Nosotros en las estrellas - Capítulo 37
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37: 36- Heaven 37: 36- Heaven Canción sugerida: Heaven – Avicii El sonido de las compuertas al desbloquearse resonó como el primer latido de un nuevo mundo.
Era metálico, profundo, y me recorrió la piel como una descarga.
Zeke no soltó mi mano.
Juntos giramos hacia la puerta de nuestra cabina, listos o al menos intentando estarlo para dar el primer paso hacia nuestro futuro.
Afuera, los pasillos de la nave se llenaron de voces, pasos y al mismo tiempo de órdenes cruzadas.
La tripulación se movía con una mezcla de euforia y nerviosismo, como si todos intentaran recordar cómo se respiraba fuera de un metal cerrado y, aunque aún no salíamos, ese sería el próximo paso para todos.
Había risas contenidas, abrazos, lágrimas, promesas de que ahora sí, todo empezaría de nuevo.
Por un momento, solo los observé.
Definitivamente, habían pasado días sin todo el ruido y la adrenalina constante; había estado en coma por al menos dos semanas, y aunque solo eran unos días, para nosotros en la nave cada día se sentía como un año.
Veía cómo todos, al pasar por mi lado, me observaban por un largo tiempo, como si me conocieran o si estuvieran felices de verme.
Sentí cómo Zeke se mantenía a mi lado como si temiera que cayera.
—¿Por qué todos me ven así?
—le pregunté a Zeke, sin mirarlo mientras saludaba a una chica que no recordaba nunca haber saludado.
—Se podría decir que eres famosa por toda la nave.
—Dijo soltando una sonrisita burlona.
—Vamos, Annie, necesitas reposo.
—¿Famosa?
—dije y fue más un cuestionamiento interno que una pregunta para Zeke, que igual contestó.
—Todos saben que tú fuiste quien desarrolló Cristal, o bueno, en términos más simples, la que hizo que todos al aterrizar aún estemos vivos.
¿Sabes las probabilidades que había?
La atmósfera, aunque es apta para la vida, no era apta para nuestros cuerpos incluso después del entrenamiento, pero nuestra heroína nos salvó.
—¿Tú les constaste a todos que yo tenía la fórmula de cristal?
—le pregunté, siguiéndolo.
—Annie Woods, pusiste en riesgo tu vida para que funcionara —dijo guiándome a una silla; vi cómo se arrepintió de haber elogiado mi acto al instante—.
No, borra esa sonrisa, aún estoy muy enojado contigo por poner tu vida en riesgo así; estoy seguro de que hubiéramos encontrado cualquier solución posible que no incluyera poner parte de tu médula ósea en ese medicamento.
Y aunque sabía que él tenía razón, sabía que para ese tiempo ya no teníamos tiempo para descubrirlo y esa había sido mi decisión.
Desde lejos pude ver a todos pasar; se veían tan diferentes y, sin embargo, tan iguales en ese instante: llenos de miedo y esperanza.
En cada rostro había una historia que se cerraba y otra que apenas comenzaba.
Yo también la sentía.
Ese vértigo.
Ese temblor que no venía del descenso, sino del corazón.
Percevalis estaba allí afuera, esperándonos.
Un planeta virgen, una promesa viva, un lienzo para escribir lo que la Tierra no nos dejó.
—Debemos ir —dije, intentando ponerme de pie.
Pero apenas lo hice, el dolor en mis piernas y el peso en mis músculos me recordaron, como un golpe seco, todo lo que había pasado.
—¿Qué crees que haces, Woods?
—La voz de Zeke me detuvo.
No era un grito, ni una orden dura, pero tenía ese tono suyo que no admitía discusión.
Su mirada era suficiente para congelar cualquier intento de rebeldía.
Suspiré.
—Solo quería ver.
No pienso correr un maratón.
—¿No puedes mantenerte quieta ni cinco minutos, verdad?
—murmuró, revisando su tableta mientras el holograma azul del sistema flotaba sobre su muñeca—.
Está atardeciendo.
No es momento de salir.
Necesitamos analizar las condiciones atmosféricas, los niveles de oxígeno y radiación.
Levantó la vista hacia mí, y su voz cambió de registro.
—Y tú, Annie Woods, te quedarás aquí, descansando.
Es una orden.
Rodé los ojos.
—Te prometo que no hay nada de que preocuparse.
Estoy bien.
Puedo ayudarlos en la exploración.
—¿Bien?
¿Estás bien?
—alzó una ceja—.
Escúchate, estuviste en coma.
Tu cuerpo sigue recuperándose.
No me hagas ponerte bajo observación médica otra vez.
—Es que… —Hice un puchero, sabía el efecto que generaba en él—.
¿Sabes lo mucho que me aburre estar sola aquí?
Él negó con la cabeza, pero esta vez una sonrisa apenas perceptible curvó sus labios.
—No.
Absolutamente no.
Te quedas aquí.
Descansas.
Lo dijo tu líder.
Crucé los brazos, fingiendo molestia, aunque por dentro no podía evitar sonreír.
Lo conocía lo suficiente para saber que detrás de cada palabra dura había miedo.
Miedo de volver a perder a alguien.
Miedo de perderme a mí.
Vi cómo movía sus dedos en la tableta y daba órdenes por su intercomunicador.
Luego de un tiempo y cuando ya me había resignado al destino que Zeke había marcado para mí los siguientes días, vi cómo dejó su tableta sobre la mesa y se acercó.
Su expresión cambió.
La rigidez desapareció, y en su lugar, apareció algo más suave, casi tierno, la primera vez que lo veía en él.
—Además, ¿quién te dijo que te quedarías sola?
¿Crees que yo te dejaría sola aquí?
Por favor, Annie Woods, no confío en que sigas órdenes.
No tuve tiempo de responder.
Me tomó por la cintura con facilidad, levantándome con una fuerza que no era solo física.
Me sentó sobre su regazo, frente a él, y el contacto me desarmó por completo.
—Zeke…
—susurré, sintiendo cómo el aire se me escapaba.
—Ven —murmuró contra mi oído—.
Solo quédate quieta un momento.
El calor de su cuerpo se filtró a través de mi ropa, y la sensación me hizo olvidar cualquier argumento.
—¿Seguro que puedes hacer eso?
—pregunté en voz baja—.
¿Trabajar y tener reuniones…
conmigo aquí?
—Voy a quedarme cuidándote —dijo con una calma que no encajaba con la intensidad de sus ojos—.
Y si tengo reuniones, las tendré aquí.
A tu lado.
No supe qué responder.
Mis defensas, las pocas que quedaban, se derritieron.
Sus manos subieron despacio por mi espalda, recorriendo mi piel como si memorizara un mapa que ya conocía, pero temía olvidar.
Sentí cómo su respiración se mezclaba con la mía, y antes de poder pensar en lo que hacía, lo besé.
No fue un beso apresurado.
Fue lento, profundo, como si ambos quisiéramos grabar ese instante en la memoria antes de que el mundo cambiara otra vez.
La cabina se volvió más pequeña, más cálida.
Todo el metal que nos rodeaba desapareció, y solo existían sus manos sosteniéndome, mi cuerpo respondiendo al suyo, el sonido suave de nuestras respiraciones chocando en medio de un silencio contenido.
Era fuego.
Fuego contenido por demasiado tiempo, ardiendo ahora sin pedir permiso.
Cuando sus dedos rozaron mi piel, temblé.
No de miedo, sino de reconocimiento.
Era la primera vez en mucho tiempo que alguien me tocaba sin querer reparar algo, sin buscar la parte rota.
Solo por sentirme viva.
—Zeke… —susurré, apenas rozando sus labios—.
Aún no estoy lista.
Él se detuvo.
De inmediato.
Sus manos se quedaron quietas sobre mi espalda, pero no me soltó.
Me miró a los ojos, buscando algo, y cuando lo encontró, asintió despacio.
—No te tocaré si tú no quieres —dijo, su voz un susurro tembloroso—.
No lo necesito.
Lo importante es que estás aquí.
Conmigo.
Me abrazó con fuerza, y yo hundí el rostro en su cuello.
Su olor, mezcla de metal, aire filtrado y algo tan humano que dolía, me envolvió.
Sentí su corazón latiendo bajo mi mejilla, un ritmo firme, constante, que parecía decirme: “Aquí estoy”.
Por primera vez en mucho tiempo, me sentí completamente segura.
Era solo yo, en sus brazos, y era suficiente.
Nos quedamos así un largo rato, sin hablar.
Afuera, el bullicio de la tripulación continuaba.
Algunos reían, otros lloraban, y en el fondo se escuchaba el sonido de las compuertas abriéndose del todo.
Percevalis estaba ahí, esperándonos.
Zeke fue el primero en romper el silencio.
—¿Sabes?
Nunca pensé que este día llegaría.
—Su voz sonaba diferente, casi vulnerable—.
Siempre imaginé el aterrizaje como un momento perfecto, con discursos, sonrisas y protocolos.
Pero ahora que estamos aquí… solo puedo pensar en ti.
Sonreí.
—¿En serio?
Pensé que estarías pensando en mapas, coordenadas o estrategias.
—Tú eres mi mapa, Woods —dijo, y lo dijo tan serio que me dejó sin aire—.
Me pierdo si no te tengo cerca.
Me reí bajito, apoyando la frente en su pecho.
—Eso suena demasiado cursi para ti, Zeke Kavan.
—Sí, lo sé —respondió, sonriendo por primera vez en días—.
No lo repitas o perderé mi reputación.
Pasó un rato antes de que me diera cuenta de que el cielo afuera empezaba a cambiar de color.
Desde la ventana, el horizonte se teñía de dorado y cobre.
Era el primer atardecer en Percevalis, y verlo juntos se sentía como presenciar el renacer del universo.
Zeke apretó mi mano.
—Míralo, Annie.
—Su voz era apenas un murmullo—.
Esto es nuestro ahora.
El planeta brillaba con una belleza que dolía.
La luz se reflejaba en los lagos, las nubes pintaban sombras en los bosques infinitos, y cada detalle gritaba vida.
Me di cuenta de que, por primera vez, no sentía miedo.
Apoyé la cabeza en su hombro.
—¿Sabes qué es lo más raro?
—pregunté.
—¿Qué?
—Pensé que este día sería el final.
Pero se siente como el principio de algo mucho más grande.
Zeke giró el rostro hacia mí y me besó la frente.
—Lo es —dijo—.
Y pase lo que pase, quiero vivirlo contigo.
Nos quedamos mirando por la ventana hasta que el sol desapareció y la primera noche cayó sobre Percevalis.
En el reflejo del cristal, nuestros rostros se fundían con las luces de la nave, y por un segundo, pensé que quizá eso era lo que significaba empezar de nuevo: no borrar el pasado, sino aprender a sostenerlo sin que te hunda.
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