Nosotros en las estrellas - Capítulo 71
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Capítulo 71: 70 – Akureyri
Canción sugerida: Akureyri – Aitana
La noche antes de irme de Villa Cristal se sintió como una vigilia. El aire en mi habitación estaba cargado de ese olor a lavanda y talco que Mía siempre traía pegado a su pijama. Como cada noche desde que anuncié mi partida, la puerta se abrió apenas un centímetro y ella se deslizó bajo las sábanas. Se acurrucó contra mi pecho una última vez, buscando calor, y por primera vez en semanas, dejé que las murallas se cayeran.
Sentí la primera lágrima rodar por mi mejilla, seguida de las otras, hasta que el llanto se volvió un temblor silencioso que no pude frenar. Me dolía el cuerpo de solo pensar en dejarla, en no estar ahí cuando se le cayera el próximo diente o cuando tuviera una pesadilla. Sentía que mi libertad tenía un precio demasiado caro: no verla tan seguido.
Mía se movió y levantó su carita, mirándome con esos ojos grandes y curiosos. Estiró su mano pequeña y me tocó la mejilla, secándome una lágrima con el dedo.
—¿Por qué lloras, Annie? ¿Estás triste? —preguntó mientras susurraba, como si a esa hora no se pudiera hablar—. ¿Es porque te vas al Aurora Bay?
No existían palabras para poder explicarle por qué me estaba yendo, o por qué, después de tanto querer irme, me sentía como si al final no quisiera irme nunca. Así que solo asentí, sin poder hablar. Ella se quedó pensativa un momento, abrazando a su conejo de felpa, y luego me lo puso en las manos.
—No llores. Mi conejo es valiente y te va a cuidar —me dijo, acomodándose otra vez contra mí—. Él sabe el camino de regreso. Si te pierdes, solo dile: “Conejo, quiero ir con Mía”, y él te trae.
—Te voy a extrañar tanto —dije apretándola cerca de mi pecho, mientras las lágrimas que parecían no tener fin seguían saliendo.
Me hundí en su pelo, respirando su aroma. Mía no entendía de políticas ni de distancias; para ella el mundo se resumía en promesas simples y peluches valientes. Me quedé dormida aferrada a ella, sintiendo cómo la única persona que quizá no entendía qué pasaba era mi único refugio en ese momento.
El desayuno del último día fue una procesión de sombras. Sentía cómo todos se despedían de mí sin decir una sola palabra; Arthur estaba sentado en su lugar de siempre, rígido, con la mirada perdida en su café. Lion comía rápido, haciendo ruido con el cereal y evitando mirarme a toda costa; su enojo era una capa de hielo que no me dejaba acercarme. Lía solo miraba por el ventanal, moviendo la comida con el tenedor sin probar bocado. No hubo palabras, solo el sonido metálico de los cubiertos y la pesadez de lo que nadie se atrevía a decir.
Cuando el transporte escolar llegó, Lion salió primero sin decir nada; supe que también se despedía cuando, al llegar al carro, se detuvo y me miró por unos segundos. Lía lo siguió, deteniéndose un segundo en la puerta y abriendo la boca como si estuviera lista para decir algo, pero vi cómo cuando intentó decir algo, sus ojos se llenaron de lágrimas, así que al final solo agachó la cabeza y se fue. Sentí un vacío enorme, como si me hubieran arrancado una parte del pecho. Me quedé ahí de pie, viendo cómo se alejaban, hasta que escuché unos pasos rápidos regresando.
Era mía. Corrió hacia mí con sus piernitas cortas, chocando contra mis rodillas. Me abrazó con todas sus fuerzas, apretando su cara contra mi pantalón.
—¡Annie! —gritó, casi sin aliento—. ¡No te vayas en silencio! No te vayas cuando yo no esté, porque me pongo triste. Tienes que decirme “adiós” por última vez bien. ¡Te quiero mucho, mucho!
Me agaché y la apreté contra mí, llenándola de besos mientras ella se reía y lloraba al mismo tiempo.
—Te quiero, pequeña. Siempre voy a estar aquí contigo, aunque no me veas —le susurré al oído.
Ella me dio un último abrazo apretado y salió corriendo otra vez hacia el transporte, saludándome con la mano hasta que la puerta se cerró.
Cuando la puerta se cerró, recosté mi cabeza en la madera que ahora me separaba del exterior y me dejé caer. No sé por cuánto tiempo estuve allí, de rodillas, como si con eso pudiera conseguir más tiempo con ellos.
La casa ahora se sentía sola sin ellos; sin embargo, mientras caminaba por los pasillos, vi a Alexandra por el ventanal; estaba sentada en un banco en el jardín. Estaba sentada frente a las flores que una vez había plantado ella misma; estaba envuelta en su manta de lana, viéndose más pálida y pequeña que nunca.
Salí para sentarme a su lado, en aquel pequeño banco para dos. En ese momento me pude imaginar cómo hubiera sido mi vida si la Annie de cuatro años hubiera podido estar aquí desde el principio: Matt corriendo por todo lado, molestándome como siempre lo hacía en esos momentos cuando fuimos una familia.
Quería volver a esa Annie que le tenía miedo a la oscuridad, a la que siempre buscaba a sus padres cuando quería amor. Levanté el brazo de Alexandra que estaba sobre sus piernas y recosté mi cabeza en su regazo; fue un acto que nunca pensé que volvería a hacer, pero que no pensé en hacerlo.
—Siempre imaginé cómo sería la vida si ustedes no hubieran desaparecido en el quiebre —sentí cómo las lágrimas salían sin aviso—. Se sentiría exactamente así.
—Perdón… —Fue lo único que escuché luego de algunos minutos de silencio.
Era triste ver cómo ella se iba apagando poco a poco; su voz de por sí ya sonaba más débil de lo que era unos días atrás, y aunque cuando me obligaron a quedarme en esa casa, cuando no me dejaron ir, la odiaba tanto, hoy, cuando estaba a punto de irme, se sentía diferente.
—Alexandra, por favor, ven conmigo —le dije, y mi voz era una súplica—. En Aurora Bay hemos desarrollado tecnología médica que podría al menos darte más tiempo. Tenemos sistemas de regeneración celular… Zeke y Matthew están trabajando en cosas que podrían salvarte.
Le ofrecí lo que me quedaba: mi perdón y mi conocimiento. Quería que viera Aurora, que viera que había una vida fuera de las reglas que ellos mismos se habían impuesto al llegar a ese planeta. Alexandra me acarició el cabello con una mano, así como lo solía hacer cuando me llevaba a la cama a los tres años y, por un momento, vi a la madre que extrañaba tanto.
—No, mi niña —susurró, y una lágrima le rodó por la mejilla—. Mi lugar es este. Arthur no sabría cómo respirar si yo no estoy a su lado, y las elecciones están encima. Él me necesita aquí para no desmoronarse del todo.
—Él te está dejando morir, todos sabemos que ese tratamiento mágico experimental que está probando en ti te está matando, por favor, Alexandra —le dije, levantándome y mirándola a los ojos.
—Quizás sea mi forma de pagar por todo lo que hice —respondió ella con una sonrisa triste—. Ve tú, Annie. Sé libre. Construye el mundo que llevas imaginando toda tu vida. Lleva a tus hermanos hacia esa luz que tú encontraste. Y no me odies tanto, ¿sí?
Me quedé mirándola por unos minutos más; sabía que no era odio lo que sentía, ya no. Las horas pasaron rápido como si fueran minutos. Escuché cómo la puerta principal se abría y con ellos Mia corría hacia nosotras, como si la vida jamás se hubiera detenido.
—¡Me esperaste! —dijo Mia abrazándome.
—Siempre cumplo mis promesas, hermanita.
Me despedí de ella como me hubiera gustado hacerlo con Lion y Lia, que aún estaban distantes, al levantar mi vista hacia sus habitaciones vi como me observaban a la distancia, los dos con lagrimas en los ojos, pero su orgullo y enojo no les permitia acercarse.
Me agaché hasta quedar a la altura de Mia, me desapunté la brújula que siempre había significado tanto y la puse en su cuello.
—Tú me diste a tu conejito para que me ayudara a encontrarte; yo te doy mi brújula, para que puedas encontrarme incluso a la distancia; dentro de ella está nuestra piedra de valentía; guárdala por mí. —Seguido de mis palabras vino el último abrazo, el que me recordaba que era momento de irme.
Conduje en el rover hasta el muelle donde habíamos acordado vernos por última vez con Dorian; el horizonte se bañaba con una luz naranja que hacía que todo se viera como un viejo recuerdo. Dorian estaba allí viendo el atardecer con esa calma que siempre lograba que mi mundo dejara de girar tan rápido. No había discursos, solo el viento soplando con fuerza.
—Listo, Baldwin. El Oeste te está llamando —dijo, intentando sonreír, pero sus ojos verdes estaban cargados de algo mucho más profundo.
—Dorian, prométeme que no los vas a soltar, vas a estar pendiente de que Lia pueda ejecutar su proyecto con Sloane y enséñale todo lo que sabes a Lion —le pedí, sosteniéndole la mirada—. Y a Mía, prométeme que la vas a cuidar. Si Arthur intenta algo, si Alexandra empeora, dímelo. No me ocultes nada.
Él asintió y dio un paso hacia mí, acortando el espacio hasta que pude oler el aroma a motor y aire libre que siempre lo rodeaba.
—Te lo prometo por lo que más quiero. Voy a ser su sombra, Annie. Pero prométeme tú que no te vas a olvidar de que aquí hay alguien que te va a estar esperando. No te pido un lugar ahora, sé que Zeke es tu norte y que tu corazón está con él. Pero si algún día el camino se vuelve oscuro allá afuera… recuerda que aquí siempre habrá una pista abierta para ti. Por si algún día hay un espacio para mí en tu historia.
Le puse una mano en el pecho, sintiendo los latidos de su corazón contra mi palma. No podía prometerle nada, no podía traicionar lo que sentía por Zeke, pero la lealtad de Dorian era lo más real que me llevaba de este lugar.
—Gracias, Dorian. Por ser mi ancla —susurré.
Subí al rover y encendí el motor. El rugido del vehículo llenó el muelle. Miré por el espejo retrovisor mientras avanzaba hacia la frontera: Dorian seguía ahí parado, una figura solitaria que se iba haciendo pequeña mientras yo cruzaba la frontera.
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