Nosotros en las estrellas - Capítulo 50
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50: 49- Happier Than Ever 50: 49- Happier Than Ever Canción sugerida: Happier Than Ever – Billie Eilish Entré a la casa y el olor fue lo primero que me golpeó.
Limpio.
Demasiado limpio.
Como si alguien hubiera frotado cada superficie para borrar cualquier rastro de vida real, de desorden, de humanidad.
Era ese tipo de limpieza que esconde algo, que disfraza el vacío con aroma a lavanda artificial.
Todo estaba perfecto, exactamente como la última vez que había estado allí, el día que no me rendí ante ellos, y aunque habían pasado tan solo dos días desde ese momento, nada había cambiado en esa casa, ni los cuadros en las paredes, ni los jarrones con flores, tampoco la luz entrando por los ventanales; era como si Villa Cristal existiera en una burbuja donde el tiempo no pasaba.
Pasé por medio de mis tres hermanos que estaban parados justo en frente de la puerta de la casa, Lion, Lia y Mía, personas a las que vería casi a diario.
Estaban ahí, formados como una pequeña audiencia silenciosa, mirándome con esa mezcla de curiosidad y cautela que se les tiene a los desconocidos.
Lion, el mayor, tenía los brazos cruzados y una expresión que no supe descifrar: ¿resentimiento?, ¿indiferencia?, ¿curiosidad?
Lía me observaba de reojo, como calculando si yo era una amenaza o una aliada.
Y Mía, la pequeña, simplemente me miraba con esos ojos enormes que parecían tragarse el mundo entero.
En mi mente me repetía que debía cuidar de ellos; al final, ellos tres eran víctimas colaterales de todas las mentiras.
Lo sabía.
Ninguno de ellos había pedido nacer en medio de este teatro familiar, ninguno había elegido tener una hermana y un hermano fantasma que aparecía y desaparecía según los caprichos de sus padres.
Y aun así, me costaba aceptar que ellos eran mis hermanos, que compartíamos la misma sangre, los mismos genes; aunque era así y la biología no mentía, no los sentía como mis hermanos.
Para mí, una familia se construye mucho más allá de la sangre; empieza cuando se comparten historias.
La sangre no te abraza en las noches de tormenta ni te enseña a respirar cuando el pánico te ahoga.
Eso lo había hecho Matthew.
Eso lo había hecho Zeke, a su manera retorcida y complicada.
Prefería estar en Aurora Bay con los míos que aquí, fingiendo que hacía esto por placer y voluntad.
Estaba perdiéndome la oportunidad de conocer lo que Zeke había empezado a construir para nosotros, pero sabía que era necesario, y aunque doliera, no podía.
decirlo.
No podía mostrar ni una grieta en la máscara que acababa de ponerme.
Así que caminé entre ellos como si fueran muebles, evitando sus miradas, esquivando cualquier pregunta que pudiera colarse en el silencio.
—Tu habitación está arriba —dijo Alexandra, apareciendo de algún rincón como si hubiera estado esperando el momento exacto para hacer su entrada.
Su voz era dulce.
Demasiado dulce.
Ese tipo de dulzura que te hace revisar si hay veneno en el té.
Me llevaron a la que ahora sería mi habitación.
Vi cómo todos me seguían, subiendo las escaleras detrás de mí como si fueran una sola entidad, un organismo curioso que no sabía si acercarse o mantener distancia.
Sus pasos resonaban en la madera, un eco constante que me recordaba que aquí nunca estaría sola.
Y aunque toda mi vida evité estar sola porque me aterraba el silencio, esta vez la compañía no era la que deseaba tener, no era de la forma que quería, en la que me gustaría sentirme acompañada.
No estaba de ánimos para socializar.
Cada fibra de mi cuerpo gritaba que me alejara, que construyera muros antes de que alguien intentara derribarlos.
Así que evité cualquier contacto posible con ellos que pudiera llevarme a crear un vínculo.
No podía permitírmelo.
Un vínculo significaba debilidad, y la debilidad aquí se pagaba caro.
El objetivo de estar allí estaba claro, al menos en mi cabeza: mantenerlos felices, por su victoria de tenerme allí con ellos, reunir información, entender cómo funcionaba este lugar desde adentro y asegurarme de que los míos estuvieran bien donde estaban para poder reunirme con ellos lo antes posible.
Era una misión.
Solo eso.
Una infiltrada en territorio enemigo, aunque el enemigo compartiera mi apellido.
El segundo piso era donde los dormitorios se ubicaban.
Subí lentamente las escaleras victorianas que le daban a la casa una apariencia de castillo elegante pero familiar.
Cada peldaño crujía bajo mi peso, como si la casa misma estuviera tomando nota de mi llegada, registrando cada movimiento para reportarlo después.
La barandilla era de madera oscura, pulida hasta brillar, fría bajo mis dedos.
Me sostuve de ella más de lo necesario, no porque lo necesitara físicamente, sino porque necesitaba algo sólido a qué aferrarme.
Algo que no fuera el vacío que sentía expandirse en mi pecho con cada paso que me alejaba de Aurora Bay.
Delante de mí, seis puertas cerradas.
Cada una le pertenecía a un miembro de la familia, pequeños reinos privados dentro de este castillo de mentiras.
La de Arthur y Alexandra, elegante y meticulosamente organizada.
Las de los niños tenían pequeños detalles: una calcomanía de estrella en la de Mía, un cartel de “NO ENTRAR” en la de Lion y notas musicales en las de Mia; incluso habían construido una para Matthew.
Me detuve frente a ella más tiempo del que debería.
La puerta estaba cerrada, igual que todas las demás, pero esta dolía diferente.
Extrañaba la presencia de Matthew.
Nunca habíamos estado separados por tanto tiempo, nunca habíamos cortado comunicación por completo con él; era la primera vez que sentía su ausencia absoluta.
Y es que cómo no extrañarlo si él había sido mi héroe toda la vida, el que me había sacado del edificio el día del quiebre cuando tenía cuatro años y toda la desgracia había comenzado, es que el que nunca me había soltado la mano aunque el mundo se caía a pedazos.
Habían construido una habitación para él como si pudieran comprarlo, como si un cuarto con su nombre bastara para borrar los años en los que los creímos muertos.
Quisiera que pudiera estar allí.
Verlo.
Abrazarlo.
Decirle que tenía miedo aunque mi cara dijera lo contrario.
Pero sabía que ahora él debía preocuparse por Abby y el bebé que habían creado.
Tenía su propia familia, su propia vida, y yo no podía ser egoísta.
No podía arrastrarlo a mis batallas cuando él finalmente había encontrado algo de paz.
Aunque la paz, en este planeta, siempre parecía temporal.
—Esta es la tuya —dijo Alexandra, abriendo la puerta con un gesto casi ceremonial, como si me estuviera entregando un regalo.
Entré a la que habían designado mi habitación.
Mi cárcel hasta que me recuperara y pudiera recuperar mi libertad.
Porque eso era, aunque las paredes estuvieran pintadas de colores bonitos y las cortinas fueran de seda.
Una jaula sigue siendo jaula aunque sea de oro.
Al abrir la puerta completamente, una habitación gigante me esperaba, las paredes blancas mezcladas con el rosa que era mi color favorito; al final de la habitación, un balcón desde el cual se podía ver hacia las montañas donde todavía no había urbanización, pero incluso con toda la belleza, algo no se sentía bien allí.
Y entonces lo vi.
Era casi la réplica de mi habitación en la Tierra.
El rosa.
Las plantas.
Los muebles ubicados exactamente donde Alexandra siempre los ponía cuando yo tenía cuatro años.
Había recreado mi infancia con una precisión enfermiza, como si hubiera guardado cada detalle en su memoria durante décadas, esperando el momento de reconstruirlo.
Y aunque ese gesto se notaba que era un acto de memoria, un intento desesperado de recuperar algo que ella misma había destruido, a mí no me conmovió.
Me hizo sentir vulnerable.
En ese momento volví a ese día, el día en el que los vi por última vez, el día en el que nos hicieron nuestro desayuno favorito y en donde, al despedirse, nos dieron ese abrazo que nos reconfortaba, ese mismo que nos hacía saber que estábamos protegidos, que éramos amados, pero que ahora que podía ver hacia lo que había pasado, simplemente había sido una despedida cobarde de dos adultos que estaban dispuestos a dejar morir a sus hijos.
Era casi como si mi cerebro volviera a la niña de cuatro años que esperaba que sus padres volvieran en medio del caos.
La niña que abrazaba su muñeca mientras el suelo temblaba, la que miraba en medio de la ruina esperando que mamá y papá volverían a casa.
Pero no volvieron.
Y esa niña tuvo que aprender a sobrevivir sin ellos.
Sacudí la cabeza, intentando espantar los fantasmas que Alexandra había invocado con su decoración nostálgica.
No iba a funcionar.
No iba a dejar que un cuarto rosa y unas plantas me convirtieran en la hija obediente que ella quería.
Me recosté en la cama con ayuda de Arthur.
Su mano en mi espalda era firme, pero distante, como si tocara a una paciente y no a una hija.
Cerré los ojos en símbolo de que no quería hablar con nadie en ese momento.
Era la única forma que tenía de pedir silencio sin usar palabras que pudieran usarse en mi contra después.
Los escuché salir uno por uno.
Los pasos de Arthur, pesados y seguros.
Los de Alexandra, que se detuvo un momento en la puerta como si quisiera decir algo, pero al final no lo hizo.
Los de los niños, más ligeros, arrastrando los pies con esa curiosidad insatisfecha de quien se queda con preguntas sin responder.
Escuché como unos pasos pequeños corrieron hacia la cama en la que estaba acostada.
—Descansa, Annie… aquí los truenos no se escuchan tan duro —escuché la voz inocente de Mía, quien en mi pecho puso uno de los que supuse eran sus peluches.
Escuché de nuevo los pasos alejándose; cuando la puerta se cerró y el silencio llenó la habitación, abrí los ojos.
El techo era blanco.
Perfecto.
Sin una sola grieta.
Tan diferente a los techos de los lugares que había habitado, abracé el peluche que me había dejado Mía, como si este fuera la única ancla real que tenía, que me recordaba que seguía viviendo.
me senté en la cama dejando a un lado el peluche que había dejado Mía.
Tenía que organizar cuál sería el plan de acción para los siguientes meses que me quedara allí.
Necesitaba información sobre el Consejo, sobre los movimientos de Arthur, sobre cualquier cosa que pudiera usar para proteger a Aurora Bay desde adentro.
Pero primero, necesitaba sobrevivir esta noche.
Me llevé la mano al pecho, buscando sin pensar.
La brújula.
Seguía ahí, escondida bajo la tela del vestido de seda, con el que había salido del hospital y que Alexandra había elegido para mí.
La brújula aún estaba allí, fría contra mi piel, pequeña, insignificante para cualquiera que la viera.
Pero para mí era todo.
La saqué y la sostuve frente a mi cara.
La aguja se movía suavemente, buscando el norte, igual que siempre.
Igual que el día en que mamá me la puso antes de desaparecer.
“Para que siempre sepas volver a casa”, me había dicho.
Y aunque esta casa pretendía ser mi hogar, aunque las paredes estuvieran pintadas con mis colores de infancia y las plantas ocuparan los mismos rincones de mi memoria, yo sabía la verdad.
Mi casa estaba en otro lugar.
Mi casa tenía los ojos azules de alguien que me había roto y reconstruido.
Mi casa olía a metal y a esfuerzo, no a lavanda artificial.
Mi casa era Aurora Bay y aún no la conocía.
Me puse la brújula sobre el vestido, visible, brillando contra el rosa que Alexandra había elegido.
Era un acto pequeño, casi imperceptible.
Pero era mío.
Podían vestirme con la piel que quisieran.
Podían encerrarme en habitaciones que replicaran mi pasado.
Podían rodearme de hermanos que no conocía y padres que me habían abandonado.
Pero no podían cambiar lo que era por dentro.
Cerré los ojos otra vez, esta vez con la brújula apretada en mi mano, y por primera vez desde que llegué, respiré.
Mañana empezaría el juego.
Esta noche, solo necesitaba recordar quién era.
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