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Nosotros en las estrellas - Capítulo 53

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53: 52 – Heathens 53: 52 – Heathens Canción sugerida: Heathens – Twenty one pilots Empecé dándole una ojeada a las páginas del diario negro.

Que me había dado Arthur.

Al abrirlo, noté que no era el registro frío de un líder, sino un hombre que necesitaba desahogarse y lo había encontrado escribiendo ese diario de sentimientos.

Algunas páginas tenían espacios en blanco, otras estaban arrugadas, por lo que inconfundiblemente eran marcas de lágrimas secas, círculos deformes donde la tinta se había corrido.

Y mientras pasaba las páginas, vi que en algunas partes, en las páginas en blanco, había pétalos violetas y hojas secas prensadas entre las páginas, pegadas con cuidado, como si estuviera tratando de decorar sus sentimientos.

Recuerdo que yo hacía eso a mis tres años.

Justo antes de que todo el caos y el quiebre pasara, aún no sabía escribir, amaba ir al parque y recolectar algunas flores, unas para mí, otras para mamá, una para que papá no se sintiera dejado atrás y algunas para mis diarios; era una forma inocente de atrapar la belleza.

Ver que Arthur, el hombre que cuando pequeña amaba, pero que se había convertido en el estratega, el político.

Había adoptado mis hábitos; me dio náuseas.

Me paré del piso y cerré el libro de golpe; quizá porque aún no me sentía lista para leerlo.

Esas pequeñas marcas que parecían mías me hacían sentir esto algo más íntimo, como una violación a su privacidad que, inevitablemente, se sentía como una violación a la mía.

Sabía que cualesquiera que fuesen los sentimientos en ese momento, no eran mi prioridad.

Mi prioridad era generar un mapa de debilidades.

La emoción podría nublar mi juicio; por ahora, posponerlo era la opción más lógica.

Dejé el libro cerrado en ese lugar, en el piso que se había convertido en mi espacio de lectura, me levanté y decidí continuar en mi búsqueda real: ¿qué escondían las leyes de esta civilización?

Me dirigí nuevamente hacia la sección sur de la gran biblioteca, donde descansaban los tomos pesados.

No estaban hechos de papel muerto, sino de láminas de fibra vegetal prensada de color azul profundo, indestructibles, diseñados para durar más que la civilización que contenía.

Eran los libros de leyes, los estatutos de colonización y los borradores de la Constitución de Percevalis.

Si había un lugar donde pudiera encontrar una grieta en la muralla perfecta de Arthur, no sería en sus sentimientos, sino en su burocracia.

Tomé el tomo más grueso: Código de Orden y Seguridad Civil – Fase 1.

Al leer las primeras páginas, entendí por qué se negaron completamente a lo que Éxodo II le había ofrecido su llegada.

No eran leyes diseñadas para la justicia; eran leyes diseñadas para el control, para comportarse bien.

Estaban redactadas con ese lenguaje denso, circular y amenazante que usan los gobiernos cuando quieren que tengas miedo de tu propia libertad.

Artículo 1.4:  El Consejo Central no garantiza la seguridad vital más allá del Sector 1.

Todo ciudadano que abandone el perímetro lo hace bajo su responsabilidad.

Se prohíbe el uso de frecuencias de emergencia o solicitudes de rescate para expediciones no oficiales.

En caso de muerte o desaparición, sus bienes pasarán a custodia del Estado.

Seguí leyendo, una tras otra; todas eran privativas, limitantes y restrictivas de territorio y pensamiento; era una dictadura disfrazada de libertad.

Artículo 9.2:  Las decisiones estructurales de la colonia se toman por consenso del Consejo Fundador.

Cualquier intento de crear facciones políticas paralelas o subgrupos de lealtad dividida se considerará un acto de sabotaje a la unidad y resultará en la pérdida de privilegios de voto y acceso a áreas recreativas, incluso la expulsión a la tierra.

Resultaba tan fascinante como aterrador ver cómo habían involucionado.

Después de dieciséis años en un planeta supuestamente libre, estas personas habían regresado al miedo y al terror.

Comprendí entonces que, a pesar de la distancia tecnológica y moral con la Tierra y la supuesta promesa de un mejor inicio, era mentira; empezaban a repetir todo lo que llevó al caos colectivo y, aunque nos encontrábamos años luz del lugar que nos había visto nacer, aun así, habíamos traído nuestros peores vicios en el equipaje.

En esta civilización no lideraban personas, lideraban los miedos que los mantenían presos de un territorio, y yo veía el miedo filtrándose en sus escritos, un terror institucionalizado que me recordaba a Platón.

Sí, Platón.

El que vivió miles de años atrás.

Quizá ellos habían olvidado quién era, o quizá nunca lo leyeron, pero yo sí.

En las clases de filosofía de Génesis Lab, el instructor solía hablar de la Alegoría de la caverna muchas veces como una analogía a las sociedades tiranas y con cadenas invisibles que había tenido la tierra, aquellas como las dictaduras.

En esta historia, Platón planteaba a varios hombres que habían sido encadenados en una cueva, mirando hacia una pared.

Esa pared era su universo, porque era todo lo que podían ver.

Sin saberlo, atrás de ellos había una fogata por donde pasaban cosas que hacían sombra frente a ellos.

Para estos hombres, eso era todo lo que existía.

Un día, uno de ellos logra desencadenarse y decide explorar más allá.

Al ver el mundo real, se da cuenta de que la vida es más que esas sombras.

Pero al volver para contarles a los otros lo que vio, ninguno le creyó.

Quizá por miedo a lo desconocido, o porque se sentían seguros viendo esa pared donde nada les pasaría mientras estuvieran allí.

En clases solía pensar que era una alegoría a algo que nunca más sucedería, pero al leer estas leyes, vi cómo Arthur y el consejo habían convertido a Villa Cristal en esa caverna y todos los de Éxodo I se habían conformado con la pared que ellos les mostraban.

Por eso Arthur le temía a Éxodo II.

No porque tuviéramos armas, sino porque traíamos otro tipo de luz.

Dejé el libro de leyes civiles con asco y busqué algo más antiguo.

Sabía que antes de llegar aquí, en la Tierra, se habían establecido reglas básicas para la llegada, se habían firmado tratados para la convivencia básica; Génesis Lab quería evitar a toda costa que se repitieran hechos de invasión agresiva, como siglos atrás con la colonización de América, el exterminio de pueblos nativos, la destrucción de ecosistemas por codicia.

Esta misión se había vendido como una “corrección histórica”, una oportunidad de hacerlo bien esta vez.

Busqué el Tratado de Ética Expansiva y Derechos de Nuevos Horizontes.

Era un libro delgado, cubierto por una funda de fibra vegetal blanca.

Eran leyes llenas de culpa y promesas de “nunca más”.

Y ahí, en la Sección de Interacción con Entornos Desconocidos, encontré la llave.

Cláusula de Respeto a la Soberanía Nativa y Recursos Comunes: Con el fin de no repetir los errores de la conquista histórica, la Misión Éxodo se compromete a respetar cualquier forma de vida, asentamiento o estructura social.

Preexistente que se encuentre en el planeta destino.

Se prohíbe terminantemente la ocupación forzada de territorios habitados o la imposición de gobierno sobre poblaciones locales, sin importar su origen o nivel tecnológico.

Sonreí.

Era una ley pensada para cualquier tipo de civilización.

Ya sea preexistente o que tuviera una llegada espontánea.

Estaba escrita para proteger a posibles civilizaciones que Villa Cristal temía encontrar y destruir.

Pero la redacción tenía un vacío enorme.

No definía “habitantes”.

Solo decía “asentamiento preexistente o futuros”, lo cual abría las posibilidades a cualquier tipo de pueblo que quisiera la independencia, y Villa Cristal no podía incidir en esto; tampoco podía coaccionar a ninguna persona a seguir sus leyes; nadie podía estar preso de un territorio.

Seguí leyendo en busca de más; en estos tratados y leyes debía existir algunas reglas sobre los recursos, suministros y más.

Sabía esto porque en clase de política el entrenador siempre nos lo repetía: para que varias comunidades puedan subsistir, es necesario establecer reglas claras por lo básico: comida, energía y agua potable.

Esto evitará una futura guerra de recursos.

En una de las últimas páginas encontré algunos anexos que decían ser básicos, pero que nunca se pensaron para ser usados, quizá porque dieciséis años solos en un planeta les había hecho olvidar que al convivir con otros se requería de reglas básicas para sobrevivir.

Protocolo de Aguas Universales:  El agua, como fuente primigenia de vida y derecho universal, se considera patrimonio común de la especie.

Ninguna facción, colonia o subgobierno podrá privatizar, represar o negar el acceso a cuerpos de agua naturales.

Los océanos y grandes lagos son Territorio Neutral.

Una de las necesidades básicas de los humanos, el agua, era esencial y, por lo cual, conocer los derechos de los pueblos emergentes me serviría; aún no entendía para qué, pero en algún momento lo haría.

Seguí excavando en los anexos algo que hablara de energía o recursos térmicos básicos, y, mientras leía papel por papel, por fin encontré algo.

Artículo 4: Estatuto Básico de Red de Soporte Mutuo Reconociendo la inherente inestabilidad de las fuentes geotérmicas en la corteza de Percevalis, se decreta que la seguridad energética es un bien colectivo indivisible.

Por tanto, cualquier asentamiento —nativo o expedicionario— capaz de generar excedentes de energía limpia (solar, eólica o mareomotriz) será reconocido como un Nodo Vital de la Red Planetaria.

En caso de fallo o insuficiencia en los sistemas centrales, en ningún caso se le podrá negar la interconexión a los reactores preexistentes.

Estos Nodos tienen el deber y el derecho de suministrar energía a los sistemas de soporte vital (hospitales, filtros de aire), y dicha contribución garantizará automáticamente la reciprocidad de recursos y protección por parte del Núcleo, sin condiciones políticas previas.

Era más de lo que buscaba; esto le daba un estatuto a la protección de la comunidad.

Cuanto más leía, más sentía que entendía que Aurora Bay tenía el derecho a autonomía y esto lo iba a usar en su contra.

—Veo que encontraste la sección aburrida de la biblioteca, incluso Lion la encuentra poco interesante —dijo una voz desde la puerta.

Me sobresalté, pero no lo demostré.

Cerré el libro con calma y me giré.

Arthur estaba ahí, recostado en el marco de la entrada, observándome con esa mezcla de curiosidad y cálculo que empezaba a detestar.

—No es aburrida —respondí, pasando la mano por la tapa blanca del tratado—.

Es…

educativa.

Es increíble ver cómo funciona o cómo prometieron que funcionaría este planeta cuando apenas llegaban.

Arthur entrecerró los ojos, solo una fracción de milímetro.

Sabía que él era inteligente.

Sabía que él sabía exactamente qué libro tenía yo bajo la mano.

—Las promesas cambian cuando la realidad golpea, Annie —dijo, dando un paso dentro de la biblioteca—.

En la Tierra era fácil ser idealistas.

Aquí…

aquí a veces hay que elegir entre la ética y la supervivencia.

—Curioso —dije, levantando el libro y volviéndolo a poner en el estante, asegurándome de que él viera el título—.

Platón decía que la justicia no es lo que le conviene al más fuerte, sino lo que es verdad.

Pero supongo que en la caverna es difícil distinguir la diferencia.

Por suerte, lo escrito no se puede borrar.

Arthur se quedó quieto.

El silencio se estiró entre nosotros, tenso, eléctrico.

Él había captado la referencia.

Él sabía que yo sabía.

—Ten cuidado con lo que lees, hija —dijo finalmente, con una suavidad que era más peligrosa que un grito—.

A veces, las leyes viejas son como mapas de lugares que ya no existen.

Si intentas seguirlos, te puedes perder.

—O te pueden llevar a casa —repliqué.

Arthur sostuvo mi mirada unos segundos más, luego asintió levemente, como si me concediera un punto en un debate silencioso, y se dio la media vuelta.

Me quedé sola en la biblioteca; me había memorizado algunas leyes y tratados, era la libertad de los míos y ahora estaba yo ahí para defenderlos.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Angie_Ochoa_0304 Hola, querido lector.

Espero que este capítulo te haya gustado.

Sé que de pronto puede haber llegado a ser muy denso porque nos involucramos en política, pero es que vivimos en un mundo político en su totalidad y en cada acto la involucramos e imaginar uno sin este aspecto es realmente raro para mí.

Gracias por seguir aquí; vienen cosas muy interesantes en este viaje.

No sueltes el cinturón porque viene una tormenta de meteoritos.

XOXO Angie…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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