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Nosotros en las estrellas - Capítulo 51

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51: 50 – XS 51: 50 – XS Canción sugerida: XS -Rina Sawayama La noche fue terrible.

No existía otra palabra para describirla.

La soledad no era solo un estado, era una presencia física que se acostaba a mi lado y me saludaba cada cinco segundos cuando mi mano buscaba instintivamente el calor de Zeke o el peso de su manta sobre mis piernas.

Pero mis dedos solo encontraban sábanas de hilo frío, de una calidad exquisita, sí, pero vacías.

Esa noche no solo atravesaba la más oscura de mis tormentas emocionales, sino que afuera, el cielo parecía estar cayéndose a pedazos.

Cada cierto tiempo, un rayo iluminaba la habitación rosa, convirtiendo las sombras de las plantas en monstruos alargados.

Y aunque Mía tenía razón, aquí los truenos no se escuchaban tan fuerte, porque la casa estaba diseñada para amortiguar los sonidos que venían del exterior; mi mente no dejaba de proyectar el ruido.

Veía los relámpagos filtrarse a través de las cortinas y pensaba en Zeke, en Matthew y en Abby, incluso en Chris; no sabía si ya habían llegado a Aurora Bay, si allí ya habían diseñado casas resistentes ante lluvias torrenciales como la que en ese instante se posaba sobre la casa de los Woods, y mi mente viajaba a ellos.

¿Dónde estaba?

¿Tenía frío?

¿Me odiaba?

Las preguntas eran truenos internos que no me dejaban dormir.

La mañana siguiente llegó no con luz, sino con una pesadez gris en las ventanas.

Me desperté aún adolorida; el cuerpo me pasaba factura por el estrés y porque aún no me recuperaba del todo de todo lo que había pasado el último mes.

Pero sabía que no podía quedarme ahí.

Esa habitación, en esa cama acostada hasta que no hubiera dolor, esa habitación era mi peor pesadilla; a veces sentía que se tragaba todo mi oxígeno.

Si me quedaba quieta, me convertiría en parte de la decoración.

Me levanté de la cama arrastrando los pies y me dirigí al baño privado.

Era un espacio de mármol y grifos dorados.

Entré en la tina y dejé que el agua caliente golpeara mi piel, cerrando los ojos.

Tenía claro que este no era un baño de relajación; era un baño de preparación.

Si iba a fingir que disfrutaba estar allí, necesitaba lavarme la cara de la Annie cansada y ponerme la máscara.

Al salir, me enfrenté al closet.

Alexandra lo había llenado meticulosamente.

Había vestidos de día, blusas de seda, faldas que gritaban “niña buena”.

Pasé los dedos por las telas hasta que encontré algo que no me hiciera sentir disfrazada.

Unos baggy pants de tela suave y un buzo holgado.

Eran cómodos, sí, pero también eran una pequeña declaración: Estoy aquí, pero no voy a vestirme como tu muñeca.

Me los puse, sintiendo cómo la tela cubría mis cicatrices, y respiré hondo.

Estaba lista para afrontar el día.

O eso creía.

Salí de la habitación con la intención clara de hacer un recorrido por la casa; si había un lugar donde pudiera encontrar respuestas y encontrar cómo cuidar a los míos, este era el lugar preciso; aquí podía encontrar papeles, mapas y descubrir cuáles eran esos vacíos y debilidades que había dejado Éxodo I.

Bajé las escaleras despacio, cada paso calculado precisamente para no hacer tanto ruido; sabía que todas las oficinas e incluso la biblioteca quedaban en el primer piso.

Al llegar a la primera planta, el olor a café recién hecho y a mantequilla me atrajo; estaba decidida a ir a la cocina, encontrar algo de comer y después seguir con mi plan de búsqueda, pero cuando pasé por el comedor, me encontré con ellos.

La escena se desplegó ante mí como si fuera todo parte de una obra de teatro ensayada mil veces.

Los vi a todos reunidos en la mesa desayunando.

Antes de que notaran mi presencia en la habitación, me quedé observándolos porque desde la distancia parecían una familia perfecta, sin problemas; era normalidad.

Arthur le ayudaba a Mía con su tostada, mientras Alexandra servía jugo con una sonrisa plácida.

Lía y Lion conversaban sobre sus clases como si ese fuera el centro de sus vidas.

Era una imagen tan perfecta que daba náuseas.

“Justo como lo hacían con nosotros”, pensé, sintiendo un sabor amargo en la boca que no tenía nada que ver con el desayuno.

Era la misma puesta en escena, solo que con actores de reemplazo.

Aquí no estaba Matthew para molestarme por mi elección de cereal; estaba Lion, que parecía un león listo para atacar a quien amenazara su seguridad; estaba Lia, que aparentaba ser la hija perfecta que Alexandra siempre quiso que siguiera sus pasos; y también estaba Mía, que irradiaba inocencia pura, la única razón por la que en el fondo me alegraba estar ahí.

Cuando pisé la alfombra de la sala del comedor, el sonido de mi presencia rompió su burbuja.

Mía fue la primera en reaccionar.

Se bajó de su silla de un salto y corrió hacia mí.

—¡Annie!

—chilló, con una alegría.

Era la primera vez en años que alguien se alegraba tan genuinamente de verme sin pedirme nada a cambio.

Me arrodillé suavemente para estar a su altura, apretando los dientes para no dejar ver el dolor agudo que me provocó el movimiento en las costillas.

—Hey, hermosa —le susurré al oído mientras la abrazaba, aspirando su olor a champú de frutas—.

Gracias por lo de anoche.

Tenías razón, aquí los truenos no suenan tanto.

Al separarnos, vi su sonrisa iluminarle la cara.

Me tomó de la mano con una naturalidad que me asustó.

Tiró de mí suavemente, guiándome de regreso a la mesa como si fuera una invitación a unirme a su normalidad.

Pero esta era la normalidad de Mía; no la mía.

Levanté la vista y me encontré con las otras miradas.

Arthur me escaneaba de arriba para abajo, viendo el dolor que intentaba esconder en cada paso.

Alexandra sonrió y su mirada era una invitación a mimetizarme en su cotidianidad, pero al mismo tiempo veía cómo ella y Lia escaneaban mi ropa holgada con una pizca de desaprobación.

Y luego estaba Lion, quien estaba sentado justo al otro lado de la mesa, justo enfrente de la silla vacía puesta ahí para mí; viéndome, intentando descifrar si me quería o no allí.

El hermano mayor de esta nueva generación no me miraba con curiosidad, ni con cariño.

Me miraba fijamente mientras mordía una tostada con agresividad, sus ojos clavados en los míos con un mensaje claro y silencioso: Tú no perteneces aquí.

Sabía que mi sola presencia en ese lugar podría causarles inseguridad, y es que, honestamente, si alguien que no conozco empezará a vivir en mi casa, cerca de los que quiero, también me pondría igual y hasta peor.

Desvié mi mirada de Lion pidiendo una tregua; me centré en toda la comida que ahora estaba sobre la mesa.

Con todo lo que estaba allí, habría sido posible alimentar a una familia entera de los barrios de la Tierra por más de una semana.

Me sentí culpable solo de mirarla, porque sabía que no iba a ser capaz de comerla toda, ni siquiera con todo el hambre posible.

—Espero que hayas dormido bien —dijo Lion de repente.

Su voz estaba en pleno cambio, grave pero inestable, y cargada de un sarcasmo que reconocí al instante.

Era el tono de alguien que se siente amenazado.

—Porque papá nos dijo que le tienes miedo a los truenos.

Me detuve a medio camino con la tostada que había cogido apenas; se me hacía curioso que Mía me lo hubiera dicho la noche anterior, pero en ese momento todo encajó: ellos sí les habían hablado de nosotros, quizá de lo débiles que éramos, de lo débil que era yo, y aunque era un miedo inocente, en ese momento Lion lo estaba utilizando en mi contra para mostrarme que aquí el que tenía el liderazgo era él.

Dolía más, porque sabía que lo había aprendido de sus padres.

Intenté disimular que me había afectado que utilizara mis miedos en mi contra; aparté la mirada de mi tostada y lo miré.

Ahí estaba.

El primer reto.

Volví a concentrarme en la tostada, le di una mordida mientras mis ojos volvían a él y lo analizaba.

Sabía que en su vida perfecta todos les daban la razón; quizá las personas con las que solían convivir les tenían miedo por ser los hijos de los líderes, así que me acomodé en la silla para verlo fijamente.

Una sonrisa suave se dibujó en mi cara y lo miré directo a los ojos, mi mirada con la misma intensidad fría que había aprendido de Zeke.

—Sí, tengo el sueño ligero, pero a la final aprendes a vivir con tus miedos —respondí, con voz casual—.

Costumbre de sobrevivir afuera.

Supongo que aquí…

—Pasee la vista por la mesa llena de lujos… —La gente duerme más profundo porque no tiene de qué preocuparse y nunca ha tenido que sufrir por nada.

¿Verdad?

Vi cómo se acomodó en la silla; su incomodidad era evidente.

Notaba cómo no estaba acostumbrado al reto, a que le respondieran, y eso era una victoria, así que después de mis palabras volví a la tostada en mi mano y seguí comiendo como si nada hubiera pasado, pero después de eso, el silencio que le siguió se podría cortar con el cuchillo de mantequilla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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