Nosotros en las estrellas - Capítulo 57
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57: 56 – Desértico 57: 56 – Desértico Canción sugerida: Desértico – Gata Cattana Esa había sido mi primera interacción con el mundo político, y aunque era algo que nunca había contemplado, ni siquiera en las simulaciones de la nave, incluso cuando odiara aceptarlo, empezaba a ver por qué Natalie siempre se paraba con fuerza e intentaba intimidar a todos.
Una cosa es saber qué decir; otra muy distinta era tener la valentía para ponerlo en acción cuando se tiene a los leones enfrente.
Había ganado el primer asalto con los consejeros, pero la victoria me dejó un sabor metálico en la boca.
Necesitaba aire.
Caminé hacia una parte del jardín que no estaba tan llena, alejándome de las luces flotantes y la música que empezaba a aturdirme.
Me senté en una banca frente al lago natural que bordeaba la propiedad.
El agua estaba quieta, casi muerta por la falta de corriente, atrapada en un diseño paisajista.
Quería despejar mi mente, reordenar mis fichas antes de volver al juego; sabía que ya había salido del caballo y que, si daba un paso en falso, podían quemarme.
Pero fue allí, bajo la sombra de unos árboles nativos de hojas plateadas, que escuché a alguien llorar.
No era un llanto dramático; era el sonido roto y ahogado de alguien que intenta ser invisible.
Me levanté despacio y rodeé la vegetación.
Allí, sentada en el pasto húmedo, sin importarle arruinar su vestido de diseño, estaba Lía.
Tenía las rodillas pegadas al pecho y la cara escondida entre los brazos.
—Lía —susurré.
Ella levantó la cabeza de golpe.
El maquillaje perfecto estaba corrido, y sus ojos, usualmente brillantes y altivos, estaban llenos de un terror puro que me heló la sangre.
—Vete, Annie.
Por favor —su voz temblaba.
Ignoré su orden; sabía que no lo decía de verdad, que necesitaba de alguien a su lado, incluso cuando no sabía qué había pasado.
Me senté a su lado en el pasto, ignorando que la humedad manchara mi vestido blanco impoluto.
—¿Qué pasó?
Lía se secó las lágrimas con rabia, manchando de negro sus guantes de seda.
—Los escuché —dijo, con voz ronca—.
A papá y al señor Visconti; ahí también estaba Mattia.
Estaban hablando de cuáles serían sus estrategias para las próximas votaciones, y Mattia propuso que nos comprometiéramos, una promesa para los habitantes de Villa Cristal, pero una condena para mí.
Yo no lo amo, Annie, no quiero casarme con él, pero papá necesita los votos del bloque energético de los Visconti para consolidar su poder ante las dudas del Consejo.
—Mattia…
¿El chico del que hablaban en la cena de anoche?
—le pregunté, para confirmar la información que tenía.
—Mattia es un imbécil —dijo y salió con todo el odio que tenía dentro—.
No es malo, Annie.
Es peor.
Es vacío.
Es el “Príncipe Azul” que todas quieren porque es guapo y dice lo correcto, pero no tiene una sola idea propia en la cabeza.
Es un eco de su padre.
Si me caso con él…
me convertiré en mamá.
Organizaré fiestas, elegiré colores de cortinas y me moriré de aburrimiento antes de los treinta.
Yo quiero diseñar, Annie.
Quiero crear estructuras, quiero ver el mundo, no decorarlo.
Me miró, y vi la desesperación real en sus ojos.
Y luego.
—Y…
hay alguien más.
—susurró como si tuviera miedo de admitirlo en voz alta.
—¿Quién?
—pregunté suavemente.
—Se llama Kael.
Es un mecánico de nivel 3.
Trabaja en los subniveles.
Es un chico normal, no tiene títulos ni propiedades, pero cuando hablo con él…
él me ve, no como un negocio, sino como la persona que soy.
Él ve mis diseños, no mi apellido.
Él me ve a mí.
Cuando dijo eso, recordé aquellos días en la nave de camino a este planeta, cuando empezaba a conocer a Zeke; incluso cuando lo odiaba, él me veía, él sabía mi poder y no solo me veía como la chica débil que Génesis Lab me había hecho creer.
Cuánto lo extrañaba en ese momento.
Cuando volví de mis pensamientos, vi en su cara cuánto le dolía no poder elegir; le agarré la mano.
Era una promesa silenciosa de que estaba allí con ella.
—No voy a dejar que te vendan por votos, Lia.
—No puedes detenerlo —dijo ella, derrotada—.
Papá ya lo decidió.
Dice que es por el bien de la familia.
—La familia no se vende —sentencié, sintiendo cómo mi instinto protector se encendía—.
Levántate.
Vamos a lavarte la cara.
Esta noche no se acaba hasta que Arthur lo diga, y no le daremos el gusto de verte rota.
Estoy aquí contigo.
Y no te voy a soltar.
Le tendí la mano y ella la tomó, aferrándose a mí como si fuera un salvavidas.
La ayudé a levantarse del pasto húmedo, sacudiendo con cuidado los restos de hierba de su vestido y en el mío.
Caminamos juntas hacia el baño más cercano, lejos del bullicio.
Allí, en la privacidad de los espejos iluminados, el silencio entre nosotras cambió.
Ya no era incómodo; era un pacto.
Tomé un pañuelo húmedo sin que ella me lo pidiera y, con suavidad, empecé a limpiar los rastros de rímel que manchaban sus mejillas.
Lía cerró los ojos, dejándose cuidar, dándose un momento para recuperar la calma; la vi respirando temblorosamente.
—¿Se nota mucho?
—preguntó en un susurro.
—Solo se nota que eres humana —respondí, pasándole mi propio labial para que se retocara—.
Pero ellos no merecen ver eso.
Merecen ver a la arquitecta que va a cambiar este mundo, no a la víctima.
Tomé mi bolso.
Recordé que Eva, la asistente que esa mañana me había despertado, me había indicado que si en algún momento requería retocarme el maquillaje, me había dejado algunos cosméticos para que los pudiera usar.
¿Y qué mejor momento para usarlo que ahí mismo con Lía?
Apliqué lo básico: labial, un poquito de blush y rimel; luego le acomodé un mechón de pelo detrás de la oreja y le sostuve la mirada en el espejo.
—Estoy aquí, Lia.
A tu lado.
Cuando entremos ahí, si sientes que te falta el aire, mírame.
Yo te sostengo.
Ella asintió, irguiendo la espalda y recuperando esa postura real que nos habían inculcado, pero esta vez, la fuerza venía de adentro, no del miedo.
—Vamos —dijo, tomando mi mano un segundo antes de soltarla para abrir la puerta.
Apenas entramos al salón, las luces bajaron y un foco iluminó la tarima principal.
Arthur estaba allí, con Alexandra a su lado, ambos radiantes, la imagen de la realeza moderna.
—Damas y caballeros, ciudadanos de Villa Cristal —la voz de Arthur resonó amplificada, cálida y paternal—.
Hoy celebramos no solo nuestra prosperidad, sino nuestra unidad.
Hizo una pausa dramática, buscándome entre la multitud.
Cuando me encontró, su sonrisa se ensanchó, pero sus ojos eran de hielo.
—Durante años, nuestra familia ha cargado con el dolor de una ausencia.
Cuando llegamos a Percevalis, dejamos atrás una vida; la tierra no nos permitía prosperar y las elecciones que se tomaron fueron las necesarias para que todos estemos hoy aquí reunidos; sin embargo, a nuestra familia le hacían falta algunas piezas.
Pero la fuerza de la sangre siempre prevalece.
Quiero presentarles oficialmente a mi hija, Annie Woods.
Los aplausos fueron educados, pero intensos.
Arthur me hizo un gesto para que subiera.
Subí los escalones sintiendo el peso de cientos de miradas.
Arthur me pasó el brazo por los hombros, un gesto posesivo.
—Annie ha regresado a nosotros.
Su llegada a este planeta junto a los otros nos llenó de esperanza y que hoy esté aquí con nosotros, que se haya quedado, es una muestra de la resiliencia de los Woods.
Ella tiene la fuerza, la inteligencia y el carácter que este planeta necesita.
Veo en ella el mismo fuego que me impulsó a tomar el liderato de nuestro pueblo y levantarlo a pesar del dolor, pero hoy estamos aquí.
Me tensé.
No estaba elogiándome; estaba reclamándome.
Estaba diciendo: “Ella es mía.
Es igual a mí”.
Era un cumplido envenenado, porque implicaba que Lion no era suficiente.
Sin mirar a Lion, supe que esas palabras debían estar cortándolo como cuchillos.
—Annie —dijo Arthur, pasándome el micrófono y susurrando con una sonrisa triunfal—, háblale a tu pueblo.
Tomé el micrófono, sintiendo el metal frío en mi mano.
Arthur esperaba que le hablara a su pueblo, a aquellas personas que estaban en Villa Cristal, a la élite vestida de plata que me miraba como si fuera un animal de zoológico recién domado.
Pero entonces, en el horizonte en donde se ubicaban las cámaras, estaba esa luz roja de la cámara de la Red Global.
Esa señal se transmitía a todo el planeta.
A los barracones de los trabajadores.
A los puestos de vigilancia.
Y, si tenía suerte, a los receptores pirateados de la costa.
Mi pueblo no está en este salón, pensé.
—Gracias, padre —dije, mi voz firme—.
Tienes razón.
Me has pedido que le hable a mi pueblo, y eso haré.
Subí la mirada a aquella cámara que guardaba la esperanza de que estuviera transmitiendo a aquellos lugares a los que no podía ir, donde estaba mi familia, Matthew, Zeke, Abby, Chris e incluso ese sobrino o sobrina que aún no nacía, pero no solo a ellos, sino a todos con los que había estado en la nave, a todos esos jóvenes con los que compartí miedo y esperanza.
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