Nosotros en las estrellas - Capítulo 68
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Capítulo 68: 67 Dive
Canción sugerida: Dive – Olivia Dean
Luego de varias vueltas, en donde veíamos cómo el carro llegaba a su límite, la carrera terminó. Dorian fue el primero en pasar la línea de meta trazada en la pista; vi cómo detuvo el coche en el centro de la pista, levantando una última nube de polvo que nos bañó a todos. Había ganado, pero no parecía importarle la gloria.
Saltó fuera de la cabina del carro con una agilidad que no encajaba con el hombre que solía ver en las sesiones del Consejo. Se quitó el casco y el pelo, empapado de sudor, le cayó sobre la frente en mechones desordenados que le daban un aire salvaje, casi peligroso. Se pasó una mano por el rostro, limpiándose una mancha de grasa en la mejilla mientras respiraba agitado, con el pecho subiendo y bajando con fuerza bajo el traje de piloto negro. Tenía esa mirada eléctrica de quien acaba de burlar a la muerte en la última curva.
Vi cómo su mirada escaneó todo el público allí presente, pero se detuvo cuando nos vio. Inmediatamente una sonrisa se dibujó en su cara, para después caminar hacia nosotros. Cuando finalmente estaba allí frente a nosotros, nuestras miradas se quedaron fijas en el otro. Por un segundo, el griterío de la gente y el zumbido de los motores se apagaron, dejando solo el sonido de mi propio pulso retumbando en mis oídos.
Sentí un calor extraño, una presión en el centro del pecho que me obligó a desviar la vista hacia mis botas manchadas de arena. No era atracción, me dije a mí misma; era el reconocimiento de una libertad que yo no tenía. Pero el nudo en mi estómago decía otra cosa, una confusión que se empezaba a crear allí como un huésped no invitado.
—Dime que lo viste, Baldwin —dijo con la voz ronca, todavía recuperando el aire—. Dime que viste cómo el auto se sostuvo en esa última vuelta.
—Lo vi, Dorian. Casi te matas —respondí, intentando que mi voz sonara firme, aunque por dentro mis sentimientos eran un campo de batalla.
Él se rio, una risa corta y honesta, y se quitó los guantes con lentitud. Se paró frente a mí, dejando que el olor a adrenalina y metal caliente nos rodeara.
—A veces hay que soltar el freno para saber quién eres de verdad —susurró, y sus ojos verdes brillaron con una claridad que me asustó.
Sé que él también sintió la tensión entre nosotros, esa que empezaba a complicar todo, pero hizo como si no le importara; pasó su brazo por encima de mis hombros para después desviar su atención a mis hermanos. La cara de Lion no tenía comparación; estaba tan emocionado que las palabras salían por sí solas de su boca, eliminando al niño tímido que no hablaba por miedo a equivocarse.
Lia, por otro lado, y no siendo fan de la adrenalina, seguía en su papel de diseñadora; le hizo varias sugerencias a Dorian para mejorar la pista que tenían; sus propuestas apuntaban a pistas más glamurosas, pero que mantuvieran el vértigo y adrenalina que mostraban en ese momento. Vi cómo Dorian se reía de cada sugerencia, pero al mismo tiempo escuchaba lo que Lia decía para mejorar las carreras; sabía que había potencial en ella.
Y por otro lado estaba Mia, que aunque no entendiera nada, tenía miles de preguntas: “¿Por qué frenas tan cerca de la línea?” “¿No te duele cuando frenas muy fuerte?” “¿Qué tan rápido puedes acelerar?” “¿El carro no podría salir volando?”. Dorian se tomó el tiempo de responderle cada una de las preguntas de la forma más sencilla de entender para que Mia pudiera seguir teniendo esa emoción que quizá no entendía del todo.
Mientras él hablaba con ellos, me solté de su agarre y caminé a un lugar más solo, buscando que el aire frío despejara mi mente. No podía permitirme esto. No cuando Zeke me esperaba en Aurora Bay. No cuando ya habíamos imaginado la vida que íbamos a construir juntos; con Zeke nos habíamos prometido una vida juntos, y Dorian empezaba a complicar todo. Él debía ser solamente un aliado, una pieza clave, alguien en el que Zeke, Matthew y Abby pudieran confiar, pero la forma en que me miraba empezaba a abrir grietas en muros que yo creía de acero.
Sentí como unos pasos se acercaban por detrás; era Dorian. Se hizo a mi lado, sin mirarme; el paisaje frente a nosotros era hermoso; el horizonte frente a nosotros nos regalaba un atardecer perfecto.
Me giré para caminar hacia donde mis hermanos con la excusa de que debía ir a cuidarlos.
—Ellos están bien, Evan los está cuidando y les está mostrando el carro. —dijo desarmando mis excusas—. Pero nosotros aquí tenemos que hablar.
—Dorian… no… esto no puede ser —dije tomando aire como si empezara a sentirme encerrada en un ascensor sin oxígeno—. Voy a volver a Aurora Bay.
—Así que vas a obligarme a pretender que aquí no pasa nada —dijo girando hacia mí; sus ojos buscaban algo de sinceridad en mis ojos, algo que no estaba lista para darle.
—No puedo, Zeke… Zeke es el amor de mi vida —dije apartándome de su agarre—; eso es lo único que sé.
Me sentí miserable, porque era obvio que estaba mintiendo; las dudas empezaban a surgir, pero también sabía que la historia tenía peso, y ese peso era Zeke para mí; era la única verdad que quería aceptar.
—Te necesito cuando me vaya, te necesito sin complicar las cosas.
—Sabes que siempre voy a estar aquí para ti para todo lo que necesites. —Vi cómo su mirada se apartaba. —Al final de todo soy tu mejor aliado, ¿no?
Su máscara de dureza y firmeza se apoderó de él. Le pedí que los cuidara, que cuidara que Lion, Lia y Mia estuvieran bien, que se asegurara de que pudieran disfrutar de esas pasiones que empezaban a descubrir; él sería los ojos que ellos necesitaban cerca, esos que siempre están en los momentos difíciles.
Nos quedamos un rato más allí, parados en silencio, el uno al lado del otro, sin decir ni una sola palabra, esperando que el silencio lo dijera todo, y es que si las cosas no fueran tan complicadas, podría verme a mí a su lado, justo ahí en frente del otro.
Luego de unos minutos, caminé de vuelta a donde se encontraban mis hermanos; ya empezaba a hacerse tarde y, antes de llegar a casa, necesitaba hablar primero con ellos, ser sincera con las personas que más amaba.
El trayecto hacia el Lago de Cristal fue una transición lenta hacia el silencio. Conduje el rover sintiendo la mirada de Lion por el espejo retrovisor, esa mirada que sentía que pasaba algo. A mi lado sentía el peso del conejo de felpa de Mía rozando mi brazo, mientras que Lia, sentada en la parte de atrás del carro, intentaba no hacer ruido.
Al llegar, el agua estaba tan quieta que parecía un espejo de metal frío bajo el cielo que ya se tornaba violeta. Nos sentamos en el muelle de madera vieja, y el aire empezó a calar en los huesos. Me tomé unos minutos antes de hablar, mirando cómo las ondas que Lion provocaba al lanzar piedras se deshacían contra la orilla.
—Me voy en dos semanas —solté, sin mirar a nadie.
El silencio que siguió no fue pacífico; fue un vacío violento. Lion se quedó con la piedra a medio camino, su mandíbula apretada hasta que los músculos del cuello le saltaron. Lía se encogió sobre sí misma, ocultando el rostro entre las rodillas.
—¿Es en serio? —la voz de Lion salió cargada de una decepción que me dolió más que un golpe—. Nos traes aquí, nos haces creer que somos una familia, ¿y ahora te largas? ¿Acaso somos tan poco para la gran Annie Baldwin?
—No me largo, Lion, y tampoco los estoy abandonando; solamente estoy volviendo a mi vida, a la que estaba construyendo con Zeke —le dije, girándome hacia él—. Allá hay gente que depende de mí para no morir.
—¡Nosotros también dependemos de ti! —gritó él, levantándose bruscamente—. ¡Mamá se está muriendo, Annie! ¡Y tú nos dejas solos con él!
Mía empezó a sollozar bajito, apretando a su conejo contra el pecho. Lía levantó la vista, con los ojos rojos y una expresión de traición pura.
—Pensé que te quedarías hasta el final —murmuró Lía—. Dijiste que íbamos a construir algo juntas.
—Lia, tú ya empezaste a construir algo aquí, eres muy talentosa, sé que con la ayuda de Sloane vas a construir tu propio camino. —Dije alzando a Mia en mis brazos para que sintiera que estaba con ella.
—¿Y yo? Que mis padres me coman vivos, cierto, porque a quién le importa el niñito, que siga con sus miedos y que su ansiedad lo coma vivo, porque no te importo, ¿verdad? —La rabia se había apoderado de su voz; Lion, quien solía hablar con tranquilidad, no lo era en ese momento.
—Lion, no te das cuenta, ya no eres el niño que le da miedo enfrentarse cuando algo no le gusta, ya no eres ese niñito que dices, eres fuerte, inteligente y muy talentoso. Dorian te va a seguir apoyando, va a seguir aquí siendo tu mentor en todo lo que autos sea; no te dejo a tu suerte. —Me levanté aún con Mia en mis brazos para poder verlos a los dos.
—A ninguno de ustedes tres los dejo solos… —Me quedé a media palabra porque no tenía la fuerza de admitirlo. —Sé que ahora se tienen entre ustedes, sé que van a cuidar de Mia como yo lo he hecho con ustedes, y esto no es una despedida para siempre, solo voy a ir a construir algo para los cuatro, que el día que puedan, vayan y puedan tener otro lugar llamado hogar.
Me acerqué a ellos, tratando de abrazarlos, pero Lion se apartó. Sentí la desesperación de un adolescente que ve cómo su única ancla se suelta. No iba a obligarlo a entenderme o enojarme con él por no comprender cómo me sentía. Sabía que al irme, el vacío que dejaba les dolería, pero al mismo tiempo conocía la valentía que tenían para defenderse y, mientras yo no estuviera, ellos serían los ojos y oídos del otro.
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