Nosotros en las estrellas - Capítulo 73
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Capítulo 73: 72 Rooting For You
Canción sugerida: Rooting For You – Alessia Cara
Pasaron las horas y el sol empezó a descender, tiñendo el océano de un color cobre que me recordaba al polvo de las pistas del sur. Me quedé sentada en el capó del rover, con las piernas colgando y la brisa marina despeinándome sin piedad. Desde esta altura, la bahía se veía majestuosa, una joya blanca tallada en la costa, pero yo me sentía como un error de sistema en medio de tanta perfección; sentía que no encajaba, no me sentía de aquí, pero tampoco de Villa Cristal y eso era lo que más dolía, porque no pertenecía a ninguno de los dos mundos frente a mí.
No le pregunté a Matthew sobre la casa de Zeke; la sola idea de cruzar ese umbral sin él allí se sentía como una violación a su privacidad, o peor aún, como enfrentarme a la posibilidad de que él ya hubiera pasado la página y mi nombre fuera solo un eco lejano en su memoria.
Supe en ese momento que lo mejor era no presionar. Si debía quedarme en algún lado para procesar el impacto, era aquí, con Matthew y Abby. Entré a la casa nuevamente y me dirigí al estudio de mi hermano. Al abrir la puerta, me detuve un segundo: olía a papel viejo, a café frío y a esa organización meticulosa que Matthew siempre había mantenido, incluso en los días más oscuros del búnker. Sus espacios eran templos de orden en un mundo que siempre tendía al caos.
—¿Estás ocupado? —pregunté suavemente.
Matthew estaba inclinado sobre un holograma complejo que mostraba flujos de energía. Al escuchar mi voz, cerró la interfaz de un toque y se giró hacia mí. Su expresión era serena, pero sus ojos tenían una profundidad nueva, una que hablaba de responsabilidades que no se pueden delegar.
—Las cosas han cambiado mucho, Ann… —dijo, tomando un sorbo de su taza y suspirando—. Ya no somos los adolescentes que vivían en fantasías. Aquí tuvimos que poner orden, establecer jerarquías, asegurar que cada persona tuviera un propósito. Construir una sociedad desde cero no te permite ser un soñador por mucho tiempo.
Me senté frente a él, tratando de entender el peso de sus palabras. En parte sabía lo que decía; yo también había cambiado, era una persona de política ahora. En realidad, todos habíamos crecido; esa era lo único obvio.
—Zeke… ¿cómo ha estado realmente? —pregunté, y la mención de su nombre hizo que el aire en la habitación se sintiera más denso. Quería saber quién era ahora el hombre con el que se suponía que iba a compartir mi vida, pero que en este momento me parecía un desconocido.
—Ha madurado —respondió Matthew, y su arrogancia me dolió más que una explicación larga. Había una distancia en su tono que me puso en alerta—. Ha cambiado bastante, Annie. Se sumergió tanto en el trabajo que intenta mantener todo bajo control. No se permiten errores, ni debilidades.
—Volvió a ser el Zeke de los entrenamientos, entonces —dije, sintiendo una punzada de ansiedad. Ese Zeke, que no dejaba entrar a nadie, era la versión que más temía encontrar—. ¿Sabes cuándo vuelve?
—No se sabe con exactitud. Sus viajes de exploración pueden durar horas o incluso días si encuentran algo que requiera atención técnica inmediata.
Bajé la mirada hacia mis manos. La inseguridad me quemaba por dentro.
—Me voy a quedar aquí, Matt. Sé que necesitas tu espacio con Abby, pero no tengo otro lugar a donde ir —hice una pausa y lo interrumpí antes de que pudiera protestar—. No quiero invadir la casa de Zeke. No sé qué somos ahora, ni si él quiere que yo esté allí.
—Annie, no puedes poner en duda a Zeke así —dijo Matthew, levantándose para sentarse a mi lado. Me puso una mano en el hombro, recordándome que él siempre sería mi ancla—. Sabes que ese lugar en su casa es tuyo, que fue construida pensando en ti. Pero entiendo que necesites un refugio ahora mismo. Quédate en el cuarto de huéspedes, pero tarde o temprano tendrás que enfrentar la realidad de frente.
Le agradecí con un abrazo silencioso. Una vez más, Matthew me salvaba; era mi refugio, al menos temporalmente. Fui a la habitación de huéspedes; era pequeña y sencilla, muy distinta a la que tenía en Villa Cristal; sin embargo, esta habitación tenía una calidez que me permitía sentirme segura.
Saqué el conejo de peluche de la maleta y lo puse sobre la almohada. Sus ojos de botón me miraban con esa fijeza inocente, y por un momento me pregunté si Mía me estaría extrañando. Extrañaba su peso pequeño contra mí y ese calorcito humano que me daba todas las noches. Estaba sumergida en esos pensamientos cuando la puerta se abrió suavemente.
Era Abby. Entró con cuidado, con esa luz que irradiaba y que parecía calmar cualquier ambiente. Se sentó en el borde de la cama y me tomó la mano, dándome ese amor silencioso que solo una hermana sabe dar, aunque no compartiéramos la misma sangre.
—Vas a estar bien, Annie —susurró, acariciando mi mano—. Es normal sentirse perdida cuando llegas a un lugar nuevo, con personas que parecen haber cambiado sin ti. Pero el corazón tiene memoria, solo dale tiempo.
No entendía por qué el lugar que prometía albergar mi felicidad se sentía como una ciudad perdida en donde solo era la intrusa que intentaba encajar.
Abby empezó a acariciar mi cabeza mientras el cansancio del viaje y el bajón emocional empezaban a cobrar parte de mi energía, cerrándoseme los ojos. No supe en qué momento me quedé dormida, pero cuando desperté, la noche ya había caído por completo sobre la bahía.
Un olor delicioso se filtraba por debajo de la puerta: pan recién horneado, especias y ese aroma a hogar que no había sentido en meses. Me lavé la cara, traté de arreglar un poco mi cabello y bajé las escaleras, lista para la cena.
Al llegar al comedor, me quedé petrificada en el último escalón; quería volver a la habitación y hacer como si no estuviera allí.
Zeke estaba sentado en la mesa del comedor, de espaldas a la escalera; todavía vestía el uniforme de exploración manchado de polvo. Sus hombros se veían más anchos, su postura más rígida. A su lado, inclinada hacia él mientras le mostraba algo en una pequeña pantalla, estaba Kaia.
Ella se reía de algo que él había dicho, una risa fluida y llena de confianza. La forma en que ella apoyaba su mano en el respaldo de la silla de Zeke denotaba una intimidad cotidiana, que solo se forja con el tiempo. Pude notar esa energía entre ellos al instante; no era algo que necesitara palabras.
Zeke levantó la cabeza, como si hubiera sentido mi presencia o el cambio en el aire. Se giró despacio, y sus ojos se encontraron con los míos. El tiempo se detuvo. El comedor, el olor a comida, la risa de Kaia… todo desapareció. Solo quedamos nosotros dos, separados por una mesa y por todos los silencios que no habíamos podido llenar.
—Annie —dijo él, y su voz sonó como un estallido en medio de mi pecho.
El encuentro entre nuestras miradas fue como el choque de dos frentes de tormenta. Zeke se quedó paralizado. Sus ojos, esos que yo recordaba como si se hubieran quedado tatuados en mi mente, estaban fijos en mí mientras acortaba la distancia con zancadas largas y pesadas.
—Annie —repitió, y esta vez fue un susurro roto.
Me alcanzó antes de que yo pudiera bajar el último escalón. Me rodeó con sus brazos y me apretó contra él con una fuerza que me dejó sin aliento. Éramos de nuevo nosotros; había soñado con este momento durante muchas noches. Sentí cómo enterró su rostro en mi cuello; mis brazos lo rodearon como solían hacerlo siempre; el tiempo volvía atrás por un instante. Cerré los ojos, buscando al Zeke que había visto en ese hospital la última vez.
Pero el abrazo se sintió… diferente. Había una rigidez en sus músculos que no recordaba, una tensión que no lograba disolverse. Cuando me soltó y me tomó por los hombros para mirarme, sentí esa extrañeza de frente.
—Por fin estás aquí —dijo, recorriendo mi cara con la mirada, como si estuviera tratando de reconciliar la imagen que guardaba en su memoria con la mujer que tenía enfrente.
—Nunca deje de luchar por volverte a ver, Zeke —respondí, pero mi voz sonó pequeña, casi ajena.
Sus manos en mis hombros se sentían pesadas. Había una barrera invisible entre nosotros, un muro construido con días de exploración que no compartimos y noches de política que él no entendió.
—Annie, ella es Kaia —dijo Zeke, girándose un poco, aunque sin soltarme del todo. Había algo en su tono, una necesidad de normalizar la situación que me hizo sentir aún más como una intrusa.
Kaia dio un paso adelante. Era hermosa de una forma funcional: cabello corto, ojos atentos y una sonrisa que era amable. Sonrió con esa confianza que solo quien sabe que tiene la ventaja podía dar.
Nos sentamos a la mesa y el silencio que siguió fue asfixiante. Matthew y Abby intentaban mantener la conversación a flote, hablando de la cercanía del parto y del clima, pero yo solo podía notar cómo Kaia terminaba las frases de Zeke sobre el trabajo, y cómo él asentía ante sus sugerencias sin necesidad de explicaciones largas. Tenían un ritmo, un lenguaje de códigos que yo no conocía.
Mientras tanto, Zeke me miraba de reojo, con una mezcla de anhelo y una precaución. Estábamos sentados a centímetros, pero se sentía como si estuviéramos en planetas diferentes. Me di cuenta de que Matthew tenía razón: ya no éramos los mismos.
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