Nosotros en las estrellas - Capítulo 40
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40: 39 – Fantasmas 40: 39 – Fantasmas Canción sugerida: Fantasmas – Humbe La habitación del hospital no era más que un lugar lleno de fantasmas.
Todos los que estábamos allí buscábamos una respuesta; al menos Matthew y yo la necesitábamos, pero incluso si en ese momento hubieran hablado, ninguna excusa hubiera sido lógica para nosotros, y mientras todos intentábamos recuperar el aire, el espacio no lograba justificar los dieciséis años de su ausencia.
Todo ese tiempo habíamos creído que estaban muertos, que estábamos solos, los habíamos extrañado, los habíamos llorado, incluso nos enfrentamos a circunstancias extremas mientras esperábamos un milagro; sufrimos frío y la indiferencia de muchos en la tierra.
Habían sido años de cumpleaños celebrados a medias, creyendo que la felicidad sin nuestros padres no era completa, tiempo en donde habíamos sentido dolor por su pérdida, un dolor que se había convertido en parte de nuestro ADN.
Pero todo eso había sido por nada, porque mientras nosotros vivíamos la peor etapa de la tierra, ellos, quienes se suponía debían cuidarnos, quienes tenían el papel de padres, estaban viajando a un planeta que les daba la oportunidad de borrar su pasado y vivir una nueva vida, y no hubiera estado mal si, a cambio de esa vida idílica que ahora tenía, no nos hubieran abandonado, en medio de uno de los desastres más mortales que había tenido la tierra.
Me sentía en una pesadilla; mis padres estaban vivos y esa oración, aunque era como si un deseo se hubiera cumplido, no encajaba en mi cabeza, chocaba entre sí con la fuerza de dos mundos colisionando.
Mi mente, entrenada para analizar datos y reaccionar ante emergencias, se apagó.
No había protocolo para esto.
Sentí la mano de Zeke apretar la mía, su pulso firme contra mi piel.
Era la única ancla que me mantenía en ese cuarto, el único recordatorio de que mi cuerpo seguía ahí, aunque mi alma se hubiera fragmentado.
Al otro lado, veía cómo Matthew intentaba mantenerse dentro de su armadura, la que la vida le había obligado a construir, pero aunque ninguna persona lograba verlo como yo lo hacía, sabía que dentro estaba roto.
A él le dolía más, porque durante todo este tiempo se había mantenido en la idea de que ellos eran los héroes, los intachables superhumanos que, si no hubieran muerto, hubieran salvado a muchas personas a su alrededor.
La vida de Matthew se había construido alrededor de la fantasía de que él debía ser igual de perfecto a ellos, y el hecho de descubrir que habían sido unos cobardes y nos habían abandonado solo tenía una sensación, al menos para nosotros, y era decepción.
Fue mi madre, Alexandra, la primera en moverse.
Dio un paso, y luego otro, con la vacilación de quien teme que un solo movimiento en falso pueda hacer que todo se desvanezca.
Sus ojos, increíblemente parecidos a los de Matthew, estaban llenos de lágrimas que no se atrevían a caer.
—Annie… Matt… —susurró, y su voz fue el sonido de un recuerdo que creía perdido para siempre.
Ese sonido fue lo que rompió a mi hermano.
—No —dijo Matthew, su voz un gruñido bajo, animal—.
No se atreva a decir nuestros nombres.
Se interpuso entre ella y mi cama, su cuerpo tenso, listo para proteger, como siempre.
La furia que había estado conteniendo por años, la que no lográbamos aceptar antes de Génesis Lab, el abandono, el luto; por Dios, éramos niños sobreviviendo en un mundo de grandes, intentando sobrevivir con las uñas.
Entendía su rabia más que nadie, pero vi cómo pudo recomponerse, no porque no lo afectara, sino que él sabía que si se quebraba, les daría el gusto de ver lo vulnerables que podríamos ser, así que se acomodó la camiseta y la miró directo a los ojos, encontrando por fin un lugar donde aterrizar.
—¡Estaban muertos!
—gritó, y la palabra rebotó contra las paredes blancas—.
¡Lloramos por ustedes y tuvimos que enterrar el recuerdo para seguir viviendo!
Sufrimos dieciséis años de dolor.
¿Y ahora aparecen aquí, tan limpios, como si nada?
¿Qué esperan, que nosotros corramos hacia ustedes y hagamos como si nada?
Mi padre, Arthur, dio un paso al frente, levantando las manos en un gesto de paz.
Su rostro, el que yo solo recordaba en fotografías descoloridas, estaba marcado por el tiempo y algo que parecía un dolor antiguo intentó hablar a través de él.
—Hijo…
—¡No me llame así!
—replicó Matthew.
Vi cómo sus puños se cerraban con tanta fuerza que sus nudillos se volvían blancos—.
Un padre no abandona a sus hijos.
¡Un padre lucha por ellos!
Ustedes nos dejaron en medio del fin del mundo.
¿Eso es amor?
Si es así, no quiero eso en mi vida.
El aire se volvió irrespirable.
Cada palabra era una herida abierta.
Yo seguía en silencio, observando la escena como si fuera una película, una simulación de la que no podía desconectarme.
Sentía las voces, el dolor, la tensión, pero era como si ocurriera detrás de un cristal.
Mi cuerpo estaba demasiado débil, mi mente demasiado rota para reaccionar.
—No tuvimos elección —dijo mi madre, su voz quebrándose—.
Si nos quedábamos, moríamos todos.
La primera nave, el Éxodo I, tuvo que partir antes.
Era la única forma de asegurar que el proyecto sobreviviera.
—¿El proyecto?
—repitió Matthew con desprecio—.
¿Salvaron el maldito proyecto, pero no a nosotros?
¿Éramos menos importantes que sus datos, que sus archivos?
Zeke se movió a mi lado, su presencia un muro silencioso.
No dijo nada, pero su mano se deslizó desde la mía hasta mi espalda, un gesto de apoyo que lo decía todo.
Él entendía el abandono.
Entendía lo que era buscar respuestas entre fantasmas.
—No lo entiendes —intervino mi padre, su voz cargada de una desesperación que me heló la piel—.
No se trataba del proyecto.
Se trataba de ella.
De Annie.
Cuando Arthur dijo mi nombre, Zeke y Matthew dieron un paso adelante, buscando ser una muralla para evitar que me hiciera daño.
—A mi hermana no la use de excusa.
Siempre hay una opción; no pensaron que dejarnos en un edificio de veinte pisos hubiera sido mortal para nosotros.
¿Qué tal si el edificio se hubiera caído antes de que pudiéramos salir?
—dijo Matthew, derrumbando su lógica con un solo movimiento—.
¿O es que su lógica no les dejó ver el riesgo en el que se convertiría ese planeta?
Todos los ojos se giraron hacia mí.
El peso de sus miradas me aplastó.
—Cristal era inestable —continuó Alexandra, las palabras saliendo de su boca como una confesión dolorosa—.
La cura que creamos para salvarla la hizo… diferente.
Su ADN era la clave de todo, pero también una anomalía que Génesis Lab no podía controlar.
Si se hubieran dado cuenta de lo que era, la habrían convertido en un experimento.
La habrían diseccionado, la habrían usado.
Tuvimos que borrar los registros, fingir que el tratamiento había fallado y sacarla del sistema.
Dejarla atrás fue la única forma de mantenerla a salvo.
—¿Por qué no se quedaron con ellos?
¿Pudieron haber dicho que fracasaron en el experimento y que por eso podían abandonar el proyecto?
—dijo Zeke atacando el sentimentalismo que Alexandra había creado en su excusa—.
O más bien fue que se dieron cuenta de que Éxodo I era su única opción de venir aquí, a donde lo tenían todo.
—Intentamos mantenerlos a salvo.
Sabíamos que vendrían en la siguiente nave; si no hubiéramos venido aquí, hubiéramos tenido que separarnos antes.
Sabíamos que estaban a salvo.
Lentamente, me incorporé en la cama.
El mundo dio un ligero vuelco, pero la mirada de Zeke me mantuvo firme.
Todos esperaban mi reacción: un grito, lágrimas, un perdón que no me sentía capaz de dar.
—¿A salvo?
—pregunté al fin, y mi voz sonó extraña, hueca, como si viniera de muy lejos—.
¿Nos dejaron en un mundo que se caía a pedazos y a eso lo llaman “a salvo”?
Mi madre dio un paso más, sus manos extendidas hacia mí.
—Annie, mi amor, cada día de estos dieciséis años… —No —la interrumpí, y esta vez mi voz fue más firme, más fría—.
No quiero escuchar cuánto lo sienten.
Quiero entender cómo pudieron vivir sabiendo que nosotros estábamos allí.
Solos.
Creyendo que ustedes habían muerto allá.
Las lágrimas finalmente rodaron por sus mejillas.
—Pensamos en ustedes cada segundo.
Cada maldito segundo.
Pero sus palabras ya no llegaban.
El cristal que me separaba de la escena se había roto, y en su lugar solo quedaba un dolor afilado, lúcido.
El dolor de la niña que esperó en vano, el de la adolescente que aprendió a sobrevivir, el de la mujer que tuvo que encontrar su propio norte porque su brújula se había roto.
—Necesito salir de aquí —dije, mirando a Zeke.
No fue una pregunta, fue una orden.
Él entendió al instante.
Se movió con esa eficiencia suya, desconectando el suero, ayudándome a ponerme de pie mientras mi cuerpo temblaba.
—Annie, espera —suplicó Arthur—.
No te vayas.
No, otra vez.
Me detuve en la puerta, dándoles la espalda.
No podía mirarlos.
Si lo hacía, temía que la niña que aún vivía dentro de mí cediera.
Y no podía permitírselo.
No ahora.
—Ustedes no nos perdieron —dije, con la voz cargada de todo el peso de los años—.
Ustedes nos dejaron.
Y hay una gran diferencia; ahora actúen tal y como los últimos dieciséis años; nosotros morimos para ustedes, ustedes murieron en el quiebre para nosotros.
Salí de la habitación sin mirar atrás, apoyándome en Zeke, sintiendo cómo el mundo que acababa de encontrar se derrumbaba a mi alrededor.
La verdad, no me había hecho libre.
Me había dejado más sola que nunca.
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