Nosotros en las estrellas - Capítulo 41
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41: 40- It’ll Be Okay 41: 40- It’ll Be Okay Canción sugerida: It’ll Be Okay – Shawn Mendes Recorrer Villa Cristal después de enterarnos de que nuestros padres estaban vivos se sentía como caminar en medio de la lava; era doloroso, pero no podías parar, porque el detenerse dolía más.
Así que los días empezaron a pasar, días y noches en los cuales rogaba no encontrarme con ninguno de los dos.
La primera semana en Villa Cristal fue un espejismo de normalidad que no se sostuvo.
La bienvenida a nuestros nuevos roles laborales fue, en realidad, el momento en que la estructura de poder de las dos colonias, el Éxodo I y el Éxodo II, colisionó.
Por un lado, los pioneros, los de Éxodo I, ya tenían una estructura de trabajo que se negaba a avances o incluso cambios en los mecanismos, y nosotros, que habíamos pasado años diseñando y creando herramientas que nos permitieran que la vida fuese más fácil, nos negábamos a hacer lo que una máquina podía hacer en segundos.
Sin embargo, Éxodo I tomó el control e impuso sus reglas; nos asignaron cargos pesados, obsoletos y que no tenían lógica con todos los años de entrenamiento que habíamos tenido.
Nos veíamos reducidos a asistentes, archivistas o simples sirvientes de un sistema obsoleto que se derrumbaba por sí mismo; enmascaraban su autoritarismo, diciendo que era la forma que funcionaba, dejándonos en puestos similares al que teníamos en las naves.
Los de medicina ahora éramos apoyo en el gran hospital; para mi desgracia, la jefa de medicina, que era Alexandra.
El destino tenía un sentido del humor retorcido, y el chiste siempre venía cuando creía que todo empezaba a funcionar.
Zeke, con su currículum impecable y su posición indiscutible como líder de nuestra nave, quedó como subdirector acompañante, una posición de contrapeso vital para la tripulación del Éxodo II.
Le asignaron la supervisión del hospital central, de que toda la infraestructura administrativa y técnica funcionara sin fisuras, y aunque él se había encargado siempre del área médica, este era un nuevo rol en donde, en conjunto con Matthew, debían intentar incorporar la tecnología de nuestra nave y los protocolos de entrenamiento terrestre a Villa Cristal, claro está, sin ser disruptiva o reemplazar lo que ya se conocía.
El trabajo que me habían asignado me daba un respiro psicológico.
Tras una conversación con Zeke, donde mi pánico y mi necesidad de distancia fueron claros, él movió sus hilos con una discreción admirable.
Me pusieron a cargo del área de neonatos.
Era el lugar más hermoso, más puro, de Villa Cristal.
Los bebés eran una promesa tangible, criaturas ajenas a la podredumbre política y a la historia de traición que nos había traído hasta aquí.
Tenía que cuidarlos, asegurar su óptima condición de vida y monitorear sus primeros meses en la atmósfera de Percevalis.
Y aunque había solicitado estar lo más lejos posible de Alexandra y Arthur, ella buscaba la forma de estar cerca.
Siempre encontraba un motivo: una reunión de protocolo, una revisión de suministros, una pregunta técnica sobre los archivos del Éxodo II.
Eran roces fugaces en los que me veía obligada a tragarme la amargura.
En esos encuentros, analizaba su eficiencia, su frialdad profesional y la inmensa capacidad de su mente.
Pensaba en la brillantez de su trabajo y en cómo hubiera sido si nuestra historia no se hubiera empañado con mentiras y abandono; quizá las cosas hubieran sido diferentes si la mentira de su muerte no hubiera existido.
Habría sido el sueño de mi vida trabajar con ella, codo a codo, aprendiendo de su experiencia.
Siempre creí que la maldad y la frialdad eran intrínsecas, un producto del planeta en decadencia.
Me acostumbré a los conflictos, a la lucha por los recursos.
Pero aquí, en Percevalis, incluso con ese sentimiento de traición y abandono, la sensación era diferente.
Jamás habíamos estado en un lugar tan pacífico.
Era como si la propia atmósfera exhalara tranquilidad.
Las personas que vivieron un siglo atrás lo habrían llamado el paraíso prometido en sus antiguas religiones.
El paisaje era irreal, con su naturaleza desbordante, como si estuviéramos presenciando el Edén en sus inicios.
Los cielos eran más profundos, los árboles más grandes, y el silencio de la noche era roto solo por sonidos naturales.
Después de tres meses, la sensación de estar en casa era innegable, casi aterradora en su rapidez.
Poco a poco, el recuerdo de la Tierra, de la soledad y de la tragedia, se iba difuminando, transformándose en una pesadilla lejana.
Todo marchaba de la mejor forma.
Por otra parte, las relaciones que se habían afianzado en la nave cada vez se hacían más fuertes.
Por nuestra parte, pareciera que cada desgracia nos acercara cada vez más.
Sentía que entre Zeke y yo no hacía falta hablar o enfrentarnos porque ya nos conocíamos, y entre más tiempo compartíamos, más nos convertíamos en parte esencial del otro.
Por una parte, Zeke se había convertido en esa persona que buscaba en mis momentos difíciles; era mi refugio, mi ancla y mi puerto seguro.
Nuestra relación crecía con una solidez que me hacía sentir viva y protegida al mismo tiempo.
Él era cada día más tierno y abierto; su vulnerabilidad se manifestaba en pequeños gestos, en la forma en que su mano buscaba la mía bajo la mesa, en el tono bajo y posesivo con el que pronunciaba mi nombre.
Y aunque el mayor tiempo del día lo pasábamos en nuestros trabajos, también encontrábamos esos pequeños momentos para nosotros; empezamos a tener citas que no eran solo supervivencia.
Eran exploración, eran juego, eran el acto consciente de reclamar nuestra normalidad.
Nos permitimos ser una pareja normal por primera vez en la vida.
Planeábamos días para ir a la playa del lago Cristal, el agua cristalina de fondo reflejando un sol doble, o simplemente dejábamos todo al destino y salíamos en bicicleta sin un rumbo fijo, buscando conocer nuevos lugares, nuevas especies de flora y fauna.
Por las noches, volvíamos a nuestro hogar en la colina, llenos de nuevos recuerdos que contrastaban con el trauma que aún compartíamos.
Eran solo nuestros, sin la sombra de la nave o de la traición.
Una de esas noches, ya estábamos preparándonos para ir a dormir.
Me acurruqué a su lado, sintiendo el ritmo lento de su respiración.
Todo se sentía cálido y correcto, pero noté la inquietud de Zeke.
Se movía con impaciencia, ajustaba la almohada con brusquedad, y el silencio se sentía pesado a su alrededor.
Yo conocía esa danza: era su forma de lidiar con la duda o la inconformidad que no quería verbalizar, una señal de que el técnico estaba luchando con un sistema que no podía arreglar.
—¿Sabes que si te molesta o te preocupa algo, puedes confiar en mí, Zeke?
—le dije, girándome para enfrentarlo.
Mi voz era suave, una invitación a la intimidad, no una exigencia.
Él suspiró, un sonido agotado y pesado.
Se giró boca arriba, colocando sus manos sobre sus ojos, como si intentara bloquear el techo, o el mundo entero.
—Lo sé, Annie.
Y estoy muy agradecido.
Tengo la vida perfecta, ¿sabes?
Tengo a mis hermanos a salvo, te tengo a ti.
Todo lo que debería importar está aquí.
Pero siento que me falta algo; es como si me estuviera fallando a mí mismo.
Siento que estoy viviendo una versión de la vida que no elegí, sino que me fue impuesta.
Me acerqué y le quité suavemente las manos del rostro.
Lo obligué a mirarme a la luz tenue que entraba por la ventana.
Sus ojos eran profundos y llenos de una incertidumbre que rara vez mostraba.
—Entonces vamos a imaginar.
Describe tu mejor versión, la versión feliz.
¿Cómo sería tu vida?
¿Qué te motiva a ser feliz, más allá de la supervivencia?
De pronto, y así encuentras eso que te falta.
Zeke cerró los ojos y respiró hondo, como si estuviera invocando una imagen de su alma.
—Mi vida perfecta, mmm… Claro que veo mucho de lo que ya tengo.
Mis hermanos felices, tú y yo haciendo una familia, dos o más hijos…
eso está claro.
En lo profesional, la medicina por ahora está bien, la estructura funciona, la gente está sana.
Pero no me veo solo arreglando todo, Annie.
No me veo encerrado en un hospital, manejando archivos y logística para la directora Alexandra.
Abrió los ojos.
Había una intensidad y una vulnerabilidad nueva en él.
—Me gustaría vivir cerca de la playa o cerca del lago Cristal, donde el ruido de las olas ahogue el sonido de las computadoras.
Me gustaría vivir de mi talento: la música.
Poder usar ese lado creativo que dejé enterrado en la Tierra por la necesidad de ser el líder.
Sin embargo, en el fondo, soy médico.
Siento que estoy siendo inútil aquí.
Que solo soy el técnico de apoyo de un plan que yo no tracé.
No estoy curando a la gente con mis manos, Annie.
Solo estoy siendo el subalterno de ella.
—No eres inútil, mi amor —dije, acercándolo y enterrando mi rostro en su cuello—.
Eres el ancla que nos trajo a todos aquí.
Y no eres el subalterno de nadie.
Eres Zeke.
Y vamos a encontrar ese lugar en la playa.
Construiremos nuestra propia clínica, nuestro propio centro.
Haremos nuestra propia versión de Percevalis.
Le sonreí, pero sabía que la conversación no terminaba ahí.
La paz de Percevalis era frágil, sostenida por la evasión, pero la confesión de Zeke de sentirse inútil bajo la sombra de Alexandra era la primera grieta que nos llevaría al conflicto inevitable.
No podíamos seguir ignorando la política y la traición que nos rodeaba.
La tormenta se avecinaba, y esta vez, comenzaría dentro de nuestra propia casa.
Nos obligaría a luchar o a escapar.
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