Nosotros en las estrellas - Capítulo 45
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45: 44 – Look What You Made Me Do 45: 44 – Look What You Made Me Do Canción sugerida: Look What You Made Me Do- Taylor Swift El camino desde la colina hasta Villa Cristal fue el preludio de una ejecución.
Cada paso resonaba con una mezcla de rabia y un terror primitivo.
Había pasado una semana y media desde que leí la nota de Zeke, una semana y media de hambre y de una confrontación interna que solo había terminado con la burocracia fría de mi madre.
Zeke me había pedido que protegiera el hogar, que sobreviviera al presente.
Esta era mi retaguardia.
Me había vestido para la guerra.
No con uniforme médico, sino con el traje más formal y severo que pude encontrar, un gesto de armadura.
El cuello alto de mi camisa se sentía como un torniquete en la garganta, la tela rígida, un recordatorio de la disciplina que me había mantenido viva.
Ignoré el mareo provocado por la falta de alimento; ese dolor físico era un ancla, un sustituto bienvenido del dolor emocional.
Mi objetivo no era la disculpa, sino el desafío.
Iba a la oficina de Alexandra Woods no como su hija, sino como su oponente.
La oficina de la directora Woods no era un espacio de trabajo, sino una declaración de principios.
Estaba ubicada en el corazón administrativo de Villa Cristal, un edificio que parecía tallado en hielo y metal, sin una sola curva suave.
Al entrar, sentí que la temperatura bajaba diez grados.
La sala de espera era exactamente lo que recordaba de las viejas imágenes de laboratorios de Génesis Lab: un lugar frío y despersonalizado.
Las paredes de cristal opaco y metal pulido absorbían toda la calidez.
Las luces blancas, dispuestas en paneles sin fisuras, eran tan intensas que no permitían que se formara una sola sombra, una metáfora cruel de la transparencia forzada y la vigilancia implacable de Éxodo I.
Los muebles, idénticos, estaban alineados con una precisión neurótica, colocados a la misma distancia de la pared, tan perfectamente organizados que la mera idea de sentarse y desalinear una silla era un acto de vandalismo.
Era un espacio diseñado deliberadamente para la incomodidad, para que el visitante no se sintiera bienvenido, sino juzgado, instándolo a resolver su asunto y huir.
Me anuncié ante la secretaria.
La mujer era una extensión de su entorno: pálida, con un cabello tan rubio que parecía plateado bajo la luz artificial, y gafas de montura fina.
Estaba inmersa en su computador, digitando a una velocidad vertiginosa.
Se había fundido con la burocracia.
—Annie Woods —dije, y mi voz, aunque baja, se sintió fuerte en el silencio estéril.
Ella ni siquiera me miró.
Sus dedos continuaron el tap-tap-tap constante sobre el teclado.
Mi sangre empezó a hervir.
Si Alexandra me había llamado, no iba a permitir que me trataran como una molestia.
Me aclaré la garganta, con el sonido resonando con intención.
El tap-tap-tap se detuvo abruptamente.
Lentamente, subió la vista.
Su rostro, inexpresivo y simétrico, parecía el de un robot.
Sus ojos, finalmente clavados en mí, no reflejaban curiosidad ni empatía, solo una confirmación de datos.
—La Directora la está esperando.
Siga —fue la única reacción, tan plana como el mármol del piso.
El desdén en ese trato me reafirmó.
Esto no era una reunión familiar, era una citación administrativa.
Atravesé el umbral.
La oficina de Alexandra era más grande, con una pared de cristal que daba a una vista panorámica, pero su diseño interior replicaba la misma esterilidad.
En el centro, detrás de un escritorio inmenso de vidrio ahumado, estaba ella.
Alexandra Woods.
Alta, elegante y con el uniforme de directora impecablemente ajustado.
Al verme entrar, vi un cambio abrupto.
Dejó de ser la científica inmersa en datos y se convirtió en la madre.
O, al menos, en su versión del concepto.
Levantó la vista y la silla de alta tecnología emitió un suave siseo al pararse.
Empezó a caminar hacia mí, y vi la sonrisa.
—Annie, mi pequeño copito… Mírate, eres una mujer…
—dijo, y la ternura en el apodo, la única palabra que había logrado romper mi coraza en la infancia, me golpeó como un puñetazo en el estómago.
El dolor, la rabia acumulada y la memoria de la niña abandonada colapsaron al mismo tiempo.
Las lágrimas brotaron sin control, ardientes, pero antes de que cayeran sobre mis mejillas, las sequé con el dorso de mi mano con una violencia casi física.
Ella ya estaba a mi lado, y extendió una mano, con la intención de tocar mi rostro, un gesto de cariño que yo había anhelado por dieciséis años.
Retrocedí, apartando mi cara de su tacto como si me quemara, mi cuerpo reaccionando antes que mi mente.
Me reí.
Fue un sonido áspero, seco, cargado de burla.
Un sonido que no se parecía a Annie.
—¿Para qué me solicitó aquí, Directora?
—dije cortante, acentuando la última palabra con desprecio.
La mano de Alexandra quedó suspendida en el aire, a centímetros de mi rostro.
La herida en sus ojos fue instantánea, profunda.
Había fallado en su intento de acercamiento emocional.
—Copito… Por favor… —suplicó en un susurro.
—Mi nombre es Annie —la frené, mi voz inquebrantable—.
No, copito.
Señora Directora, le pido respeto.
Estoy aquí por una citación oficial, no por una visita familiar.
El uso de los títulos formales era el único escudo que había encontrado para protegerme de ella.
Si nos tratábamos como extrañas, como superiores e inferiores, la niña asustada no podría aparecer.
Era la única manera de recordarle quién era Annie, la mujer, la que se había reconstruido sola.
Alexandra respiró hondo, su rostro volviendo a la máscara de frialdad profesional.
Su labio tembló por un instante, pero lo ocultó rápidamente.
Se giró hacia su escritorio, regresando a su trono.
La madre había fracasado; la directora tomaría el control.
—No te voy a obligar a que me escuches…
—dijo, su voz volviendo a ser la de una analista, precisa y sin emoción—.
Así que vayamos directo al grano.
He notado tu ausencia.
Requiero saber la razón por la cual faltaste tres días, sin aviso previo.
Sabes que esto es causal de sanción según el Pilar II: Subutilización de recursos humanos.
—He estado sintiendo náuseas, posiblemente fallas en la adaptación al nuevo aire de Percevalis —respondí crudamente, manteniendo mi mirada firme, sin ceder.
Alexandra no pareció creerlo, pero lo dejó pasar.
El verdadero motivo de la citación, el núcleo de su ansiedad, vino a continuación.
—También hemos notado una renuncia masiva de parte de los tripulantes del Éxodo II —dijo, sus ojos ahora fijos en mí, analíticos y penetrantes.
Era una cazadora que había acorralado a su presa—.
Por lo que sé, tú eres la pareja de Zeke.
Te pregunto, Annie: ¿sabes cuál es la razón de esa deserción masiva?
¿Hay un conflicto de intereses o un plan subyacente?
Mi respuesta fue un ataque preventivo.
—¿Deserción masiva?
¿En serio, Directora?
—pregunté, con una burla helada—.
Tal vez porque lo que ustedes tienen aquí es anticuado y no estuvimos dieciséis años en un entrenamiento de habilidades constantes para archivar hojas de protocolo o barrer pisos.
Me incliné ligeramente sobre su escritorio, invadiendo su espacio de poder.
—Usted nos reclutó como el pináculo del talento humano, ¿cierto?
¿La élite?
Nos entrenó para construir un mundo nuevo, para ser los co-líderes de la civilización.
Y aquí estamos.
El doctor Ethan, un bioingeniero cuántico, clasificando inventario.
La jefa Rose, una de las botánicas más brillantes del mundo, alimentando sistemas de cultivo antiguos.
Y Zeke, un genio médico, dedicado a migrar archivos de un hospital que usted ya ha centralizado y burocratizado hasta la ineficiencia.
Levanté las manos en un gesto de exasperación falsamente inocente.
—Creo que todos prefieren quedarse en casa descansando o cultivando en sus jardines, en lugar de ser tratados como personal de apoyo subutilizado.
—Concluí, construyendo una coartada perfecta para Zeke al tiempo que arrojaba la verdad parcial de la frustración del Éxodo II.
Mi tono en todo momento fue desafiante, pero revestido de lógica profesional.
Alexandra me miró con una expresión de absoluto escepticismo, pero no pudo refutar el argumento.
—Les daremos un tiempo para que puedan tener sus vacaciones, Annie —dijo, sonriendo burlonamente, con una condescendencia—.
Pero más tarde que temprano, entenderán que vivir del aire no es suficiente.
Volverán de rodillas por una posición en Villa Cristal.
Estaba confiada.
Confiada en que la supervivencia básica y la necesidad de la estructura los obligarían a regresar.
Me giré para irme.
El acto, pensé, había terminado.
Había mantenido mi posición, defendido a Zeke y evadido la trampa emocional.
El corazón me latía con la euforia del triunfo.
Pero estaba equivocada.
Alexandra usó su última jugada.
—Annie Woods —su voz, ahora, no era burlona, sino el eco de una orden ineludible.
Me detuve en seco, mi cuerpo tenso—.
Requiero, y no es una petición, es una orden, que te presentes hoy en mi casa, en Villa Cristal, a las 8:00 pm.
El silencio fue más fuerte que el trueno.
Me giré lentamente para mirarla.
Había una intensidad fría en sus ojos, la de alguien que había pasado de la estrategia a la coerción total.
—Si no lo haces —continuó, y la amenaza flotaba en el aire estéril, golpeándome en la boca del estómago—, serás desterrada y llevada de vuelta a la Tierra.
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