mi cintura, manteniéndome pegada a su lado.
Por primera vez, en lugar de sentirme como un problema que él, como líder, debía resolver y gestionar, me sentí como alguien a quien quería cuidar y proteger.
Cuando llegamos a nuestra cabina, la voz sintética del sistema resonó, marcando el fin de la espera: —Atención, tripulación.
El descenso atmosférico comenzará en diez minutos.
Por favor, aseguren sus posiciones.
Zeke me ayudó a sentarme en una de las sillas de aterrizaje, asegurándose de que la posición fuera cómoda para mi cuerpo adolorido.
Abrochó los arneses con una precisión mecánica, pero no pudo ocultar el temblor ligero de sus manos.
Se sentó a mi lado e hizo lo mismo, pero sus ojos no se apartaron de los míos.
Estábamos en primera línea.
Teníamos la mejor vista de la nave: justo frente a nosotros, un nuevo mundo se abría.
—¿Estás bien?
—preguntó de nuevo, en voz baja.
Asentí, mi garganta seca.
Sabía que la respuesta completa era un “no” rotundo.
Estaba débil, agotada hasta los huesos y confundida por la rapidez con la que mi vida había cambiado.
Pero por primera vez en años, no me sentía sola dentro de mi caos, y eso lo era todo.
La nave empezó a vibrar, un temblor suave al principio que fue creciendo en intensidad y en un rugido profundo.
El sonido del metal al rozar las capas altas de la atmósfera llenó la cabina, una señal de fricción.
Era el final definitivo de un viaje de meses…
y el comienzo de todo lo demás.
El planeta ya no era un punto de luz distante, una promesa en un mapa estelar.
Era un mundo inmenso que llenaba la ventana.
Un planeta tan vivo que parecía respirar frente a nosotros.
Vi los continentes de un verde exuberante, las nubes blancas arremolinándose sobre océanos de un azul tan profundo que dolía mirarlo.
Los ríos serpenteaban por la tierra como venas de plata, y montañas inmensas se levantaban hacia un cielo de un color que mi mente, acostumbrada a los grises de la nave, no sabía que existía.
Era un paraíso.
Un lienzo sin mancha.
La promesa palpable de empezar de nuevo, de dejar atrás el quiebre, la enfermedad, el dolor.
Pensé en la chica que había estado parada en este mismo lugar sesenta días atrás, antes de que todo comenzara.
La chica que tenía miedo de fallar, que dudaba de su valía, que creía no pertenecer a ningún sitio.
Y entonces vi nuestro reflejo en el cristal de la ventana, sobre la imagen del planeta: mi rostro pálido y vulnerable, enmarcado por el de Zeke, y sus ojos, en el reflejo, fijos no en el nuevo mundo, sino en mí.
Y, en ese instante, bajo el rugido del descenso, entendí.
No era el planeta lo que importaba.
No era la misión.
No era la cura.
Nunca lo había sido.
Eran las personas.
Era Matthew, encontrando al fin la paz en los brazos de Abby después de años de soledad y dureza.
Era Chris, recuperando a la hermana que creía perdida y volviendo a tener una familia real.
Era Zeke, el chico roto y rígido que había aprendido a sentir de nuevo y que ahora había entendido que el amor no es lógica o una debilidad.
Y era yo, la anomalía, la cura viva, la que tuvo que perderlo todo, la salud, la vida e incluso la lógica, para descubrir quién era realmente.
Una lágrima solitaria, pesada de gratitud y de comprensión, recorrió mi mejilla.
No había tristeza en ella.
Era una lágrima de asombro.
Zeke levantó una mano, sus movimientos lentos y deliberados en la cabina.
Con una suavidad que desarmó mi última resistencia, secó la lágrima con su pulgar.
La presión era mínima, pero el efecto fue eléctrico.
—¿Estás bien, Annie?
—repitió, su voz apenas un susurro que luchaba contra el rugido del aire.
La pregunta no era médica.
Era personal.
Lo miré.
A él.
A mi caos.
A mi ancla.
Y, por primera vez en mi vida, la respuesta fue la verdad absoluta que no admitía dudas.
—Sí —dije, sintiendo cómo la palabra se asentaba en mi pecho.
—Por primera vez en mucho tiempo, Zeke, creo que sí.
La nave dio una última sacudida fuerte, un impacto suave pero definitivo contra la tierra.
Y luego, el silencio.
El rugido de los motores, el zumbido de la atmósfera.
Por fin habíamos aterrizado.
La voz del sistema, ahora más clara y resonante, llenó la cabina por última vez: —Bienvenidos a casa, tripulantes del Proyecto Éxodo II.
El sonido de las compuertas al desbloquearse resonó como el primer latido de un nuevo mundo que se abría ante nosotros.
Nos miramos, listos para salir, listos para ese nuevo comienzo.
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