Nosotros en las estrellas - Capítulo 5
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5: 4- Breathin 5: 4- Breathin Canción sugerida: Breathin- Ariana Grande Por dentro, la nave era otro mundo.
Diseñada con detalle, se notaba que habían pensado en cada detalle con precisión, y aunque su diseño era metal casi en su mayor parte, el frío bloque metálico que había imaginado, o habían decorado muy bien; era un espacio pensado para engañar al cerebro.
Las paredes estaban pintadas con tonos cálidos y la luz imitaba los ciclos del día, como si quisieran convencernos de que aún seguimos en la Tierra.
Aun así, se sentía irreal.
Los pasillos eran tan largos y silenciosos que cada paso sonaba más fuerte de lo necesario, y el aire tenía ese olor estéril que siempre me recordaba a los laboratorios.
Mientras caminábamos hacia el centro, no podía dejar de mirar las caras a mi alrededor.
Cien personas.
Cien desconocidos con los que se suponía que íbamos a reconstruir una civilización desde cero.
Todos teníamos los mismos trajes, los mismos relojes de monitoreo y las mismas ojeras.
Vi nombres grabados en los cuellos: Liam, Sofía, Kenji, Elena.
Me pregunté si ellos también estaban asustados o si, a diferencia de mí, habían logrado convertir el miedo en emoción.
La voz de los altavoces rompió el silencio: —Atención, tripulación.
Diríjanse a la sala de control principal.
Nos movimos en grupo por un pasillo enorme hasta llegar a una puerta circular que se abrió con un sonido suave.
La sala de control era impresionante.
En el centro, una mesa redonda rodeada de sillas.
A su alrededor, pantallas que mostraban datos, coordenadas y el movimiento de las estrellas.
Pero lo que realmente capturó mi atención fue la plataforma elevada en el medio del lugar.
Diez personas de pie, todas vestidas de negro.
Los líderes.
Reconocí a Matthew de inmediato.
Desde esa altura, se veía más serio, más lejano.
Sentí orgullo, pero también una punzada de tristeza.
Ya no era solo mi hermano; era uno de ellos.
Recorrí a cada uno de los líderes; se veían poderosos.
Llegué a imaginarme ahí, parada, siendo vista con respeto, justo como yo lo hacía en este momento, pero ningún momento es perfecto, incluso este, porque mis ojos lo encontraron, casi por inercia, a Zeke.
Estaba al otro lado, con los brazos cruzados y la mirada fija en algún punto del vacío.
Ni un gesto, ni una palabra.
Solo esa frialdad tan suya que parecía cortarlo todo.
Una mujer rubia dio un paso al frente.
Tenía una presencia que imponía sin necesidad de alzar la voz.
—Bienvenidos al Proyecto Éxodo II —dijo—.
Si están aquí, es porque superaron cada prueba.
Su misión es simple, pero vital: asegurar la supervivencia humana en Percevalis.
A partir de este momento, su deber es cumplir con ese propósito.
Hizo una pausa, dejando que todos procesáramos la idea.
—Cada uno de ustedes ha sido estudiado, evaluado y asignado a un área según sus habilidades.
Los líderes que ven aquí estaremos a cargo de ustedes y los guiaremos.
Otro asunto del cual me gustaría hablarles es que, como saben, Génesis Lab no deja nada al azar.
Por lo cual se establecerán parejas de compatibilidad cuando sea el momento adecuado.
Su cooperación es clave para el éxito del programa de repoblación.
Un murmullo recorrió la sala.
Parejas.
Compatibilidad.
Repoblación.
Palabras técnicas para disfrazar el control.
Sentí un escalofrío.
Éramos menos personas y más piezas de una ecuación biológica.
Comenzaron a llamar los nombres.
Uno por uno, los futuros colonos se agrupaban alrededor de los líderes.
Los nombres caían como golpes en un silencio tenso.
Lorena, área de agricultura.
Miguel, construcción.
Lisa, innovación.
Cada vez quedábamos menos en el centro.
Yo me obligaba a respirar despacio, pero la ansiedad me apretaba el pecho.
Temía escuchar el silencio final, ese que significaba que otra vez quedaba fuera.
—Annie Woods, Medicina.
La palabra medicina resonó en mi mente como un eco; era mi sueño, o más bien, era tener la sensación de estar cerca de lo que eran papá y mamá.
Y mientras yo procesaba esta gran noticia, lo que en mi mente pareció solo unos segundos, para los demás fue por lo menos un minuto.
Me di cuenta de ello cuando mi alegría desapareció rápidamente; era la voz que volvió a repetir mi nombre, esta vez más cerca y con más impaciencia.
Después lo vi, y ya no era un sueño; se había convertido en una pesadilla.
Era Zeke, era él.
Por supuesto.
Sentí las miradas encima mientras caminaba hacia él.
Mis piernas temblaban, pero fingí seguridad.
Me uní al grupo, procurando no parecer tan fuera de lugar.
Zeke no me miró.
Continuó llamando nombres con su tono seco, sin una pizca de emoción.
Cuando terminó, comenzó a revisar una tableta, como si el resto del mundo no existiera.
Espera un momento; luego di un paso al frente.
—¿En qué puedo ayudarte?
—pregunté, tratando de sonar útil, profesional.
Zeke levantó la vista apenas un segundo.
Por un instante creí ver algo en sus ojos, algo parecido a curiosidad, pero desapareció rápidamente.
Su expresión se endureció.
—¿Tú?
—respondió, con una mueca casi imperceptible—.
En nada.
Me quedé helada.
No supe qué decir.
Él se giró y se alejó sin mirar atrás.
Sentí la sangre subir a mis mejillas, un calor insoportable mezclado con rabia.
Lo odié.
Odié su tono, su frialdad, su maldita costumbre de hacer sentir pequeños a los demás.
Pensé en responderle, en soltar algo que doliera, pero no lo hice.
Bajé la cabeza y fingí que revisaba mi pulsera de monitoreo.
Los demás hablaban entre ellos, se movían, reían nerviosamente.
Yo solo quería desaparecer.
—No te lo tomes personal.
—Una voz amable a mi lado me hizo girar.
Era un chico alto, de sonrisa amigable y ojos claros.
—¿Cómo se cortan los dados?
—pregunté, aun intentando recuperar el aire.
—Zeke —dijo, encogiéndose de hombros—.
Es su forma de manejar la presión.
No sabe hacerlo de otra manera.
—Bueno, es un método muy… motivador —respondí, sarcástica.
Él sonrió, sin ofenderse.
—Soy Cristóbal.
Trabajo también en Medicina.
—Pausó, y su tono se volvió más tranquilo—.
Y, para mi desgracia, soy su hermano.
Parpadeé, confundida.
Lo miré otra vez, buscando algún parecido, pero no había ninguno.
Zeke era todo rigidez; Christopher era calidez pura.
—No lo parece —dije sin pensar, y él soltó una pequeña risa.
—Sí, lo sé.
Él se quedó con la parte seria del ADN familiar.
Yo me quedé con el sentido del humor.
No pude evitar sonreír.
Por primera vez desde que subí a la nave, sentí que podía respirar un poco.
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