Nosotros en las estrellas - Capítulo 39
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39: 38- Skyfall 39: 38- Skyfall Canción sugerida: Skyfall.
– Adele Después de eso, el hombre, del cual aún no sabíamos el nombre (ni se lo habíamos preguntado, la verdad), tomó el mando de la nave insertando las coordenadas del lugar que, según él, “había sido preparado para nosotros”.
La nave se levantó nuevamente del suelo y recorrió todo el bosque, moviéndose rápidamente por encima de los árboles frondosos, hasta llegar a la zona montañosa más cercana.
El lugar al que nos guiaron era más que un asentamiento; era una promesa.
Lo llamaban Villa Cristal, y entendí por qué al ver el lago inmenso que reflejaba el cielo como un espejo perfecto.
Las casas, construidas con materiales que parecían nacer del propio planeta, se integraban en el paisaje con una armonía que dejaba sin aliento; era el lugar perfecto para vivir.
La arquitectura era moderna, sí, pero se acomodaba a la naturaleza.
No había ángulos rectos ni metal frío.
Todo era orgánico, suave, como si la tecnología por fin hubiera entendido que no tenía que ser ruidosa o fría para ser útil.
Al aterrizar, dejamos la nave en uno de los puntos más altos de la colina, justo al lado del conjunto de casas que se encontraban ubicadas perfectamente para poderse reunir constantemente.
La simulación perfecta de una sociedad, pensé.
Estaba claro que aquí también había jerarquías: las casas más grandes y en lo alto eran las de los líderes.
Por ende, la que nos tocaba habitar con Zeke estaba en esa zona.
Entramos y el primer golpe fue el aire: limpio, sin ese olor a metal y ozono de la nave.
La casa no tenía paredes, sino curvas; el techo se fundía con el suelo, y la luz entraba por todos lados.
Los muebles estaban hechos de algo que parecía fibra orgánica, moldeados para ser ergonómicos; se acomodaban al concepto de naturaleza que trataba de llevar toda la casa, como si hubieran crecido allí.
Incluso los electrodomésticos estaban ocultos, sus paneles táctiles brillando sutilmente, sin estridencias.
Todo era tan silencioso y cálido.
Y luego estaba la vista.
Una pared entera era transparente, y justo ahí, abarcando todo, estaba el valle.
Era la primera vez en mi vida que veía el horizonte sin un marco de metal de por medio.
Desde esa ventana, vi a nuestra gente, la tripulación del Éxodo II; vi cómo cada persona se iba acomodando a la casa que se le había asignado.
Todas las casas colindaban y se mezclaban con las casas de las personas que ya vivían allí en Valle Cristal.
Al salir de la casa, en medio de nuestra exploración del lugar, caminamos por los senderos, tocando las plantas con asombro, riendo con un alivio que se sentía en el aire.
Por primera vez en dieciséis años, no éramos un proyecto o una carga.
Éramos una comunidad.
—Es perfecto —murmuré, mi voz rota por una emoción que no supe nombrar.
Zeke asintió, su mirada perdida en el horizonte.
—Es nuestro hogar, Annie.
Por fin.
Esa noche, el silencio fue diferente.
No era el silencio presurizado de la nave, sino uno lleno de los sonidos del planeta: el canto de criaturas desconocidas, el susurro del viento entre los árboles.
Me dejé caer en la cama, y el colchón se sintió increíblemente suave, real.
El agotamiento de semanas, de años, me golpeó de pronto, y sentí que mi cuerpo pesaba una tonelada.
Zeke se quitó el uniforme, doblándolo con esa precisión casi robótica que, por primera vez, me pareció un gesto de vulnerabilidad.
Era su forma de mantener el control en un mundo que se había vuelto impredecible.
Se acercó y, por pura inercia médica, se quedó de pie junto a la cama, observándome, sus ojos escaneando mi cara como si estuvieran midiendo mi pulso a distancia.
—Aún no te recuperas del todo —dijo en voz baja—.
Deberías dormir al menos tres días seguidos.
—¿Y para ti?
Te hace falta al menos un año de sueño —repliqué, mirándolo a los ojos—.
Estás tan tenso que podrías romperte.
Una risa cansada, sincera, escapó de sus labios.
Se sentó en el borde de la cama.
No había prisa, no había palabras, solo esa energía silenciosa que vibraba en el aire cuando estábamos demasiado cerca.
Su mano subió hasta mi rostro, y sus dedos, normalmente tan firmes y seguros, temblaron apenas al rozar mi mejilla.
Su respiración chocó con la mía, y cuando me besó, el mundo se detuvo.
No fue el beso desesperado y lleno de rabia de la nave.
Fue lento, profundo, una pregunta y una respuesta al mismo tiempo.
Todo lo que habíamos callado, el miedo, el dolor y la esperanza contenida, se mezcló en ese instante.
Las manos de Zeke se movieron de mi rostro a mis hombros; el aire de la habitación se volvió denso.
No había prisa, pero sí una necesidad urgente de borrar la distancia que habíamos mantenido por años.
El calor de su cuerpo, el roce de su piel sobre la mía y la forma en que me sostuvo se volvieron el único punto de anclaje.
El tiempo se volvió difuso.
Cada movimiento era una confesión muda, una forma de decir “te necesito” sin palabras.
No fue un impulso, fue una rendición.
La mía y la suya.
Por primera vez, dejé que alguien viera las grietas de mi armadura sin miedo a que las usara para destruirme.
Cuando la noche cayó por completo, y las dos lunas de Percevalis se asomaron por la ventana, nos quedamos en silencio, entrelazados.
Apoyó su frente en la mía, su voz apenas un murmullo contra mis labios.
—Nunca más vas a estar sola, Annie.
Lo juro.
Y por primera vez, no necesité analizar sus palabras.
Simplemente, le creí.
El amanecer nos despertó con una luz dorada que lo inundaba todo, pero realmente lo que me hacía sentir bien era despertar a su lado, con el sonido del planeta de fondo.
Se sentía tan extrañamente normal que me daba susto que fuera un sueño y que pudiera despertar en cualquier momento.
Pero el café me sacó del trance.
El aroma simple y doméstico llenaba la casa de la forma más real posible, contrastando con la magnitud de todo lo que nos rodeaba.
Había que levantarse.
—Tenemos una reunión —dijo Zeke, entregándome una taza.
Su voz era tranquila, pero sus ojos delataban la misma incertidumbre que sentía.
—¿Quién?
—le pregunté frotando mis ojos, tratando de quitar el sueño que aún tenía.
—Todos, Annie, los líderes de Éxodo I quieren hablar con toda la tripulación —dijo subiendo la cremallera de su traje, dándole un toque de perfección a lo que fuera que estaba tratando de calmar en sí mismo.
Unas horas antes y cuando se acercaba la hora que se había acordado, a nuestros intercomunicadores llegó un mensaje con la ubicación exacta de la que sería la primera reunión, la que nos daría respuestas a las preguntas que se empezaban a formar.
El lugar era un auditorio inmenso, una estructura natural con una cúpula de cristal que dejaba ver el cielo desde todos los ángulos.
Nos sentamos en las primeras filas.
Zeke me tomó de la mano, y sus dedos se entrelazaron con los míos como si siempre hubieran estado destinados a encajar.
Al frente, en una tarima, esperaba el hombre que nos había dado la bienvenida.
—Proyecto Éxodo II, bienvenidos —dijo, su voz resonando con una calma que me pareció extrañamente familiar—.
Como les dijimos, los hemos esperado.
Somos los supervivientes de la primera misión, los que sentamos las bases de este nuevo mundo.
Un murmullo de asombro recorrió el lugar.
No eran nativos.
Eran como nosotros.
Eran Éxodo I.
—Su llegada marca el siguiente paso de nuestra especie.
Ahora trabajaremos juntos —continuó—.
Permítanme presentar al consejo que los guiará: Sandra Wong, seguridad; Mateo Sarkozy, ingeniería; Eva Williams, cultura; mi esposa, Alexandra Woods, directora de medicina… Sentí cómo la sangre se me helaba en las venas.
El nombre resonó en mi cabeza, un eco imposible.
Miré a Zeke, y vi mi propio pánico reflejado en sus ojos.
—… y yo, Arthur Woods, líder de exploración y biología.
El mundo se inclinó bajo mis pies.
Arthur y Alexandra Woods.
Las palabras parecían ecos que se repetían una y otra vez; trataba de entender lo que había pasado, pero no, no podía ser.
Mis padres no podían estar aquí, no podían porque ellos nunca nos hubieran dejado a la deriva.
Mi cuerpo dejó de responder.
Todo giró de golpe, los sonidos se distorsionaron.
Eran ellos.
Estaban vivos, estaban aquí, y eso era lo que dolía.
No porque estuvieran vivos, claro, porque en cualquier otra circunstancia hubiera corrido a ellos.
Volvería a la niña de 4 años que siempre los esperó, la que no dormía por miedo a que si en algún momento volvían, no nos vieran.
En mi cabeza las emociones se mezclaban y las preguntas vinieron.
inmediatamente: ¿Cómo pudieron?
¿Cómo habían vivido sin nosotros?
¿Por qué nos habían abandonado?
Y antes de que pudiera gritar su nombre, mis dedos se clavaron en el brazo de Zeke, que me sujetaba como si supiera que necesitaba un ancla para poder sostenerme en ese momento.
Sabía que, como yo, él también había entrelazado los puntos sueltos, su pánico reflejado en la tensión de su cuerpo.
Fue el sonido a mi costado lo que me quebró.
Matthew soltó un sonido de dolor, como si intentara gritar, pero el sonido no pudiera salir.
Vi cómo se recostaba en la silla como si buscara sostenerse y anclarse, vi cómo las lágrimas empezaban a recorrer sus mejillas.
Él, que tanto había defendido la moralidad de nuestros padres, que había peleado ante cualquier mínima duda de que ellos nos habían hecho daño, esas personas que él tanto había defendido eran quienes, en esa cúpula, habían roto en fragmentos cualquier amor que él e incluso yo, en algún momento, pudimos sentir.
Vi cómo se levantó de golpe, volcando la silla de aleación con un estallido seco que resonó en el silencio del auditorio.
Vi su rostro: no había solo furia, sino decepción; era como si la persona que más amabas en el mundo te apuñalara por detrás.
Fue así como todo el orden que había construido a mi alrededor, todo lo que había descubierto y construido en la nave, la nueva yo, ya la que quería una mejor vida, todo eso se desmoronó en un instante, llevándose consigo mis fuerzas.
El aire se hizo delgado.
El mundo se hizo trizas, y caí hacia la oscuridad.
Desperté en una habitación blanca, con el pitido rítmico de un monitor a mi lado.
Zeke sostenía mi mano, su rostro lleno de preocupación.
Al otro lado, Matthew estaba de pie con la mandíbula tensa y una mirada de furia, una furia que alguien que intenta mantener lo que le queda de pie puede hacerlo.
Él veía la puerta como si esperara que alguno de ellos dos entrara en cualquier momento.
Y frente a mí, una mujer con el cabello recogido, de la cual aún no sabíamos su nombre, pero se me hacía muy familiar.
¿Y si era ella?
—Sus signos vitales son estables —dijo con voz temblosa—.
Pero tengo que completar la ficha médica.
—Yo me encargo —intervino Zeke, su voz protectora—.
Soy el líder médico de su nave.
Conozco cada detalle.
Estuvo hace unos días en coma, hizo una extracción de médula ósea que no salió tan bien, pero su recuperación ha sido exitosa.
La mujer asintió, sin apartar los ojos de mí.
Había algo en su mirada, una mezcla de dolor y asombro que me resultaba insoportablemente familiar.
—Necesito el nombre completo para el registro.
¿Cuál es?
—preguntó, con un tono profesional que no lograba ocultar el temblor de su voz.
Matthew, sin dejar de mirar a la mujer, gruñó la respuesta.
—Annie.
Annie Woods.
La mujer palideció.
Se llevó una mano a la boca, retrocediendo un paso, como si las palabras la hubieran golpeado.
—¿Qué… qué dijiste?
—susurró.
En ese momento, el hombre de la tarima entró en la habitación.
—¿Qué pasa, Alex?
—preguntó.
Ella lo miró, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Arthur… son ellos.
Son nuestros niños.
El mundo no se detuvo.
Se hizo pedazos.
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