Nosotros en las estrellas - Capítulo 4
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4: 3- The Kill (Bury Me) 4: 3- The Kill (Bury Me) Canción sugerida: The Kill (Bury Me) – Thirty Seconds to Mars La puerta de mi habitación se abrió de golpe y ese sonido bastó para hacerme reaccionar.
Todo lo que había sido —la niña asustada, la superviviente, la que siempre se sintió el eslabón débil— se quedó atrás en ese instante.
Estaba decidida a dejarlo todo, justo del otro lado de esa puerta metálica que pronto se cerraría para siempre.
No había vuelta atrás.
Este era el final de una vida… y el comienzo de otra que no sabía si quería.
Pero entonces apareció esa vocecita, la de siempre.
Esa voz que nunca se callaba, que aparecía en los peores momentos y me hacía dudar de todo.
¿Y si al final me quedaba sola?
¿Y si no era suficiente?
Era la misma voz que me paralizaba cuando fallaba, la que me hacía sentir como una sombra en un mundo que seguía avanzando sin mí.
Esa maldita voz crecía dentro de mi cabeza, tan fuerte que apenas podía respirar.
Estaba a punto de ahogarme en ella cuando, de pronto, otra voz la atravesó.
—¿¿Annie??
Feliz cumpleaños.
Te amo, hermana.
La voz de Matthew me trajo de vuelta al mundo.
Lo miré y supe que ese simple “te amo” era el ancla que me hacía falta para no romperme.
Era la señal de que la última noche había terminado, y el primer día del resto de nuestras vidas estaba por comenzar.
Cumplía veintiún años.
Lo había olvidado por completo.
En otro tiempo, en el viejo mundo, esa edad habría significado libertad.
Qué ironía: nosotros íbamos a buscarla justo escapando del planeta que alguna vez la representó.
Me levanté y lo abracé con fuerza, hundiendo la cara en su hombro.
Por un segundo, todo el ruido en mi cabeza se detuvo.
Matthew siempre había sido eso para mí: el lugar donde todo dolía menos.
En un mundo que se había caído a pedazos, él seguía siendo mi única pieza intacta.
Un sonido metálico cortó el aire, seco y vibrante.
La puerta del área se abrió con un chirrido que me erizó la piel.
Era la señal.
El día había comenzado oficialmente.
Me puse la sudadera que había dejado lista la noche anterior, me até los tenis a medias y salimos al pasillo.
Las puertas de los demás módulos también se abrirían una tras otra, dejando salir a decenas de chicos y chicas con el mismo rostro cansado, las mismas ojeras, los mismos nervios que yo.
Nadie hablaba.
Caminábamos en silencio, como un ejército de fantasmas a punto de dejar atrás su único hogar.
Una voz femenina, fría y mecánica, salió de los altavoces: —Todos los grupos al salón principal.
Nos movimos en fila, sin mirarnos mucho, como si hacer ruido fuera peligroso.
El salón estaba lleno, más de lo que imaginaba.
Cientos de jóvenes, todos vestidos iguales, todos con esa mezcla de miedo y esperanza en los ojos.
El aire olía a desinfectante y despedida.
Al frente estaba una instructora que grababa de los entrenamientos.
Su rostro no mostraba nada, ni emoción, ni tristeza, ni orgullo.
Solo ese vacío profesional de quien ha visto demasiadas despedidas.
—Ya tendrán tiempo de conocerse —dijo con voz firme, sin levantar la mirada de los papeles que sostenía—.
Hoy comenzaremos un viaje que ayudará al avance de nuestra especie.
Quiero que cumplan con su misión y, sobre todo, que lo hagan mejor que nosotros, aquí en la Tierra.
Esa última frase quedó flotando en el aire.
Mejor que nosotros.
Era una forma elegante de recordarnos que veníamos de un fracaso.
Que no éramos el futuro brillante de la humanidad, sino su intento desesperado por no desaparecer.
La mujer repasó la sala con la mirada, luego continuó: —En sus áreas encontrarán las maletas.
Dentro están sus trajes y lo que necesitarán.
Por ahora, coma.
Disfruten estas últimas horas en este planeta.
Era una orden disfrazada de permiso.
Nadie disfrutaba nada.
En el comedor, el sonido de los cubiertos chocando con los platos se sentía ensordecedor.
Nadie hablaba.
Nadie reía.
Cada uno parecía hundido en su propio silencio.
En una esquina vi a una chica llorando en silencio.
Las lágrimas caían en su comida como si fuera parte del plato.
La miré un momento y quise acercarme, pero no pude.
Tal vez ella era más valiente que yo, porque al menos podía llorar.
Yo ni siquiera eso.
Estaba tan llena de miedo que sentía que, si lo dejaba salir, no podría volver a detenerlo.
Volvimos a nuestras áreas.
Los trajes estaban ahí, esperándonos, doblados con precisión.
Eran fríos, rígidos, demasiado ajustados.
Al ponérmelos, sentí como si me envolvieran con una nueva piel, una que no me pertenecía.
Luego vinieron los relojes de monitoreo, las pulseras que registrarían cada movimiento, cada pulso, cada pensamiento.
Eran recordatorios de que no éramos libres, ni siquiera en esta nueva oportunidad.
Éramos parte del experimento hasta el final.
La llamada de abordaje llegó poco después.
Nombraron a diez personas.
La élite.
Los líderes.
—Matthew Woods.
El corazón me dio un salto.
Lo vi ponerse de pie.
Tenía la puerta de alguien que había nacido para ese momento.
Recto, sereno, imposible de derribar.
Sentí orgullo y miedo al mismo tiempo.
Orgullo porque era mi hermano.
Miedo porque ese nombramiento lo ponía más lejos de mí que nunca.
—Zeke Kavan.
Giré la cabeza casi por reflejo.
Lo vi levantarse con la misma calma calculada de siempre.
Frío.
Arrogante.
Perfecto.
Nuestros ojos se cruzaron solo un segundo, pero bastó.
No había odio ni desprecio en su mirada, sino algo peor: nada.
Una neutralidad tan pulida que dolía.
Me recordó la simulación en el hielo, la forma en que me había dejado atrás sin mirar atrás.
Aparté la vista antes de que el nudo en mi estómago se hiciera más grande.
Claro que él era un líder.
En un mundo a punto de morir, siempre habría gente como Zeke al mando.
Las siguientes horas fueron eternas.
Uno a uno, los grupos fueron llamados.
Cada nombre era un paso más cerca del final.
Yo me quedé esperando, sin moverme, con las manos frías y el corazón encogido.
Empecé a pensar que no lo lograría.
Que ese sería el final de mi historia, en una base vacía, viendo desde los demás.
Tal vez ese era el destino de los que no encajaban del todo.
Pero entonces, sonó una alarma.
Una última vez.
—Annie Woods.
Mi nombre.
Por un segundo pensé que lo había imaginado.
Pero no.
Me levanté con las piernas temblando, reconocí mis cosas y caminé hacia el pasillo.
Cada paso resonaba en el suelo metálico como un eco de los dieciséis años anteriores: de las simulaciones, del miedo, de las veces que estuve a punto de rendirme.
El corredor era largo, frío, desolado.
Las luces se encendían una a una a medida que avanzaba, como si el propio edificio me estuviera despidiendo.
Al final, lo vi.
Matthew estaba ahí, esperándome junto a la entrada de la nave.
Al entrar pude hacer un escaneo rápido; la nave era inmensa, una bestia de acero y cristal que parecía viva, respirando bajo la luz blanca del hangar.
Su estructura reflejaba el brillo del metal con un resplandor casi sagrado.
—Bienvenida al Proyecto Éxodo II —dijo un hombre de uniforme; de seguro, bajo esa rigurosidad, también había un chico asustado al que le habían dicho exactamente qué decir—.
Adentro recibirán las últimas instrucciones.
Fui la última en entrar.
Matthew caminó detrás de mí.
Fue él quien cerró la compuerta.
El sonido del mecanismo hidráulico llenó el aire, un sistema largo, definitivo.
Vi por última vez la luz de Génesis Lab, el único hogar que había conocido.
Poco a poco, se volvió más pequeña, más lejana, hasta que no fue más que un punto perdido en la oscuridad.
Y entonces lo supe: habíamos dejado la Tierra.
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