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Nosotros en las estrellas - Capítulo 59

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  3. Capítulo 59 - 59 58- Sign of the Times
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59: 58- Sign of the Times 59: 58- Sign of the Times Canción sugerida: Sign of the Times – Harry Styles Acompañé a Lia a su habitación; sabía que lo que acababa de pasar no solo me afectaba a mí.

Era la primera vez que Lia se enfrentaba a lo que quería y encontraba su voz y, aunque sé que le prometí que lucharía por ellos, por su custodia, si Alexandra y Arthur seguían imponiéndoles sus ideas a los tres, se sentía como si cargara el peso del mundo con esa promesa.

Vi cómo el sueño la derrotaba y las lágrimas empezaban a dejar caer; ahora todo era silencio, a excepción del suave ritmo de la respiración de Lía, que en ese momento se convertía en la única ancla que me mantenía en la realidad.

Durante la siguiente hora me mantuve a su lado, acaricié su cabello, apartando un mechón rebelde de su frente, y me quedé allí, observando cómo el sueño borraba las líneas de preocupación que ninguna niña de su edad debería tener.

Sabía que necesitaba compañía real, algo tangible; no bastaba con palabras de consuelo o promesas vacías de seguridad.

Necesitaba sentir que, si despertaba en medio de la oscuridad por una pesadilla, habría una mano cálida lista para sostenerla.

Le subí la cobija con cuidado milimétrico hasta que quedó bien cubierta, asegurándome de que el frío nocturno de Villa Cristal no se colara entre las sábanas.

Me puse de pie despacio, sintiendo cómo mis propias articulaciones crujían en protesta por la tensión acumulada del día.

Al apagar la luz, la habitación quedó sumida en una penumbra azulada, cortesía de las dos lunas que brillaban fuera, indiferentes a nuestros dramas.

Salí de su habitación con pasos ligeros, pero el silencio del pasillo me golpeó con una fuerza física.

Era un silencio denso, muy diferente al vacío estéril del espacio; este era un silencio lleno de ecos, de vidas que intentaban encajar en un molde que no les pertenecía.

Y fue imposible, en medio de esa quietud doméstica, no pensar en Zeke.

Caminé hacia mi habitación arrastrando los pies, sintiendo un agujero en el pecho que se expandía con cada paso.

Extrañaba su compañía de una manera que me asustaba.

No era solo extrañar su presencia física o la seguridad arrogante con la que recordaba que él caminaba por los pasillos de la nave; extrañaba el desafío.

Extrañaba la forma en que su mente afilada chocaba contra la mía, obligándome a ser mejor, más rápida, más fuerte.

Aquí, rodeada de mi sangre, de mi “verdadera” familia, me sentía paradójicamente más sola que lo que me había sentido hacía años cuando éramos solo Matt y yo.

Al entrar en mi cuarto, el destello blanco de un papel sobre la madera oscura de la mesa de noche capturó mi atención.

Mi corazón dio un vuelco violento contra mis costillas antes de que mi cerebro pudiera procesar lo que veía.

No había remitente en el sobre, pero no lo necesitaba.

Conocía esa caligrafía: trazos firmes, angulosos, precisos.

Una letra que no dudaba.

Zeke.

Me senté en el borde de la cama, sintiendo cómo el colchón se hundía bajo mi peso, y tomé el sobre con manos que temblaban ligeramente.

Romper el sello se sintió como desactivar una bomba o abrir un regalo prohibido.

Desplegué la hoja.

Olía levemente a ese aroma característico de Zeke, ese olor de la esencia que una vez hizo; quería que su paso se notara por donde pasara, una mezcla con menta azul y madera.

Recuerdo decirle cuánto amaba su olor y, aun a la distancia, podía reconocerlo.

Abrí el sobre, sacando la hoja que guardaba adentro.

“Annie, Llevo ocho horas intentando comenzar esta carta; sabes que no se me dan los mensajes cursis o expresar lo que siento, pero intentaré dejar todo de mí aquí.

Primero que todo, te extraño.

Te extraño en cada segundo de mi vida, en la mañana al despertar y ver tu cara a mi lado o tu forma tan curiosa y única de tomar el mando de todo, incluso cuando no lo creías.

Tú llegaste y fuiste el caos.

Fuiste la que desordenó mi universo perfectamente alineado.

Y ahora que no estás, que todo es silencio, me doy cuenta de que odio la perfección.

Odio la forma en la que nadie cuestiona lo que digo.

Vi lo que hiciste hoy, estoy orgulloso de la mujer en la que te has convertido; tienes esa fuerza que por fin decidiste compartir con el mundo.

Pero no solo te vi yo, todos aquí en Aurora te vimos.

Mantén tu posición en el Consejo mañana.

No dejes que Arthur te intimide; él juega con el miedo, pero tú juegas con la esperanza, y estadísticamente, la esperanza es más resistente.

Recuerda lo que eres: no eres una falla en el sistema, Annie.

Eres la gravedad que mantiene mi mundo unido.

Matt está bien, tengo que decir que es increíble; debo confesarte que empiezo a verlo como un hermano y entiendo por qué lo amas tanto.

Cada vez que lo veo tratar a Abby, me doy cuenta de que al crecer tuviste al mejor hermano de la vida cuidándote.

Abby, está bien, Ann, cada vez el bebé está más grande y saludable.

Te confieso que nos imagino a nosotros algún día cuando vuelvas con la misma esperanza de tener a nuestro propio bebé.

No tardes.

El espacio entre nosotros se siente infinito, pero sé que ridículamente pequeño en realidad.

Tuyo, aunque la lógica dicte lo contrario.

Siempre nosotros en las estrellas.

Z.” Apreté el papel contra mi pecho, cerrando los ojos con fuerza, me levanté de la cama y salí al balcón; necesitaba sentirme cerca de él; al menos veíamos las mismas estrellas.

No era una simple carta; era una rendición.

Zeke Kavan, el hombre que creía ser una máquina, admitiendo que no funcionaba sin mí.

Sentí cómo las lágrimas empezaban a salir y recorrer mi cara, trazando un camino caliente por mi mejilla.

Esa carta había traído una fortaleza que no sabía que necesitaba.

Me quedé ahí mirando al cielo por unas horas más, como si así recortara el espacio que se sentía cada vez más.

Al día siguiente, el sol de Percevalis se coló por las ventanas con una intensidad dorada mientras me vestía.

Elegí ropa que no se pareciera a los uniformes de Génesis, ni tampoco a la ropa civil suave de Villa Cristal.

Me vestí con algo intermedio, práctico y serio.

Me miré al espejo una última vez y salí dispuesta a reclamar lo que era nuestro, lo de todos.

La mañana se sintió como una película puesta en cámara rápida.

Bajé a la sala, desayuné y salí al consejo.

Tomé el rover que estaba en el estacionamiento y conduje hasta el centro de Villa Cristal, donde el edificio del consejo se ubicaba.

Entré al edificio y subí al último piso, donde se ubicaba la sala del consejo; era una sola planta, el piso estaba cubierto con un tapete de los mejores materiales, las mesas ubicadas en un óvalo gigante.

Me senté en una de las sillas vacías, dejando atrás la calidez de la mañana para entrar en una sala diseñada para intimidar.

Me senté frente a los representantes de las otras facciones y, lo más difícil, frente a mis padres.

Arthur estaba al otro lado de la mesa, con esa postura rígida de siempre, como si tuviera una vara de acero en lugar de columna vertebral.

A su lado, Alexandra revisaba unos documentos digitales con una calma que me ponía los nervios de punta.

Se habló de varios temas, como las reservas energéticas o las hídricas, pero luego llegó el tema, el porqué estaba ahí, Aurora Bay.

—Pasemos al tema Aurora Bay —dijo pasando la página en su tablet—.

—Vamos al grano, Annie —dijo Arthur.

Su voz resonó con una calma que daba miedo—.

¿Qué quieres?

—Quiero que se nos reconozca como lo que somos: una comunidad, no un campamento temporal —respondí, manteniendo la espalda recta.

Arthur soltó una risa seca, sin humor.

—Una comunidad…

Annie, seamos realistas.

Según mis informes, ustedes consumen nuestra agua y nuestra energía, pero no nos devuelven nada.

En términos simples: son una carga.

Un parásito que la Colonia Central está cansada de alimentar.

Sentí el golpe de la palabra “parásito”, pero no dejé que se notara.

—No somos una carga, somos una inversión —repliqué—.

Nuestros cultivos en suelo rojo están creciendo el doble de rápido que los suyos en los laboratorios.

Mientras ustedes comen puré sintético, nosotros tenemos comida real.

Una mujer del sector de Ciencia me interrumpió con desdén: —No podemos basar el futuro de la humanidad en los experimentos de jardinería de unos adolescentes.

—Esos “experimentos” nos dieron de comer cuando sus máquinas fallaron la semana pasada —le solté, girándome para mirarla a los ojos.

La sala se quedó en silencio.

Nadie hablaba de los fallos técnicos de la Colonia, era un tema tabú.

Arthur se inclinó hacia adelante, entrelazando los dedos sobre la mesa.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Muy bien.

Digamos que te doy lo que quieres —dijo Arthur suavemente—.

Si firmo este papel, retiro a mis guardias.

Quedan fuera de nuestra red de protección.

Si una bestia del bosque los ataca, o si se enferman, o si se quedan sin luz…

nadie irá a salvarlos.

¿Estás lista para explicarles a esos niños que están solos por tu orgullo?

Era una trampa clásica.

Quería asustarme, hacerme sentir culpable.

Me puse de pie despacio.

Apoyé las manos sobre la mesa y me incliné hacia él.

—La pregunta no es si nosotros podemos sobrevivir sin ustedes, Arthur.

La pregunta es si ustedes pueden darse el lujo de perdernos.

Él arqueó una ceja.

—¿Ah, sí?

—Si me dices que no hoy —continué, bajando la voz para que todos prestaran atención—, Aurora Bay no va a desaparecer.

Pero dejaremos de compartir.

Esa comida real que estamos cosechando se quedará con nosotros.

Los datos médicos que he descubierto sobre el planeta…

se quedarán en mi cabeza.

Miré a los demás consejeros.

—Pueden seguir tratándonos como niños rebeldes, o pueden aceptarnos como socios.

Ustedes necesitan nuestra comida, nosotros necesitamos su tecnología para seguir desarrollando la nuestra.

Es un trato simple.

Socios, no subordinados.

El aire en la sala cambió.

Ya no me miraban como a la hija del jefe, sino como a alguien que tenía algo que ellos querían.

El encargado de Logística carraspeó, nervioso.

—Señor Director…

si garantizan el suministro de alimentos…

nos ahorraría muchos problemas de energía.

Arthur miró al hombre con frialdad y luego volvió a mirarme a mí.

Por un segundo, vi algo extraño en su cara.

No era enojo.

Era…

¿Respeto?

—Condiciones —dijo seco.

—Leyes propias.

Fronteras respetadas.

Y quiero voz y voto en esta mesa cuando se tomen decisiones que nos afecten —exigí.

—Voz, pero sin voto hasta dentro de dos años —contraatacó él, rápido.

—Voz y voto en asuntos del exterior.

Lo interno de Villa Cristal es suyo —negocié.

Arthur sostuvo mi mirada unos segundos eternos.

Era una partida de póker y ninguno iba a parpadear.

Finalmente, sacó su pluma del bolsillo.

—Hecho.

Firmó el papel con un trazo rápido y agresivo, y lo deslizó por la mesa hasta que se detuvo frente a mí.

—Tienen su libertad, Annie —dijo, recostándose en su silla—.

Y son responsables de su propia supervivencia.

No vengas a tocar mi puerta cuando el frío apriete.

Tomé el papel.

El papel pesaba menos de un gramo, pero sentí que cargaba toneladas.

—No te preocupes —dije, guardándolo—.

Aprenderemos a abrigarnos solos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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