Nosotros en las estrellas - Capítulo 55
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55: 54 – Exhale Inhale 55: 54 – Exhale Inhale Canción sugerida: Exhale Inhale – AURORA —Annie… dime, ¿tú también crees que estoy loco por no querer lo que ellos llevan planeando tantos años para mí?
—preguntó Lion, rompiendo el silencio del baño, aun con su cabeza apoyada en mi hombro.
—No, Lion.
A veces tenemos diferentes aspiraciones, diferentes sueños —dije suavemente, mientras pasaba mis manos por su cabello—.
Sin embargo, a veces toca ser inteligente con las decisiones que tomamos.
No estoy diciendo que estés mal, solo digo que debes crear un plan de acción para hacerlo.
No puedes saltar al vacío sin paracaídas.
Lion se separó un poco y se limpió la cara con el dorso de la mano.
Sus ojos, aunque rojos, brillaban con una intensidad nueva.
—Sabes, no sé si sabes qué es, pero encontré unos archivos digitales superantiguos en la base de datos muerta…
hablaban de la Fórmula 1.
Sé que hay gente que huyó de Villa Cristal, no los de Éxodo II, sino antes, los primeros rebeldes.
Son casi como un mito; dicen que están en las zonas desérticas del sur y han desarrollado competencias de velocidad con una tecnología superior a la nuestra.
Vehículos que levitan a ras de suelo, pura aerodinámica —levantó su cabeza para mirarme a los ojos, y vi fuego en ellos—.
Es ahí donde quiero estar.
Quiero desafiar lo imposible, no firmar decretos.
Sonreí.
La idea de un circuito de carreras clandestino en el desierto sonaba exactamente al tipo de libertad que este planeta necesitaba.
—Cuentas conmigo para cualquier decisión que tomes —le dije, sosteniendo su mirada—.
Pero debes ser más inteligente de lo que ellos piensan.
Debes planearlo.
Debes saber cómo actuar ante las consecuencias.
Si te vas a ir, hazlo cuando tengas el motor encendido, no antes.
Me levanté, sacudiendo mis manos, y le extendí la mano para ayudarlo a ponerse de pie.
—Es tiempo de la cena.
Debes ser inteligente.
Limpia las lágrimas y vamos a afrontar esa mesa como si estuvieras siguiendo sus planes al pie de la letra.
Sé el actor que ellos quieren ver.
—Tienes razón —dijo Lion, pasándose las manos por la cara para borrar cualquier rastro de vulnerabilidad.
Respiró hondo, un eco de la técnica que acabábamos de practicar, y adoptó esa máscara de frialdad que Arthur le había enseñado tan bien.
—Si quieren un líder, les daré un líder.
Al menos hasta que pueda escapar.
Salimos del baño en silencio.
El pasillo estaba iluminado con esa luz ámbar que estaba diseñada para ser acogedora.
Caminamos uno al lado del otro, sin tocarnos, pero la distancia entre nosotros se había borrado.
Éramos cómplices.
Al llegar al umbral del comedor, Lion se detuvo un segundo, tomó aire, como si fuera a sumergirse en el agua, entró con la barbilla en alto, transformándose instantáneamente en el hijo perfecto.
Cuando llegamos a la mesa, cada uno tomó su lugar.
En el centro, la comida estaba ubicada de tal forma como si se necesitara permiso para comerla.
Mía jugaba silenciosamente con un trozo de fruta violeta, ajena a la tensión, mientras Alexandra hablaba del evento del día siguiente con un brillo casi fanático en los ojos.
—El tema de este año es “El Despertar del Bosque” —dijo Alexandra, con gran ilusión—.
He mandado que la decoración se organice junto al lago, como un cuento de hadas.
—Mamá, ¿en serio?
¿Hadas?
—preguntó Lia, aunque se le notaba una sonrisa emocionada—.
¿Puedo usar el vestido con las alas de hilos de luz?
—Lía, sabes que puedes ponerte el vestido que quieras siempre y cuando sigas el código cromático.
Nada de azules.
—¿Por qué no?
Ese es el color que mejor me queda —protestó pinchando su comida con desgano.
—El azul es el color del Gremio de Innovación, de los constructores —explicó Alexandra con paciencia, pero con esa firmeza que no admitía réplica—.
Y tú eres una Woods.
Nosotros vestimos de blanco estelar y plata.
Somos la luz que guía a los constructores.
No puedes mezclarte con la estructura cuando naciste para ser la cúspide.
La sutileza de su clasismo era brillante.
Me asombraba cómo jugaba con las palabras; tenía claro que existía una jerarquía, pero ellos se sentían dioses.
—Hablando de cúspides y alianzas —intervino Arthur, limpiándose la comisura de los labios—.
Sabes que la familia Visconti va a estar ahí mañana.
Lía, quiero que conozcas a Mattia.
Lía levantó la vista de su plato, con una mezcla de aburrimiento y sospecha.
—¿Mattia Visconti?
Papá, ese hombre, el tipo menos interesante que he conocido en mi vida.
—Es un buen hombre —insistió Arthur, ignorando el tono de su hija—.
Tiene un futuro prometedor en el Ministerio de Energía.
Necesitamos fortalecer los lazos antes de la próxima votación del Consejo.
El tema murió ahí cuando Lia hizo una cara de desaprobación tan evidente que hasta Lion tuvo que contener una risa discreta.
Sin embargo, justo ahí, cuando la escena se centraba en disfrutar de la comida, Alexandra giró su atención hacia mí, aprovechando el silencio para cambiar de objetivo.
—Hablando de futuros y uniones —dijo, y el aire en la mesa se volvió pesado—.
Ya es hora de presentarte, Annie.
La sociedad ha estado inquieta.
Han escuchado rumores sobre ti… Es hora de mostrarles la verdad.
—¿Qué verdad?
—pregunté, tensa, sintiendo la mirada curiosa de Mía sobre mí.
—¿La verdad de que me tienen aquí porque no me dejaron opción?
Arthur soltó una risa suave.
—La verdad, hija.
Diremos que estabas confundida, que tu familia te ama y que esas ideas revolucionarias no van contigo.
Mañana te verán radiante, vestida de blanco y plata; ahí entenderán quiénes son los Woods.
Me atraganté con el agua.
La audacia de su mentira era asfixiante.
Estaban reescribiendo hos hechos a su antojo frente a mis ojos.
—Y de pronto, con todo esto, logremos que Matthew vea las imágenes de ti, de que estás bien, y se nos una.
El nombre de mi hermano cayó como una bomba en el centro de la mesa.
Mía levantó la cabeza de golpe al escuchar el nombre de su hermano fantasma.
—¿Matthew va a venir?
—preguntó la pequeña con esperanza.
—Ni siquiera intentes meter a Matt en esto; él está feliz, está creando una familia, él nunca vendrá —dije con rabia en mis ojos, pero pareció que me habían ignorado a propósito, porque justo cuando terminé de hablar, se dirigió a Mía.
—Pronto, cariño —le respondió Alexandra con dulzura, antes de volver su mirada hacia mí—.
Él verá que estás bien, Annie.
Que estás hermosa, segura y feliz.
Verá que no somos los monstruos que él cree.
—Además, —añadió Alexandra, cuando pensé que ya había terminado la conversación—, la familia debe crecer.
Es hora de que mires a tu alrededor con madurez.
Mañana estarán los hijos de los Fundadores.
Los herederos todos son hombres que pueden darte un imperio.
—No necesito un imperio —mascullé quitándole importancia.
—Lo necesitas si quieres sobrevivir —cortó Arthur—.
Necesitas a alguien que entienda el peso de la historia.
No a ese chico Kavan, con sus delirios de mesías y su anarquía emocional.
La rabia aumentaba con cada palabra; atacaban a Zeke no por lo que hacía, sino por lo que representaba: una amenaza a su control absoluto.
Lion me miró fijamente desde el otro lado de la mesa.
Sus ojos me suplicaban: “No lo hagas”.
“Sé inteligente”.
Pero había líneas que no podía dejar que cruzaran.
No iba a permitir que redujera a Zeke y a Aurora Bay a un error de juventud.
—Zeke no es una ilusión, ni es inestable —dije, mi voz temblando de furia contenida—.
Es la única cosa real en este planeta.
Ustedes hablan de “hombres influyentes” e “imperios”; pero yo ya escogí, yo no necesito a esos hombres, porque tengo a Zeke.
Aparte el plato frente a mí, era oficial, esta charla había acabado con cualquier pizca de paciencia que me permitiera mantenerme cuerda, ¿Cuándo pasó esto?
¿Cuándo ellos se atribuyeron derechos ante mi vida o mi futuro?
Porque nunca lo hubiera permitido conscientemente.
—Guarda esa pasión para el baile de mañana, hija.
Te hará ver misteriosa e intelectual.
—Volvió la mirada a su comida, pero para mí no había terminado ahí.
Me acomodé en la silla, obligándome a volver al plan original, obedecer, pero sin pasar por encima de los míos.
—Es curioso, Arthur.
Quizás el problema no es con quién me juntaba yo.
Quizás el problema es que tú tienes miedo de que alguien haya logrado construir una vida real y hermosa sin tu permiso.
Y eso, en tu mundo, debe ser aterrador.
Arthur levantó su mirada de nuevo; sabía qué estaba pensando.
Creí que diría algo como “qué decepción” o “no entiendes lo que dices”, pero no, no parecía ofendido; parecía decepcionado.
—Qué triste que tanta inteligencia se vea desperdiciada en un acto tan inútil como defender a adolescentes.
—dijo, engullendo un trozo de vegetal para después mirarme y continuar—.
No te das cuenta, pero te pareces más a mí de lo que quieres admitir.
Sé que aún no lo entiendes, pero llegará el momento en que me darás la razón.
Me levanté de la silla en la que estaba sentada y salí del comedor sin mirar atrás; si algo podía ofenderme, era su comparación, diciendo que me parecía a él.
La fiesta de mañana no sería un baile de hadas.
Sería una guerra vestida de seda.
Y yo acababa de declarar mi posición, pero también sabía que podía encontrar información valiosa para defender a los míos.
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