Nosotros en las estrellas - Capítulo 61
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61: 60 Mar Adentro 61: 60 Mar Adentro Canción sugerida: Mar Adentro – Juliana Entré en mi habitación y pasé el pestillo.
El “clic” metálico sonó demasiado fuerte en el silencio, como si acabara de cerrar la compuerta de una nave a punto de explotar.
Me dejé caer contra la puerta, resbalando hasta el suelo, y me quedé ahí, mirando la nada, con las piernas estiradas sobre la alfombra.
El día había tirado abajo demasiados muros.
Había vencido al Consejo, había humillado tácticamente a mi padre y había visto la fragilidad en los ojos de mi madre.
Mi cuerpo vibraba con una mezcla tóxica de adrenalina caducada y agotamiento extremo.
Me sentía sucia, pero no de tierra o polvo, sino de esas sonrisas falsas y las dobles intenciones.
Me levanté con esfuerzo y fui directo al baño.
Abrí la ducha al máximo, dejando que el vapor llenara el pequeño cubículo.
Cuando el agua caliente golpeó mi piel, solté un suspiro que sonó más a un gemido ahogado.
Me froté la piel con fuerza, intentando borrar la imagen de Arthur, dándome consejos de cómo estacionar un carro, intentando olvidar la tos de Alexandra.
El agua corría por mi cara, mezclándose con lágrimas que no me había dado permiso de llorar durante el día.
Allí, bajo el chorro hirviendo, me permití ser solo Annie por cinco minutos.
Cuando el agua me golpeó la cara, cerré los ojos y, sin querer, mi mente viajó atrás.
Años atrás.
Estábamos ahí, sentados en esa acera, al lado de las ruinas de lo que había sido el edificio en donde solíamos vivir; hacía frío y empezaba a llover.
Ya habían pasado meses desde el quiebre y cada vez nos sentíamos más solos.
Sentí cómo los brazos de Matthew me rodeaban, en parte para calmar el frío y en parte para sentir que no había perdido todo lo que tenía.
—Ann… ellos no van a volver.
—Escuché cómo en cada palabra su voz se quebraba cada vez más.
—¿Solo somos tú y yo ahora?
—le pregunté y solo sentí cómo apretaba más sus brazos a mi alrededor.
No fueron palabras, fue un acto.
Sentí cómo las lágrimas salían sin cesar, no podía pararlas; se habían empezado a mezclar con el agua que caía en mi cuerpo.
Había vuelto, pero me sentía como la niña vulnerable que había sido en mis recuerdos.
El vacío que había intentado ocultar por tantos días empezaba nuevamente a comerme por dentro y allí, en esa ducha, me convertía en la chica en sus veinte que extrañaba terriblemente a las únicas personas que entendía el caos de su cabeza.
Salí del baño envuelta en una toalla gruesa y con el cabello goteando sobre la alfombra; la soledad de la habitación se sintió aplastante.
Mis ojos se desviaron hacia el escritorio, donde una pequeña lámpara de luz ámbar parpadeaba suavemente; encima de esa mesa estaba la carta que había recibido hacía unos días; estaba justo ahí, escondida a la vista en aquella lámpara.
Sentí esa intensa necesidad de responderla, de poder expresar lo que sentía, intentar, así fuera a la distancia, sentirme cerca.
Mis manos temblaban ligeramente.
Respiré hondo, imaginando que él estaba al otro lado de la mesa, con esa mirada intensa y calculadora que solía desarmarme.
Empecé a escribir.
“Zeke, No sé si las noticias ya llegaron a ustedes, pero tenía que decírtelo yo misma: Aurora Bay ya fue reconocido como un territorio independiente.
Lo logré.
Usé el tratado T.E.D.N.A.
como un escudo y una espada.
Logré que tuviéramos derechos, voz y voto frente a todos ellos.
Ya no son rebeldes, escondidos o desertores; ahora son una nación naciente.
Sin embargo, la victoria sabe extraña cuando no estás aquí para verla.
Todos estos días no han sido fáciles sin ti.
He tenido que aprender a navegar en un mar de tiburones sin ti, pero he logrado encontrar un ancla aquí, en el lugar más inesperado.
No sabes cómo empiezo a querer a mis hermanos.
Es aterrador, Zeke.
Es aterrador cuánto los quiero en tan poco tiempo.
Lion es un niño casi adulto, tengo que decirlo.
Tiene esa mirada de quien carga con el mundo antes de tiempo.
Quiere cumplir sus sueños, pero siente que el deber lo asfixia; me encantaría que lo conocieras, es igual de terco y obsesionado con resolver misterios como tú.
Se llevarían bien, o quizás se matarían discutiendo por teorías, no estoy segura.
Lia, en cambio, es la princesa que tiene una fuerza interna interminable y una capacidad de observación que asusta; a veces pienso que es mi versión mejorada, la que no tuvo que romperse para ser fuerte.
Y después y sobre todo está Mía…
ella es otra historia.
Es tan dulce, tan inocente que me dan ganas de meterla en mi maleta y llevarla a todos lados para cuidarla, para que nadie pueda quitarle su luz.
Me recuerda a lo que debimos ser nosotros antes del quiebre, incluso antes de que Génesis nos convirtiera en soldados.
Sabes, el vacío empieza a consumirme poco a poco.
Es como un hoyo negro que empieza a apagarme lentamente desde el centro del pecho.
Te extraño.
Extraño tu lógica exasperante, tu calor, tu silencio cómodo.
Extraño a Matt.
Incluso cuando a veces me siento culpable por querer a mis otros hermanos; siempre fuimos Matthew y yo contra el mundo.
Él me apoyaba cuando yo no podía y yo intentaba hacerlo cuando él me necesitaba, pero ahora que empiezo a conocer a mis hermanos menores, es como si estuviera reemplazándolo.
Pero sabes, incluso sintiéndome así, lo extraño; no sabes cuánto me encantaría poder dejar de luchar contra todos y que él estuviera aquí como mi escudo, como siempre lo hizo.
Pero sé que Abby lo necesita más ahora.
No paro de imaginarme cómo deben estar todos allá, con la espera de nuestro primer bebé Woods-Kavan (aunque sea de ellos, sabemos que ese bebé será de todos nosotros).
Abby es muy afortunada de tenerlos a ustedes cuidándola.
Por favor, cuídense.
Arthur está herido en su orgullo, y un animal herido es impredecible.
Los amo.
PD: Ya pueden empezar a instalar el sistema de comunicaciones; quiero escucharlos.
Aseguren sus límites; Villa Cristal pronto empezará a presionarlos.
No se hagan daño entre ustedes, sean más inteligentes que ellos.
Annie.” Dejé el bolígrafo sobre la mesa y me quedé mirando la tinta fresca, sintiendo cómo cada palabra era un hilo que me ataba a un futuro que aún no podía tocar.
Doblé la carta con cuidado y la guardé en el compartimento secreto de mi maleta, junto con el dispositivo de transmisión encriptada que usaría mañana para enviarla.
Me metí en la cama, apagando la luz.
Pero el sueño no llegó; sin embargo, el cielo de Percevalis tenía otros planes.
Aquí las tormentas no solían sonar como explosiones; aquí los truenos no, “no sonaban tan duro”, como una vez dijo Mía cuando apenas llegaba a esa casa; sin embargo, cuando los truenos tocaban el suelo, alcanzaba a hacer temblar todo, incluso los ventanales que simulaban ser perfectos; la luz iluminaba las persianas con violeta cada dos segundos.
De pronto, la manija de mi puerta giró.
Criic.
Me senté de golpe, con el corazón a mil.
La puerta se abrió un poquito y vi una sombra pequeña.
Un relámpago iluminó la cara de Mía, abrazada a un conejo de peluche que había visto mejores días.
Tenía los ojos como platos.
—¿Annie?
—susurró, con esa vocecita que se rompe.
Bajé los hombros.
—Mía.
¿Qué pasa, mi princesa?
—Tengo miedo —dijo, y le temblaba la barbilla—.
La casa vibra feo.
—Ven.
—Le hice un hueco en la cama.
No lo pensó dos veces.
Corrió y se zambulló bajo las sábanas, pegándose a mis costillas, acurrucada.
Estaba helada.
La abracé fuerte, porque, para ser sincera, yo también estaba muriéndome de miedo y tenerla ahí ayudaba.
—¿Sientes eso?
—preguntó contra mi pijama.
—Sí.
Pero tranquila.
Esta casa aguanta lo que sea.
No nos va a pasar nada.
Nos quedamos así un rato, en silencio, escuchando el zumbido sordo de la tormenta.
Olía a champú de fresa.
—Annie…
—soltó de repente, ya más calmada.
—¿Mmm?
—¿Por qué no llegaste antes?
Me quedé helada.
La pregunta fue tan simple y tan directa que me desarmó.
—¿Cómo dices?
—Mamá y papá siempre decían que estabas trabajando lejos.
Pero yo te esperé mucho.
En mis cumpleaños siempre pedía el deseo de que vinieran tú y Matthew.
¿Por qué tardaste tanto?
Tragué saliva, y me supo amarga.
“Porque no sabía que existías”, “Pensé que papá y mamá habían muerto”, “Porque tenía miedo y nuestros padres simplemente me abandonaron”.
Sin embargo, eran razones que solo quedaron en mi cabeza porque no podía decirlo en voz alta.
No podía decirle eso a una niña de cuatro años.
No, porque la quería, y porque no quería hacerle daño.
—El viaje fue largo, Mía —susurré, acariciándole el pelo—.
Muy largo.
Y a veces…
a veces uno se pierde y le cuesta encontrar el camino de vuelta.
Ella levantó la cabeza y me miró con esos ojos enormes que parecían leerte el alma.
—¿Estabas solita?
Sonreí, una sonrisa triste que no me llegó a los ojos.
—No.
Tenía a Matt.
¿Sabes quién es Matt?
Asintió con la cabeza.
—Solo vi fotos.
Mamá dice que es mi hermano mayor también, pero nunca viene.
—Sí, lo es.
—Se me hizo un nudo en la garganta—.
Matt es…
uff, Matt es lo máximo.
Cuando éramos chiquitos como tú, él se inventaba juegos para que no tuviéramos miedo.
Una vez hicimos una nave espacial con cajas de cartón viejas y nos quedamos ahí toda la noche comiendo galletas a escondidas, porque él decía que en el espacio no había reglas ni hora de dormir.
Mía sonrió, y fue como si saliera el sol en mitad de la noche.
—¿De verdad?
—De verdad.
Él me cuidó mucho.
Por eso tardé tanto, porque estábamos cuidándonos el uno al otro en otro lado.
Quisiera que él estuviera aquí.
Pareció conforme.
Se acomodó mejor contra mi pecho, cerrando los ojos.
Yo me quedé mirando al techo, pensando en esa caja de cartón y extrañando a mi hermano como si me faltara una parte de mí.
—Annie…
—murmuró, ya casi dormida.
—Dime.
—Mamá también los extraña.
A los dos.
Me tensé entera.
—¿Por qué lo dices?
—Porque la vi.
—¿La viste qué?
—Llorando —susurró, arrastrando las palabras—.
En su oficina, la de la mesa grande.
Tenía una foto tuya y de Matt.
De cuando eran chiquitos.
Estaba llorando bajito, así como cuando me raspo y no quiero que me vean para no parecer bebé.
El mundo se paró un segundo.
—¿Estás segura, Mía?
—Sí.
Me dijo que era alergia, pero los ojos rojos de alergia pican, y los de ella estaban tristes.
Me dijo que a veces los extrañaba tanto que le dolía la barriga.
La confesión de Mia quedó flotando en la oscuridad de la habitación.
Alexandra Woods llorando.
Alexandra, la mujer de hielo, la generala, llorando a escondidas con una foto vieja.
Llorando por Matt y por mí.
Alexandra se había vuelto en una mujer rota que vivía rodeada de fantasmas que ella misma había creado.
Y joder…
aunque en algún momento rogué que sintiera ese arrepentimiento, en ese momento se sentía diferente cuando sabía que sí lo sentía, más triste que cualquier cosa que hubiera imaginado.
—Descansa, Mía —susurré, dándole un beso en la frente.
Ella suspiró y se quedó dormida en cuestión de segundos.
Yo me quedé despierta, escuchando la tormenta vibrar en las paredes y pensando que, en esta familia, todos éramos un poco como esa casa: duros por fuera, pero temblando por dentro.
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