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Nosotros en las estrellas - Capítulo 47

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47: 46- Set Fire to the Rain 47: 46- Set Fire to the Rain Canción sugerida: Set Fire to the Rain – Adele El camino hacia la casa de los Woods fue como caminar por un espejo distorsionado.

La casa era inmensa, construida con los mismos paneles modulares que el resto de Villa Cristal, pero extendida y personalizada hasta convertirse en un monumento a la familia líder.

Tenía ventanales de suelo a techo, y a través de ellos vi la luz.

No la luz fría y artificial de Percevalis, sino una cálida, amarilla, que envolvía las siluetas de una vida familiar que nunca fue la mía.

Era la antítesis de la casa que quedó después del quiebre, de los escombros, del silencio y de la espera congelada por unos padres que nunca llegaron.

Pero esto… esto era un hogar.

Un hogar construido meticulosamente sobre las ruinas de mi infancia.

Me armé de valor.

El recuerdo de Abby y el latido silencioso de mi sobrino por nacer eran el único escudo que tenía.

Mis padres habían tomado decisiones por mí, me habían dejado abandonada en un mundo que se caía en pedazos, pero no les iba a permitir que arruinaran mi futuro.

Toqué el timbre.

La puerta se deslizó.

Frente a mí apareció un adolescente de unos dieciséis años.

Era alto, casi como Matthew, con el cabello rubio de Arthur, pero la estructura ósea y la mirada intensa de Alexandra.

Era la imagen perfecta de la juventud que nunca conoció el frío de la Tierra.

—¿Sí?

—preguntó, con voz cautelosa.

—Soy Annie.

Annie Woods —respondí, firme, sin permitir que el dolor quebrara mi tono.

El reconocimiento fue un golpe seco en su rostro.

Sus ojos se abrieron de sorpresa, seguidos por una mezcla insoportable de culpa y curiosidad.

—Oh… eres tú —susurró, y luego añadió con torpeza—: Mamá dijo que vendrías.

Después apareció una adolescente, quizá unos años menor que él.

Era hermosa, con el cabello castaño claro de Alexandra y los ojos azules de Arthur, llena de una amabilidad que me resultó casi insultante.

—Lion, ¿quién es?

—preguntó, antes de sonreír—.

¡Hola!

Eres Annie, ¿verdad?

Soy Lia.

Pasa, mamá dijo que vendrías para la cena.

Crucé el umbral, y el impacto visual me asfixió.

La casa gritaba vida.

Había un caballete con pintura a medio secar, libros y data-pads apilados sin orden, y una atmósfera general de coexistencia.

Era una familia.

Una real.

Entonces apareció una niña de no más de cuatro años.

Llevaba su osito de peluche contra el pecho, una sonrisa enorme y el cabello recogido en dos colitas, justo como papá solía hacérmelas cuando se encargaba de mí.

Fue extraño verla.

Era como mirarme a mí misma cuando todavía creía que todo estaba bien.

—Hola, soy Mía.

Mamá y papá han hablado mucho de ti y de Matthew.

Dicen que son muy cool.

¿Tú también eres mi hermana?

—preguntó con una voz tan dulce que me rompió por dentro.

—Mía, no molestes a Annie —dijo Alexandra, saliendo de la cocina.

Llevaba un delantal sobre su ropa de trabajo, la fusión perfecta entre la directora de Percevalis y la madre de familia.

Su rostro era una máscara de compostura, demasiado ensayada para ser real.

Detrás de ella estaba Arthur, sentado en el comedor, leyendo un data-pad.

Lo dejó sobre la mesa con un ruido sordo que rompió el hechizo.

El aire se volvió denso.

Arthur sonrió.

Era la misma sonrisa de mi infancia, la de mi papá antes de dormirme, la del hombre que se había ido hace dieciséis años.

Su rostro era más maduro, sí, pero los ojos… los ojos eran los mismos, solo que ahora estaban llenos de arrepentimiento.

—Annie, gracias por venir —dijo Alexandra, con un tono profesional.

—Estoy aquí porque usted lo ordenó —respondí, sin apartar la mirada de ella.

No le daría a Arthur la dignidad de mi atención—.

Estoy aquí por protocolo, no por afecto.

Alexandra palideció ante la frialdad de mi voz.

Por un instante, sus ojos se movieron hacia los niños, como si recordara de golpe que estaban ahí, presenciando algo que no debían.

Tragó saliva y, con una voz más suave, casi maternal, dijo: —Lion, Lia… lleven a Mía arriba, por favor.

—Pero mamá… —empezó Lia, confundida.

—Ahora, cariño —interrumpió Alexandra, sin levantar el tono, pero con esa firmeza que no admite discusión.

Los tres se miraron entre sí antes de obedecer.

Mía me dedicó una última sonrisa, sin entender nada, abrazando a su peluche mientras subían las escaleras.

Cuando las puertas se cerraron y el eco de sus pasos se desvaneció, el silencio se volvió una trampa.

—Queremos hablar, Annie —dijo Arthur, con voz baja y uniforme, mostrando una miseria que casi me dio lástima—.

Nos alegra que estés aquí.

—No te pedimos que vinieras para pedirte perdón —continuó Alexandra, sentándose frente a mí.

Mantenía la espalda recta, pero sus ojos estaban agrietados—.

Sabemos que no hay palabras para esto.

—No.

No las hay.

Y no se confundan —respondí, con voz afilada como el hielo—.

No estoy aquí por su confesión.

Estoy aquí porque me amenazaron con el destierro.

Quieren usar mi vida para limpiar su conciencia.

Alexandra inhaló profundamente.

Por primera vez, se rompió un poco.

—La decisión de que tú y Matthew se quedaran en la Tierra fue nuestra, Annie.

De los dos —confesó, aceptando la culpa sin adornos—.

Nos enfrentamos a la peor elección: morir juntos o asegurar su supervivencia por separado.

Fingimos que la cura no había funcionado.

Creímos que en la Tierra estarían a salvo, lejos de la guerra y de Génesis Lab.

Debíamos desviar la atención de una posible supermedicina.

Sabíamos que Robert los buscaría, que eventualmente nos reuniríamos aquí… que podríamos compartir esto, lo que hemos construido.

Arthur asintió lentamente, la cabeza baja.

No quería escuchar sus excusas.

No había razón alguna para perdonarlos.

Así que hablé.

—¿Saben qué es lo más irónico?

—dije—.

Que mientras ustedes venían aquí, antes del quiebre, a construir esta nueva vida, esta familia tan perfecta… tuvieron hijos para reemplazarnos a Matthew y a mí.

Les quedaron parecidos, sí.

Pero díganme, ¿de verdad creen que podemos perdonarles eso?

—Annie, por favor.

Sabemos que la pasaron mal, pero… —intentó decir Arthur.

—No, ustedes no saben —lo interrumpí, poniéndome de pie y apoyando las manos sobre la mesa de cristal—.

Si lo supieran, no me mirarían así.

No saben lo que fue un terremoto nivel diez, uno que destruyó ciudades enteras.

Pudimos morir ahí, entre los escombros de ese edificio.

¿Lo recuerdan?

¿Recuerdan el lugar donde nos dejaron con la niñera, creyendo que todo estaría bien?

Nuestro apartamento era como esta casa.

Cálido.

Familiar.

Era nuestro hogar.

Yo tenía cuatro años.

Matthew, seis.

Las lágrimas salieron sin permiso, calientes, imparables.

Mi pulsera, la que Zeke había creado para monitorear mi salud, empezó a emitir una alarma.

—Annie, tu pulsera está sonando.

Por favor, cálmate —dijo Arthur, acercándose.

Lo ignoré.

—Éramos igual de pequeños que su nueva hija.

Espero que cada vez que la vean, me vean a mí —dije, con la voz rota—.

Que vean a Matthew, esperándolos entre los restos, esperando unos padres que nunca llegaron.

Me limpié las lágrimas con rabia.

—Así que no, no los perdono.

No hoy.

No, nunca.

Me da asco ser Woods como ustedes.

Arthur levantó la mirada.

Tenía el rostro devastado, y aun así, una chispa de rabia herida.

—Si no nos perdonas, es tu derecho —dijo, apenas audible—.

Pero no hables de Mía así.

Ella no es un reemplazo.

Es nuestra hija.

Su existencia no anula la tuya.

—Su existencia no anula la mía —repetí, dejando que la ironía me atravesara—.

No, doctor Woods.

Su existencia demuestra que usted y mi madre sí pudieron construir una familia nueva, perfecta, mientras nos dejaban morir.

A mí me abandonaron por el protocolo.

A ellos los criaron por amor.

Arthur se puso de pie, apoyando las manos en la mesa, reflejando mi postura.

—¿Por qué es tan difícil para ti, Annie Woods, aceptar que nosotros también sufrimos por lo que pasó hace dieciséis años?

—dijo Alexandra, con la voz quebrándose, mientras Arthur tomaba su mano.

—Solo queremos lo mejor para ustedes, para ti y para Matt —añadió Arthur—.

Pero es muy difícil si nos alejas.

—¿Quieren hacerlo bien?

—pregunté, con el pulso temblando—.

Ahí tienen a sus hijos.

Háganlo bien con ellos.

Porque para mí y para Matthew, nuestros padres murieron hace dieciséis años.

Por un momento nadie respiró.

Alexandra intentó hablar, pero su voz se quebró antes de salir.

Arthur bajó la cabeza, con los puños cerrados sobre la mesa.

Todo el aire en la habitación se sintió espeso, como si las paredes mismas se hubieran saturado de lo que nunca se dijo.

Los miré a ambos.

Y, por primera vez, no vi a mis padres.

Vi a dos desconocidos con miedo.

No al castigo, no a Percevalis… sino a mí.

Al espejo que les recordaba todo lo que destruyeron.

—No se preocupen —susurré—.

Ya no espero nada de ustedes.

Ni perdón, ni amor, ni explicaciones.

Todo eso lo enterraron hace mucho.

Mi brazalete volvió a sonar, más fuerte, pero no le presté atención.

La vibración se mezclaba con el zumbido en mis oídos.

Sentí el cuerpo tensarse, las manos entumecerse, el aire escapando.

—Annie… —La voz de Arthur se quebró al intentar acercarse—.

Annie, por favor… La habitación empezó a girar.

La luz se distorsionó, las sombras se alargaron.

Quise dar un paso atrás, pero las piernas no respondieron.

Cerré los ojos.

El aire ardió en mis pulmones.

El peso me venció.

Y entonces, el caos.

Se volvió en nada, en un absoluto silencio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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