Nosotros en las estrellas - Capítulo 58
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58: 57 – U.N.I.T.Y.
58: 57 – U.N.I.T.Y.
Canción sugerida: U.N.I.T.Y.
– Queen Latifah Sabía que ese era el momento de salir de mi disfraz, uno en el que ya no me podía ocultar más.
Respiré hondo.
“Dilo con seguridad, como Zeke lo haría”, me dije a mí misma.
Tomé ese paso adelante que me hizo sentirme más segura.
—Aristóteles dijo una vez que la única verdad de la política es la justicia entre libres e iguales —empecé, citando al filósofo que parecía que ellos no recordaban hasta que yo lo nombré—.
Cuando llegué a este planeta, llegué con la esperanza de que la vida podía ser justa, dignificante y libre; aún no he visto lo que hay más allá de estas hermosas montañas que rodean Villa Cristal.
Pero en todos los años que estuve en la tierra, estudiando, aprendiendo, pude conocer que todos somos necesarios para que una máquina funcione; somos parte de un engranaje que permite que una sociedad funcione y prospere.
Arthur se tensó a mi lado.
Sentí su mano cerrarse en un puño, pero estábamos en vivo.
No podía tocarme.
—Por eso, para honrar esta “resiliencia” de la que hablas, padre, he decidido y aceptado que el estar aquí debe tener un propósito para el bien colectivo, así que después de leer todo aquello relacionado con leyes y sabiendo que soy la única aquí de Éxodo II, he tomado la vocería de los que amo, a nombre de mi hermano, de mis compañeros e incluso de mi Zeke; asumo hoy, frente a todo el planeta, mi responsabilidad cívica.
Respiré hondo, sabiendo que no había vuelta atrás.
—Me autoproclamo, bajo el amparo legal del Tratado T.E.D.N.A., como el enlace diplomático y la voz defensora de los territorios externos.
Aurora Bay es mi pueblo.
Y desde hoy, seré su voz, representándolos ante este Consejo.
Porque una verdadera civilización no se mide por sus fiestas, sino por cómo trata a los que no están invitados a ellas.
Hubo un jadeo colectivo en el salón.
Pero yo seguía mirando a la cámara, enviándole un mensaje silencioso a Zeke y a Matthew, incluso a Abby: No me he rendido.
Estoy peleando desde adentro.
Arthur no se movió.
Su sonrisa estaba congelada, una máscara.
Sentí cómo su cuerpo irradiaba una furia, pero atrapado en su propia trampa de “familia perfecta”.
No tuvo opción.
Aplaudió.
Un aplauso lento, rígido y letal.
Y obligó a todos a aplaudir conmigo.
Tomo el micrófono nuevamente.
—¿No les dije que era adorable?
Toda una Woods, porque los Woods tomamos siempre el liderazgo.
Creamos formas en donde no las hay por los que amamos, y mi hija aquí está totalmente aceptada en el consejo, incluso si es para defender a los que se fueron y no se quisieron quedar.
No le creí ni una sola palabra de las que salieron de su boca; sin embargo, ahí parada hablándole a los míos, seguía sonriendo porque sabía que había convertido su jaque en mi victoria.
Después de varias fotos y algunas felicitaciones silenciosas por mi discurso, la fiesta siguió, y mientras todos bailaban y disfrutaban, Arthur, al bajar del escenario, me tomó del brazo haciendo que lo siguiera.
—¿Sabes lo estúpido que fue eso que hiciste ahí arriba?
Eres tan tonta, que no sabes cómo afectas a los que te están cuidando —dijo con ese desdén que daba náuseas.
—¿Ahora qué?
¿Crees que con lo que hiciste vas a cambiar el mundo?
—dijo con su voz burlona—.
Hija, hay veces que debemos dejarles las cosas a aquellos que saben hacerlas; te estás equivocando, pero no voy a evitarlo.
Este había sido su último acto de agresión; la Annie que se callaba había muerto en la nave, el disfraz se había caído.
Sentí su mano en mi mejilla, acariciándola como diciendo “Niña tonta” me aparté con fuerza sin decir una sola palabra.
Vi cómo se apartó para irse.
Después de eso me hice a un lado; la rabia aún seguía ahí, pero tenía que analizar cómo se movería todo después de lo que había hecho; veía el panorama desde lejos.
Arthur y las personas del consejo se reunieron; la tensión era palpable.
Sabía que le estaban reprochando por mi acto, porque lejos de lo que ellos querían, que era mantener a las personas con miedo, lo que había hecho yo les decía a los rebeldes: “Pueden irse, pueden explorar y serán reconocidos como héroes”.
—Lo que hiciste ahí fue valiente —dijo una voz que venía detrás de mí; era Dorian, quien en sus manos traía dos copas con champán.
—Era lo que tenía que hacer, lo hice por los míos.
—dije recibiendo la copa que me ofrecía, dándole un sorbo.
—¿Sabes que eso que hiciste allá es solo el comienzo?
Declaraste una guerra, abriste el camino de muchos que se fueron; no es fácil enfrentarse a ellos.
—su voz clara como una advertencia—.
No me tomes a mal, yo no estoy de acuerdo con eso; ellos pueden ser muy cerrados en sus ideas, créeme, sé de lo que te hablo; también intento cambiar las cosas desde adentro.
Lo miré con curiosidad; estaba ofreciéndome su apoyo, era como si me uniera a una causa rebelde que se levantaba desde las sombras.
No dije nada más, solo levanté mi copa hacia él y le sonreí.
Después de unas horas y después de que todas las personas ya se habían ido, caminamos al carro uno al lado del otro; no había palabras.
Él abrió la puerta de su carro y el conductor del carro de los Woods abrió la puerta del carro que nos llevaría a casa.
Me despedí de él con la promesa de que nos volveríamos a ver en algún momento.
Apenas entramos a la mansión y la puerta se cerró, la máscara cayó.
Mía ya había sido enviada a dormir, afortunadamente.
Arthur se giró, pero no hacia mí.
Fue directo hacia Lía, buscando dónde descargar la humillación que acababa de sufrir.
—¿Crees que no te vi?
—su voz era baja, peligrosa—.
Llorando en el jardín como una niña débil, ¿qué van a creer las demás personas, que los Woods vamos y nos escondemos a llorar?
—Arthur, por favor…
—Intentó intervenir Alexandra, pero él la ignoró.
—¡Necesitamos esos votos!
—gritó Arthur, perdiendo la compostura por primera vez—.
Tu hermana cree que es una heroína; la gente piensa que aquí no hay autoridad, empezamos a caer en las encuestas y ahora, más que nunca, necesitamos disipar toda la atención; necesitamos darles algo de qué hablar para mantener el control.
El compromiso se anuncia mañana.
—¡No!
—Lía retrocedió, temblando, pero manteniéndose en pie—.
No lo haré, papá.
No me casaré con Mattia.
No lo amo.
—¿Amor?
—Arthur la agarró del brazo, arrastrándola hacia él con una violencia contenida, intimidante—.
¿Crees que esto se trata de tus caprichos románticos?
¡Se trata de supervivencia!
¡Te estoy dando un futuro asegurado!
¡Lo hago porque te amo y sé lo que es mejor para ti, niñita estúpida!
—¡No es amor!
—gritó Lia, llorando—.
¡Amo a Kael!
¡Él sí me ve!
La cara de Arthur se transformó.
El asco y la furia se mezclaron.
Apretó más el brazo de Lía, haciéndola gemir de dolor.
—¿Un mecánico?
¿Vas a tirar tu vida a la basura por un mecánico de subsuelo?
No voy a permitir que te arruines la vida.
—¡Suéltala!
—Mi grito rompió la escena.
Me interpuse entre ellos, empujando a Arthur para que soltara a Lía.
Me planté frente a él con una mirada de furia absoluta, cubriendo a mi hermana con mi cuerpo.
Lion corrió.
Inmediatamente, hacia Lía, abrazándola y llevándola unos pasos atrás, protegiéndola mientras ella sollozaba en su pecho.
Miré a Arthur.
Ya no era mi padre.
Era un tirano asustado; se habían caído las máscaras y no pude ocultar más mi odio.
—No la vuelvas a tocar.
—Tú no te metas, Annie —gruñó Arthur, respirando agitado—.
Esto es disciplina familiar.
Ella es mi hija y aún es menor de edad.
—Ella es una persona, no una cortina de humo que vas a utilizar cuando las cosas no salen como tú quieres —le espeté—.
Y si intentas forzar este matrimonio, Arthur, te juro que usaré cada gramo de esa inteligencia que tanto elogiaste hoy para destruirte.
—¿Me amenazas en mi propia casa?
—Te prometo —corregí, dando un paso hacia él, invadiendo su espacio—.
Tengo veintiún años.
Soy legalmente adulta e independiente.
Si la obligas, solicitaré la custodia legal de Lía y Lion e incluso de Mía ante el Tribunal Supremo, alegando incompetencia moral y coacción emocional.
¿Quieres que llevemos esto a la corte y expongamos cómo “amas” a tus hijos?
Arthur se quedó petrificado.
Miró a Lía llorando en brazos de Lion, luego me miró a mí, sus ojos inyectados en sangre pero calculadores.
Sabía que no estaba bromeando; al momento de actuar, no lo dudaría.
Sabía que yo era, irónicamente, la hija digna que él quería, y por eso mismo, era su mayor amenaza.
—Esto no se ha terminado —susurró, arreglándose el saco con un movimiento brusco—.
Vayan a sus habitaciones.
Todos.
Se dio la vuelta y se encerró en su despacho, dando un portazo que retumbó en toda la casa.
Me giré hacia mis hermanos.
Lía seguía temblando, aferrada a Lion.
Me acerqué a ellos y los abracé a los dos, fuerte, en medio del pasillo frío.
En ese momento, en medio del naufragio de esa familia, supe que habíamos formado algo irrompible.
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