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Nosotros en las estrellas - Capítulo 54

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54: 53 – I love you, I’m sorry 54: 53 – I love you, I’m sorry Canción sugerida: I love you, I’m sorry — Gracie Abrams Sentí como quería darme una advertencia, algo como “No te metas en lo que no te importa” o “No te atrevas a desafiarme”.

Vi cómo su boca se abría para empezar a hablar, pero en su intento fue interrumpido.

—Hola, papi, te traje un dulce que compré en el camino —dijo la pequeña voz grave de Mía, que a su vez abrazaba sus piernas.

No pude evitar no pensar si así de inofensiva me vi ante sus ojos alguna vez.

Cuando era una niña, le traía flores para que no se sintiera fuera de lugar, porque la que siempre recibía flores era mamá.

—A ti te traje una flor, esta es mi favorita —dijo Mía acercándose a mí y entregándome la flor que traía con cuidado en sus manos.

—Violeta, mi color favorito —dije oliendo la flor; olía dulce, un olor que en la tierra nunca hubiera encontrado—.

Gracias, hermosa, ¿tuviste un buen día en la escuela?

Y mientras hablaba con Mía, vi cómo Arthur salía de la habitación; quizá quería mantener su postura como un buen padre frente a sus hijos y no lo culpaba.

Antes del quiebre, nunca me hubiera creído ninguna acusación a su persona, pero ahora era diferente, porque ya no lo veía como mi padre; se había convertido en un desconocido que apenas empezaba a conocer.

Estuve un rato más con Mía; a ella le gustaba la lectura, pero, como a toda niña, prefería los libros de dibujos antes que los densos, que solo tienen palabras complicadas y rimbombantes.

Pasé algunas horas más allí en la biblioteca, buscando más información, pero el resto de la tarde no estuve sola; Mía permaneció a mi lado todo el tiempo, yo leyendo libros con hojas infinitas y ella coloreando en su libro de plantas.

Era extrañamente cómodo; me sentía bien cuando estaba a su lado.

Luego de unas horas llegaron Alexandra, Lia y Lion; era hora de los deberes del colegio.

Mía se levantó de mi lado; su ausencia dolió más de lo que nunca me atreveré a confesar.

Sabía que ahora era hora de parar mi búsqueda, al menos por ese día.

Tomé todos los libros que había estado revisando y los puse en su lugar como si nunca hubiera estado allí, dejando para después el diario de sentimientos; sabía que no era el momento y estaba dispuesta a dejar un poco más de tiempo para leer lo que allí alberga, quizá por miedo a lo que hubiese escrito, pero porque primero quería conocer el lado lógico de este planeta y cómo él y el consejo pensaban sin nublar mi juicio con sentimentalismo, que de hecho ya lo hacía, desde el odio que les tenía.

Me dirigí a la que temporalmente era mi habitación, pero al pasar por la oficina de los Woods, las voces se filtraron a través de la madera.

No eran gritos descontrolados; era peor.

Era un interrogatorio frío, metódico, diseñado para desmantelar la voluntad.

Me detuve en seco, pegándome a la pared.

—Míranos cuando te hablamos, Lion —la voz de Arthur era un látigo bajo—.

El decano de la Academia me envió tu preliminar.

Percentil 85 en Liderazgo.

Ochenta.

Y.

Cinco.

¿Tienes idea de lo que eso significa para este apellido?

—Yo… me esforcé, papá, de verdad… —La voz de Lion sonaba estrangulada, pequeña, irreconocible, comparada con la arrogancia que mostraba en el desayuno.

—Esforzarse es para los mediocres —cortó Alexandra, su tono afilado y cruel—.

Encontraron esquemas de motores y carros en tu tableta de estudio.

Dibujos, Lion.

Estás desperdiciando tu intelecto en mecánica de garaje mientras tus compañeros se preparan para gobernar el planeta.

—Esos motores… podrían hacer los transportes más eficientes… —intentó decir, un último y desesperado intento de validar su existencia—.

Logré reducir el consumo energético un 15%… —¡Basta!

—El golpe de Arthur sobre el escritorio resonó como un disparo—.

No te estamos criando para ser un mecánico con las manos sucias.

Te estamos criando para ser el Consejero Supremo.

¿Crees que nos sacrificamos tanto para que tú juegues con tuercas?

Hubo un silencio denso, asfixiante.

Imaginé a Lion allí parado, mordiéndose la lengua, tragándose cada argumento, cada deseo, cada pedazo de su identidad para no decepcionarlos.

Sentí una punzada de dolor en el pecho; esa presión la conocía.

Al menos en Génesis Lab la exigencia era sobrevivir, no ser perfecto.

—El examen final es en dos días —sentenció Arthur, implacable—.

Si no obtienes el puntaje perfecto, olvídate de los talleres.

Olvídate de salir.

Te enviaremos al internado del Sector Norte hasta que aprendas tus prioridades.

¿Entendido?

—… Sí, sí señor.

Entendido.

La sumisión en su voz me dolió más que cualquier grito.

Era el sonido de alguien rompiéndose por dentro.

Sentí unos pasos bajando por la escalera; debía retirarme, no se suponía que debía escuchar esa conversación, pero en parte sentía pena por Lion; así nuestros primeros pasos como hermanos hayan sido muy torpes, nadie merece tanta presión.

Yo sabía lo que eso era, porque aunque no había padres en Génesis Lab, allí nos entrenaban para que el margen de error no existiera.

Empecé a caminar hacia mi habitación con el cuaderno negro en mis manos; al entrar, lo guardé entre mi ropa, como si tuviera miedo a que alguien entrara allí y descubriera que lo tenía, incluso cuando el mismo Arthur me lo había entregado.

Me senté en la cama mirando al piso.

Ese día había sido un cúmulo de cosas, información y sentimientos encontrados.

Me había prometido no involucrar mis sentimientos aquí en esta casa, pero no podía ignorar el amor y aceptación que empezaba a sentir por Mía, o la rabia y frustración por Lion.

Después de unas horas allí, tocaron la puerta de mi habitación; al abrir, era una de las personas que les ayudaba a los Woods con las labores de la casa.

—Señorita Woods, la cena está lista —dijo la mujer en su tono profesional para después caminar al primer piso.

Me levanté de la cama, me miré en el espejo tratando de disimular la confusión que empezaba a aparecer en mi cara y salí de la habitación decidida a participar en otro acto de normalidad.

Pero cuando me disponía a bajar las escaleras, escuché algo; el sonido venía del baño de visitas del pasillo; escuché algo.

Un sonido rítmico, ahogado.

Jadeo.

Silencio.

Jadeo.

Golpe seco.

Se me erizó la piel.

Sabía qué era.

Yo había hecho ese mismo sonido mil veces en la oscuridad de mi cápsula, cuando el miedo a no volver a ver a Matt me paralizaba.

Abrí la puerta sin tocar.

Lion estaba sentado en el suelo, arrinconado contra la bañera.

Se arañaba los brazos, dejando marcas rojas en su piel, y boqueaba buscando aire como un pez fuera del agua.

Sus ojos estaban desorbitados, fijos en la nada.

Su cuerpo entero temblaba con una violencia que hacía vibrar los frascos en la estantería.

Estaba en medio de un colapso total.

No lo pensé.

Mi entrenamiento médico y mi instinto se activaron al mismo tiempo.

Cerré la puerta con seguro para evitar que alguien más lo pudiera ver de esa forma y me lancé al suelo frente a él.

—Lion, mírame.

Estás aquí.

No te vas a morir.

Él negó con la cabeza frenéticamente, las lágrimas corriendo por su cara, incapaz de hablar.

Se agarraba el pecho como si el corazón quisiera estallarle.

—¡Respira!

—le ordené, agarrándole las muñecas con fuerza para que dejara de hacerse daño.

Puse una de sus manos sobre mi pecho y la otra sobre el suyo.

Mírame a los ojos.

No intentes meter aire, eso empeora todo.

Primero sácalo.

Vacía los pulmones.

Él me miraba con terror puro, incapaz de seguir la orden.

—¡Hazlo!

—insistí, con voz firme—.

Saca el aire.

Uno… dos… tres… Exhaló con un gemido tembloroso.

—Bien.

Ahora aguanta.

Siente mi corazón.

Uno… dos… tres… Ahora inhala despacio.

Solo un poco.

Eso es.

Repetimos el ciclo.

Exhalar en cuatro.

Aguantar en cuatro.

Inhalar en cuatro.

La técnica de la caja.

Simple, efectiva, biológica.

Y que siempre me funcionaba; a Lion le costó tres intentos agónicos donde sentí su miedo filtrarse en mis propias manos.

Pero finalmente soltó una bocanada de aire larga y su ritmo cardíaco empezó a bajar.

Cuando la adrenalina lo abandonó, se derrumbó.

Se encogió sobre sí mismo, soltando un sollozo gutural, el llanto de un niño que ha estado aguantando el peso del mundo demasiado tiempo.

—Soy un desastre —murmuró, con la voz rota—.

Papá tiene razón.

No sirvo para esto.

—No eres un desastre, Lion —le dije suavemente—.

Solo eres un humano al que le exigen ser una máquina.

Sin dudarlo, hice lo único que sabía que funcionaba de verdad.

Lo envolví en mis brazos, atrayéndolo hacia mi pecho en un abrazo de contención firme, apretado, un ancla humana para que no se deshiciera.

Lion se aferró a mi buzo con desesperación, escondiendo la cara en mi hombro, llorando sin control.

Me quedé allí, meciéndolo suavemente en el suelo frío del baño, y por un momento el tiempo se dobló.

Volvía a esas noches al búnker, cuando los truenos o las pesadillas me dejaban así, sin aire, y Matthew me abrazaba exactamente de esta forma.

“No te suelto, Annie.

Estoy aquí.” “Respira conmigo”, me decía, prestándome sus pulmones cuando los míos fallaban.

Él había sido mi soporte, mi calma en medio del caos, el que me había enseñado a sobrevivir a mi propia mente.

Ahora, con la cabeza de mi hermano menor apoyada en mi hombro y sus lágrimas mojando mi ropa, entendí que el ciclo había cambiado.

Ya no era la niña que necesitaba ser salvada.

Ahora yo era el refugio.

—Ya pasó, Lion —le susurré al oído, acariciándole el pelo sudado, sintiendo cómo poco a poco dejaba de temblar—.

Ya pasó.

No estás solo.

Te tengo.

Y por primera vez en esa casa, sentí que estaba viendo el lado real, al menos de él, y no pensaba usar su vulnerabilidad en su contra.

Tenía a Lion en mis brazos; nos veíamos como hermanos; finalmente dejó de pelear contra mí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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