Nosotros en las estrellas - Capítulo 49
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
49: 48 – Safe Inside 49: 48 – Safe Inside Canción sugerida: Safe Inside – James Arthur —Annie no va a salir de aquí.
Zeke, Matthew, ustedes perdieron cualquier custodia sobre ella.
Por su ausencia y en el estado en que está, no puede irse —dijo Alexandra, parándose justo enfrente de nosotros, bloqueando la única salida visible, como si su cuerpo fuera una barrera de acero impenetrable.
La miré con odio, pero debajo de esa rabia había un entendimiento frío y aterrador.
Sabía lo que significaba esa mirada en sus ojos; no era solo autoridad materna, era poder político.
Yo sabía qué era lo que podía pasar si llegábamos a infringir las normas en ese preciso momento, con guardias armados en el pasillo y cámaras grabando cada movimiento.
No me iba a arriesgar a que a alguno de ellos tres les pasara algo por intentar jugar al héroe.
Empujé suavemente el pecho de Zeke para que me soltara un poco y poder mirarlo a los ojos.
Sabía que él entendía lo que yo estaba pensando antes de que lo dijera, pero también sabía que no lo iba a aceptar.
Su instinto era protegerme, sacarme de ahí a la fuerza si era necesario.
Pero al mirar de reojo a Alexandra, tuve la certeza absoluta de que no tenía opción.
Si no me quedaba por las buenas, ella estaba dispuesta a llegar a las últimas instancias legales o ilegales para retenernos.
Conmigo allí, bajo su techo, ella sentía que recuperaba el control.
Y yo necesitaba que ella creyera que tenía el control para que los dejara ir a ellos.
—Zeke, por favor… —inicié diciendo, con la voz rota.
El aire en la habitación cambió.
Todos sabían que me estaba rindiendo y, aunque nadie entendía por qué estaba bajando la guardia tan rápido, era difícil para ellos aceptarlo.
Se sentía como una traición a nuestro propio escape.
Fue Zeke quien no me dejó terminar.
Me interrumpió con una desesperación que nunca le había visto.
—Annie Woods, no te voy a dejar aquí.
Por favor, ni siquiera pienses en pedirlo —dijo cogiendo mi cara entre sus manos.
Sus dedos temblaban contra mi piel; no era una orden, era una súplica.
—Amor… —Miré directo a esos ojos que habían sido mi único refugio, agarrando sus manos con fuerza para que sintiera que yo seguía allí, con él—.
No pienso arriesgarlos.
No a ti, no a Matthew…
y mucho menos a tus hermanos.
Abby debe ser nuestra prioridad ahora.
Ella los necesita a ustedes más que yo… —dije, desviando la mirada hacia Abby.
Vi cómo sus manos se posaron instintivamente en su abdomen, un gesto protector que lo decía todo.
El silencio que siguió fue pesado.
Todas las miradas se posaron en ella.
Vi la sorpresa genuina en el rostro de Matthew y la mirada de curiosidad, mezclada con shock, de Zeke.
—¿Abby…?
—preguntó Zeke sin apartarse de mi lado, pero su voz salió como un hilo de incredulidad.
Abby respiró hondo, como si soltara un secreto que le quemaba.
—Vamos a tener un nuevo integrante en la familia.
Hay un mini Woods Kavan en mí —dijo, mirando directamente a Matthew.
Mi hermano no esperó nada.
El protocolo, el miedo y la tensión desaparecieron de su cuerpo en un segundo.
Se acercó a ella y la envolvió en sus brazos con una delicadeza que contrastaba con el caos del momento.
Y mientras todos veían la escena, yo intentaba grabarme sus caras en mi mente para no olvidarlos en las noches frías que me esperaban.
Quería recordar ese brillo en los ojos de Zeke, esa mezcla de miedo y maravilla, y la sonrisa de mi hermano que, por primera vez en años, parecía completa.
Sabía que en el futuro, cuando nos tocara a nosotros, esa misma mirada estaría en mí.
También veía la cara de Matthew, esa de felicidad absoluta, como si por fin estuviera tomando un respiro de la crueldad que habíamos cargado desde el Gran Quiebre.
Estaba segura de algo: al bebé que estaba gestando Abby jamás le haría falta un padre.
Matthew lo llenaría de amor hasta desbordarse.
Lo sabía porque yo había sido testigo del inmenso amor que él tenía por dar, porque él me había dado todo lo que tenía cuando nos quedamos solos en la Tierra.
Junto a él, Abby sonreía con miedo, pero sonreía.
Como si dentro de ella se estuviera creando el único tesoro que importaba en este planeta.
Al verlos así, tan frágiles y tan esperanzados, mi decisión se volvió acero.
No iba a arriesgar esa felicidad.
Podía ver cómo Alexandra y Arthur observaban la escena con ojos calculadores, buscando cómo usar esa información.
Si intentábamos huir todos juntos ahora, con una mujer embarazada y yo en estado crítico, nos cazarían.
Arruinarían todo.
Todo estaba en mis manos.
Debía quedarme.
Debía ser el señuelo para que ellos pudieran ser libres.
—Deben irse.
Se hace de noche y el camino puede volverse peligroso —dije, rompiendo la burbuja.
Vi cómo todas las miradas volvieron a mí, pasando de la alegría al horror de la despedida.
—Ann… —dijo Matt, soltando a Abby y dando un paso hacia mí.
—Les prometo que esto no es un “para siempre”.
Voy a volver con ustedes en cuanto me mejore, pero no quiero que nada les pase.
Por favor, váyanse ahora que pueden —dije.
Sentí que les estaba suplicando que me abandonaran, y eso dolía más que cualquier herida física.
—No —escuché cómo se le desgarraba la voz a Zeke.
Las lágrimas, esas que él nunca dejaba salir, llenaron sus ojos—.
No te puedo dejar atrás, Annie.
No puedo.
Simplemente no funciono si no estás.
Me acerqué a él, ignorando el dolor en mis piernas, ignorando a mis padres que miraban como espectadores de una obra de teatro.
Puse mis manos en su pecho, sintiendo su corazón martillear contra mi palma.
—Mírame, Zeke —le pedí, obligándolo a conectar conmigo—.
Tienes que irte.
Tienes que llevarlos a Aurora Bay.
Tienes que preparar el lugar para nosotros.
Si te quedas aquí peleando, nos van a encerrar a todos y ese bebé nacerá en una jaula.
¿Quieres eso?
Zeke negó con la cabeza, cerrando los ojos con fuerza, dejando caer las lágrimas.
—Prométeme que vas a ir.
Prométeme que vas a construir un futuro para nuestro sobrino o sobrina.
Ella necesita al Tío Zeke fuerte, no preso.
—Pasé mis manos por su cara, limpiando el rastro húmedo en sus mejillas.
Mis propios dedos temblaban—.
Prometo buscarte.
No me estás abandonando, me estás esperando.
Son cosas distintas.
Zeke abrió los ojos.
Eran un mar de dolor, pero también de amor.
Se inclinó y me besó.
No fue un beso suave.
Fue un beso desesperado, salado por las lágrimas de los dos, un beso que sabía a despedida y a promesa.
Se aferró a mí como si quisiera fundirme en su piel para llevarme con él.
—Te voy a esperar cada maldito día —susurró contra mis labios—.
Y si tardas mucho, vendré por ti y quemaré este lugar si es necesario.
—Lo sé —dije, sonriendo con tristeza—.
Ahora, vete.
Me giré hacia Matthew.
Él me miraba con esa expresión de hermano mayor que sabe que no puede arreglarlo todo.
Me abrazó tan fuerte que casi me cortó la respiración, y por un segundo, volví a ser la niña de cuatro años en medio del terremoto.
—Cuídalo —le susurré al oído, refiriéndome a Zeke—.
No dejes que se apague.
—Te lo prometo —respondió él con voz ronca—.
Y tú vuelve a nosotros.
No te atrevas a acostumbrarte a ellos.
—Nunca —aseguré.
Vi cómo salían de la habitación.
Abby me lanzó una última mirada de agradecimiento y dolor antes de que Matthew la empujara suavemente hacia el pasillo.
Zeke fue el último.
Se detuvo en el marco de la puerta, mirándome una vez más, como si quisiera memorizar mi silueta contra las máquinas del hospital.
—Tú y yo en las estrellas, siempre —le dije sabiendo que esa era nuestra promesa y siempre que viera al cielo estrellado sabría que estábamos viendo las mismas estrellas.
Vi cómo sonrió, una sonrisa triste que iba acompañada por una lágrima que se deslizaba por su mejilla; vi cómo se giró y empezó a caminar para luego de unos minutos desaparecer en la distancia.
Cuando la puerta se cerró, el silencio me aplastó.
No pude contener más las lágrimas; empezaron a rodar sin control, quemándome la piel.
Me sentí pequeña, sola y estúpidamente valiente.
Alexandra se acercó a mí casi al instante, invadiendo mi espacio personal como si no fuera la causante de todo el caos.
—Tomaste la mejor decisión, hija.
No te preocupes, nosotros te cuidaremos —dijo Arthur, acercándose por el otro lado y poniendo su mano en mi hombro.
Su tacto se sintió pesado, falso.
No dije nada.
Solo quité bruscamente mi cuerpo de su mano, con un movimiento seco.
Me dio asco.
Era aún más doloroso ver cómo actuaban, como si hubieran ganado un premio, como si hubieran hecho lo correcto.
Actuaban como si lo que acababa de pasar —el chantaje emocional, la amenaza velada— simplemente nunca hubiera existido.
Como si yo me hubiera quedado por amor y no bajo la presión de saber que, si me iba, ellos destruirían a las únicas personas que realmente me amaban.
Esa noche fue eterna.
Me volvieron a conectar a todas las máquinas que había en esa habitación.
El pitido del monitor se convirtió en mi única compañía, marcando el ritmo de mi soledad.
Me prometieron que al día siguiente iría a casa.
Pero no a mi casa, no a la casa en la colina que compartía con Zeke donde habíamos empezado a ser nosotros.
Iría a la casa de los Woods.
Volvería a ser la niña indefensa que vivía con sus padres.
Ellos querían borrar los últimos dieciséis años, querían jugar a la familia feliz.
Pero yo ya no tenía cuatro años.
Yo había sobrevivido al fin del mundo.
Y aunque sabía que hasta que no me recuperara al cien por ciento no podía huir de la crueldad y de los recuerdos que me iban a cazar día a día en esa casa perfecta, tenía un objetivo.
Estando allí, siendo la “hija obediente”, ganaría tiempo.
Podría asegurarme de que nadie persiguiera a los míos mientras iban camino a Aurora Bay a construir una vida libre.
Yo era el precio de su libertad.
Y estaba dispuesta a pagarlo.
A la mañana siguiente, el traslado fue rápido y eficiente.
Una camioneta blindada, cristales tintados, sin paradas.
Mientras recorríamos las calles de Villa Cristal, miraba por la ventana con una sensación extraña.
Antes, este lugar me parecía el paraíso: limpio, ordenado, seguro.
Ahora, solo veía los barrotes invisibles.
Veía la perfección como una mentira bien pintada.
Cuando el vehículo se detuvo frente a la casa, sentí náuseas.
Era hermosa, claro que lo era.
Jardines perfectos, paredes blancas, grandes ventanales.
La casa que debimos tener en la Tierra si todo no se hubiera ido al infierno.
Arthur me ayudó a bajar.
Mis piernas aún temblaban, no sé si por la debilidad física o por el rechazo que sentía mi cuerpo al estar ahí.
La puerta principal se abrió y ahí estaban.
Los tres.
Lion, Lia y Mía.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com