Nosotros en las estrellas - Capítulo 43
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43: 42- Inside Our Hearts 43: 42- Inside Our Hearts Canción sugerida: Inside Our Hearts – Martin Garrix Zeke El sonido de su voz me cortó la respiración.
—O nos escapamos —susurró Annie, apenas rozándome el oído.
La palabra se repitió una y otra vez como si estuviera invitándome a seguirla y, por un momento, la habitación entera pareció detenerse.
Esa idea tan simple, pero tan peligrosa, se me quedó suspendida en la mente, vibrando como una nota imposible de apagar.
Escapar.
Podríamos tomar un vehículo de exploración, llenar los tanques, cruzar los límites de Percevalis y desaparecer.
Solo ella y yo.
Una cabaña improvisada junto al Lago Cristal, lejos de los Woods, lejos de los protocolos, lejos del Éxodo I.
Seríamos libres.
Durante unos segundos, todo mi ser quiso decir que sí.
Mi mente gritaba con desesperación: “Hazlo, Zeke, váyanse”.
Pero la otra parte, la lógica, la que siempre termina tomando el control, habló con la frialdad del deber.
Era la que no podía dejar atrás a los que quería la mente del líder.
La que había mantenido viva a una tripulación en el vacío del espacio.
La que sabía que la libertad personal nunca puede costar la vida de los demás.
Y mientras pensaba, los nombres empezaron a llegar: Abby y Chris, mis hermanos, Matthew y, aunque no nos lleváramos, también era su hermano; no la veía feliz lejos de él, y aunque ella fue quien lo propuso, sabía que ella no sería capaz de abandonarlo; nos habíamos convertido en parte de una familia que no quería abandonar.
Si me iba, los condenaba a seguir bajo el dominio de Arthur y Alexandra, sin defensa alguna.
No podía abandonar a los míos.
No después de haber sobrevivido juntos a la Tierra, al hambre, al miedo.
Apreté a Annie entre mis brazos, queriendo fundirme en ella.
Annie conocía el abandono; yo conocía la reconstrucción.
Ella soñaba con escapar del fuego; yo solo sabía cómo apagarlo.
Y aunque cada célula de mi cuerpo quería decirle que sí, comprendí que huir sería lo más parecido a una traición.
No podía hacerlo.
Ni a ellos ni a ella.
Esa noche, mientras Annie dormía, tomé la decisión que lo cambiaría todo: no íbamos a huir.
Íbamos a resistir.
Pero para hacerlo, necesitábamos territorio.
Un espacio libre del control de los Woods.
Un pedazo de tierra que pudiéramos llamar nuestro.
Encendí el monitor del hospital.
El resplandor azul iluminó mi reflejo en la pantalla: un rostro exhausto, los ojos rojos, las manos temblando por el café.
Buscaba una grieta.
Arthur había construido Percevalis como un sistema cerrado, perfecto, pero ningún sistema humano lo es.
Cada red, cada gobierno, tiene un punto ciego.
Solo había que saber dónde mirar.
Pasé horas navegando por los archivos de infraestructura, leyes coloniales, protocolos de expansión.
Y allí, en un anexo casi olvidado, lo encontré.
Disposiciones de expansión territorial: Pacto de Territorios No Asignados.
La cláusula era vieja, redactada por burócratas que jamás imaginaron que alguien podría usarla en su contra.
Decía que si un grupo de colonos con formación técnica encontraba y desarrollaba un territorio no reclamado, podía solicitar autonomía.
Esa palabra encendió algo en mí.
Autonomía.
No exilio.
No rebelión.
Un espacio legal para la libertad.
Revisé cada mapa que tenía Éxodo I, comparando en el mapa cada uno de los territorios declarados, pero en el mapa había un vacío.
El oeste de Percevalis era la llave.
Una extensión inmensa de terreno cercana a los cráteres, rica en minerales, aun sin cartografiar.
Tierra virgen.
Tierra libre.
Que si no la administraban oficialmente, nosotros podíamos reclamar.
No necesitábamos balas, ni enfrentamientos, ni caos.
Solo inteligencia.
Podíamos ganarles en su propio lenguaje: la burocracia.
Pasé la madrugada entera planeando los pasos.
Con cada línea que trazaba, sentía que el aire se volvía más liviano, como si el destino empezara a tomar forma.
La revolución no se libraría en las calles, sino en los documentos.
No sería una guerra visible, sino una infiltración silenciosa.
Cuando el amanecer de Percevalis tiñó las paredes del hospital, ya sabía lo que debía hacer.
Esa noche convoqué a la tripulación en el hangar del Éxodo II.
No era un simple punto de reunión: era nuestro refugio.
La nave estaba inactiva desde hacía meses, cubierta de polvo y olvido, pero seguía siendo el único pedazo de mundo donde aún éramos libres.
Allí estaban Matthew, que había reunido las personas necesarias para un cambio, personas que se negaban a ocupar lugares en donde se sentían inútiles, y después de todo, parte del entrenamiento en Génesis Lab nos había enseñado a buscar la libertad y la autonomía.
—Bienvenidos al momento del cambio —dije, mirándolos a los ojos—.
Esto no es una simple reunión; he buscado en los manuscritos y he encontrado un espacio en donde podemos buscar nuestra independencia.
No es fácil, pero podemos lograrlo; encontraremos un lugar en donde podamos establecer nuestras propias leyes.
Debemos encontrar un espacio que no esté cartografiado; por éxodo I, ese sitio lo reclamaremos como nuestro.
Saqué el documento impreso y lo extendí sobre la mesa.
El papel crujió, y el sonido se sintió más revolucionario que cualquier grito.
Les expliqué la cláusula, la brecha legal, la posibilidad real de independencia.
No necesitábamos permiso, solo decisión.
Podíamos fundar un nuevo cantón.
Un lugar donde las reglas fueran nuestras.
Abby fue la primera en romper el silencio.
—¿Y cómo se llamará?
—preguntó, con una sonrisa leve que no lograba ocultar el temblor de su voz.
En el holograma del mapa, el sol proyectaba un resplandor sobre una bahía sin nombre, al oeste.
Una línea de luz se curvaba sobre el horizonte, reflejándose en el metal del hangar.
—Aurora Bay —respondí, sin pensarlo.
Y todos asintieron, como si el nombre hubiera estado esperándonos.
Esa noche volví a casa.
Annie dormía en el sofá, abrazada a una manta que aún olía a ella, con la cabeza ladeada, los labios entreabiertos y una calma tan falsa que dolía mirarla.
Me quedé de pie frente a ella, con la nota ya escrita en el bolsillo, temiendo el momento en que tendría que dejarla.
Pensé en despertarla, contarle todo, pedirle que viniera conmigo.
Pero no podía.
Si algo salía mal, debía quedar limpia.
Annie no debía cargar con el peso de mi revolución.
La cargué con cuidado hasta la cama.
Le acomodé el cabello, cubrí sus hombros con la colcha y la observé unos segundos más.
Le susurré algo que no alcanzaría a oír: “No te dejo atrás, Annie.
Te estoy construyendo un lugar al que regresar.” Salí antes del amanecer.
El transporte se deslizó en silencio, y Villa Cristal quedó atrás, cada vez más pequeña.
Mientras el horizonte se teñía de azul y las luces se apagaban una a una, comprendí que no estaba huyendo.
No, esta vez no.
Esa noche había comenzado la revolución.
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