Nosotros en las estrellas - Capítulo 67
- Inicio
- Todas las novelas
- Nosotros en las estrellas
- Capítulo 67 - Capítulo 67: 66 - Shake It Out
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 67: 66 – Shake It Out
Canción sugerida: Shake It Out – Florence + The Machine
El camino a casa se sintió una eternidad; Lia no paraba de hablar de sus cambios en el diseño y de cómo lo iban a implementar en la zona sur. Sería una zona sostenible pero moderna y todo gracias a sus ideas.
Recogimos a Mía de su clase de música, quien por un largo tiempo nos contó de la canción que había compuesto. Después de unos minutos, el silencio en el rover se apoderó de todos. Lia se concentró en su tablet; Mia, mientras tanto, tarareaba una de las canciones que había aprendido en clase y Kiro apenas respiraba.
Todo era tranquilidad hasta que dejó de serlo, porque apenas abrimos la puerta de la casa, todo se sentía extraño. El ambiente no era el mismo; había algo que no se sentía bien.
Dejamos las cosas en el gabinete diseñado para los abrigos. Pero fue unos minutos después, cuando caminábamos hacia la sala, que la vimos; Alexandra estaba tirada en el piso, inconsciente; su cuerpo estaba cerca del ventanal. Su pecho casi que ni se movía; era como si estuviera perdiéndose lentamente. Todos quedamos en shock, pero lo que me sacó de mi transe fue el grito de dolor que soltó Mia, ese sonido que me partió el alma. Lía se tapó la boca y se puso a llorar de una vez al ver a su mamá así de mal.
—¡Lía, llévate a Mía a la cocina! ¡Ya mismo! —les grité. En ese momento se me olvidó que era su hermana; solo podía pensar como médica.
Me dejé caer al piso junto a ella. El entrenamiento tomó el control antes que el miedo.
Alexandra estaba pálida, casi ceniza; la frente empapada en sudor frío. Apoyé dos dedos en su cuello buscando el pulso: irregular, demasiado débil.
—Alexandra, mírame —dije con voz firme, inclinándome sobre ella—. Respira conmigo. Inhala… eso es… no te duermas.
No respondía bien. Me levanté de un salto y fui al botiquín del pasillo. Volví con la máscara de oxígeno y se la ajusté con cuidado, regulando el flujo hasta que su pecho empezó a moverse un poco más profundo. Aun así, algo no cuadraba.
Saqué el medidor portátil y tomé una muestra rápida. El resultado apareció casi de inmediato y sentí cómo el estómago se me cerraba: los valores estaban peligrosamente altos.
—Sistema, avisa a Arthur. Emergencia médica. Ahora —ordené.
Una luz roja comenzó a parpadear en el corredor.
Preparé el inyector y se lo administré sin dudar. Era una medida de contención, nada más, pero necesitábamos estabilizarla. Alexandra soltó un gemido ahogado y, por fin, abrió los ojos.
Tenía miedo. No confusión, no dolor: miedo puro.
Y entonces lo entendí.
No era agotamiento. No era una reacción al planeta. Era algo más profundo, algo que llevaba tiempo avanzando en silencio. El tipo de daño que no se ve hasta que el cuerpo ya no puede compensarlo.
No lo dije en voz alta, pero lo supe en ese instante; Alexandra no estaba teniendo una crisis pasajera. Su cuerpo estaba perdiendo una batalla larga.
Arthur entró en ese momento, soltando todos los papeles en la entrada. Corrió hacia nosotros y se arrodilló al lado de Alexandra. Nunca lo había visto así: despeinado, con la cara descompuesta, sin nada de ese aire de hombre importante que siempre tiene.
—¿Qué pasó? ¡Annie, dime qué tiene! —me gritó, casi llorando.
—Es una crisis, Arthur. —Dije limpiándole el sudor que seguía cayendo. —Dime que ya le hiciste exámenes o al menos ya saben qué tiene.
Arthur se sentó en el piso y se tapó la cara con las manos. Se quebró por completo.
—No tenemos cómo curarla aquí, Annie —me susurró, y fue la primera vez que admitió que este lugar no era el paraíso que nos prometió—. Lo que trajimos de la Tierra no alcanza para esto.
Y aunque la relación que tenía con ellos no era la mejor, de una u otra forma Alexandra seguía siendo mi madre y verla tan débil se sentía como si la perdiera por segunda vez.
—Arthur sabes que en la nave…. —dije pero no alcance a terminar cuando me interrumpio
—No, no annie, no le van a poner una sola mano encima a Alex, no lo voy a permitir —su voz era tan fuerte que me dolio porque era la unica opcion.
—¡Arthur, por favor! ¡No seas tan inconsciente! ¿No ves que se está muriendo? Si no haces nada, ¡es como si la estuvieras matando! —Mi voz casi gritando; no podía creer que fuera tan testarudo y no viera los riesgos.
—Annie, desarrolle un tratamiento, algo experimental que estoy seguro la va a curar; no necesito la ayuda de rebeldes como tú y tu manada de adolescentes que creen tener el mundo a sus pies.
No podía creer lo que estaba escuchando en ese momento; era como si su orgullo hablara por él; prefería perder a su esposa antes de aceptar ayuda de otro pueblo. Me levanté del piso al ver que Alexandra ya se había estabilizado; era evidente que no tenía voz en ese lugar con ellos.
—Ella se está apagando; si le pasa algo, es totalmente tu culpa —dije saliendo del salón.
Sabía que había sido muy dura con mis palabras, pero esa era la verdad. Alexandra se estaba apagando y su imperio de cristal no tenía la cura.
Esa noche, cuando todos ya estaban durmiendo, Arthur entró a mi habitación, casi rogándome que me encargara de Lion y las niñas el día siguiente. Ese día empezarían el tratamiento experimental que Arthur había diseñado y para eso necesitaban que la casa estuviera tranquila mientras ellos se enfrentaban a la realidad.
La mañana siguiente me encontré con Mia dormida en un rincón de mi cama; quizá no me despertó por miedo, pero sabía que no quería estar sola. La desperté y le pedí que se arreglara para el día; lo mismo hice con Lion y Lia. Cuando salimos de la casa, el ambiente en el rover era una tumba nadie hablaba, incluso cuando todos sabiamos lo que estaba pasando en la casa.
Mi misión como hermana era mantener la calma y ayudarlos a ellos a salir de su tristeza. Recordé la invitación de Dorian, el plan del día, ver una carrera real.
—Papá nos va a matar si se entera de que estamos en este hueco —murmuró Lion cuando empezamos a ver las nubes de polvo y a escuchar los estallidos de los motores.
—Tu papá tiene problemas más grandes hoy, Lion. Míralo como una excursión cultural —le dije, tratando de sonar más tranquila de lo que estaba—. Vamos a ensuciarnos un poco, nos hace falta.
Al bajar del rover, el ruido nos dio un puñetazo en el pecho. No eran los vehículos limpios y silenciosos de Villa Cristal; eran máquinas de metal puro, lanzando llamas por el escape y rugiendo como animales. La gente gritaba, apostaba y se empujaba. Era un caos hermoso.
Dorian estaba ahí, apoyado contra una de las vallas, con un mono de piloto negro que le quedaba como si hubiera nacido con él puesto. Se veía libre, sin esa sombra de consejero que siempre lo perseguía. Al vernos, se le iluminó la cara de una forma que me hizo sentir algo extraño en el estómago, pero lo sacudí de inmediato.
—¡Baldwin! —gritó para que lo escucháramos por encima del estruendo—. ¡Pensé que te ibas a arrepentir!
Se acercó, le puso unos audífonos de protección del ruido a Mia, luego se acercó a Lion y, sin saludar formalmente, le soltó una pregunta sobre la potencia del motor del coche que tenía al lado. Mi hermano, que siempre se sentía el “niño raro” de la casa, empezó a soltarse. En diez minutos, Dorian lo tenía metido bajo el capó, explicándole cómo funcionaba la tracción en este suelo seco. Por primera vez en meses, Lion no parecía un proyecto de Arthur; parecía un muchacho divirtiéndose.
Dorian se alejó un momento de Lion y se paró junto a mí. El calor de la pista le ponía un brillo de sudor en la frente.
—Las noticias corren rápido en Villa Cristal; sé que quizá, aunque no lo quieras aceptar, tu mente está en la clínica, Annie —me dijo, y su voz sonó tan real que me dolió—. Pero mira a tus hermanos. Hacía falta sacarlos de ese museo en el que viven.
—Gracias, Dorian. De verdad —le respondí, y por un segundo, me permití apoyarme en su hombro. Él solo se quedó ahí, sólido, dejándome descansar.
—Ahora miren —dijo Dorian, poniéndose el casco—. Les voy a enseñar cómo se dobla en la curva tres sin matarse en el intento.
Cuando arrancó, el suelo tembló. Lion se pegó a la valla gritando como nunca lo había visto, y Lía empezó a grabar con la tableta, riéndose a carcajadas cuando el coche de Dorian levantó una nube de arena que nos bañó a todos. En ese momento, entre el ruido y el polvo, Alexandra y la clínica se sintieron a mil kilómetros. Por fin, estábamos respirando.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com