Nosotros en las estrellas - Capítulo 48
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48: 47 – Rescue Me 48: 47 – Rescue Me Cancion sugerida: Rescue Me – OneRepublic ZEKE BIP—BIP.
El sonido agudo no solo cortó el aire del módulo; me perforó el pecho.
Era la alarma del brazalete de Annie, un pitido que conocía íntimamente.
Solo tenía una configuración posible: emergencia médica grave.
Dejé de respirar.
El panel proyectó los datos y el mundo se detuvo: Pulso en caída libre, oxigenación crítica, alerta cardíaca.
Annie estaba colapsando.
—Equipo —dije, y el sonido rasposo de mi voz me sorprendió—.
Ya tenemos los recursos y mapas que necesitamos.
Oficialmente, Aurora Bay es nuestra.
Procedan al cierre inmediato del registro.
Nadie se movió.
Matthew me observó desde el vehículo auxiliar, la calma profesional fracturándose en su rostro.
Todos sabían.
Todos sabían que Annie Woods era mi debilidad, mi único punto ciego.
—Kavan, ¿todo bien?
—preguntó Matthew.
—Sí —mentí con una brusquedad innecesaria, mirando el horizonte artificial—.
Solo terminen rápido.
Mientras los drones sellaban el perímetro, me aparté y encendí el monitor portátil.
Los signos fluctuaban: un descenso brutal seguido de un leve repunte.
Inestable.
Me quedé congelado, mirando la gráfica, sintiendo que si parpadeaba, perdería el hilo que la mantenía con vida.
Frente a mí se extendía Aurora Bay.
Era difícil reconciliar tanta belleza con el infierno de Villa Cristal.
La bahía nos había regalado un color imposible en el agua, turquesa y azul profundo moviéndose bajo el cielo.
Las montañas, al fondo, cubiertas de una vegetación que resplandecía en la oscuridad, parecían una promesa que el universo sí había cumplido.
Y sobre todo, la aurora.
La primera que veíamos de cerca.
Verde, dorada y violeta, una danza de radiación perfecta.
Por un instante, solo por un instante, esa irrealidad me recordó que todo el riesgo había valido la pena.
—Aurora Bay —había murmurado esa noche, y el nombre se quedó como una oración.
Todo lo hice por ella.
Cada mapa, cada cálculo, cada mentira que tejí para salir del Consejo llevaba su nombre escondido.
Este lugar no era una base; era la fianza de su libertad.
—¿Te imaginas criar una familia aquí?
—Matthew rompió el silencio, su voz baja y reflexiva.
Sonreí con amargura.
—Me lo he imaginado en cada maldito plano.
Este lugar no tiene pasado, solo futuro.
Pero me falta Annie.
Sin ella, todo esto es solo una colección de coordenadas inútiles.
Matthew rompió el silencio con una carcajada ronca.
—Quién lo diría.
Mi hermanita fue la única que pudo con el indomable Zeke Kavan.
—No me domó —respondí, la mirada fija en el brazalete que parpadeaba en el monitor—.
Me enseñó qué era lo único por lo que valía la pena arriesgarlo todo.
—Debemos volver, necesito saber si Abby está bien, y ni decir de Annie porque por tu cara sé que pasó algo —dijo Matthew empujando a fondo el acelerador.
El viaje de regreso fue un tormento.
Yo estaba al volante, pero mi mente estaba en Villa Cristal, revisando los signos de Annie cada minuto.
Había vuelto a la normalidad, pero el miedo me seguía carcomiendo.
Estar tan cerca de perderla, por mi culpa, por la distancia que había impuesto…
dolía más que el abandono que ella creía haber sufrido.
Me aferré a la idea de Abby.
Si alguien en Villa Cristal podía ejercer la vigilancia que yo no podía, era ella.
Habían forjado un lazo que trascendía la amistad.
Confiaba más en Abby que en mí para mantenerla a salvo.
Matthew me dio una palmada.
—Estará bien, Kavan.
Annie es una luchadora.
—No quiero que luche.
Quiero estar ahí —mascullé.
Cuando las torres de Villa Cristal emergieron en el horizonte, sentí náuseas.
Si Aurora Bay era luz y promesa, Villa Cristal era perfección fría y control.
Apenas llegamos, dejé el equipo atrás.
Crucé el hangar y entré al hospital.
El olor a desinfectante era el aroma de su prisión.
Corrí hacia la sala de recuperación donde sabía que la tenían, pero dos guardias del Consejo me bloquearon la entrada.
—Por orden de la Directora Woods, la paciente Annie Woods se encuentra en observación restringida; nadie puede visitarla sin previa autorización —dijo uno de ellos, sin mirarme a los ojos.
Sentí cómo la rabia me subía por el pecho.
—¿Restricción?
Soy su pareja.
Tengo derecho a verla.
—No en este estado —intervino una voz detrás de mí.
Alexandra.
Su tono era suave, casi maternal, pero con ese filo que siempre usaba cuando quería mantener el control.
Giré para enfrentarla.
Su bata blanca, impecable, contrastaba con el cansancio en su rostro.
Arthur apareció detrás de ella, más envejecido de lo que recordaba, pero con la misma rigidez en la mirada.
—Ustedes ya le hicieron suficiente daño —continuó Alexandra, avanzando un paso—.
Estuvo días sin medicarse, Zeke.
Días.
Y tú estabas fuera, en quién sabe dónde; ¿a eso ustedes le llaman una pareja?
Desde este momento, mi hija queda bajo mi custodia.
Arthur cruzó los brazos.
—Y esto no es solo que la dejaste sola, también la pusiste en riesgo.
¿Sabes lo que fue verla inconsciente?
Tu irresponsabilidad la trajo hasta aquí.
—No, no se equivoquen.
Mi hermano no tiene toda la culpa de esto —intervino Abby, llegando junto a Matthew detrás de Alexandra y Arthur.
Su voz, usualmente calmada, vibraba con una furia contenida.
—Annie se desmayó en su casa, Directora Woods.
Justo después de su “cena familiar”.
Ella estuvo con ustedes horas antes; estaba débil, sí, pero no al borde del colapso.
¿Qué le hicieron ustedes?
¿Qué le dijeron para que su sistema se quebrara de esa manera?
Las palabras de Abby cayeron como piedras en el silencio.
Arthur palideció visiblemente y Alexandra apretó los labios, su máscara maternal agrietándose por un instante.
Eran ellos.
Lo supe con una certeza helada.
La cena.
Esa confrontación, su presión, su crueldad disfrazada de preocupación…
ellos la habían empujado al colapso.
Quise responder con calma, con la lógica fría que siempre me salvaba, pero el temblor de mis manos lo impidió.
—Yo la dejé viva.
Ustedes la quebraron, no me vengan con que esto es nuestra culpa; adicional, esa custodia de la que ustedes hablan no tiene vigencia, ella tiene que aprobarla, sin coacción, y estoy seguro de que Annie prefiere irse a vivir a la luna antes de quedarse con ustedes.
—¡Cuidado con tu tono!
—alzó Arthur, recuperándose, y los guardias se tensaron—.
No estás en posición de hablar así en una instalación médica de Villa Cristal.
—No —interrumpí, acercándome—.
No estoy en posición dentro de Villa Cristal, porque ya no pertenezco a este lugar.
El silencio fue total.
Alexandra frunció el ceño.
—¿Qué estás diciendo?
—Que Aurora Bay existe.
Y no es suyo.
Su rostro perdió color.
Arthur dio un paso al frente.
—¿Qué hiciste, Zeke?
—Lo que ustedes jamás se atrevieron a hacer —respondí—.
Construí algo fuera de su control.
Un territorio libre.
Un lugar donde Annie no tenga que pedir permiso para respirar.
—¿Territorio libre?
—Alexandra casi rio, pero la voz le tembló—.
No sabes lo que dices.
El Consejo no lo aprobará.
—No necesito su aprobación —dije con firmeza—.
Ya está registrado.
Legalmente.
Aurora Bay pertenece al equipo del Éxodo II.
Y a ella.
Dentro de la habitación, Annie se movió.
El sonido de las voces, mi voz, la de sus padres, la de Abby, la alcanzó a través de la pared.
Abrió los ojos lentamente, y los monitores se aceleraron.
La enfermera intentó calmarla, pero ella apartó el sensor del pecho.
—Quiero verlo —susurró, apenas audible.
—Señorita Woods, aún no está autorizada…
—¡Quiero verlo!
—repitió, con una fuerza que parecía venir del fondo del alma.
Los guardias dudaron.
Alexandra giró hacia la puerta, pero ya era tarde.
Yo había entrado.
La vi allí, débil pero consciente, su mirada fija en mí.
El ruido del monitor se mezclaba con el sonido de mi corazón.
—Zeke… —susurró.
—Estoy aquí.
—Me acerqué despacio, ignorando la tensión a mi alrededor—.
No quise que esto pasara, pero todo lo que hice fue por nosotros.
—Pensé que no ibas a volver nunca.
—Vi cómo sus lágrimas caían por sus mejillas.
El alivio en su voz me golpeó más que cualquier reproche.
Alexandra se colocó entre ambos, un muro de autoridad.
—No puedes acercarte, está en recuperación.
—No, solo necesito a Zeke —dijo Annie, y con una determinación que me dejó sin aire, empezó a retirar los cables que tenía conectados por todo su cuerpo.
Una vez más, ahí estaba la Annie Woods testaruda que no escuchaba a nadie.
Pero esta vez, me alegré de que lo hiciera, porque no sabía cuánto necesitaba tenerla cerca, sentirla real.
Me apresuré a su lado para poder sostenerla, anticipando el momento en que su cuerpo recordara su debilidad.
La agarré de la cintura y la acerqué a mí, su fragilidad contra mi pecho.
Era un doble gesto: evitar que cayera y, egoístamente, mantenerla cerca.
—Aurora Bay es real —le dije, mi voz apenas un hilo, cargada de la promesa que nos unía—.
Es nuestro, Annie.
Nadie puede quitárnoslo.
—¿Aurora qué?
Zeke, ¿qué hiciste?
—pregunté; genuinamente no sabía de lo que hablaba.
—Ann…
encontré nuestro lugar en este planeta, no te preocupes, es legal; en los tratados de expedición de Éxodo I había un pequeño vacío territorial y todo aquel que llegara aquí y descubriera un nuevo territorio podría hacerse dueño de este sin dañar el ambiente o el ecosistema y adivina qué, Amor, Aurora Bay espera por ti —dijo mirándome a los ojos; veía la esperanza que se dibujaba en su cara.
Ella cerró los ojos, y una lágrima silenciosa rodó por su mejilla.
El alivio, la esperanza, el miedo…
todo contenido en esa gota salada.
—Entonces… llévame allí —susurró, y la petición fue más una orden que una súplica.
Arthur rompió el silencio, ya no con exasperación, sino con la fría y calculada voz de un Director del Consejo.
—Zeke Kavan, acabas de declarar una insurrección legal que te condena a ti y a tu equipo.
La abracé más fuerte, su débil peso la única ancla que necesitaba.
—No —respondí, mi voz resonando con una autoridad que nunca había usado en Villa Cristal—.
Acabo de declarar independencia.
Y quiero que quede claro: legalmente, el Protocolo de Éxodo I y bajo sus propias leyes en el Pacto de Territorios No Asignados el cual otorga soberanía territorial a los territorios no explorados.
Aurora Bay no es un anexo de Villa Cristal.
Es un nuevo territorio registrado.
No podían refutarlo, porque era cierto, habíamos jugado bajo sus propias leyes y ahora podíamos construir algo propio.
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