Nosotros en las estrellas - Capítulo 69
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Capítulo 69: 68 – Danger
Canción sugerida: Danger- Olivia Dean
Decidí darles su espacio para que pudieran entender lo que sentían; sabía que quizá no era fácil estar ahí en esa situación o entender por qué yo lo estaba haciendo, pero tenía la esperanza de que en algún momento lo hicieran.
Lion fue el primero en cortar el silencio, pidiendo que nos fuéramos a casa. El camino de vuelta se sumergió en un silencio absoluto; no había palabras en ese momento, ni de mi parte ni de la de ellos. Al llegar a la mansión. Los chicos se encerraron en sus cuartos; entendí que estaban creando murallas cuando escuché los portazos de sus habitaciones. Yo me fui a la mía, permitiéndome entender qué había pasado en las últimas horas.
Caminé hacia mi habitación, me recosté en la cama esperando las respuestas que esperaba de las miles de preguntas que me hacía. ¿Estaba haciendo bien al irme? ¿Debería quedarme? ¿Podía quedarme sabiendo lo que Dorian empezaba a despertar en mí? Sentía que al quedarme estaba traicionando mi historia con Zeke y lo que habíamos soñado juntos; sentía que mientras yo estaba aquí, empezando a sentir, Zeke estaba esperándome.
Tenía la convicción de que, aunque sintiera que aún me faltaba aquí, debía irme, debía ir a donde debía estar. Me senté en la cama ahora mirando hacia el closet en donde estaba mi ropa, la que ahora debía empacar para poder ir a casa. Empecé a empacar algunas cosas, ropa, zapatos, incluso bolsos; era ilógico en lo que me había convertido en cuestión de meses. Cuando llegué, no quería tocar nada; ahora estaba dispuesta a llevarla a casa.
Sin embargo, mientras guardaba todo, sentí que necesitaba hacer algo más antes de irme, que en parte Lia tenía razón; algo se sentía como si los estuviera abandonando y no me iba a permitir que, al momento de irme, su libertad fuera cortada de nuevo; no podía irme sin dejar las cosas claras.
Salí de mi habitación decidida, bajé al estudio de Arthur, no toqué antes de entrar, solo abrí la puerta y entré. Alexandra estaba hundida en su sillón, envuelta en una manta gruesa, con los ojos cerrados; su cara me decía que el día en el hospital había sido duro y había sido agotador para ella y, mientras ella dormía, Arthur estaba de pie junto al ventanal, con la mandíbula apretada y la mirada fija en un punto inexistente del jardín; se sentía como si estuviera dispuesto a salir en cualquier momento, dispuesto a correr por ella si lo requería.
—Me voy en catorce días —solté, rompiendo la tensión.
Arthur se giró despacio. No hubo un grito inmediato, solo un cansancio profundo que lo hacía ver más viejo, como si el peso de sus propios secretos le estuviera doblando la espalda.
—No puedes hablar en serio, Annie. Tu madre apenas puede sostenerse y tú hablas de irte. Tu lugar está aquí, con los tuyos.
—Ese es el problema, Arthur. Mi lugar está en Aurora Bay —le respondí, y sentí cómo la verdad me quemaba la garganta—. Aquí no está Matthew. No está mi hermano mayor, el que me cuidó cuando ustedes no estaban. No está mi sobrino o mi sobrina, que está por nacer en una bahía que ustedes se empeñan en ignorar. Y no está la persona con la que quiero compartir mi vida. Mi gente está afuera, construyendo su futuro mientras yo sigo aquí.
Arthur soltó una carcajada amarga, llena de ese desprecio que siempre usaba para lo que no podía controlar.
—¿Zeke? ¿Vas a dejar una posición en el Consejo por un hombre que vive en una bahía? ¿Estás tirando tu apellido a la basura por un capricho?
—No voy a dejar mi puesto en el consejo, voy a seguir luchando a la distancia.
—Annie, por favor, vas a dejar todo por irte; sabes que es difícil manejar esto a la distancia. Tendrás que venir todos los días si quieres mantener tu lugar aquí; eso es claramente un capricho.
—No es un capricho, es mi vida. Y no voy a permitir que hagas con Lion, Lía y Mía lo que intentas hacer conmigo —le espeté, dando un paso hacia él—. Los estás asfixiando. Lion no quiere tus leyes, quiere motores y libertad. Lía no quiere tus cenas de gala, quiere construir ciudades que respiren. Y Mía… Mía merece crecer sin tener miedo de que su valor dependa de un examen. No voy a dejar que crezcan creyendo que su única opción es ser lo que tú diseñaste para ellos.
Alexandra abrió los ojos. No intervino, pero vi cómo una lágrima solitaria le recorría la mejilla antes de perderse en la manta. Estaba ahí, pero su silencio dolía más que cualquier grito; era la vulnerabilidad de quien sabe que el tiempo se le acaba y que su familia se está desgranando entre sus dedos.
Saqué el sobre de mi bolso y lo puse sobre la mesa de caoba. Arthur lo miró con desconfianza, pero terminó abriéndolo. Sus ojos recorrieron las cláusulas que yo misma había redactado, no con frialdad, sino con la urgencia de quien pone un escudo ante un golpe.
—“Acuerdo de Autonomía y Custodia Alternativa” —leyó en voz alta, su voz perdiendo fuerza a medida que avanzaba—. ¿“Libertad de elección vocacional”? ¿“Derecho a residencia compartida”? Annie, esto es un testamento de vida.
—Es un seguro para ellos, Arthur. El documento dice claramente que Lion y Lía tienen libertad total para elegir sus estudios y qué quieren para su vida; eso incluye a futuro su lugar de residencia sin que tú o Alexandra puedan oponerse legalmente. Y que, si en algún momento alguno de los tres, incluyendo a Mía, siente que su integridad emocional está en riesgo por coacción o manipulación, la custodia pasa a ser mía de forma irrevocable.
Arthur me miró con una rabia contenida, pero también con una pizca de derrota.
—¿Tú vas a decidir cómo se crían? ¿Cuándo estás abandonando a tus hermanos por un lugar en el que nunca has estado? —preguntó, su voz apenas un susurro.
—No, Arthur, no voy a decirte cómo criarlos, solo te estoy pidiendo que los trates como iguales, que no tomes decisiones por ellos, como cuando amenazaste a Lion de enviarlo lejos porque no llenó tus expectativas o la vez que quisiste que Lia se comprometiera con un hombre que ni siquiera le interesa. Solo me estoy asegurando de que ellos puedan decidir por sí mismos —le corregí—. Firma esto, Arthur. No por mí, sino porque sabes que es lo único que les va a dar una oportunidad de ser felices. No me obligues a llevar esto al Consejo y exponer la fragilidad de esta casa para protegerlos. Hagámoslo como una familia, por una vez.
Arthur miró a Alexandra, buscando un rastro de la mujer fuerte que lo seguía en todo, pero ella, en medio de su debilidad, solo que asentía levemente entre sollozos. Ella ya no quería pelear; solo quería que sus hijos no la odiaran cuando ya no estuviera.
Él tomó la pluma. Sus dedos temblando. Firmó con un trazo violento que casi rasga el papel. Luego se lo pasó a Alexandra, quien firmó con una delicadeza, sus lágrimas aún saliendo de sus ojos, mojando el papel levemente.
—Toma tu libertad, Annie —dijo Arthur, dándome la espalda otra vez—. Vete con tus “míos”. Pero recuerda que cuando el mundo que elegiste se te caiga encima, esta casa será lo único que te hubiera podido salvar.
Tomé el documento. Salí de la habitación sin mirar atrás, con el papel apretado contra mi pecho y el llanto silencioso de Alexandra resonando en mis oídos.
Me acosté en la cama; debía descansar; aún quedaban cosas por resolver antes de irme, pero esa noche, en medio de la oscuridad de mi cuarto. La puerta se abrió un centímetro y vi cómo la cabeza de Mía aparecía primero y luego sus pies se deslizaron en mi habitación, cerrando la puerta detrás de ella. Se subió a la cama y se acurrucó contra mi pecho, temblando.
—¿De verdad te vas a ir, Annie? —preguntó en un susurro que me desgarró—. Lía dice que el Oeste está muy lejos. Que hay tormentas y que la gente se olvida de lo que deja atrás.
Bajé mi mirada para poder entender qué pasaba por su mente; mis ojos se encontraron con los suyos, tomé aquel mechón rebelde que cruzaba su cara. Sus ojos brillaban por las lágrimas que intentaba contener.
—El Oeste está lejos, Mía, pero no hay distancia que pueda hacerme olvidar que tú estás aquí —le dije, tomando su mano pequeña entre las mías—. No me voy porque quiera dejarte. Me voy porque necesito construir un lugar donde pueda ser feliz; sé que aún no lo entiendes, pero voy para construir algo para todos.
Mía escondió la cara en mi cuello y soltó un suspiro tembloroso, aferrándose a mi pijama.
—Tengo miedo de que cuando despiertes un día allá, mi cara se te borre de la cabeza. O que encuentres a otra niña a la que cuidar y ya no me necesites. —Su voz se quebró en la última palabra—. ¿Vas a volver? Prométemelo por lo que más quieras.
Sentí un nudo en la garganta que casi no me dejaba respirar. La abracé más fuerte, sintiendo su corazón latir contra el mío, rápido y asustado.
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