Nosotros en las estrellas - Capítulo 60
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60: 59- The Archer 60: 59- The Archer Canción sugerida: The Archer – Taylor Swift La adrenalina de la victoria en el Consejo comenzó a disiparse, dejando tras de sí un residuo amargo.
Había usado el tratado T.E.D.N.A., había blindado legalmente a Aurora Bay y había mirado a mi padre a los ojos sin pestañear.
Pero la victoria no llenaba el vacío que sentía en el estómago; faltaba algo, algo que creía era mi familia, la que había elegido.
Extrañaba a Matt, pero también a Zeke, Abby e incluso a Chris.
Unas horas después, aprovechando que los temas que debíamos resolver y por lo que estaba allí, se habían terminado temporalmente, al menos en la política, me levanté de la silla.
Necesitaba aire.
Me acerqué a los grandes ventanales al final del pasillo; desde allí se podía ver toda la montaña e incluso más allá; se sentía como si en la distancia pudiera encontrar las respuestas que los documentos no me daban.
Vi el reflejo de Alexandra acercándose a mí antes de escuchar sus pasos.
Era la primera vez que intentaba aproximarse sin la máscara de “Líder de Génesis” o “La madre perfecta”.
Sin embargo, en su cara se sentía que faltaba algo, que no era ella.
Desde que había llegado a Percevalis, los sentimientos no eran algo que la definieran, pero esta vez era diferente.
Esa sonrisa, una sincera…
era algo que pensé nunca volvería a ver.
—Ha sido…
intenso —dijo ella.
Pero había algo más.
La observé con la claridad que me habían inculcado en medicina: su piel tenía un tono grisáceo, casi traslúcido bajo las despiadadas luces fluorescentes del pasillo.
Las venas de sus sienes se marcaban demasiado, como ríos azules en un mapa de papel pergamino a punto de romperse.
Intenté darle una razón lógica, pero no alcanzaba a dimensionar el cambio; debía haber algo, pero fue allí, cuando mi mirada en ella intentaba solucionar algo que no sabía si tenía respuesta, cuando la sala del Consejo desapareció y mi mente viajó en el tiempo, a una velocidad vertiginosa, hacia un recuerdo que creía enterrado bajo los escombros del Gran Quiebre.
Estábamos ahí, en esa casa, que solíamos llamar hogar en la tierra.
La vi a ella; no era la misma Directora, solo era mamá.
Estaba sentada en el borde de mi cama, con el cabello suelto cayendo como una cascada oscura sobre sus hombros, sin el moño estricto que ahora definía su existencia.
Olía a vainilla y a lluvia.
Me estaba curando una raspadura en la rodilla, soplando suavemente sobre la herida.
“Sana, sana…”, susurraba, y luego me miraba con unos ojos que no eran grises ni fríos, sino cálidos.
Esa mujer me abrazaba como si temiera que el mundo me rompiera.
El recuerdo se disolvió tan rápido como vino, dejando un sabor amargo en mi boca.
Un anhelo punzante me atravesó el pecho: el deseo infantil y desesperado de que nada hubiera pasado, de que Génesis nunca hubiera existido y de que esa mujer cálida siguiera ahí, en lugar de la estatua de hielo con la que constantemente estaba en guerra.
De repente, Alexandra se llevó una mano al pecho, apretando la tela de su chaqueta y tosió.
No fue una tos de garganta irritada; fue un sonido seco, profundo, cavernoso.
Un sonido de algo que se rompe por dentro y que sacudió sus hombros con una violencia que la hizo parecer pequeña, casi humana.
—¿Estás bien?
—pregunté, el instinto médico, rompiendo mi postura de hija rebelde y líder desafiante.
Di un paso hacia ella, olvidando por un segundo que éramos enemigas.
Vi cómo se enderezó rápidamente, recomponiendo su máscara de perfección en menos de un segundo, aunque sus manos aún temblaban.
Se alisó la chaqueta; cuando notó que la estaba escaneando, la ropa no tenía ni una arruga, pero aun así trataba de esconder su temblor.
—Es solo el cambio de filtros de aire del edificio, querida.
Están reciclando el oxígeno demasiado rápido.
No te preocupes.
—Su voz sonó rasposa, pero intentó suavizarla, intentó buscar esa cercanía que habíamos perdido hace una vida, pero se notaba que había olvidado cómo hacerlo.
Era torpe, casi artificial—.
Concéntrate en tu victoria, Annie.
Lo hiciste bien hoy.
Salir de ese edificio se sintió como emerger de las profundidades del océano antes de ahogarse.
El aire exterior era fresco y olía a tierra y vegetación nueva.
Necesitaba alejarme un poco; sentía como todo el drama se empezaba a apoderar de mí, empezaba a perder la razón, ya no diferenciaba entre quién era bueno o malo.
Caminé hacia el garaje de vehículos terrestres.
Había prometido recoger a mis hermanos del centro educativo.
Me subí al rover, un vehículo todoterreno con ruedas enormes y una suspensión diseñada para cráteres, no para carreteras asfaltadas.
Me senté en el asiento del piloto y miré el tablero lleno de botones análogos y, aunque en la mañana ya lo había conducido, aún no entendía bien cómo funcionaba.
Mis manos se posaron en el volante.
Suspiré, apoyando la frente en el cuero sintético un segundo.
Era irónico.
Estaba a punto de irme, de dejar Villa Cristal, y apenas estaba aprendiendo a moverme en ella.
Mi pasado estaba allá arriba, en el espacio, en ecuaciones perfectas y silenciosas.
Pero mi futuro estaba a unos cientos de kilómetros, en el caos de Aurora Bay junto a Zeke.
Sin embargo, mi presente era este vehículo tosco, ruidoso y lleno de fricción que no sabía controlar.
Empezaba a relacionar mi vida con ese rover; últimamente empezaba a sentirme atrapada en un tránsito eterno, siempre a punto de partir, nunca terminando de llegar.
Era como conducir en círculos cuando crees que estás avanzando en línea recta.
Giré la llave.
El vehículo dio un salto brusco hacia adelante en cuanto toqué el acelerador, y tuve que frenar de golpe antes de estrellarme contra una columna de hormigón.
—Suave, Annie, suave —murmuré, con el corazón en la garganta—.
Esto no es propulsión a chorro, es tracción simple.
Aquí la gravedad sí importa.
Para cuando llegué a la escuela, mis manos estaban sudorosas, pero el rover seguía de una pieza.
Los chicos salieron en tropel.
Lion, con esa postura encorvada de quien carga demasiado, fue el primero en verme.
Sus ojos, usualmente ansiosos por la presión que le imponía Arthur, se iluminaron con sorpresa.
Lía venía detrás, siempre observadora, con Mía, agarrada de su mano.
—¡Suban antes de que me arrepienta!
—les grité, bajando la ventanilla.
Lía se sentó adelante como copiloto, lanzándome una mirada evaluadora que me recordó dolorosamente a Alexandra.
Necesitaba saber qué le estaba pasando; sacudí la cabeza sabiendo que en ese momento debía concentrarme en ellos, en Lion, Lia y Mía.
Lion ayudó a subir a Mía atrás y se sentó junto a ella.
El viaje de regreso fue una mezcla de terror y euforia; era la primera vez desde que estaba en Percevalis que la rutina empezaba a atraparme; en ese momento no pensaba más, sino en ellos tres.
Salí de mi trance cuando la voz de Mía fue más fuerte que mis pensamientos.
—¡Cuidado con el árbol!
—gritó desde el asiento trasero, señalando una conífera gigante con su dedo pequeño.
—¡Lo vi, lo vi!
—respondí, girando el volante con más fuerza de la necesaria.
El rover dio un bandazo hacia la izquierda, levantando una nube de polvo.
Lion soltó un grito ahogado que intentó disimular, pero al ver que no moríamos, estalló en una carcajada nerviosa.
Hacía semanas que no lo escuchaba reír así, sin el peso de los exámenes de ingreso a la Academia de Liderazgo, aplastándole el pecho.
—Annie, vas a matarnos antes de que llegue la hora de la cena —se burló Lia, agarrada del asa de seguridad con los nudillos blancos—.
¿Segura de que en el espacio enseñaban a conducir cosas con ruedas?
—En el espacio no teníamos ruedas, Li, pero confía en mí, tengo todo bajo control —mentí descaradamente, logrando estabilizar el vehículo en el camino—.
Además, conducir es…
liberador.
Sientes cada piedra, cada bache.
Es real.
Eres tú y el camino.
Vi cómo todos reían; era liberador, no solo para mí, sino para todos.
El camino se llenó de “Mira eso”, “Cuidado, Annie” e incluso un “Deberíamos hacer esto más constante”.
Y esa última era la que más daño me hacía porque sabía que pronto tendría que irme y quizá no podría verlos en un largo tiempo.
Vi por el retrovisor sus caras; estaban felices.
En ese momento decidí que iba a hacer que cada segundo que nos quedara juntos iba a valer la pena.
Ese día no fuimos directamente a casa.
Los llevé a una colina alta desde donde se podía ver todo el valle de Percevalis y, a lo lejos, la mancha urbana donde vivían los “aristócratas” del Éxodo I, e incluso en lo alto donde estaba nuestra casa.
Nos sentamos en el capó del rover, con las piernas colgando, mientras comíamos raciones de barritas energéticas de chocolate.
El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de púrpuras y naranjas violentos; el ambiente se volvió más tranquilo.
Mía, que había estado persiguiendo a un insecto brillante de color azul eléctrico entre los matorrales, regresó corriendo y se apoyó en mi brazo.
Me miró con esa curiosidad brutalmente honesta que solo tienen los niños de cuatro años.
—¿Te vas a quedar para siempre, Annie?
La pregunta flotó en el aire, pesada, deteniendo el movimiento de Lion masticando su barrita.
Lía se tensó a mi lado.
Sabía por qué preguntaban; sabía que el miedo a que desapareciera de nuevo era palpable.
Lion me miró, y vi en sus ojos el pánico silencioso del que nunca hablaba con la misma pregunta.
Pude haber mentido.
Hubiera sido lo fácil.
Decirles “sí, nunca me iré”.
Pero miré a Lía, que me observaba con intensidad, sabiendo la verdad sobre mis planes con Zeke y Aurora Bay.
Luego miré el horizonte, hacia el oeste, donde las montañas ocultaban el territorio rebelde.
—No lo sé, Mía —dije suavemente, pasándole el brazo por los hombros y atrayéndola hacia mí.
Olía a tierra y a niña pequeña—.
Pude encontrar un hogar; está aquí con ustedes, pero si les soy honesta, también extraño a los míos, a mí Zeke, a Matt, a Abby, a Chris.
Ellos son mi lugar.
Señalé el horizonte.
—Algún día tendré que irme, quizás.
Pero eso no significa que los deje.
Las familias de verdad no se rompen por la distancia, ni por los kilómetros.
Son como las estrellas; aunque estés en otro lugar del mapa y no las veas por el sol, sabes que siguen brillando bajo el mismo cielo.
Lía asintió lentamente, entendiendo lo que Mía aún procesaba como un cuento.
—Mientras no desaparezcas del radar —murmuró Lion, con voz baja—, supongo que podemos manejar la distancia.
Solo…
no te vuelvas un fantasma, Annie.
Ya tuvimos suficientes fantasmas en esta casa.
Su comentario me dolió más que cualquier golpe físico, pero asentí, prometiéndole con la mirada que, esta vez, la despedida no sería un adiós.
El camino de regreso a casa estuvo marcado por ese silencio reflexivo.
El cielo ya estaba completamente oscuro y las dos lunas iluminaban el camino de entrada con una luz plateada fantasmal.
Estacioné el rover frente al porche, esta vez con mucho más cuidado y sin casi chocar con las macetas y apagando el motor.
Los niños bajaron con sus mochilas, mientras yo intentaba apagar el carro; a la distancia, la figura de Arthur se recortaba contra la luz cálida que salía de las ventanas.
Estaba en el porche, sentado en una de las sillas de madera rústica.
No estaba trabajando.
No tenía una tableta en la mano, no estaba revisando informes ni dando órdenes por un comunicador a sus subordinados.
Estaba simplemente allí, con una copa de vino sintético en la mano, mirando la nada.
Lion y Lia pasaron rápido a su lado, murmurando un “buenas noches” temeroso, llevándose a Mía con ellos para no romper su burbuja.
Él simplemente asintió, un gesto mínimo, casi imperceptible.
Cuando pasé yo, me detuve, tensando los hombros instintivamente, esperando el comentario mordaz sobre mi conducción temeraria o una crítica tardía sobre mi insolencia en la reunión del Consejo.
—El freno de mano —dijo.
Su voz fue baja, carente de la agresividad habitual; levanté la cabeza intentando entender lo que decía, con la mano ya en el pomo de la puerta del rover.
—¿Qué?
Arthur dio un sorbo a su vino y señaló el rover con la copa, un movimiento lento, cansado.
—El freno de mano, Annie.
Tienes que ajustarlo con más fuerza, hasta que escuches el tercer clic.
En esta pendiente, si no lo haces, el vehículo cederá y amanecerá en el barranco mañana.
Lo miré fijamente, buscando la trampa.
Buscando la burla, la lección moral sobre mi incompetencia técnica.
Pero no encontré nada de eso.
Bajo la luz espectral de las lunas, las líneas alrededor de sus ojos parecían más profundas, marcadas por un agotamiento que iba más allá de lo físico.
No parecía el Líder Supremo de Génesis Lab, el tirano que quería controlar el agua.
Parecía un padre cansado dando un consejo práctico a su hija para que su coche no se estrellara.
Quizás era su forma, retorcida y parca, de decirme que tuviera cuidado con la pendiente en la que me estaba metiendo al desafiarlo.
Se veía…
humano.
Y esa humanidad repentina me desarmó más que cualquier grito.
—Gracias —murmuré, suavizando mi postura defensiva, bajando la guardia por primera vez en semanas—.
Lo tendré en cuenta.
—Hiciste un buen trabajo hoy, Annie —dijo, y esta vez su voz fue tan tenue que casi se la lleva la brisa nocturna—.
En el Consejo.
No te dejaste aplastar, ni siquiera por mí.
Eso es…
bueno.
No esperó mi respuesta.
Quizás porque no sabría qué hacer con ella.
Se levantó despacio, dejando la copa en la mesa con un tintineo suave, y entró a la casa caminando con pasos lentos, como si cada movimiento le costara un poco más de energía de la que tenía disponible.
Me quedé ahí parada, sola en el porche, con la brisa fría de la noche, golpeándome la cara y la sensación extraña de que el suelo bajo mis pies estaba cambiando irremediablemente.
Y por primera vez en toda mi vida, comprender eso me dio más miedo que cualquier guerra.
Porque a un monstruo se le puede odiar y destruir.
Pero reconocer que eran humanos, humanos que se empezaban a romper…
ese sentimiento no sabes cómo dejarlo atrás.
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