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Nosotros en las estrellas - Capítulo 6

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6: 5- Ocean Eyes 6: 5- Ocean Eyes Canción sugerida: Ocean Eyes – Billie Eilish La revelación solo hizo que todo fuera aún más confuso de lo que ya era.

¿Cómo podían dos hermanos ser tan distintos?

Pensaba en Matthew y en mí.

Nos gustan cosas diferentes, tenemos formas opuestas de ver el mundo, pero cualquiera que nos mirara sabría al instante que somos familia.

Hay algo invisible, una conexión que no se explica, pero que sientes en los huesos.

Con Zeke y Christopher, en cambio, no había nada.

Eran como dos extremos de un mismo universo.

Me reí de la ironía; si hubiera conocido primero a Christopher, aseguraría que los Kavan eran personas con las que me relacionaría, pero, por desgracia, mi primera impresión de ellos había sido el cretino robótico de Zeke.

Seguimos caminando, recorrimos toda la nave hasta llegar al que por unos días iba a ser el centro médico de la nave.

Era tal cual alguna vez había imaginado; siempre había soñado con trabajar en medicina.

Era lo único que realmente quería hacer.

En parte, porque me hacía sentir cerca de mis padres, los médicos más reconocidos de la ciudad antes del Quiebre.

Seguir ese camino era como mantenerlos vivos, como si, de alguna forma, todavía me acompañaran.

Pero también lo hacía porque sanar, ayudar, encontrar respuestas… me daba sentido.

Era la forma que tenía de creer que servía para algo.

Y justo cuando mi sueño parecía cumplirse, se convirtió en mi peor pesadilla: tenía que trabajar bajo las órdenes de Zeke Kavan.

Las siguientes horas fueron como una demostración de poder.

Nos guio por toda el área médica, y aunque me costara admitirlo, el lugar era impresionante.

Las salas de operaciones parecían sacadas de una película: brazos robóticos que podían moverse con precisión quirúrgica, escáneres holográficos que proyectaban órganos flotando frente a ti, láseres que reparaban tejidos microscópicos sin una sola incisión.

Todo era perfecto, ordenado, clínico… demasiado perfecto.

Mientras explicaba cómo funcionaban los equipos, su voz —normalmente tan fría y cortante— cambió.

Por un momento sonaba diferente, más viva.

Hablaba con una pasión que me descolocaba.

Había orgullo en cada palabra, y esa seguridad casi hipnótica hacía que la gente lo siga sin pensarlo demasiado.

Me irritó, porque en el fondo sabía que tenía razón en todo lo que decía.

Era brillante, y eso me molestaba más que cualquier otra cosa.

Pero el encanto duró poco.

Apenas terminamos el recorrido, volvió el Zeke de siempre: seco, autoritario, insoportable.

Empezó a asignar las funciones del equipo.

—Christopher, laboratorio de diagnóstico.

Matthew, cirugía.

Sofía, bases de datos.

Iba nombrando uno a uno los puestos importantes, los que requerían precisión y cerebro.

Con cada nombre, sentía que el suelo se encogía un poco más debajo de mí.

Quedábamos menos y menos.

Y los roles que seguían apareciendo eran cada vez más… secundarios.

Mantenimiento, limpieza, registro.

Todo lo que nadie quería, pero que alguien tenía que hacer.

Hasta que, finalmente, solo quedé yo.

El silencio en la sala se volvió incómodo.

Pude sentir cómo algunos me miraban de reojo, esperando ver qué haría conmigo el gran Zeke Kavan.

Revisó su tableta con la misma calma con la que se revisa una lista de inventario, como si yo ni siquiera estuviera ahí.

No aguanté más.

Respiré hondo y, aunque la voz me temblaba un poco, me obligué a hablar.

—¿Y yo?

—pregunté—.

¿Qué voy a hacer?

Zeke levantó la vista despacio.

Su mirada era tan fría que me recorrió como una corriente eléctrica.

Observó alrededor, evaluando, como si buscara un rincón donde dejarme sin que estorbara.

—Tú… —Arrastró la palabra, con ese tono que usaba para recordar a los demás que estaba en control— serás mi asistente.

Sentí que la palabra me caía encima como un ladrillo.

Asistente.

No médica, no investigadora.

Solo “la que ayuda”.

La que organiza papeles.

La que limpia después del genio.

El calor subió a mis mejillas al instante.

No podía creerlo.

No quería, no podía; ser su asistente significaba pasar tiempo encerrada con el tipo más insoportable y egocéntrico de la nave.

El que me había hecho sentir invisible desde el primer día.

Pero incluso aunque odiara la idea, él tenía el control, y tenía que hacer lo que él dijera.

Vi cómo dio media vuelta y caminó hacia su oficina, sin siquiera comprobar si lo seguía.

Porque estaba segura de que daba por hecho que lo hacía; lo peor es que no tenía opción.

Entré detrás de él y me encontré con un espacio tan pulcro y frío como su dueño.

Estaba diseñado para él.

Todo estaba perfectamente ordenado: escritorio sin una mota de polvo, pantallas flotantes, instrumentos alineados como soldados.

Dejó su tableta sobre la mesa con un golpe seco.

—Esta será tu terminal —dijo, señalando una pequeña pantalla al fondo del cuarto—.

Te encargarás de mis horarios, transcripciones y de mantener lejos a cualquiera que intente interrumpirme.

¿Entendido?

Asentí sin confiar en mi voz.

—Bien.

Ahora necesito el informe de la simulación catorce-B.

Está en los archivos.

Tráemelo.

Eso fue todo.

Se sentó, giró su silla y empezó a trabajar, dándome la espalda como si ya no existiera.

Me giré hacia mi ahora cárcel, mi terminal, como él le había llamado; me quedé quieta unos segundos mirando la pantalla, intentando entender por qué me temblaban tanto las manos.

Cuando por fin salí de mi trance, tomé aire y caminé hacia la puerta sin hacer ruido, intentando no pensar demasiado.

Y entonces ocurrió.

Al girarme para salir, choqué de frente con él.

No lo había escuchado levantarse.

Mi frente golpeó su pecho y por un instante sus manos se posaron en mis brazos, firmes, para estabilizarme.

Fue un segundo, pero bastó.

Sentí el calor de su piel a través del traje, el olor metálico y limpio de su cuerpo, y esa corriente invisible que me recorrió de arriba a abajo antes de que pudiera reaccionar.

Levanté la vista y nuestros ojos se encontraron.

Estábamos tan cerca que podía ver el reflejo de las luces del laboratorio en sus pupilas.

Todo lo demás desapareció.

La nave, el laboratorio, la misión… todo se desvaneció.

Solo existía ese instante que no sabía cómo explicar.

Zeke fue el primero en romperlo.

Se apartó con brusquedad, con la misma fuerza con la que me había sujetado.

—Ten más cuidado —dijo, y su voz, por primera vez, sonó más baja, más… humana.

No contesté.

Simplemente, asentí, saliendo de la oficina lo más rápido que podía; necesitaba huir.

Mi corazón estaba acelerado; aún tenía la piel ardiendo, las manos temblorosas y mi mente intentando encontrar un razonamiento lógico para algo que evidentemente no lo tenía.

Caminé rápido; necesitaba despejarme, no era lógico que mi mente produjera tantos pensamientos.

No me lo iba a permitir, no con él.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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