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Nosotros en las estrellas - Capítulo 46

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  3. Capítulo 46 - 46 45 - The Hardest Part
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46: 45 – The Hardest Part 46: 45 – The Hardest Part Canción sugerida: The Hardest Part – Olivia Dean Pensé que el abuso de poder era un mal que debió haberse quedado en la Tierra, incinerado con los escombros de la antigua civilización.

Pero creo que las malas costumbres nunca mueren, y que la tiranía no necesita armas, solo una silla en una oficina inmensa.

—Mi decepción es evidente, Directora —le dije, mi voz tan baja que casi se perdió en medio del aire acondicionado que tenía adaptado su oficina, pero cada palabra llevaba el peso de mi furia.

No estaba decepcionada por la amenaza de destierro.

—Déjeme decirle que creo que sus manipulaciones y amenazas son un desprecio absoluto por el libre albedrío.

Es curioso, Directora.

Dieciséis años de un silencio ensordecedor, ¿y su primer acto de comunicación es una amenaza?

Al menos en la Tierra éramos libres de elegir nuestra propia miseria.

Aquí ni siquiera eso.

Mi cara de decepción era evidente.

Me di la vuelta y salí de esa oficina, sin darle tiempo a reaccionar o refutar mi argumento.

Quería verla.

Quería que viera la espalda de la hija que había abandonado, la espalda de la mujer que no se doblegaría.

Sentí la quemadura de su mirada en mi nuca, pero no me detuve.

Ahora sabía en parte por qué Zeke no me había dicho nada.

Él conocía el juego.

Sabía que iban a intentar sacar información, que buscarían la grieta en nuestra fachada, pero que no lo iban a obtener.

El conocimiento de que él estaba protegiendo un plan, aunque fuera su plan, me daba un ancla en medio del caos.

Incluso sintiendo que existía una razón para dejarme por fuera, la decepción no me permitía perdonarlo del todo; todavía lo odiaba por irse sin una despedida real, por su distancia, por convertirme en una pieza pasiva.

Pero su promesa seguía presente: prometió volver, y hasta que eso pasara, me quedaría enfrentando el tornado que se avecinaba.

Tenía que resistir.

Ahora sabía cuál era el castigo aquí: la expulsión, el destierro de vuelta a la Tierra en la próxima nave.

No podía arriesgarme.

No por mí, sino por el futuro que Zeke estaba intentando construir para nosotros en el Cantón Oeste.

Decidí volver a mi hogar, o ahora el lugar en donde habitaba, porque sin Zeke ya no era un hogar; era solo una casa en una colina.

Pero incluso antes de volver a fingir que tenía una rutina, necesitaba a mi hermano.

Necesitaba desahogarme, contarle las cínicas amenazas de Alexandra y sentir que alguien me apoyaba en mi sentimiento; sabía que esto podía despertar la furia de Matthew y sabía que quizá eso era lo que necesitaba para rellenar el vacío que Zeke había dejado.

Así que me dirigí a su casa, la que compartía con Abby, su pareja e irónicamente la hermana de Zeke.

Toqué la puerta, esperando la figura de Matthew.

Pero lo único que vi fue la cara de Abby.

Su rostro estaba preocupado, sí, pero también llevaba un cansancio profundo y agotamiento que me encendió todas las alarmas médicas.

Sus ojos tenían círculos oscuros, y sus movimientos eran lentos.

Ella, que siempre era un torbellino de energía y lógica brillante, parecía una sombra.

—Ann, pasa.

Por favor —dijo; la voz era suave, casi un susurro.

Entré.

Mientras caminaba por la casa, buscando inconscientemente la silueta protectora de Matthew, me di cuenta de algo: no había rastro de mi hermano allí.

Su mesa de trabajo estaba vacía; la taza de café que siempre dejaba a medias no estaba.

¿Acaso se había ido con Zeke a quién sabe dónde, metido en alguna revolución en lugar de estar aquí cuidando a Abby?

La rabia contra los hombres de mi vida se disparó.

—Abby, no te ves bien —dije, sintiéndome inmediatamente la doctora, la hermana, la protectora.

Apoyé mi mano en su espalda, sintiendo la tensión, guiándola al sillón que tenían en la sala.

Por favor, siéntate.

—No te preocupes, Ann, estoy bien —dijo, recostándose y cerrando los ojos.

Su piel estaba demasiado pálida.

—Abby, déjame revisarte, por favor.

Estás todo menos bien.

¿Dónde está Matthew?

Debería estar aquí contigo, llevarte a un hospital, ¡algo!

—dije con rabia, pero era obvio que él no estaba allí.

Estaba furiosa con Matthew, con Zeke, con todos los que se habían marchado en medio de la noche.

—En serio, estoy bien, Ann…

debe ser un mal colateral a la adaptación —dijo, abriendo apenas los ojos—.

Y por Matt, por favor, no te enfades, él está haciendo algo muy importante…

Vi la seguridad con la que lo decía.

Era obvio que ella sabía dónde estaban.

Me golpeó la realización de que, de nuevo, yo era la única excluida.

—Abby Kavan, dime que no soy la única pendeja la cual ignora lo que están haciendo —dije, mi voz retadora y cargada de la humillación que sentí en la oficina de Alexandra.

La exclusión me dolía más que el miedo.

—Annie, le prometí a mi hermano que no te contaría, por favor, entiende —susurró, y en ese momento, el último vestigio de mi rabia se derrumbó.

No pregunté más.

Sabía que, entre los que consideraba mi familia más cercana (Zeke, Matthew, Chris y Abby), yo era la única que no sabía qué estaban planeando.

Me sentí ignorada, débil y traicionada, pero decidí ignorar ese dolor al menos por ahora.

Había una prioridad más urgente que mis sentimientos.

Sabía que si algo le llegaba a pasar a Abby, ninguno de ellos me lo perdonaría, ni siquiera yo lo haría.

Así que procedí a revisarla.

Hice un chequeo exhaustivo, preguntando por sus síntomas, revisando su pulso, palpando su abdomen y buscando cualquier signo de una reacción al aire o una enfermedad conocida.

No había nada obvio; sin embargo, estaba lejos de ser una secuela a la adaptación.

Algo que mi mente no podía catalogar.

—Abby, necesitamos ir a la nave.

Necesito hacerte algunos exámenes.

No soy el genio de tu hermano, el gran doctor, pero aun así soy muy buena en lo que sé —dije, ayudándola a levantarse.

No le di la oportunidad de decir que no o refutar mi idea.

Su cuerpo débil y su miedo silencioso la obligaron a seguirme.

Entramos a la nave, el único lugar en Percevalis que aún tenía la tecnología de diagnóstico de vanguardia del Éxodo II.

El hospital de Alexandra era bueno, pero el laboratorio que Zeke había diseñado en la nave era superior en especificidad.

La llevé a la sala de diagnóstico que yo había usado tantas veces para evaluar a la tripulación y evaluarme a mí misma mientras intentaba identificar qué era Cristal.

Hice cada uno de los exámenes posibles para descartar fallos de órganos o toxicidad.

Cada prueba de adaptación al aire dio negativo.

Busqué lo que pude, desde deshidratación severa hasta una infección viral.

Nada.

Ella estaba agotada, pálida y con náuseas, pero su cuerpo estaba perfectamente sano en todos los niveles que la tecnología de Éxodo I habría podido medir.

Finalmente, decidí ejecutar la prueba que menos pensé que necesitaría.

Fue una reacción instintiva, una corazonada médica nacida de la necesidad de descartar lo imposible.

El monitor de la nave emitió un suave pitido.

Los datos se procesaron.

Yo me incliné, esperando la línea plana de un resultado negativo, y me quedé sin aliento.

—Abby… —dije con sorpresa.

La aguja del medidor hormonal estaba disparada.

El resultado era positivo.

Mi corazón dio un vuelco.

—Me voy a morir, ¿verdad?

—preguntó Abby; su voz era de resignación.

Estaba tan pálida que el azul de sus ojos parecía enfermo.

Giré el monitor hacia ella, mis propias lágrimas brotando, pero esta vez eran lágrimas de una emoción pura, ajena al dolor político o al abandono.

Me acerqué a ella, tomé sus manos y las apreté con la fuerza de un ancla.

—No, Abby —dije, mi voz temblando por la magnitud del descubrimiento, por la vida que ahora latía en ese universo vacío—.

No te vas a morir.

Al contrario.

Hice una pausa, y mis labios formaron una sonrisa que sentía tan grande que podía romper mi cara.

—Abby, vas a ser madre.

Estás embarazada.

Abby se quedó inmóvil por un segundo, el tiempo necesario para que la palabra se filtrara.

Luego, una lágrima solitaria corrió por su mejilla.

Su mano tembló mientras la llevaba a su abdomen.

Era una vida.

Una semilla de vida de Percevalis.

Una promesa que no estaba ligada a ningún protocolo, a ninguna nave, a ningún líder.

Era el futuro.

—¡Oh, Ann!

—sollozó, abrazándome con una fuerza renovada.

El abrazo fue un torrente de alivio, miedo y felicidad.

—No puedo creerlo.

Matt… Zeke… —Ellos van a volver, Abby —dije, abrazándola con firmeza.

Era más que un embarazo.

Era la clave para que Zeke volviera y se quedara.

Y van a tener que enfrentarse a mí, primero.

Ella no tenía idea de que este pequeño ser no era solo un bebé; era ahora la pieza más importante de la estrategia.

Si Zeke estaba luchando por el Cantón Oeste, por la libertad, yo tenía ahora la justificación máxima para luchar: la vida de un nuevo miembro de nuestra familia, y desde el momento que supe, había dejado de preguntarme el porqué de que ellos me hubieran dejado; es como si mi vida hubiera tomado un nuevo ritmo; ahora tenía una razón.

Ayudé a Abby a volver a casa.

La dejé arropada en la cama, dándole instrucciones sobre vitaminas y descanso, forzándola a comer.

Antes de irme, la miré.

La vulnerabilidad de su rostro, la inocencia de su sorpresa, me recordaron por qué estaba luchando.

No era por Zeke o por Matthew.

Era por esta nueva vida.

Necesitaba un plan.

Tenía que ir a la directora Woods, no a la oficina, sino a su casa.

La amenaza de destierro pendía sobre mi cabeza.

Yo iba a enfrentar a la directora, a mi madre, y dejaría claro que el juego de la política y el castigo había terminado.

Tenía que cumplir la cena de las 8:00 pm, la orden de Alexandra.

Al salir de la casa de Abby, el sol doble se estaba poniendo en Percevalis.

La luz dorada bañaba las colinas.

Me dirigí a Villa Cristal, al corazón del poder.

Mi corazón latía con una mezcla de pánico y determinación.

Ya no era solo la hija abandonada.

Yo era Annie Woods, y ahora tenía una vida que proteger, una nueva razón para quedarme.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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