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Nosotros en las estrellas - Capítulo 52

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  3. Capítulo 52 - 52 51- Take Me to Church
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52: 51- Take Me to Church 52: 51- Take Me to Church Canción sugerida: Take Me to Church – Hozier Vi cómo Lia se reía por lo bajo, tapándose la boca con una servilleta; parecía la primera vez que alguien desafiaba al león de la casa en su propio terreno.

No era coincidencia su nombre.

En su territorio, Lion era el primogénito, el futuro heredero, incluso cuando yo empezaba a notar que había crecido bajo la sombra de dos hermanos fantasmas que nunca conoció, pero que seguramente escuchó mencionar en susurros.

Sabía que si quería recabar información, pelear con ellos de frente no era la estrategia.

Ya lo había intentado y lo único que había conseguido era caos absoluto; la confrontación directa solo levantaría muros difíciles de escalar.

En ese momento, tenía que ser más inteligente y, por ahora, el único camino claro era a través de sus puntos ciegos.

Y podía ver cómo sus debilidades estaban sentadas en esa mesa comiendo junto a mí; eran mis hermanos.

—Annie… —Vi cómo Lia intentó acercarse a mí; era graciosa la cercanía de ella, casi tímida.

Todo empezó con ese bowl de fruta que empujó hacia mi lado.

—Si quieres mejorarte, debes comer bien.

Esta fruta es de los huertos del sur; es más dulce.

La miré un segundo.

Y aunque el plan era no confiar, no dejar que nadie entrara, había algo en ella que me hacía querer conocerla.

Quizá era el anhelo biológico de una hermana, o quizá porque en sus gestos veía mucho de lo que yo había desarrollado con Abby: esa complicidad silenciosa.

El desayuno transcurrió en una extraña normalidad coreografiada: “¿Me pasas la sal?”, “¿me pasas la fruta?”, “cuidado con la mantequilla”.

Frases vacías que llenaban el aire.

Supongo que así se sentía la normalidad de una vida sin la necesidad constante de sobrevivir, sin tener que calcular si la comida alcanzaría para mañana.

En cuanto terminó el desayuno, la maquinaria de la casa se puso en marcha.

Todos se alistaron para continuar con su rutina.

Los niños se prepararon para irse al colegio y sí, aquí en este planeta también había autos y gente que conducía por aquellos a los que no les gustaba caminar.

—Te veo en la tarde —dijo Mía antes de subirse al carro, agitando la mano con energía.

Yo solo le sonreí, recostándome en el marco de la puerta principal; ella era especial.

No me recordaba a mí a esa edad; yo, a los cuatro años, me sentía asustada y sola, empezaba a entender la nueva dinámica de vida; Mía era luz pura.

Al ver a Mía alejarse, me era imposible no imaginarme a los míos.

¿Cómo estaba Zeke?

¿Será que había vuelto a su caparazón de lógica y frialdad ahora que yo no estaba?

¿O Abby y su bebé habían logrado mantener al Zeke amoroso que hasta ahora había empezado a conocer?

¿Y Matthew?

¿Tendría miedo?

Me dolía físicamente no estar ahí para él, para apoyarlo y decirle lo bien que lo había hecho conmigo.

Aunque yo era su hermana menor, sabía que su lado protector era lo que el bebé que se estaba creando en Abby necesitaba, y él ya sabía cómo hacerlo.

—Annie, ya se fueron.

Por favor, entra a la casa y cierra la puerta —dijo Arthur.

No era una voz autoritaria, solo era él, un padre cansado, una persona normal.

Yo, en mi intento de pasar desapercibida, solo obedecí.

Sabía que alguien se quedaría en casa para vigilarme, y esta vez le tocaba a él cuidar a la presa que en cualquier momento intentaría huir.

Y no estaban equivocados; no perdería la oportunidad de volver a ver a los que amaba, pero incluso cuando cada fibra de mi ser quería correr hacia Aurora Bay, sabía que si la vida me había puesto en este lugar era por una razón.

Y esa razón era pelear por los que no tenían voz.

¿Y cómo se combate desde adentro?

En la Tierra había una historia.

Una que repetíamos una y otra vez en las clases de tácticas de guerra y estrategia en Génesis Lab, aunque a mí me gustaba pensarla más como una lección sobre la naturaleza humana.

El Caballo de Troya.

Nos la mostraron como la trampa mortal; sin embargo, para mí era una lección de vanidad y del arte de la mimetización.

Los griegos, al ver que no podían entrar, no se rindieron, solo se volvieron parte de las ambiciones de los troyanos, y no, estos no abrieron las puertas porque fueran estúpidos o débiles.

Abrieron las murallas porque el caballo era hermoso, porque podían poseer algo que nadie jamás les permitiría.

Era una ofrenda, una escultura magnífica de madera pulida que prometía paz y victoria.

Ellos querían creer que la guerra había terminado, que habían ganado; bajaron la guardia, pensando ser los más inteligentes, porque ¿quién en sus cinco sentidos se quedaría donde obviamente no tiene el control?

Querían creer en la belleza del regalo.

Nadie sospecha de lo que admira.

Nadie quema lo que cree que es suyo.

Y si ahí estaba yo, la griega que quería entrar en Troya y quedarse con lo que consideraba suyo; era un camino lento, pero uno que, si se lograba, tendría grandes recompensas.

Si quería destruir esto desde los cimientos, yo no podía ser el soldado que golpea la puerta.

Tenía que ser el regalo.

Tenía que ser la hija que ellos querían.

recuperar, la ofrenda de paz que Arthur y Alexandra necesitaban para sentirse redimidos.

Sabía que combatir desde adentro se trataba de inteligencia, diplomacia; nadie saldría herido, al menos no físicamente, pero sabía que de pronto el ego de algunos podría salir del planeta.

Quizá siempre me veía débil, pero había aprendido a defenderme y sabía que la mejor forma de defenderse no era a través de la violencia, era a través del conocimiento.

Por eso, al caminar por la casa, me dirigí a la gran biblioteca.

Era un espacio imponente.

Los gabinetes llenaban las paredes de piso a techo.

Había miles de libros, pero la mayoría eran técnicos y teóricos.

Sin embargo, de la Tierra, la verdad, había muy pocos.

No entendía por qué intentaban borrar su pasado, si la misma historia dice que quien no conoce su pasado está rotundamente destinado a repetirlo.

Quizás ese era su miedo: recordar lo que hicieron.

Tenía que entenderlos antes de empezar a atacarlos, así que me detuve frente a una estantería baja cuando vi uno de esos libros dejados en el olvido.

El lomo estaba desgastado.

Bitácora de exploración – Fase 1.

Lo abrí.

Las páginas olían a viejo y a humedad, y la letra era apresurada, escrita con la urgencia de quien tiene miedo de no llegar al día siguiente.

Me sumergí en su mundo, quería entenderlos, pero también quería vivirlo mientras lo leía, quería saber qué había pasado, cómo habían construido esto y por qué se negaban al avance.

Y aunque había un sillón justo al otro lado de la habitación, tomé el libro y me senté en el piso, recostándome contra el cristal que daba justo al jardín de la casa.

Día 4: Coordenadas, 14° Sur.

La densidad de la vegetación hace inútil el mapeo satelital; hemos perdido todo el avance tecnológico que creímos traer, hemos optado por lo primitivo.

Hemos avanzado apenas tres kilómetros en diez horas.

El aire aquí es más denso, rico en oxígeno, pero pesado; respirar se siente como tragar agua tibia.

Varios miembros del equipo reportan mareos y taquicardia por la saturación.

El suelo no es firme; es una red de raíces y musgo que cede bajo las botas, convirtiendo cada paso en un riesgo de fractura.

No hay silencio, nunca.

El ruido de los insectos —o lo que sea que cumpla esa función biológica aquí— es un zumbido metálico constante que impide el sueño REM.

Estaba escrito en una de las páginas; siempre había un patrón: hoja izquierda, escritos, hoja derecha, dibujo o muestras de vegetación.

Día 22: Llegamos al borde de lo que los mapas orbitales llamaban “Llanura Central”; creemos estar cerca de casa.

Pero por ahora esta llanura.

No es una llanura.

Es un mar de cristalización geológica; agujas de roca de cuarzo que salen del suelo como lanzas, cortantes como bisturís.

Cruzar esto a pie destrozará las botas y los trajes en horas.

El rover se atascó dos veces.

El viento que pasa entre las formaciones crea un silbido agudo que provoca migrañas instantáneas.

Tenemos que rodear, lo que añade cuatro días al viaje.

La moral del equipo está bajo cero.

Mientras estuve en la nave, me encantaba imaginar cómo sería un planeta no explorado, vegetación virgen sin rastro de humanidad, y no lo había vivido.

Este libro me permitía ir a esos tiempos crudos, reales.

No sé cuánto tiempo pasé sentada en el suelo, absorbiendo cada dato, cada error de los primeros días, pero me di cuenta de que aún estaba allí cuando escuché unos pasos en mi dirección.

—Aún recuerdo cuando escribí eso.

Dieciséis años desde que llegamos a este planeta —dijo Arthur sentándose en el piso justo a mi lado.

El solo hecho de sentirlo cerca me daba repulsión; no lo quería en mi espacio, no quería saber cómo había sido su aventura después de abandonarnos, no porque no me interesaba, sino porque aún dolía.

Sin embargo, el Plan Troya había comenzado.

Tenía que ser el regalo.

—Sí…

—Cerré el libro despacio, acariciando la tapa—.

¿Y cómo fue?

¿Tuvieron que enfrentar cosas que prefirió no escribir en los reportes oficiales?

—pregunté cínicamente, intentando disfrazar mi rechazo a su cercanía con una capa de curiosidad intelectual.

Arthur soltó un suspiro largo, mirando los estantes como si viera fantasmas entre los libros.

—Sí, Annie.

Aquí vivíamos nuestro propio quiebre.

Vimos cómo personas que creíamos indispensables se rompían a causa del ambiente hostil, de las noches de doble luna en donde el frío no se quitaba con mantas; te llegaba a los huesos.

No escribí memorias de mis emociones en ese reporte, solo escribí hechos.

Un líder no puede permitirse el lujo de sentir miedo en público.

Se puso de pie con dificultad, las rodillas crujiendo, y buscó algo en un estante superior, detrás de una fila de manuales de ingeniería.

—Si quieres conocer el verdadero quiebre de Percevalis…

—Sacó un cuaderno negro, mucho más delgado y personal—.

Estas son las memorias personales.

Un diario, quizá.

Nadie nunca lo ha leído.

Ni siquiera yo me atreví a hacerlo después de escribir la última página.

Me lo tendió.

Su mano no temblaba, pero había una duda en sus ojos.

Me estaba entregando su vulnerabilidad.

Era una transacción: yo te doy mi verdad, tú bajas la guardia.

Lo tomé.

El cuero estaba tibio por su tacto.

—Léelo —dijo, y por primera vez no sonó como el presidente autoritario Arthur Woods, sino como un hombre que necesitaba ser entendido—.

Tal vez así entiendas por qué construimos muros tan altos.

No fue para dejarlos a ustedes afuera, Annie.

Fue para que la locura no entrara.

Se dio la vuelta y salió de la biblioteca.

Miré el diario en mis manos.

Arthur creía que me estaba comprando con su sinceridad.

No sabía que acababa de darme el mapa de sus miedos.

Y yo pensaba usar cada uno de ellos.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Angie_Ochoa_0304 Hola lector: Espero estés disfrutando este viaje en las estrellas, perdóname si te he hecho sufrir con tantos sube y bajas, pero quiero que sepas que está es una de las partes que más he disfrutado escribir y aunque lo vas a seguir viendo, voy a empezar te a dar algunas referencias filosóficas que amo asi que siéntate que la nave hasta ahora va empezando a navegar en el espacio.

XOXO Ang

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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