Nosotros en las estrellas - Capítulo 72
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Capítulo 72: 71 – Ends of the Earth
Canción sugerida: Ends of the Earth – Lord Huron
El viaje desde las montañas de Villa Cristal hacia la costa del Oeste fue una transición lenta, un cambio de temperatura y de espíritu que se sentía en cada kilómetro recorrido. A medida que el rover descendía de las cumbres frías y arboladas, el aire se volvía más denso, cargado de esa humedad que anunciaba la proximidad del océano.
Dejé atrás el orden estricto de las alturas, la arquitectura de piedra y vidrio de la mansión donde se quedaban aquellos que amaba: Lia, Lion, Mia y Alexandra, que, aunque aún me doliera, empezaba a quererla. Ella se quedaba protegida por el amor de Arthur y el caos ruidoso de mis hermanos, que, aunque no me daba tranquilidad porque sabía que las enfermedades no se curaban con amor, me permitía descubrir lo que venía para mí.
En el asiento del copiloto, asomando por una de las bolsas, estaba el conejo de felpa que Mía me había entregado. Sus orejas desgastadas se movían con el traqueteo del vehículo, un recordatorio constante de la promesa que descansaba bajo mi almohada y que ahora viajaba conmigo.
No miré atrás. No porque no me doliera, sino porque sentía que si lo hacía, la gravedad de Villa Cristal me succionaría de nuevo. Y querría dar marcha atrás para volver con los que había dejado atrás; sin embargo, seguí mi camino; ya era momento de ver lo que un día Zeke había prometido como “nuestro lugar”.
La llegada a Aurora fue un choque visual. No se parecía a nada de lo que Matthew me había descrito en sus pocos mensajes, ni a las imágenes estáticas que había visto en los informes del Consejo. Era una ciudad que gritaba modernidad y propósito.
Las estructuras eran blancas, de líneas limpias y fluidas, integradas en la costa como si hubieran brotado de la misma arena. La tecnología no estaba oculta; se manifestaba en los paneles solares que seguían el movimiento del sol con un zumbido imperceptible y en los vehículos ligeros que se desplazaban con una elegancia que hacía que el rover pareciera un tanque prehistórico.
Era un mundo que destilaba normalidad, un lugar donde la gente no caminaba con la rigidez que solía verse en la villa, sino con la soltura de quien sabe que es dueño de su tiempo.
Aparqué cerca del núcleo central, un área abierta que funcionaba como punto de encuentro. Me sentí pequeña al bajar del rover, todavía vestida con la ropa impecable que gritaba que venía de Villa Cristal; busqué con la mirada una figura familiar, alguien que me dijera que este sueño era real.
—Disculpa —le dije a una mujer que ajustaba unos sensores en una terminal cercana—. Busco a Zeke. Al comandante Kavan.
La mujer levantó la vista y me sonrió con una franqueza que me desarmó. No había protocolos, solo una amabilidad genuina.
—Zeke no está en el asentamiento hoy. Salió a una misión de reconocimiento en el sector norte para supervisar las nuevas turbinas.
—¿Salió solo? —pregunté, sintiendo un vacío repentino en el estómago.
—No, fue con Kaia. Ella es la jefa de exploración técnica ahora. Suelen pasar bastante tiempo fuera coordinando la expansión —respondió ella antes de volver a su trabajo.
“Kaia”. El nombre golpeó mis oídos de una forma extraña. Era una sensación de desubicación. Me di cuenta de que, mientras yo luchaba batallas políticas, la vida aquí no se había detenido a esperarme; no era como si así lo hubiera pedido, pero sentí que el estar aquí no iba a ser lo mismo; habían pasado ocho meses desde la última vez que vi a Zeke.
Y aunque se sentía lógico, se sentía incorrecto; Zeke estaba allá afuera, bajo el sol, compartiendo su rutina y sus mapas con alguien que ya conocía los rincones de este nuevo mundo mejor que yo. Me sentí como una pieza de un rompecabezas que intentaba encajar en una imagen que había cambiado de forma.
—¿Y Matthew? —pregunté, tratando de recuperar el equilibrio—. ¿Sabes dónde puedo encontrar a Matthew Baldwin?
La mujer señaló hacia una hilera de casas que colgaban sobre un acantilado bajo, con ventanales enormes que daban al mar.
—En la cuarta casa de la loma. Abby no sale mucho estos días, así que seguro los encuentras allí.
Conduje hacia la loma sintiendo que el corazón me latía en los oídos. Al llegar frente a la casa de madera clara y paredes blancas, me temblaban las manos. Bajé del rover y, antes de que pudiera tocar la puerta, esta se abrió de par en par. Matthew estaba allí. Se veía más robusto, con la piel bronceada por el sol y una expresión que pasó de la confusión a la incredulidad absoluta en un segundo.
—¿Annie? —susurró, como si pronunciar mi nombre fuera a romper el hechizo.
No hubo palabras. Me lancé hacia él con una urgencia que me quemaba. Matthew me atrapó en el aire, rodeándome con sus brazos con esa fuerza que solo él tenía, ese abrazo que siempre había sido mi único refugio real en el mundo. Me hundí en su cuello, aspirando el olor a mar y a hogar, dejando que las lágrimas que había contenido durante todo el viaje empaparan su camiseta.
—Estás aquí, enana. Estás aquí de verdad —decía él, apretándome con fuerza, besando mi frente una y otra vez.
—He vuelto, Matt. Por fin he vuelto —logré decir entre sollozos.
Se apartó dejándome ver el interior de su casa. Era luminosa por dentro, llena de muebles sencillos y un aroma a madera fresca y algo dulce que se horneaba en la cocina. Era una casa viva, cálida, lo opuesto al mausoleo frío de Arthur.
—¡Matthew! ¿Quién es? —La voz de Abby llegó desde el fondo del pasillo, seguida del sonido de sus pasos lentos.
Apareció sosteniéndose la espalda, con una barriga que dominaba toda su figura bajo un vestido de lino. Se detuvo en seco al verme y sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.
—¡Annie! —exclamó, acercándose como podía.
La abracé con una delicadeza extrema, sintiendo la dureza de su vientre contra el mío. Era una sensación asombrosa, una prueba tangible de que la vida seguía abriéndose paso a pesar de todo. Nos sentamos en el sofá frente al gran ventanal, con el sonido de las olas rompiendo rítmicamente contra las rocas abajo.
—Mírate —dijo Abby, acariciándome la cara—. Estás aquí. Matthew no ha dejado de mirar el camino cada día, aunque no quería admitirlo.
—Necesitaba venir —les dije, aferrándome a la mano de Matthew como si temiera que fuera a desaparecer—. Villa Cristal se estaba volviendo insoportable. Alexandra está muy mal, Matt. Arthur la tiene encerrada en una burbuja de cuidados que no la dejan vivir, pero tampoco la curan.
Matthew apretó mi mano, su expresión ensombreciéndose al pensar en nuestra madre y en los hermanos que se habían quedado atrás.
—Cuéntanoslo todo —pidió—. Dorian nos enviaba notas breves, pero queríamos saberlo por ti. ¿Cómo están Lion y Lía? ¿Es cierto lo del papel que firmó Arthur?
Pasé la siguiente hora vaciando todo lo que llevaba dentro. Les conté sobre el Acuerdo de Autonomía, sobre cómo había logrado que Arthur pusiera su firma en un documento que garantizaba que Lion pudiera ser ingeniero y Lía arquitecta sin que nadie los coaccionara. Les hablé de lo mágica que era mía, les mostré el conejito que me había regalado, con una sonrisa en mi cara, pero luego les hablé de la tristeza de Alexandra y de la rigidez de una casa que se desmoronaba por dentro. Matthew me escuchaba con una mezcla de orgullo y dolor.
—Eres increíble, Annie —me dijo Matthew—. Les has dado una oportunidad que nosotros tuvimos que robarnos. Ese papel es su libertad.
—Es lo mínimo que podía hacer antes de irme; incluso cuando no querían hablarme, creo que me odian —respondí, sintiendo por fin que el peso en mis hombros cedía un poco—. Pero me dolió dejarlos. Mía… Mía me dio su conejo para que no me olvidara de ella.
Abby sonrió, limpiándose una lágrima, y tomó mi otra mano.
—No se van a olvidar, Annie. Eres su norte. Y ahora, tienes una nueva razón para que ese papel valga la pena. —Se tocó la barriga con ternura—. Ya sabemos qué es.
—¿Y? —pregunté, sintiendo una chispa de emoción que me hizo sonreír de verdad por primera vez en días.
—Es una niña, Annie —dijo Matthew, y sus ojos brillaron con una luz que nunca le había visto—. Se va a llamar Emilia.
—Emilia —repetí, sintiendo la fuerza del nombre. Puse mi mano en el vientre de Abby, sintiendo cómo la bebé se movía suavemente.
—Creo que le agradas —respondió Abby poniendo su mano sobre la mía.
—Los extrañé tanto, no saben cuánta falta me hicieron allá, cuando estaba en esos comités en donde no podía dejar ver mi debilidad —dije limpiándome algunas lágrimas que quedaban sobre mi rostro.
Me quedé un momento en silencio, disfrutando de la paz de esa sala, de la presencia de mi hermano y de la calidez de un hogar real. Sin embargo, el pensamiento de Zeke seguía ahí, como una nota discordante en medio de la melodía.
—Matt… me dijeron que Zeke está con Kaia —solté finalmente, intentando que mi voz no sonara cargada de esa extraña inseguridad.
Matthew suspiró y miró hacia el océano, donde el sol empezaba a teñir el agua de un naranja intenso.
—Kaia es una de nuestras mejores ingenieras de campo, Annie. Llegó hace unos meses y ha sido fundamental para la exploración del norte. Zeke confía en ella plenamente. Han pasado mucho tiempo juntos afuera porque hay mucho trabajo que hacer y Zeke… bueno, Zeke necesitaba mantenerse ocupado.
—No son celos —aclaré, y era verdad; era algo más parecido a la sensación de haber llegado tarde a una reunión importante—. Es solo que siento que me perdí una parte de la historia. Siento que todo ha avanzado tanto que no sé dónde encajo yo ahora.
—Encajas aquí, Annie —dijo Abby con firmeza—. Zeke ha estado contando los segundos para este día, aunque lo oculte bajo mapas y expediciones. Kaia es una compañera de trabajo, una buena amiga, pero tú eres la razón por la que él construyó todo esto.
Me quedé en el porche de Matthew viendo cómo el sol se hundía en el mar. El cielo no era el violeta controlado de las montañas, sino un incendio de rojos y dorados que no pedía disculpas por su intensidad. Estaba en la libertad, en un mundo blanco que olía a sal y a futuro. Tenía a Matthew, tenía a una sobrina en camino y tenía un papel bajo mi almohada que protegía a los que amaba en el Este.
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