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Nosotros en las estrellas - Capítulo 70

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Capítulo 70: 69 -Catch Me in the Air

Canción sugerida: Catch Me in the Air – Rina Sawayama

Nunca imaginé que las despedidas pudieran doler tanto y menos cuando tienes que prepararte para dejar todo atrás. Las dos últimas semanas en Villa Cristal se sintieron como si un florero de porcelana se hubiera estrellado contra el mármol de la entrada; no hubo un estallido ruidoso, no existió caos, solo el sonido seco de algo rompiéndose y los pedazos quedando ahí, flotando en el aire de la mansión.

Yo me sentía como uno de esos fragmentos: suspendida en una inercia dolorosa, viendo cómo mi familia se desgranaba mientras yo terminaba de empacar una vida que nunca sentí del todo mía, pero de la cual ya no me sentía tan ajena.​

Esas dos semanas se convirtieron en una despedida constante de aquellos a los que no quería dejar atrás. Por ejemplo, cada noche, sin falta, la puerta de mi habitación se abría apenas un centímetro. Mía entraba arrastrando su manta, con el cabello alborotado y esa mirada que me pedía permiso para no estar sola. Se subía a la cama en silencio y se acurrucaba contra mi pecho, buscando un latido que le confirmara que todavía seguía ahí. Era como una promesa constante de cercanía mientras el tiempo nos separaba.

Esa conexión se convirtió en nuestro ritual mudo para aguantar el conteo. Ella no preguntaba por qué me iba, solo se aseguraba de que, mientras estuviera allí, el espacio entre nosotras fuera inexistente. Y el solo hecho de sentir su respiración pequeña contra mi hombro era lo único que me daba paz en medio del caos; en la oscuridad de ese cuarto, yo era simplemente Annie.

Sin embargo, la contención que lograba obtener al lado de Mía cada noche se desvanecía cuando el día comenzaba; la realidad era mucho más árida.

A la mañana, todos los días pasaba por la habitación de Lio y Lia, los saludaba como solía hacerlo todos los días, pero ellos ya habían construido murallas que no me permitían acercarme a ellos.

A la hora del desayuno, el comedor se sentía como entrar en una zona de guerra. Lion apenas me pasaba la sal sin mirarme, con los hombros tensos y una rabia que, sin necesidad de palabras, podía ver; le salía por los poros. Lía, por su parte, se había vuelto una sombra silenciosa; pareciera que mi mudanza le hubiera quitado las ganas de hablar, o al menos así lo sentía. Se había sumergido tanto en su tablet que parecía que nunca estaba allí.

Durante esas dos semanas, intenté hablar con Lion un par de veces, pero él siempre encontraba una excusa para irse. “Dale, Annie, guárdate el discurso para tus amigos Aurora Bay”, me soltó una tarde. Sus palabras me cortaron más que cualquier amenaza.

Luego estaba el concejo, el cómo iba a permanecer ahí, sin estarlo. Pasé horas encerrada en las salas de juntas, no para legislar, sino para concretar mi propia “supervivencia” política a la distancia.

Arthur y los técnicos del Consejo fueron implacables. No me lo iban a poner fácil; querían que el peso de la logística me hiciera renunciar antes de subir al rover.

—El protocolo de conexión requiere un cifrado de grado militar, Annie —me dijo uno de los ingenieros jefe, proyectando un mapa de frecuencias que parecía una telaraña indescifrable—. Si la señal en Aurora Bay cae por más de diez minutos durante una sesión de emergencia, tu voto queda anulado automáticamente.

—Exacto, ese es el problema, la red no es apta —dije una vez frente a todos, cuando se me cuestionaba mi mudanza. —¿Por qué no la tienen? Porque ustedes no quieren darles el acceso a una buena conexión para que se puedan comunicar con ustedes, para que no tengan voz aquí.

—Es una pérdida de tiempo crear torres de comunicación con todas las civilizaciones rebeldes, no vamos a aprobar el presupuesto —dijo Vance desde su escritorio.

—¿No? ¿Por qué? Porque no quieren reconocerlos. Les recuerdo, Aurora Bay es un territorio reconocido legalmente. Usted, señor Vance, y todo aquel que esté de acuerdo con lo que él acaba de decir, está negándole a un territorio que tenga una representación; sin mí aquí, no pueden tomar decisiones sobre los territorios en las periferias de Villa Cristal. ¿No creen que esta es la razón para que por fin instalen una buena torre de comunicación en Aurora Bay, una que sostenga la conexión estable? —dije acotando las razones para conectar Aurora con el resto del mundo.

Y aunque la conversación no quedó allí, fue más acalorada que eso; hubo representantes del consejo que se negaban, sacando una y mil razones para no querer que se mejorara la comunicación con comunidades fuera de la villa. Al final tuvieron que ceder; de otra forma hubieran quedado como oligarcas inconscientes. Fue por eso que a la siguiente semana ya estaba instalada la conexión a Aurora, la que me permitía irme y seguir defendiendo mis ideas.

Parecía que todo iba acomodándose poco a poco; me pasé las tardes revisando contratos de transmisión de datos y protocolos de seguridad. El Consejo exigía una conferencia diaria a las ocho de la mañana para las actualizaciones de infraestructura del Oeste.

Tenía que estar lista, impecable, frente a la cámara, sin importar si en la bahía había una tormenta de arena o si los generadores fallaban. Y luego estaba la “Asistencia” física: un viaje obligatorio a Villa Cristal una vez al mes para las votaciones de alto nivel. Lo veía como una trampa de agotamiento, una excusa para que pudiera alejarme de la política, pero no podía solo derrumbar todo lo que había construido solo por la necesidad de Arthur y del consejo, que lo usaban como un recordatorio de que seguían teniendo el control.

Sin embargo, entendía que para seguir necesitaba mantenerme informada, y el hecho de reuniones diarias y estar presente en las votaciones me ayudaba a estar segura de que seguía vigente, así que firmé cada cláusula con una determinación.

A mitad de la segunda semana, Dorian me pidió que lo acompañara a una zona de expansión en el sector sur. No quería ir; el cansancio emocional me tenía al límite, pero Dorian tenía esa forma de darme tranquilidad sin decir demasiado, una presencia que no me exigía ser la “Woods perfecta”.

Al llegar, nos encontramos en una obra que no seguía el diseño cuadrado y aburrido de Villa Cristal. Eran estructuras curvas, diseñadas para respirar con el planeta. Allí, en medio de un grupo de jóvenes que discutían sobre cimientos orgánicos, conocí a Aurelia Madox. Era joven, quizás un par de años mayor que yo, con una energía que se le notaba en la forma en que movía las manos al explicar un plano. Vestía ropa de trabajo resistente y tenía la piel bronceada de quien pasa más tiempo afuera que en oficinas con aire filtrado.

—Annie, ella es la transición que el Consejo no quiere ver —dijo Dorian, presentándonos.

Aurelia me estrechó la mano con una fuerza que me sorprendió. Sus ojos verdes brillaban con una ambición limpia, de esa que quiere construir y no solo mandar.

—He visto lo que has hecho para poner los territorios que se trataban como enemigos o invasores en el mapa; también he leído tus reportes sobre Aurora Bay, Woods —dijo Aurelia, yendo directo al grano—. Tienes buenas ideas, pero te falta libertad para ejecutarlas. El consejo aún le tiene miedo a perder la autoridad y al cambio. Si gano las elecciones, podremos establecer un cambio que beneficie a todos los que hacen parte de este planeta.

Hablamos durante un buen rato. Su visión era refrescante, pero cuando la plática se volvió política, tuve que poner un freno.

—Aurelia, tus propuestas son lo que Percevalis necesita, la unidad, la fuerza y el avance que he venido peleando—le dije, sintiendo el peso de la mansión sobre mis hombros—. Pero no puedo apoyarte de forma pública. Mi situación en casa es… delicada.

Alexandra está muy enferma, y sabía que Arthur usaría cualquier movimiento para volver la vida de mis hermanos un infierno. No podría usar el dolor de mis hermanos ni el de Alexandra para jugar en contra de Arthur.

Aurelia asintió con una seriedad que me hizo respetarla aún más. No intentó convencerme; entendió el costo de ser una Woods.

—La familia no se negocia, Annie. Lo entiendo —respondió—. No necesito tu nombre en un póster. Necesito tu apoyo en las sombras. Que cuando sea el momento de las votaciones, el tuyo sea el que rompa el empate a nuestro favor.

—Eso lo tienes garantizado —le prometí.

Dorian se quedó a mi lado mientras Aurelia volvía con sus ingenieros. El viento nos pegaba en la cara, despeinándonos. Dorian solo se quedó ahí, dándome ese espacio que nadie más me daba. Me sentí confundida, una vez más. Él me daba una paz que me asustaba, una sensación de que aquí, en medio del polvo y las obras, también podía haber un hogar. Sacudí la cabeza; Zeke me esperaba, y Matthew era mi norte. Dorian era un aliado, un amigo… y la idea de que fuera algo más era un lujo que no podía permitirme.

Catch Me in the Air

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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