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Nosotros en las estrellas - Capítulo 42

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42: 41 Not Ok 42: 41 Not Ok Canción sugerida: Not ok – 5sos La quietud en esta casa de la colina era una mentira.

Una maldita ilusión acústica diseñada para hacernos creer que estábamos en paz.

Llevábamos tres meses en Percevalis, en lo que ellos llamaban el “Nuevo Edén”.

Yo no podía dormir.

El aire aquí afuera estaba saturado de una tensión que se negaba a disiparse.

Estábamos a salvo, rodeados de esta tecnología orgánica y suave que simulaba no estar, pero para mí, esa seguridad se sentía tan precaria como la última capa de pintura de nuestra vieja nave.

Solo podía pensar en una cosa: la trampa.

Estaba acostada al lado de Zeke, en el colchón de fibra que supuestamente te hacía sentir “uno con la naturaleza”.

Sí, claro.

Sentía cada latido de mi corazón contra mi pecho, y la rabia que había dentro de mí era más ruidosa que cualquier criatura nocturna del planeta.

Zeke había programado el techo para simular el cielo estrellado y familiar de la Tierra.

Era un gesto dulce, un intento de melancolía que ya no funcionaba como consuelo.

Era solo otro recuerdo de lo que perdimos.

—Sabes, amo la forma en que el aire se siente aquí —le dije, mi voz apenas un susurro que no rompía el silencio.

Me daba miedo que el eco llevara mis palabras a los Woods—.

Amo el sol doble y los colores.

Pero este planeta no se siente nuestro.

Se siente como si hubiéramos sido invitados a la casa de alguien, obligados a usar las reglas de ellos.

Zeke giró su cabeza hacia mí, su perfil tallado en la oscuridad.

Él era siempre la calma.

Su mente, más que la mía, procesaba la emoción con lógica fría, pero no por eso era menos dolorosa.

—Estamos libres, Annie.

Más libres de lo que nunca estuvimos en la Tierra.

Ya no hay Génesis Lab, no hay sueros, no hay monitores.

—Sí, libres en teoría —repliqué, girándome para acurrucarme contra su pecho, buscando el latido firme de su corazón como un ancla—.

Pero me siento igual que cuando estábamos en el búnker, antes de subir a la nave.

Hay barrotes invisibles, Zeke.

Esto se siente como si dependiéramos de alguien más para todo: para vivir, para respirar, para hacer lo que amamos.

Literalmente, estamos viviendo en su sueño, no en el nuestro.

Y eso me molesta.

Me molesta profundamente.

No era solo mi voz.

Era la resonancia de un sentimiento colectivo que se extendía como una enfermedad silenciosa por toda la Villa Cristal.

Nosotros, la tripulación del Éxodo II —los “supervivientes”, los “elegidos”—, habíamos trabajado durante dieciséis años, habíamos sido entrenados para el liderazgo, para la autonomía, para crear una colonia.

Y en su lugar, estábamos conformándonos con algo que sabíamos no era sostenible.

En cambio, solo guardábamos silencio como si decir algo pudiera generar discordias; se sentía como si los líderes del Éxodo I estuvieran pidiéndonos que nos olvidáramos de cada cosa que habíamos aprendido y nos conformáramos con entender lo que ellos ya habían establecido.

Nos sentíamos ahora como empleados de bajo rango en una corporación que ya existía.

¿Qué sentido tenía toda nuestra maldita preparación?

El día a día se sentía como un insulto directo a mis dieciséis años de entrenamiento.

Yo venía de la sección de soporte vital avanzado en la nave, donde cada decisión era una emergencia crítica.

Ahora estaba asignada al “Pabellón de Regeneración y Cuidado Post-Natal”.

En teoría, era crucial: cuidar a los bebés de la colonia.

En la práctica, implicaba revisar que las incubadoras orgánicas mantuvieran la temperatura y limpiar los fluidos.

La tecnología del Éxodo I era tan limitada que la mayoría de mis tareas eran, como bien dijo Matthew, robóticas, predecibles o que fácilmente podrían automatizarse.

Un día, intenté aplicar un protocolo de higiene que habíamos desarrollado en la nave, más eficiente y menos invasivo.

Me detuvo Sandra Wong, la jefa de seguridad.

—Annie, si no está en el Manual de Procedimientos de Villa Cristal, no lo aplicas —dijo con esa sonrisa condescendiente de “llevo aquí más tiempo que tú”—.

Aquí las cosas se hacen a la manera de Éxodo I.

A la manera de Éxodo I.

Esa frase era el resumen de todo.

Los del Éxodo I habían llegado, fundado la colonia, monopolizado los puestos de liderazgo (Exploración, Ingeniería, Medicina, Seguridad, Cultura) y ahora nos consideraban un ejército de obreros cualificados que venían a rellenar los huecos que su limitada población no podía cubrir.

Los días seguían pasando, la vida avanzaba, pero ninguno de nosotros era genuinamente feliz, y con la constante presión de que si nos desviábamos, si cuestionábamos la autoridad, nuestra falsa tranquilidad se quebraría.

Y, por otro lado, todavía seguía la tensión con los Woods.

Aunque les habíamos dejado claro que no los queríamos cerca, ellos intentaban todo.

Arthur y Alexandra forzaban situaciones, buscándonos en nuestras áreas de trabajo.

Alexandra, mi madre, intentó dos veces “supervisar” mi trabajo en el Pabellón, y una vez me trajo galletas que horneó, con esa mirada de lástima y arrepentimiento.

—Sé que esto es difícil, Annie, pero…

—empezó, extendiendo la mano para tocarme el brazo.

Yo ni siquiera parpadeé, simplemente me alejé lo suficiente para que su mano quedara en el aire.

—Directora Woods —corregí, con un tono neutro, casi aburrido—, los bebés necesitan una revisión cada hora.

Si no tiene una orden de servicio, le agradecería que me deje trabajar.

Su rostro se desmoronó.

Verla rota no me daba placer, pero me daba una satisfacción fría.

Se habían convertido en extraños que irrumpían en nuestra nueva y precaria tranquilidad.

Pero no solo me pasaba a mí; un día, Matthew vino a visitarme al Pabellón.

Él había optado por la rebeldía abierta: se había negado a ocupar el puesto de científico principal que Arthur le había ofrecido.

—Me puso a cargo de la sección de ingeniería estructural, Annie —me había dicho Matthew antes con desprecio, y su voz no había perdido el filo—.

Como si mi carrera se resumiera a supervisar que las paredes no se caigan.

¡Es una humillación!

—Es una excusa para controlarte, Matt —le dije, pasando una toallita por la mejilla de un bebé dormido.

—Sí, y por eso dimití, Ann —admitió Matthew, con una risa amarga que sonaba a papel de lija—.

No voy a trabajar más con ellos, pero tú al menos tú aquí tienes algo útil, algo que te hace feliz.

—Solo limpio, Matt —señalé, pero sabía que tenía razón.

Me gustaba el olor a bebé, el silencio de la concentración.

Era lo único que me distraía del resentimiento.

Matthew, con su furia intacta y su lealtad inquebrantable a nuestro dolor, se había convertido rápidamente en el portavoz de la frustración de la tripulación.

Los rumores ya volaban como pólvora.

Matthew había dejado su puesto formal, pero ahora lideraba reuniones clandestinas por las noches.

Se había convertido en el líder que nadie le pidió ser.

En el sistema de jerarquía que mi Éxodo I había creado, Y aunque era peligroso, porque no sabíamos cómo iban a reaccionar, era la única forma en que la gente del Éxodo II podía hablar sin temor a represalias inmediatas.

—Alexandra me interceptó hoy —dijo Matthew, su voz repentinamente apagada—.

—Me preguntó si la odiaba —contó Matt con sus ojos cansados.

—¿Y qué le dijiste?

—pregunté queriendo entender qué era lo que pasaba en su mente; sabía que para él, más que para nadie, era difícil entender que ellos nos habían abandonado.

—Le dije que no la odiaba, el odio requiere energía, Annie, y no estoy para eso —y aunque lo dijo de la manera más honesta posible, sabía que tenía razón, no era odio, ni siquiera yo lo sentía, era tristeza, nos sentíamos engañados y eso era peor; sin embargo, continuó hablando—.

Le dije que no la conocía.

Para mí, mi mamá había muerto hacía dieciséis años y la mujer de hoy estaba justo enfrente de mí, Alexandra Woods; era una extraña que no tenía derechos sobre mi tiempo.

Vi cómo su cuerpo aún seguía en aquel recuerdo; le había hecho daño con solo preguntarle, pero lo entendía porque, aunque yo era muy niña, crecí con los recuerdos que guardaba Matthew de ellos y sabía cómo los admiraba.

En ese momento solo nos quedamos en silencio, como si buscáramos una respuesta que no recibíamos aún.

Fue cuando él habló como si necesitara suavizar mi frustración.

—Aguanta un poco más, Annie, estamos buscando la forma de arreglar esto.

Esa noche, de vuelta en casa, la conversación con Zeke se reanudó, pero esta vez con mayor intensidad.

Él se levantó de la cama, se puso una camiseta con un movimiento brusco y caminó hasta la ventana, mirando hacia las luces de la Villa Cristal.

Las luces parecían burlarse de nosotros.

—No me has dicho nada sobre tu trabajo, Zeke —le recordé, sintiendo la tensión irradiar de él.

Zeke era el líder médico de nuestra nave, y ahora, formalmente, era el subdirector de Alexandra Woods.

Su situación era un espejo de la que fue la mía una vez cuando era su asistente, pero aquí se amplificaba.

Su cargo le daba acceso a los sistemas internos de la colonia, y eso era peor.

—Es ineficiente, Annie —escupió—.

Los protocolos de Alexandra son arcaicos.

Sus sistemas médicos son excelentes, sí, pero dependen demasiado de la vieja tecnología de Génesis Lab.

Nosotros trajimos métodos de diagnóstico y tratamiento mucho más rápidos y eficaces, desarrollados en la nave, que reducen a la mitad el tiempo de recuperación.

Pero ella insiste en que todo pase por su escritorio, por su aprobación.

Es un cuello de botella constante, un ego médico.

Dio media vuelta y su mirada se clavó en mí.

Era la mirada más frustrada que le había visto.

—Ella me humilla en las juntas, Annie.

No me ve como un colega; me ve como el chico que ahora tiene que seguir sus reglas.

Ayer le sugerí implementar la inteligencia artificial de diagnóstico rápido que diseñé.

Me miró por encima de sus gafas y me dijo: “Zeke, en Villa Cristal no sustituimos la experiencia humana por algoritmos.

Esa es la diferencia entre el Éxodo I y la ingenuidad del Éxodo II.” Se acercó a la cama, sentándose en el borde.

Tomó mi mano, su mirada fija, no en el cielo simulado, sino en mis ojos.

—Te conté sobre la música.

Sobre mi deseo de vivir, de mi talento.

Pero mi talento real no es la música, Annie.

Mi talento real es resolver.

Es ver el caos y ponerlo en orden, ya sea un sistema médico, un código de programación, incluso mi propia vida.

Y en este momento, no me dejan hacerlo.

Me siento inútil.

No porque no trabaje, sino porque no me dejan aplicar lo que soy.

Siento que estoy siendo desleal a mi propia esencia.

Su voz era baja, pero la intensidad era la de un rugido.

Me puse de rodillas en la cama, mirándolo de frente.

—Lo sé.

Nos están usando como peones, Zeke.

Nos prometieron un nuevo mundo, pero nos trajeron a su castillo para ser sus sirvientes.

Y a ti, te están usando para validar su sistema, para que digas que su medicina es la mejor, aunque sepas que no es verdad.

Puse mis manos sobre sus mejillas.

Estaba tan cansado.

—Vamos a mover los hilos, Zeke —le dije—.

Vamos a usar nuestra posición para cambiar esto, o…

Me detuve.

La palabra ya estaba flotando en el aire.

La opción que parecía imposible en la Tierra, pero que en un planeta infinito sonaba tentadora, peligrosa.

Zeke se giró, me abrazó con una fuerza posesiva.

Sus ojos, oscuros por la noche, reflejaban una determinación aterradora.

Su aliento caliente me rozó el oído.

—¿O qué, Annie?

No lo digas si no lo piensas en serio.

—O nos escapamos —susurré.

Fue un pensamiento impulsivo, sí, pero la expresión de Zeke no fue de rechazo.

Fue de reconocimiento puro.

Una chispa de luz en la oscuridad.

Sus brazos se apretaron a mi alrededor con tanta fuerza que por un segundo me dolió.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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