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Nosotros en las estrellas - Capítulo 38

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38: 37- A Sky Full of Stars 38: 37- A Sky Full of Stars Canción sugerida: A Sky Full of Stars – Coldplay.

Cuando por fin me desperté, la diferencia en el sonido fue lo primero que me golpeó.

Ya no era ese ruido artificial y constante del aire que fluía a través de las tuberías; en su lugar, se escuchaba cómo desde afuera el viento chocaba contra los árboles, un sonido que se colaba suavemente por la ventana.

Era la evidencia y el primer regalo de que la vida nos daba la oportunidad de poder vivir algo nuevo.

Percevalis no era una foto genial ni una proyección de cine, sino un lugar real.

Desde la ventana se podía ver un paisaje gigantesco, bañado por una luz dorada que parecía cubrirlo todo desde cualquier ángulo.

La hierba era de un verde tan intenso que casi me hacía daño en los ojos, y los árboles se movían despacio, grandes y frondosos, como si el planeta entero estuviera respirando lentamente.

Todo era tan increíblemente perfecto, tan idílico, que por un segundo dudé si esto era real o si era obra de un sueño del cual no me despertaba.

El aterrizaje había sido perfecto, y las primeras exploraciones comenzaron temprano; vi cómo algunos chicos de la nave exploraban el territorio y tomaban muestras de todo alrededor, tratando de descifrar si estábamos listos para asentarnos en ese lugar.

Y mientras todos tenían un rol en la exploración planetaria, Zeke había prohibido mi salida de la nave; estaba bajo órdenes médicas estrictas, reposo absoluto, lo repetía cada vez que intentaba hacerme un lugar en los planes de exploración, y aunque él había prometido estar, sabía que liderar y conocer el planeta no era una labor que se podía hacer desde una tableta.

Mientras todos estaban afuera, la nave desde adentro hacía su proceso de adaptación; la temperatura en la cabina se ajustaba poco a poco al exterior, volviéndose agradable y real; no hacía el frío metálico de la nave o el calor de un invernadero, era un clima real, causado por el sol y el planeta.

En la zona en la que estábamos, predominaba un calor templado y suave.

Después de un día largo, en donde me centré en revisar los resultados de cristal, en los posibles riesgos y en monitorear la salud de todos en la nave, mientras ellos se adaptaban al nuevo planeta, vi el día pasar por la ventana, y aunque parecía estar en una cárcel en esa cabina, por primera vez podía ver el cielo despejado y azul.

Al pasar las horas y cuando ya se hacía más tarde, la luz del sol empezó a caer y, como nunca, la cabina se llenó de un dorado que atrapaba todo a su paso.

El atardecer desde ese momento se convertía en mi momento favorito del día; vi cómo en el horizonte y en medio de los árboles el sol caía y se escondía suavemente, pasando de un naranja cálido a un violeta profundo y eléctrico.

Al final, se quedó en un azul oscuro saturado de estrellas que nunca antes habíamos visto, como un mapa que ahora era solo nuestro.

Me sentí completamente insignificante, pero de una manera maravillosamente simple y tranquila.

Y con la caída del sol, sabía que era hora de que Zeke y todo aquel que estaba en la misión de exploración volvieran a la casa, a nuestra cabina, y aunque estuviera enojada con él, sabía que al mismo tiempo ansiaba que llegara para que me contara todo lo que él había vivido.

Pero no pasó así; vi desde la ventana cómo la compuerta se cerraba y, aunque sabía que Zeke había entrado entre todas las personas, no volvió a la cabina, así que, aunque aún todo doliera, fui a buscarlo; sabía dónde estaba; en su oficina, como de costumbre.

Zeke estaba sentado en su terminal; la luz de la pantalla se reflejaba en su rostro exhausto, con ojeras enormes.

A pesar de eso, su concentración era la de siempre, la del científico que finalmente tiene sus resultados.

—¿Dónde quedó la promesa de que no me ibas a dejar sola en la cabina?

—dije interrumpiéndolo.

Zeke levantó la vista apenas escuchó mi voz, y esa reacción suya, muy rápida, casi culpable, me arrancó una sonrisa que no supe disimular.

Tenía el cabello más desordenado que de costumbre, con las ojeras marcadas, y aun así logró darme esa mirada que siempre me desarma, la que usaba cuando sabía que incumplía algo que había prometido, y en sus ojos podía ver cómo estaba buscando una manera silenciosa de arreglarlo.

—Estaba terminando algo —dijo, como si eso explicara que me hubiera dejado esperando justo hoy, justo cuando habíamos acordado que lo intentaríamos de verdad esta vez.

—Eso puedo ver —respondí, acercándome un poco, dejando que mis dedos rozaran el borde de la mesa—.

Pero la promesa incluía que no me ibas a dejar sola en la cabina.

Y técnicamente… lo hiciste.

La luz azulada del monitor iluminó la sonrisa que intentó contener.

No lo logró del todo.

—Técnicamente, sí —admitió—.

Aunque me gusta pensar que estabas demasiado distraída con el atardecer como para echarme de menos.

—Sabes que decirme que me quede en la cabina mientras todos están explorando el planeta es como si estuviera en una cárcel; esperaba por lo menos que, al llegar, fueras a contarme todo lo que viste afuera, pero, en cambio, viniste a la oficina —le dije, pero la sonrisa se me escapó igual.

No tenía caso fingir.

Zeke me sostuvo la mirada con esa mezcla infame de cansancio y cariño que últimamente le quedaba demasiado bien.

Se giró un poco hacia mí, dejando a un lado la terminal, como si por fin entendiera que lo que necesitaba no estaba en las pantallas.

—Ven aquí —murmuró, no como orden, sino como invitación.

Como quien ofrece un lugar seguro.

Di dos pasos y vi cómo levantó una mano, apenas rozando mi muñeca, guiándome a su regazo para que me sentara ahí; era un gesto sencillo, pero que me permitía estar más cerca de él.

Había algo terriblemente suave en sus movimientos ese día, como si temiera romper lo que estábamos construyendo.

—Prometo que no quería dejarte sola —agregó, esta vez con el tipo de sinceridad que se siente más en la piel que en las palabras—.

Solo… quería terminar con esto para poder ir contigo sin tener la cabeza en otra parte.

—Y aun así te estás tardando una eternidad —bromeé, apoyándome en el borde del escritorio justo frente a él.

Zeke bajó la mirada a mis labios por un instante demasiado obvio como para ignorarlo.

Esa atención descarada suya siempre me había irritado un poco… hasta que dejó de hacerlo, hasta que se volvió un recordatorio tibio de que él también estaba intentando, que él también tenía miedo.

—Ya estoy aquí —dijo, subiendo la mano hasta mi cintura, apenas un toque, lo justo para que yo supiera que no era casual—.

Y no pienso irme.

Sentí que la oficina, que siempre había sido tan fría, adquiría un calor distinto, como si el aire se hubiera acomodado alrededor de nosotros.

Recosté mi cabeza en su pecho; olía diferente, a tierra mezclada con su olor de siempre.

Sentí cómo ponía sus manos a mi alrededor, acercándome más a él.

Era la primera vez que volvía a ser mi Zeke y no el Comandante Kavan, el líder que había estado aterrorizado por la misión.

—Podemos empezar a construir, Annie… —dijo con voz más suave.

—Este planeta es oficialmente nuestro hogar.

—Sonreí, porque era muy difícil creer que, después de todo, después de perderlo casi todo, lo habíamos logrado, y ahora estábamos aquí.

Después de unos minutos vi cómo creó un poco de espacio entre nosotros, no porque quisiera su espacio, sino que era la señal de que era tiempo de volver a nuestra cabina a descansar.

El siguiente día sería más difícil, un día más para la exploración y los primeros pasos para construir nuestros primeros hogares.

Cuando estaba ya acostada en la cama, sentí cómo Zeke se recostaba y, con un sutil movimiento, se acercaba a mí, sentándose a mi lado; el colchón se hundió con su peso.

No dijo nada, solo me agarró la mano y entrelazó sus dedos con los míos.

Por primera vez en días, lo vi relajarse de verdad, sin el peso del liderazgo o de la misión.

Estaba tranquilo.

Esa noche dormí profundamente, sin pastillas ni sobresaltos, sintiendo como si el planeta entero me estuviera acunando suavemente.

Pero al amanecer, el silencio del planeta se rompió por un murmullo que no era del viento.

Eran voces, muchas voces que se filtraban por la estructura de la nave.

Al principio, pensé que era la tripulación, pero la curiosidad me jaló a la ventana para mirar.

Cuando lo hice, el aire abandonó mis pulmones por completo.

Había personas afuera.

Decenas, tal vez cientos de personas que rodeaban la nave, formando un círculo tranquilo, pero que se sentía inquebrantable.

No llevaban nuestros uniformes, sino ropa simple.

No parecían enojados, pero su presencia, de la nada, nos puso a todos en Código Rojo inmediatamente.

—Zeke —le dije, mi voz apenas un soplido, tocándole el brazo para despertarlo.

Él se levantó de golpe, con el reflejo de soldado activado en un segundo.

Justo en ese momento, Chris gritó por el intercomunicador, con la voz supertensa: —¡Alerta!

¡Líderes a la sala de control!

¡Hay gente afuera!

¡Repito, contacto con nativos!

—Zeke se puso su traje negro rápido; cuando se abrochó el comunicador, su cara cambió por completo, se había transformado en el Comandante Kavan.

—No quiero que te asustes, Annie —me dijo, mirándome con una calma que se sentía completamente falsa—.

Voy a salir a hablar con ellos.

Por favor, quédate aquí segura.

—¿Hablar?

—pregunté, quizá con mucho miedo de que le pudiera pasar algo.

—¡Zeke, por amor a Dios, no sabemos quiénes son!

¡Podrían ser violentos!

¡Podrían matarte!— Sentí cómo agarró mis manos con fuerza, obligándome a mantener el contacto visual.

—Escúchame.

Si venimos hasta aquí a construir, no podemos empezar una guerra.

Somos nosotros los que llegamos a su casa, Annie; el primer paso es la paz.

Mi voz tembló, a pesar de mis esfuerzos por controlarla: —Pero…

¿Y si no quieren que estemos aquí?

—dije con miedo.

—No quiero que nada te pase.

Él sonrió muy levemente, casi una sombra de gesto.

—No me va a pasar nada, y si no nos quieren aquí, entonces vamos a hablarlo y lo podemos negociar, haremos un tratado si es necesario.

Pero lo haremos con respeto.— Quise discutir, pero me calló con un beso.

No fue largo ni intenso; fue un beso de pura calma, como si me inyectara un poco de su coraje.

—Amor… —me dijo, y el sonido de esa palabra, usada por primera vez en voz alta, me golpeó más fuerte que cualquier alarma.

Hasta él se sorprendió.

—Confía en mí.

No voy solo.

Primero haremos hologramas, y si es necesario, solo saldremos dos personas.— —¿No vas solo?

—pregunté con un mal presentimiento que se hizo certeza.

—¿Quién va contigo?

—No tuvo que responder, solo desvió la mirada.

—No me digas… ¿Tú y Matt?

Cuando asintió.

Sentí un nudo helado en el estómago al darme cuenta de que mis dos personas iban a arriesgarse desarmados ante lo desconocido.

La sala de control estaba hirviendo de tensión.

Zeke y Matthew se pararon en la plataforma, y la nave proyectó sus figuras gigantes afuera, como si fueran dos dioses frente al grupo de nativos.

Zeke habló primero, y su voz, amplificada, resonó en el valle.

—Somos parte del Proyecto Éxodo.

Venimos en paz.

Queremos vivir aquí y coexistir.

El líder, un hombre de cabello oscuro con una mirada profunda, se adelantó y habló con una calma aterradora.

—Bienvenidos a Percevalis.

Sabíamos que vendrían.

El silencio invadió toda la nave; nadie se movió por la sorpresa.

Zeke miró a Matt.

—¿Sabían que llegábamos?

—vi cómo preguntó con miedo, como si todo lo que hubiera planeado se deshiciera.

—Sí —respondió el líder con total naturalidad—.

Los hemos estado esperando durante dieciséis años.

Mi mente no podía procesar eso; dieciséis años era el tiempo exacto desde que el proyecto comenzó en el búnker de Génesis Lab antes de nuestro viaje.

—Queremos hablar con ustedes en persona —continuó el hombre—.

No con imágenes.

Queremos sentirlos de verdad.

Zeke respiró hondo y tomó la decisión.

—Accediendo a contacto físico directo— vi cómo le ordenaba al sistema.

Cuando la compuerta se abrió, pude ver desde la ventana cómo Zeke y Matthew salían, caminando lentamente hacia el grupo.

El líder los esperó con los brazos abiertos; no había hostilidad, solo una serenidad que era perturbadora.

Hablaron por horas, y aunque no podía escuchar, noté que la tensión de la tripulación empezó a bajar.

Cuando volvieron, Zeke no venía solo.

Lo acompañaban el hombre que había hablado por primera vez y una mujer a su lado, ella, de cabello claro y facciones suaves, que miraban dentro de la nave como si buscaran algo.

El líder volvió a hablar, y su voz llenó cada rincón.

—Éxodo II, bienvenidos a su planeta.

Sabíamos que llegarían.

Hemos cuidado la tierra que ustedes van a cosechar.

Y estamos felices de que, al fin, como nosotros, puedan llamar a Percevalis su hogar.— La frase ‘como nosotros’ era el mayor misterio de todos.

—Agradecemos su hospitalidad.

—Pero necesitamos entender cómo sabían de nuestra llegada y qué significa ‘como nosotros’.

—Zeke preguntó y, en cuanto hizo una pausa, el hombre sonrió levemente.

—Poco a poco, líder Kavan.

Por ahora, solo confíen.

Los llevaremos al lugar que hemos preparado para ustedes; ahí encontrarán las respuestas a todas sus preguntas.—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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