Nosotros en las estrellas - Capítulo 56
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56: 55 – Man’s World 56: 55 – Man’s World Canción sugerida: Man’s World – MARINA En ese momento, lo que menos me importaba era un vestido o una fiesta, y mucho menos una presentación oficial, cuando lo único que se iba a decir allí eran mentiras diseñadas para limpiar la imagen de Arthur.
Subí a mi habitación aun con la rabia caliente en el pecho; no me importaba ser parte de un circo armado para su estatus.
Me acosté, pero el sueño no llegaba.
Me desperté en la madrugada miles de veces, con los ojos fijos en el techo sintético que imitaba un cielo estrellado falso.
Y entonces, en el silencio de las tres de la mañana, algo hizo clic.
Si esta era una fiesta donde los invitados eran el Consejo y los dueños del poder…
si existía un lugar en donde debía estar, era allí.
Porque estaba segura de que, entre los vestidos de gala, el champán y la música suave, uno de los temas principales, si no el único, iba a ser Éxodo II y las decisiones que se tomarían en su contra.
Sin embargo, aún había algo que no terminaba de encajar en mi cabeza.
Recordé el último día que vi a Zeke, antes de que me trajeran aquí.
Sus ojos brillaban no con miedo, sino con certeza.
Me dijo que había encontrado nuestro lugar, donde podríamos empezar nuestro futuro, y nombró algo específico: el “Tratado de Expedición”.
Aún no entendía de qué se trataba, pero si existía, si era real, debía estar en algún lugar de esa maldita biblioteca.
Me levanté de un salto.
Intenté no hacer ruido, me recogí el cabello y salí decidida.
Conocía el camino.
Debía ir a la biblioteca y buscar libro por libro hasta encontrar algo, cualquier cosa, que hablara de los derechos de exploración.
La biblioteca estaba sumida en sombras azules.
Busqué sección tras sección, mis dedos recorriendo lomos de cuero falso y plástico.
Revisé los anexos legales, las cajas de archivos muertos, los manuales de ingeniería.
Nada.
Duré horas en mi búsqueda, y la frustración empezaba a ganarme.
Pero fue justo cuando estaba a punto de rendirme, en una estantería baja y polvorienta, que lo vi detrás de un tomo grueso de historia.
Era un cuaderno pequeño, de hojas débiles y letra compacta.
Era de esos libros que pasaban desapercibidos, no porque no tuvieran importancia, sino porque el sistema prefería que nadie los leyera.
TRATADO DE EXPEDICIÓN Y DESARROLLO DE TERRITORIOS NO ASIGNADOS (T.E.D.N.A.) Leí el título y mi corazón dio un salto; sentí como casi se detenía.
Supe que era la pieza que me faltaba.
Lo bajé con manos temblorosas y me di la vuelta para sentarme en mi rincón contra el cristal en el suelo, aquel lugar que ya consideraba mi trinchera personal.
Y entonces me di cuenta de que no estaba sola.
Alguien había estado allí todo el tiempo, observándome en silencio desde la oscuridad de un rincón.
No dije nada, ni grité.
Me senté con el libro en el regazo, esperando.
De la sombra emergió Lion.
Caminó despacio y se sentó a mi lado con su tableta en el regazo.
No me miró; sus ojos estaban fijos en la pantalla, moviendo datos con los dedos como si no me estuviera poniendo atención.
—¿Sabes que ese es uno de los libros más ignorados, incluso por los miembros del Consejo?
—su voz fue apenas un susurro que no rompió el silencio de la sala.
Y aunque no había dicho nada complicado, sabía que había algo más.
Lo más aterrador y maravilloso era que lo había entendido.
Sabía lo que él quería decirme entre líneas.
Lion no era el niño mimado que fingía ser; lo había visto practicar discursos de liderazgo vacíos frente al espejo, pero aquí, en la madrugada, su máscara había caído.
Él sabía jugar el juego mejor que nadie.
—¿Con esto los podré ayudar, verdad?
—Mi voz salió como una delgada línea que pedía a gritos confirmación.
Él solo asintió, una vez, seco y preciso.
Y fue lo que necesité para abrir ese libro.
Empecé a leer.
No era solo un reglamento; era un manual de supervivencia legal.
Establecía paso a paso cómo funcionaba la exploración y, lo más importante, los derechos inalienables de quienes se arriesgaban a vivir fuera de Villa Cristal.
Mientras leía, sentí un dedo pequeño tocar la página.
Lion, que parecía saberse el libro de memoria, señaló un párrafo específico sin dejar de mirar su pantalla, como si estuviera aburrido, pero su dedo temblaba ligeramente sobre el papel.
—Lee ahí —susurró—.
Artículo 2.
Es el primer escudo ante cualquier ataque Bajé la vista.
Artículo 2: Principio de Autonomía Territorial y Soberanía Democrática: “Una vez registrada la cartografía oficial de un Territorio No Asignado, este adquiere el estatus de Entidad Soberana Emergente.
Se garantiza la independencia política de dicho territorio, haciendo a todos sus pobladores sujetos de pleno derecho para ejercer la autodeterminación democrática sobre sus recursos y leyes.
Ninguna ordenanza podrá inferir en las decisiones que te tomen desde adentro.” —Y el 5 —añadió Lion, pasando la página rápida—.
Este funciona como un regulador de derechos; no pueden afectar a Aurora Bay gracias a este artículo.
Artículo 5: Representación Equitativa y Veto Territorial “Para asegurar la convivencia pacífica, todo Territorio Soberano tiene derecho a una Representación propia.
Queda prohibido, legislar, sancionar e incluso tomar medidas que afecten a dicho territorio sin el consentimiento expreso de sus representantes legítimos.
Cualquier decisión tomada en ausencia de esta representación será considerada nula.” Cerré el libro de golpe, sintiendo el aire volver a mis pulmones.
Entendí por qué Zeke había vuelto con esa calma aterradora.
Entendí por qué no tenía miedo.
Él sabía que legalmente Arthur no podía tocarlo.
Que desde que habían registrado Aurora Bay como un territorio libre e independiente, habían adquirido derechos, no sobre la tierra, sino sobre sí mismos como individuos y como pueblo independiente.
Zeke no era un rebelde; era un jefe de Estado de un territorio soberano.
Solo había encontrado los espacios en el silencio de la ley.
Cerré los ojos y el libro, apoyé mi cabeza contra el cristal; por fin lo había logrado, por fin había entendido mi objetivo en esta guerra: si Aurora Bay no tenía una representación aquí, yo iba a ser esa representación legal que ellos necesitaban y no se las iba a hacer fácil, no iba a permitir que pasaran por encima de ellos, no mientras yo pudiera evitarlo.
—Prométeme que no me vas a dejar aquí con ellos cuando puedas ir…
allá —me dijo Lion de repente, su voz rompiéndose un poco mientras nos levantábamos para irnos a dormir.
Me detuve y lo miré.
Vi a aquel niño que tenía sueños más allá de un puesto burocrático, el que tenía ganas de riesgo y de descubrir cosas nuevas.
Quise asegurarle que lo llevaría conmigo, pero no le podía mentir, no después de todo lo que había pasado.
—Sabes que no puedo llevarte ahora.
Aún eres menor, y tu custodia legal es de ellos —le dije, y vi cómo su esperanza se apagaba en sus ojos—.
Pero lo que sí te puedo prometer es que en Aurora Bay siempre va a existir un espacio diseñado para ti.
Y en cuanto seas mayor, o en cuanto encontremos otro vacío legal…
irás allí.
Me acerqué y lo abracé fuerte.
Era una promesa al Lion del futuro.
Aunque no habíamos empezado bien, este chico brillante y roto que temblaba en mis brazos se había convertido en un tesoro inesperado.
Entré en mi habitación cuando el sol empezaba a aparecer.
La información giraba en mi cabeza, encajando como las piezas de un rompecabezas letal.
No sé cuándo me dormí, pero estaba segura de que el día que venía no me encontraría desarmada.
El despertar fue brutal.
No hubo luz del sol ni pájaros.
Hubo el sonido seco de la puerta abriéndose de par en par y una invasión.
—¡Hora de levantarse, señorita Woods!
¡El cronograma está retrasado tres minutos!
—¡¿Perdón?!
—dije aún con los ojos cerrados, pasando la cobija por mi cabeza.
—Creo que se equivocó de habitación; la habitación de Lía es la del otro extremo del piso —dije esperando que saliera y podría dormir un poco más.
—No estamos equivocadas, la señora Alexandra nos pidió que la ayudáramos a estar lista para el evento del día de hoy —dijo quitando las cobijas de mi cabeza, para después hacerle una seña a las personas que la esperaban afuera.
Mi habitación se llenó de golpe con un escuadrón de personas.
Eran estilistas, asistentes y coordinadores de imagen.
Me sentí como en esas películas antiguas de la realeza donde a la princesa no la tratan como a una persona, sino como a un maniquí de carne.
Manos desconocidas me levantaron, me empujaron a la ducha, me aplicaron cremas que olían a ozono y flores.
Me tiraron del pelo mientras me peinaban y me aplicaron el mejor maquillaje que tenían en ese lugar, todo con una alta precisión.
Nadie me preguntaba si me dolía o gustaba, si tenía hambre o si quería ese tono de labial.
Yo era un proyecto.
—El vestido —anunció alguien desde atrás.
Lo trajeron en una percha dorada.
Era impresionante, tenía que admitirlo.
Seda sintética blanca que cambiaba de tono con la luz, incrustaciones.
“Pureza y resiliencia”.
Cuando me lo pusieron y me miré al espejo, no me reconocí.
La chica que me devolvía la mirada era fría, perfecta.
Y absolutamente falsa.
—Está lista para su presentación pública —dijo el jefe de estilistas a su comunicador.
Bajé las escaleras horas después y me subí en el carro que me llevaría al lugar del evento, justo al frente del lago cristalino que una vez vi desde el cielo con la esperanza de ser feliz en ese lugar, pero en ese momento estaba lejos de ser feliz.
Al bajarme del carro, la primera bienvenida que recibí fue la de las luces flotantes, y “polvo de hadas” cayendo como si fuera lluvia natural.
Al pasar por la alfombra que llevaba al centro de la reunión, la música se detuvo un segundo y sentí cientos de ojos clavándose en mí.
El silencio fue pesado.
No sabía si era admiración o simple curiosidad.
Levanté la barbilla, tratando de entrar a ese lugar con poder y fuerza; quería que todo aquel que dudara de mi fuerza le quedara claro que estaba allí.
Arthur me esperaba justo al final de la alfombra, sonriendo como el dueño del circo.
—Perfecta —susurró, ofreciéndome su brazo—.
Ven, hay alguien que debes conocer.
Me arrastró a través de la multitud hasta un joven alto, vestido con un traje gris impecable y una sonrisa ensayada.
—Annie, este es Dorian Arryn, hijo del Consejero de Hidrología.
Dorian, mi hija Annie.
—Un placer, Annie —dijo Dorian, tomando mi mano y besando el aire sobre ella—.
Tu padre me ha contado sobre tu llegada a Percevalis; debió ser difícil vivir tanto tiempo en la Tierra.
Pero no te preocupes, aquí te enseñaremos lo que es la verdadera calidad de vida.
Era guapo, rico y totalmente condescendiente.
Arthur nos miraba con aprobación, jugando a Cupido con su hija, la que había recuperado.
Sin embargo, aunque se me presentara al hombre perfecto frente a mí, mi corazón, estaba a kilómetros de distancia, en una playa real con alguien que no necesitaba trajes caros para ser un hombre.
—La calidad de vida es subjetiva, Dorian —respondí con una sonrisa afilada—.
A veces, el aire acondicionado no compensa la falta de aire libre.
Dorian parpadeó, confundido, pero antes de que pudiera responder, Lia me jaló suavemente.
—Papá puede ser a veces un poco asfixiante; ven, debes tener hambre.
Seguí a Lía, alejándome de Dorian con alivio.
Llegamos a una mesa gigante con comida que se veía deliciosa; definitivamente era un lugar más tranquilo.
Luego de unas horas vi que en uno de los rincones había un grupo de hombres mayores, entre esos Arthur.
Tomé una bebida en mi mano para disimular mi acercamiento y me ubiqué detrás de una columna decorativa.
—…
el problema es que siguen los rumores; empezaron a correr más rápido y eso no nos conviene —decía uno—.
Ese asentamiento en la costa, Aurora Bay.
Sus reportes de energía son insultantes.
Están logrando una reserva energética mayor a la que nosotros hemos podido crear aquí en dieciséis años; si las personas saben, podrían empezar a cuestionar nuestros métodos.
—No por mucho tiempo —respondió Arthur, con esa voz baja que usaba para dar órdenes letales—.
He redactado la Ordenanza 44.
Vamos a reclasificar la zona costera como “una zona de exploración”.
Eso nos da derecho a cortarles el acceso a los acuíferos y desviar sus ríos hacia el norte.
Sin agua potable, tendrán que venir a pedirnos ayuda de rodillas en dos semanas y los rumores se acabarán.
La sangre me hirvió.
Iban a intentar sabotearlos, quitarles el agua a Aurora Bay.
Iban a acorralarlos para que volvieran; eso no iba a pasar si yo estaba allí.
No lo pensé.
Salí de detrás de la columna, interrumpiendo su círculo privado.
El vestido blanco brilló bajo las luces; yo resplandecía.
—Caballeros, espero estén disfrutando de la fiesta —dije, con voz clara y fuerte que hizo que varios invitados cercanos se giraran—.
Lamento interrumpir su estrategia de guerra y también escuchar lo que discutían, pero creo que hay un error en sus cálculos legales.
Arthur se tensó.
Sus ojos me lanzaron una advertencia; simplemente lo ignoré.
—Caballeros, les presento a mi hija Annie Woods, tripulante de Éxodo II, y al parecer la única digna de ocupar un puesto político en la familia.
—Dijo Arthur orgulloso, ante sus colegas.
—A ver, Annie, ilústranos.
¿Por qué nuestros cálculos fallan?
—dijo Arthur, cruzando sus brazos en su pecho.
—¿Sí, niña, de qué hablas?
—preguntó el Consejero de Hidrología, el padre de Dorian, mirándome con desdén.
—Hablo de la Ordenanza 44 —dije, sonriendo dulcemente—.
Verán, según el Artículo 5 del Tratado T.E.D.N.A., Aurora Bay está clasificada como Territorio Soberano Emergente debido a su cartografía registrada hace meses.
Ese artículo prohíbe explícitamente cualquier medida que afecte sus recursos vitales sin el consentimiento de sus representantes.
El silencio en el grupo fue absoluto.
Los consejeros se miraron entre sí, incómodos.
Arthur palideció de rabia.
—Si ustedes cortan el agua —continué, elevando un poco la voz para que más gente escuchara—, no será una “medida administrativa”.
Según la ley fundacional que ustedes mismos firmaron, será un Acto de Guerra y una violación directa a la Constitución de Percevalis.
Y estoy segura de que eso no es lo que quieren, ¿verdad?
El consejero de Hidrología tosió, nervioso.
—Eh…
Arthur, ¿es eso cierto?
No mencionaste que tenían estatus T.E.D.N.A.
Arthur me miró con un orgullo y odio puro mezclados.
Yo le sostuve la mirada, alisando mi vestido de seda blanca.
—Disfruten la fiesta, caballeros —dije, y me di la vuelta, dejándolos mudos en medio de su propio salón de baile.
La princesa había sacado los dientes.
Y acababa de morder.
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