Nosotros en las estrellas - Capítulo 66
- Inicio
- Todas las novelas
- Nosotros en las estrellas
- Capítulo 66 - Capítulo 66: 65- Runaway
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 66: 65- Runaway
Canción sugerida: Runaway -Aurora
Cuando todos llegaron a la mesa, nos dispusimos a comer. El silencio predominaba de una forma extraña, que nunca imaginé en esa casa; el sonido de los cubiertos contra la porcelana era lo único que llenaba el comedor. Estaba acostumbrada a la constante presencia del ruido, aunque fuese falso; a veces sentía que Arthur y Alexandra lo usaban para cubrir sus miedos o incertidumbres. Sin embargo, hoy no era ese momento; algo estaba cambiando. Me removí en la silla, sintiendo el cuero frío contra mis muslos. Percevalis podía ser un paraíso, pero esta mansión siempre se sentía como un búnker de lujo.
Miré a Alexandra de reojo. Estaba sentada frente a su plato, pero apenas había movido la ensalada de un lado a otro. Tenía una palidez que ni el maquillaje más costoso de Villa Cristal lograba tapar. Sus manos, que usualmente solían ser firmes, temblaban lo suficiente como para que tuviera que dejar el tenedor sobre la mesa cada pocos segundos. Me pregunté si Arthur lo notaba o si simplemente había decidido que una Alexandra enferma no encajaba en su esquema de perfección.
—Alexandra, ve a descansar —dije, rompiendo la tensión. El nombre salió de mi boca con la frialdad de un hábito. Te ves agotada. Yo me encargo de que Lion termine lo que le falta de clase y de acostar a Mía.
Ella levantó la vista, y por un segundo vi un destello de resistencia en sus ojos, esa chispa de la Directora Baldwin que se negaba a mostrar debilidad. Sin embargo, al solo intentar incorporarse, vi cómo la fuerza no le alcanzó y volvió a su postura erguida que no solía ser digna de ella.
—Annie, tiene razón, Alex —intervino Arthur sin levantar la mirada de su tableta—. Mañana es un día largo, ve a descansar.
Alexandra asintió en silencio, se levantó con una lentitud que me apretó el pecho y salió del comedor sin despedirse. Me quedé a solas con Arthur. Él siguió leyendo, ignorando mi presencia, pero yo sabía que me estaba midiendo. Cada respiro mío era una variable que él intentaba controlar.
Esa noche, antes de dormir, me quedé mirando la brújula en mi mesa de noche. El metal brillaba bajo la luz tenue de Percevalis. Pensaba en Lía, en su maqueta guardada y compacta en esa tablet; era como si intentara esconder oro, era ridículo e inútil.
Pero también sabía que para ayudarla tenía que seguir las reglas. Odiaba que el futuro brillante de Lia estuviera en las manos de alguien como Arthur, que últimamente no entendía si le importaba su familia o no; sin embargo, al día siguiente demostraría parte de esto. Si Arthur decía que no al día siguiente, no solo perdería una oportunidad política; le rompería a mi hermana la única ilusión que la mantenía en pie.
El día siguiente se sintió diferente; aunque la rutina era la misma, había esperanza. Bajé al comedor; el desayuno ya estaba servido en la mesa como de costumbre. El sol entraba con una fuerza casi agresiva por el ventanal, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire. Lion comía rápido, evitando mirar a Arthur, y Lía jugueteaba con Mia, quienes empujaban la servilleta de un lado a otro en la mesa. Cuando me senté en la mesa, vi cómo los ojos de Lía quedaron fijos en mí. Podía sentir su ansiedad; era un cable tenso que cruzaba la mesa.
—Hablé con Alexandra —dijo Arthur, dejando su taza de café—. Está bien. Lía puede acompañarte hoy a la zona sur.
Lía soltó un suspiro que parecía haber estado guardando desde ayer. Sus ojos se iluminaron, pero Arthur no había terminado.
—Pero no irán solas —añadió, y una sombra se proyectó desde la puerta del comedor—. Kiro las acompañará. No quiero arriesgar que nada les pase a ninguna de las dos.
—¿Kiro? ¿Quién es? —No entendía a qué se refería. —Nada va… —Intenté defenderme, pero Arthur me interrumpió a media oración.
—No es negociable, Annie —dijo sin titubear—. Van con Kiro o no van… y me refiero a las dos.
Asentí con la cabeza; entendía de dónde venía su miedo. En la zona sur, los Baldwin no eran los más amados, al contrario, había un sentimiento de odio colectivo capaz de cualquier cosa.
Vi cómo ordenó que alguien entrara a la sala, Kiro, era un hombre de facciones duras, con un uniforme impecable y ojos que no parpadeaban. No saludó; solo asintió con una rigidez a cada palabra que salía de la boca de Arthur.
Después de todas las instrucciones de Arthur, y no solo hacia Kiro, salimos camino a la zona sur de Villa Cristal. El viaje al sur fue un ejercicio de paciencia. Conduje el rover intentando ignorar la presencia de Kiro en el asiento de atrás, pero sentía su mirada fija en el retrovisor. Lía iba abrazada a su tableta, mirando por la ventana cómo el paisaje cambiaba. Dejamos atrás las cúpulas brillantes y los jardines perfectos para entrar en un territorio donde el planeta se sentía más real. Aquí, el pavimento estaba gastado y las estructuras mostraban las cicatrices del viento y el polvo.
—Mira esos cimientos, Annie —susurró Lía, señalando un edificio con grietas en la base—. No están usando el sellador orgánico que mencionaba el Tratado TEDNA.
—Porque aquí la ley llega más tarde que el hambre, Lía —respondí, bajando la velocidad al entrar en la zona de hangares.
Llegamos a un complejo que olía a soldadura y cemento fresco. Allí nos esperaba Sloane. Llevaba una chaqueta de trabajo manchada de cal, el pelo recogido de cualquier manera y una mirada que parecía atravesar el acero.
—¿Annie Baldwin? —masculló Sloane, limpiándose las manos en un trapo sucio y dirigiéndose hacia mí He escuchado mucho de ti, espero que esta visita sea para algo útil y no vengan a estorbar.
—No vengo a estorbar —dijo Lía, adelantándose. Su voz temblaba un poco, pero no retrocedió. —Lia Baldwin, mucho gusto, y vengo a mostrarle esto.
Lía activó su tableta y proyectó el holograma de “Aurora Bay 2.0”. Sloane se cruzó de brazos, lista para soltar un comentario sarcástico, pero se quedó callada. Sus ojos recorrieron las líneas curvas, los sistemas de ventilación natural y la integración con el agua.
—¿Tú diseñaste esto? —preguntó Sloane, su tono bajando una octava—. Ven aquí, niña. Vamos a ver por qué ese soporte se te va a caer en la primera tormenta, pero te advierto: si me haces perder el tiempo, te saco a patadas.
Vi a Lía caminar tras ella hacia una mesa llena de planos físicos. Por primera vez en meses, mi hermana parecía una arquitecta encontrando su lugar. Me quedé a un lado, vigilando a Kiro, quien se mantenía a una distancia prudente pero atenta.
Pasé las siguientes horas revisando la infraestructura del sector sur con los ingenieros locales, pero mi mente estaba en otra parte. Cada vez que miraba hacia la zona de diseño, veía a Lía discutiendo con Sloane, señalando puntos en el mapa y, por primera vez, sonriendo con una confianza que jamás había visto. No era la niña perfecta o una princesa preocupada por qué se iba a poner para una cena, hablaba con pasión y se movía con seguridad.
Sloane la veía de una forma curiosa; sabía que tenía talento, lo veía en sus ojos, sin embargo, como todo buen mentor, la trataba con dureza, corrigiéndola sin piedad, pero era una dureza honesta, no la manipulación pasivo-agresiva que había visto en personas que pretendían ser perfectas.
Mientras tanto, aproveché para hablar con algunos obreros. La zona sur era el motor olvidado de Percevalis. La gente aquí no vestía seda, sino tela reforzada. Sus problemas eran reales: filtros de aire que fallaban, racionamiento de agua que nunca se explicaba del todo. Tomé notas mentales de cada queja, de cada mirada de desconfianza. Necesitaba que esta gente viera en Aurelia Madox una salida, y para eso, yo tenía que entender qué les dolía.
Al final del día, cuando el sol empezaba a teñir el cielo de un violeta profundo y mis pies ya gritaban por un descanso, un vehículo ligero se estacionó cerca de nuestro rover. Era ruidoso, rápido y no tenía los sellos oficiales de Villa Cristal. Dorian bajó del asiento del conductor, quitándose las gafas de sol.
Kiro se tensó de inmediato, dando un paso hacia adelante.
—Tranquilo, Kiro —dije, poniéndome en medio—. Es solo el consejero Dorian. El aire del sur le sienta bien a todo el mundo.
Dorian ignoró al guardia y se acercó a mí. Tenía esa sonrisa cansada que solo aparecía cuando no estábamos en el edificio del Consejo.
—Baldwin. Veo que sobreviviste a Sloane. Es una fiera, pero si te dedica más de cinco minutos, es que vales el esfuerzo.
—Lía es la que se ganó el tiempo de Sloane —respondí, mirando a mi hermana, que seguía concentrada en un plano—. ¿Qué haces aquí, Dorian?
—Mañana hay pruebas en la pista sur —dijo, bajando la voz. El viento movió su cabello, dándole un aire casi rebelde que contrastaba con su título—. Carreras de alta propulsión. Nada de discursos aburridos ni mesas de mármol. Solo velocidad y motores. Trae a tus hermanos. Lion necesita despejarse y Lía necesita ver cómo funciona la aerodinámica fuera de una tableta.
Lo miré fijamente. Después de todo, su invitación nos sentaba bien después de días tan difíciles.
—Me encantaría, pero, como ves, Arthur no deja salir a los chicos sin supervisión. —Quizá esperaba que con mi respuesta solo intentara darme una solución y no silencio.
—Deja que yo me encargue de la logística —respondió Dorian, guiñándome un ojo—. Hablaré con Arthur sobre una “visita de inspección técnica a los hangares de transporte”. Él no puede negarse a un evento oficial. Solo prepáralos. Necesitan un día de libertad antes de que las elecciones nos traguen a todos.
Se subió a su vehículo y arrancó, dejando una nube de polvo detrás. Me quedé allí, mirando cómo se alejaba. Sabía que mañana, en las pistas, el aire de Percevalis se sentiría diferente.
Lía se acercó, con la cara manchada de ceniza pero los ojos brillantes.
—Annie, Sloane dice que si ajusto los tensores de la cúpula, podría funcionar aquí —dijo, emocionada.
—Entonces el viaje valió la pena —respondí, limpiándole la cara con un pañito para luego pasar un brazo por sus hombros—. Vámonos, Lía. Tenemos mucho que preparar para mañana.
Subimos al rover bajo la mirada gélida de Kiro. El viaje de regreso fue diferente; Lía no paró de hablar, y yo, por primera vez en semanas, sentí que la cuenta regresiva no era solo una espera, sino una preparación.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com