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Nosotros en las estrellas - Capítulo 44

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  3. Capítulo 44 - 44 43- Hard FeelingsLoveless
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44: 43- Hard Feelings/Loveless 44: 43- Hard Feelings/Loveless Canción sugerida: Hard Feelings/Loveless – Lorde El despertar de esa mañana no trajo calma, sino un silencio ensordecedor.

La sensación de desesperación y la rabia contenida que habíamos compartido la noche de la reunión, las charlas profundas y crudas sobre la vida que merecíamos lejos del control de Villa Cristal…

todo eso había sido reemplazado por un vacío tangible.

Apenas unos días antes, creí que habíamos alcanzado una conexión absoluta en nuestro dolor, y ahora, me encontraba frente a un abismo de abandono disfrazado de protección.

Había sido el inicio de una caída libre emocional.

Zeke había empezado a alejarse, y no fue un adiós, sino una lenta evaporación.

Durante días, la ansiedad se instaló en el centro de mi pecho.

No sabía si tenía alguna razón lógica, o si la intensidad de nuestra última conversación lo había agotado, haciendo que se retirara a su esencia de líder solitario.

Me preguntaba si la cercanía que habíamos recuperado en estos meses en Percevalis se había evaporado porque él se había arrepentido.

La idea me golpeaba con la fuerza de un meteorito: ¿Había sido yo la carga que lo había anclado a una vida de la que quería huir?

¿Había sido nuestro amor un simple oasis temporal antes de que él volviera a su verdadera esencia?

Ya casi no llegaba a casa.

Los días se hicieron largos, manchados de una luz artificial y sin significado; las noches, eternas y frías.

Un día, sin previo aviso, sin una despedida, se fue.

Fue ese día, quizá, el que rompió una parte de mí que ni siquiera la traición de mi propia familia había logrado tocar.

No sabía si había hecho algo para molestarlo, si había roto el frágil equilibrio de su vida.

Lo cierto era que la dinámica había cambiado con una brusquedad aterradora.

Había días en que estaba completamente absorto en el trabajo, según la explicación que le daba a Chris.

Otros, simplemente, no volvían a casa, sino hasta las primeras luces de la mañana.

Entraba en el silencio más absoluto, como un ladrón de sueños.

Solo se duchaba —y ese sonido era un eco vacío que me torturaba— y volvía a irse, con la misma urgencia silenciosa de un fantasma.

La única diferencia con respecto a nuestra vida en la Tierra era que aquí no había peligro, solo la tortura de la incertidumbre.

Tuve semanas en las que no escuchaba su voz, ni siquiera un susurro de su ronca calidez.

Mi ritual se volvió patético: lo esperaba en la sala de nuestra casa, recostada en el sofá con una manta que aún conservaba un rastro de su olor.

Quería confrontarlo, exigiendo una explicación a ese vacío, a esa distancia autoimpuesta.

Quería gritarle: “¿Qué es más importante que esto que hemos construido?”.

Pero el agotamiento, el miedo a la respuesta.

o la simple desesperanza; siempre tomaban lo mejor de mí.

Me quedaba dormida con la luz tenue encendida, con el corazón esperando su llegada.

La única forma en que mi cordura se mantuvo fue por los pequeños milagros que ocurrían mientras dormía.

Sabía que Zeke había estado allí porque, al despertar, yo estaba invariablemente en la cama, cuidadosamente arropada.

La colcha sobre mí, mi almohada ajustada y el sofá, que me había servido de cama en mi espera inútil, estaban vacíos.

Sabía que era él.

Era la única pista que aún tenía de que seguía en mi vida, la única prueba tangible de que nuestro vínculo no se había roto por completo.

Ese acto de cuidado inconsciente era lo que me impedía descender a la locura total.

Pero incluso esa pequeña gracia se detuvo.

Una mañana, el milagro no fue ser movida a la cama.

Desperté en la cama, en el lado de Zeke.

Grité su nombre, un sonido áspero que rompía el silencio, pero no había respuesta.

Entonces vi el papel a mi lado, cuidadosamente doblado en la almohada, justo donde su cabeza debería haber estado.

Me levanté, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del ambiente.

Tomé la nota.

Su caligrafía precisa y firme era tan familiar como el mapa de mis propias manos.

Empecé a leer, y la realidad se partió en dos.

Amor de mi vida, Me voy por unos días, quizás más que eso.

Siempre pienso en ti.

Lo que hago es por nosotros, por nuestro futuro.

No te estoy abandonando, pero debo irme a terminar lo que empezamos.

Necesito el Cantón Oeste, Annie.

Es la única forma de que seamos libres de la sombra de Éxodo I.

Sé que te duele, pero confía en mi estrategia.

Esto tiene que ser un secreto total, incluso de ti.

Si esto sale a la luz antes de tiempo, el Éxodo I nos destruirá a todos.

Y tú eres demasiado valiosa y pura para exponerte al conflicto.

Come bien y, por favor, duerme en la cama.

El sofá es muy duro para tu espalda.

Te amo más de lo que las palabras pueden decir.

Vuelvo pronto.

Nuestro futuro comienza contigo aquí.

—Zeke Cuando terminé de leer la nota, la sensación fue de un shock helado, seguido de una rabia hirviente.

No era consuelo, sino la revelación brutal de un secreto que me había sido negado.

El corazón me latió con la fuerza de un tambor.

“Necesito el Cantón Oeste…” ¿Qué era el Cantón Oeste?

¿Y qué plan de confrontación era este que él mencionaba?

¿Qué ‘estrategia’ había tomado sin mí, sin consultarme?

¿Secreto total, incluso de ti?

El desprecio implícito en esa línea me quemó los ojos.

Me pregunté con rabia y dolor: ¿Acaso había huido sin mí, o peor aún, me había dejado fuera de la toma de decisiones más importante de nuestra vida?

La “charla sobre la vida” que creí compartir con él, ahora se revelaba como la fase de recolección de datos para su plan.

Mis lágrimas invadieron mis ojos, ardientes y amargas.

Estaba siendo fragmentada por la lógica fría de Zeke; la misma lógica que me había salvado de la Tierra, ahora me estaba quebrando el alma.

Sin él, sin la confianza plena en él, nada tenía color.

Me sentía una prisionera, no de Éxodo I, sino de mi propia casa, en un mundo a blanco y negro.

El dolor se transformó en un pozo de desesperación.

Él había elegido la estrategia, la revolución, la construcción del Cantón Oeste, y en ese proceso, me había excluido de la ecuación.

Me había convertido en la pasiva espectadora de su propia vida, la cual supuestamente era la nuestra.

Si el plan fallaba, yo estaría aquí, sola, enfrentando a mis padres y a todo Éxodo I, sin saber siquiera por qué luchaba.

Si el plan tenía éxito, él volvería como un héroe, y yo habría sido la ingenua que se quedó en el sofá.

En cualquier escenario, me había despojado de mi derecho a luchar a su lado.

El líder había tomado una decisión, y el amante me había abandonado por ella.

Ese día no fui a trabajar.

Ni el siguiente.

Ni el subsiguiente.

No salí de casa.

El pabellón de neonatos, el único lugar en Percevalis que me daba paz, me parecía ahora una burla cruel.

¿Cómo podía cuidar la promesa de vida de otros cuando mi propia vida se sentía muerta?

No comí nada sustancioso durante esos tres días.

El hambre era un concepto ajeno a mi cuerpo, ocupado como estaba en procesar la magnitud del abandono.

Sentía que estaba cayendo en un hoyo, de esos que no tienen fin, donde la desesperación se alimenta de la soledad y la mentira.

Mi cuerpo se sentía pesado, como si la gravedad de Percevalis se hubiera multiplicado solo para mí.

Me acostaba en la cama, en el lado de Zeke, abrazando la almohada, tratando de inhalar su aroma, la última conexión física que me quedaba con la realidad que él había diseñado para mí.

Pero en el exterior, la vida continuaba bajo el control implacable de Éxodo I.

Alexandra, que ahora se había convertido en una sombra que me perseguía constantemente, notificó mi inasistencia de forma inmediata.

Al atardecer del tercer día, un mensajero de Villa Cristal dejó una carpeta sellada en la puerta.

Era un memorando oficial, frío y burocrático, firmado por la Directora Woods.

El memorando era una estocada cruel.

No era una llamada de preocupación de una madre a una hija, sino un documento oficial que detallaba mis faltas y exigía mi presentación inmediata en su oficina.

El documento citaba el Pilar II: Subutilización de recursos humanos para justificar la urgencia de mi reincorporación.

Exigía una explicación por mi “abandono de deberes críticos” y me recordaba la cláusula de seguridad colonial que prohibía las inasistencias no justificadas por emergencia médica.

Mi madre no solo me había abandonado dieciséis años atrás, sino que ahora me castigaba por mi dolor.

La rabia, finalmente, rompió el cristal de mi desesperación.

Alexandra estaba ganando.

Estaba usando la burocracia para imponer su poder, y yo estaba aquí, débil, hambrienta y llorando por el hombre que me había traído a este infierno emocional.

Zeke me había pedido que confiara en su estrategia, pero su estrategia me había convertido en una víctima de la de ella.

Al amanecer del cuarto día, miré la nota arrugada.

De repente, la frase: “Nuestro futuro comienza contigo aquí” se sintió como un mandato.

Zeke había huido para construir, y me había dejado a mí la tarea más difícil: sobrevivir al presente y a los líderes de Éxodo I, sola.

No.

Me negué.

El sofá no era mi lugar, ni el de la víctima.

Zeke podía haberme excluido de su estrategia, pero no podía despojarme de la fuerza que él mismo me había enseñado a tener.

Si la confrontación era inevitable, no iba a ser en la debilidad.

Si él iba a ser un héroe, yo sería la guerrera que protegió su retaguardia.

Me levanté de la cama.

El mareo por la falta de comida me golpeó, pero lo ignoré.

Fui al baño, me duché con agua fría y me vestí con la ropa de trabajo más formal que tenía.

Arrugué la nota de Zeke con fuerza, el papel rompiéndose entre mis dedos, y la tiré a la basura.

Era hora de enfrentar a los fantasmas.

Tenía que ir a la oficina de Alexandra Woods.

No para justificar mi ausencia, sino para dejar muy claro que, si bien Zeke había elegido el secreto, yo no iba a elegir la pasividad.

El juego había terminado.

Yo también era una estratega, y mi primer objetivo era el corazón de la directora Alexandra Woods.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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